Señor
Secretario General Iberoamericano, querido Enrique Iglesias;
Señores Embajadores;
Señores Patronos de la Fundación;
Señoras y señores, queridos
amigos:
Hoy nos convoca la presentación de un intenso trabajo cuyo norte
es la Libertad. Un
trabajo que ha sido fruto de la colaboración de muchas personas e
instituciones en las dos orillas del Atlántico que tienen un compromiso
firme con la idea de libertad y con los principios y valores occidentales.
Miguel Ángel Cortés, con la asistencia de Guillermo Hirschfeld y
de todo el equipo de la
Fundación FAES, ha hecho posible que esta empresa
iniciada hace poco más de un año culmine hoy con éxito. A
todos ellos, a los que nos acompañan aquí y a los que nos siguen
a muchos kilómetros de distancias, les quiero expresar mi gratitud
más viva y sincera. Y, por supuesto, a todos ustedes les agradezco su
presencia en este acto.
Este trabajo es el fruto de una creencia: que la libertad es el motor del
progreso. Con esa premisa, el documento América Latina: Una Agenda de
Libertad plantea propuestas y sugerencias para superar los retos y
desafíos de Iberoamérica e ideas para aprovechar sus inmensas
oportunidades.
Son ideas para el futuro. FAES, Fundación para el Análisis
y los Estudios Sociales, quiere contribuir a que las ideas de libertad,
dignidad humana y democracia y progreso sean efectivas para todos. En FAES
creemos que la libertad es un valor universal. Que su extensión genera
también prosperidad. Y también pensamos que no hay ninguna
razón para que las naciones iberoamericanas no ocupen el lugar que les
corresponde entre los países libres, democráticos y
prósperos más avanzados del mundo.
En dos documentos anteriores, OTAN, una Alianza por la Libertad y Por un Área
Atlántica de Prosperidad, FAES ha presentado propuestas en los terrenos
de la seguridad y de la economía. Son dos puntos de vista sobre una
misma realidad: Occidente. Este nuevo informe sigue esta línea de
trabajo sobre el mundo occidental, pero centrado en una zona muy concreta del
mundo: América Latina.
Nosotros pensamos que las ideas son importantes. Estamos convencidos de que las
ideas tienen consecuencias. América Latina: una Agenda de Libertad
ofrece algunas ideas para enfrentar los principales problemas que amenazan a la
región y que obstaculizan su crecimiento.
Iberoamérica es una realidad incontestable, una comunidad de
veintidós naciones soberanas y más de 500 millones de personas.
Pero, sobre todo, Iberoamérica es una comunidad moral y cultural.
Iberoamérica forma parte de Occidente. Sobre el fértil sustrato
precolombino germinó la tradición clásica grecolatina,
desarrollada por el cristianismo e iluminada por la Ilustración. Una
civilización que hoy prospera gracias a la economía de libre
mercado.
La condición occidental de la realidad latinoamericana es la premisa
fundamental de la propuesta que hoy presentamos.
Occidente es un sistema de valores universales. Esos valores han permitido los
mayores avances de la humanidad. Son valores que se basan en un concepto de la
persona como ser libre y responsable, titular de una dignidad inalienable y de
unos derechos fundamentales previos a cualquier sistema político. La
democracia, el Estado de Derecho, los derechos humanos y las libertades
individuales son los principios que se encuentran en el corazón mismo de
la civilización occidental.
Los valores occidentales tienen una vigencia universal, aunque por desgracia
veamos que en muchas partes del mundo son negados y pisoteados. Pero esa triste
realidad no debe hacernos olvidar que la libertad no es patrimonio de unos
pocos privilegiados.
España, como el resto de Occidente, no puede entenderse sin
América. La realidad iberoamericana se ha ido decantando a lo largo de
la historia, uniendo dos continentes con lazos de identidad basados en valores
compartidos y en vínculos humanos muy profundos. Son siglos vividos en
común que han conformado un sentido de pertenencia a una misma
comunidad.
Los españoles no podemos ser indiferentes al futuro de América
Latina, ni podemos inhibirnos ante su realidad. España no puede
limitarse a ser un espectador imparcial. Hoy cientos de miles de
latinoamericanos viven y trabajan en España. Su contribución a
nuestra sociedad es mucho más que una fría estadística. Es
sobre todo una muestra de la historia compartida y de los proyectos humanos que
nos unen por encima del océano. América fue generosa con muchos
españoles que a lo largo de la historia buscaron allí una vida
mejor. No nos extrañe que hoy el dinamismo de España ofrezca
también una oportunidad a quienes forman parte de la Comunidad Iberoamericana
y buscan un futuro entre nosotros.
Además, muchos de esos latinoamericanos están mejorando su
formación y se están capacitando en nuestro país.
Previsiblemente, estos hombres y mujeres desempeñarán un papel
crucial en la economía, la política y la sociedad de
Iberoamérica. En FAES estamos especialmente orgullosos de nuestros
amigos latinoamericanos que cada año mejoran su formación a
través de nuestros programas de becas y de visitantes.
Esta densa red de lazos sociales, económicos y humanos está
fortaleciendo aún más el vínculo iberoamericano. De
ahí que FAES, una fundación política que se ocupa de
proveer ideas para el futuro de España, realice también una propuesta
para el futuro de América Latina.
La Historia
enseña que América Latina puede alcanzar los niveles de bienestar
y libertad de los países más desarrollados del mundo. No hay
razón para que los países latinoamericanos no apliquen
políticas adecuadas, adquieran conciencia de su lugar en la comunidad
occidental y reclamen su lugar entre las naciones más avanzadas.
Unas veces por conflictos internos, otras por utopías autoritarias y no
pocas por prejuicios ideológicos, América Latina ha quedado al
margen de la familia de naciones occidentales a la que pertenece. Pero eso es
una anomalía que puede y debe superarse.
Ante América Latina se abren dos caminos opuestos. Un camino aleja de
las sociedades abiertas, libres y prósperas. Tenemos suficiente
experiencia histórica para saber cómo acaba esa ruta. Quienes hoy
proponen seguir esta vía se nutren de ideas caducas: del populismo
revolucionario, del neoestatismo, del indigenismo racista y del militarismo
nacionalista. Ninguna de ellas es desconocida en Iberoamérica.
Quienes hoy las defienden declaran su pretensión de implantar el
“socialismo del siglo XXI”, cuando todos sabemos que el del siglo
XX, generó miseria y opresión. Vemos con preocupación que
esas ideas vuelven a renacer, incluso con el aval de procesos electorales. Y
que son apoyadas desde fuera de la región por quienes ni siquiera
osarían defender eso mismo para sus propios países. Pero para
estos, América Latina y sus gentes pueden ser lugares para experimentos
sociales inaceptables en Europa u otras zonas del mundo desarrollado.
No me refiero, para que nadie me malinterprete, a gobiernos y partidos de
izquierda o centro izquierda que se mueven dentro de los cánones de la
democracia y del respeto a las normas y que legítimamente desarrollan
sus programas políticos con un escrupuloso respeto al normal juego
democrático.
En Cuba un régimen totalitario, siniestro aún en su decrepitud,
continúa negando la libertad y los derechos a los cubanos.
Más allá de Cuba, la América Latina libre y democrática
vive hoy bajo la sombra aciaga de otro viejo conocido. Un adversario de la
libertad que ahora se viste de populista. Un populismo que utiliza la
desesperación de los más desfavorecidos y los más
vulnerables para perpetuarse en el poder. Un populismo que engaña con el
espejismo de un falso atajo hacia la prosperidad y el bienestar y que lleva, ya
lo sabemos, a la pobreza y la marginación.
El indigenismo radical empieza a ser para América Latina lo que el
nacionalismo es a Europa. El indigenismo racista siembra la
división social y agudiza problemas existentes. En Estados ya de
por sí frágiles, dificulta y daña la integración
nacional de todos los ciudadanos. Con su afán por fomentar la segregación
entre grupos destruye el concepto de la igualdad del individuo ante la ley.
Donde hay ciudadanos iguales en dignidad y derechos, la retórica
indigenista del caudillo pretende crear grupos con diferentes estatutos.
No hay destinos ineludibles ni maldiciones en la Historia. En FAES
creemos que hay otra alternativa para el futuro de la región. No es
ningún secreto. América Latina puede avanzar por la vía
que han recorrido los países que tienen éxito. El camino de la
apertura al mundo, de la democracia, del respeto por las libertades
individuales y de la vigencia efectiva del Estado de Derecho. Un camino que
atrae inversiones, genera crecimiento, incentiva a los emprendedores, crea
empleo y reduce la pobreza. Un camino de éxito, democracia y libertad.
Ninguna nación está condenada al fracaso histórico.
América Latina no está destinada a la marginación ni a la
irrelevancia. Puede formar parte, con todo derecho, del mundo de la libertad,
del progreso y de la seguridad. Ésa es la ambición de la
propuesta que hoy presentamos.
América Latina necesita democracias estables que se apoyen en pilares
sólidos. En ello no se distingue del resto del mundo. Las naciones
libres y prósperas basan su progreso en consensos básicos que se
mantienen vivos a lo largo del tiempo. Acuerdos sobre las reglas de juego
democrático, sobre la viabilidad de la alternancia en el poder o sobre
las grandes líneas maestras en lo político y lo económico.
Eso es precisamente lo que proponemos en esta Agenda de Libertad para
América Latina.
La garantía de la libertad y de la prosperidad está en un sistema
de instituciones fuertes, sólidas y accesibles para los ciudadanos. Para
conseguirlas hacen falta consensos básicos, reglas estables y claras,
respetadas por el poder constituido, que hagan de la autoridad un producto de
esas normas aceptadas por todos, y no al revés.
Estos consensos han de ser asumidos por la mayoría de las fuerzas
políticas, lo que siempre implica concesiones y renuncias mutuas. Para
que esos acuerdos sean efectivos hay que dotarlos de una gran carga
simbólica; es lo que ocurre con los grandes acuerdos del Reino Unido o
de los Estados Unidos, con plena vigencia a pesar de su antigüedad. En una
democracia joven como la española, el Pacto Constitucional encarna el
espíritu de la transición y, en definitiva, ha sido la clave del
éxito económico y democrático de España durante
treinta años.
Sólo los países que cuentan con instituciones consistentes
obtienen un crecimiento económico y un desarrollo sostenible en el
tiempo. No hay ninguna razón para que esto no se alcance también
en América Latina.
También es necesario diseñar anclajes institucionales lo
suficientemente fuertes como para evitar cambios constitucionales bruscos y
crisis político-institucionales. Para que las Constituciones cumplan su
función de ser un marco estable que garantice la convivencia y el
respeto de los derechos y las libertades, deben contar con un amplio consenso
social y perdurar en el tiempo.
Esta necesidad es tanto mayor en los sistemas presidencialistas, que no
favorecen los consensos, y que por ello demandan que exista un consenso social
en torno a la norma suprema.
Su reforma, o la elaboración de un nuevo texto, sólo se
deberían poder acometer por decisión de una amplísima
mayoría parlamentaria, que sea fiel reflejo de la realidad social del
país.
Para reforzar la eficacia de la Constitución es esencial la existencia de
un Tribunal Constitucional independiente de los distintos poderes, que tenga
competencia jurisdiccional para interpretar la Constitución
y garantizar su cumplimiento.
No hay democracia que merezca tal nombre sin una efectiva división de
los tres poderes del Estado. Las propuestas que hacemos para América
Latina aspirar a reforzar y a hacer efectivo este principio.
Una Justicia independiente es la clave del Estado de Derecho. Sin ella, es
ilusoria la garantía y la tutela efectiva de los derechos y libertades
de los ciudadanos y la igualdad de todos ante la ley. Sin ella, es imposible la
confianza necesaria para generar crecimiento y prosperidad. La administración
de Justicia ha de ser, además, accesible al ciudadano, rápida y
eficaz.
Para que el Parlamento sea protagonista de la vida pública, tiene que
ser reflejo de la pluralidad de la nación y tener capacidad para
controlar al Ejecutivo. Al tiempo que ejerce su función legislativa, el
Parlamento debe facilitar la formación de mayorías estables para
articular políticas públicas eficaces. Un Parlamento que funcione
democráticamente es un elemento necesario para limitar posibles abusos
del poder.
Dar mayor protagonismo al Parlamento exige que los procesos electorales sean
libres, limpios y transparentes. Sólo así gozará del
respeto y la legitimidad que requiere su función. A ello
ayudaría, sin duda, en aquellos países que no lo tienen el
funcionamiento de un Tribunal Electoral Central independiente y con capacidad
de actuación si surgen controversias, como se ha demostrado
recientemente en México. Un buen ejemplo de que las instituciones cuando
funcionan, son una garantía para la democracia y la libertad. Y eso es
aplicable a toda América.
La buena
salud de un sistema democrático reclama partidos políticos
fuertes y estables, que defiendan principios y valores. Que no sean meras
plataformas instrumentales para acceder al poder, ni expresiones personalistas.
Partidos que estén al servicio de la sociedad, pero que no conviertan a
los ciudadanos en sus clientes cautivos. Con una financiación
transparente, procedimientos democráticos internos y disciplina
partidaria que haga previsible el comportamiento de los elegidos.
La actuación política en un mundo cada vez más globalizado
e interrelacionado aconseja con fuerza la integración de los partidos
nacionales en organizaciones políticas internacionales. Además de
facilitar el intercambio de experiencias y políticas públicas, de
coordinar esfuerzos para el logro de objetivos comunes y dotar de referentes
ideológicos a los partidos agrupados, unas internacionales con prestigio
y eficaces han de ayudar a evitar los personalismos políticos y las
derivas demagógicas.
En el caso de América Latina, los partidos de centro y de centro-derecha
(liberales, democristianos y conservadores) potenciarían, a
través de su colaboración y coordinación internacional,
los valores que comparten: la libertad, la pertenencia a Occidente, las
raíces cristianas de América, el combate efectivo de la pobreza
mediante el crecimiento y, sobre todo, la voluntad de que el modelo de sociedad
abierta y democrática triunfe frente a la amenaza del populismo.
El objetivo común de derrotar democráticamente al proyecto del
“socialismo del siglo XXI” reclama de quienes se ven amenazados por
su hegemonía, amplitud de miras, sentido de la responsabilidad y
énfasis en lo mucho que une y no en lo que separa. El Partido Popular
Europeo, que es hoy la primera fuerza de la Europa unida, es un buen ejemplo de cómo
la unión de los afines, por encima de las diferencias, es capaz de hacer
triunfar unas ideas y valores compartidos. De modo semejante, los
partidos políticos de centro y centro-derecha de América Latina
podrían abrirse a nuevas formas de cooperación, con mayores
grados de integración para crear alternativas democráticas
ganadoras y de gobierno en toda la región.
Por otra parte, las políticas que necesitan los países de
América Latina tienen que ser desarrolladas por gobiernos con capacidad
de acción y administraciones profesionales, transparentes y eficaces. La
existencia de una administración pública profesional y competente
es un requisito para que el Estado cumpla con sus funciones básicas y, a
la vez, deje espacio para que la sociedad despliegue todo su potencial.
Sin duda alguna, el futuro de América Latina pertenece a los
latinoamericanos. Pero también es importante que sus principales socios
y aliados trabajen con ella para que la región se incorpore de forma
plena al grupo de democracias avanzadas.
Hay quien olvida que el ideal de la nación de ciudadanos, el ideal de la
nación liberal, el ideal de la nación democrática,
también es de todas las naciones de Iberoamérica. Una idea que
une profundamente a todo el mundo occidental.
Por eso somos partidarios de que América Latina estreche aún
más sus lazos con Estados Unidos. Hay un rancio antiamericanismo, de
larga tradición, que culpa de todos los males de la región a la
democracia estadounidense. No hay que negar que en el pasado se
cometieran errores. Pero hoy los Estados Unidos deben ser un socio fundamental
para garantizar el progreso de la región, su anclaje en el mundo democrático
y pueden actuar como un garante activo de la libertad y los derechos
fundamentales.
Estoy convencido de que los Estados Unidos, y no sólo una u otra
administración, han aprendido de los errores del pasado. La floreciente
comunidad latinoamericana es una inmensa fuerza positiva que está
cambiando la forma de entenderse y de relacionarse con América Latina.
Estados Unidos haría bien en abandonar cualquier tentación de
aislacionismo y algunos prejuicios infundados para aceptar su papel de
líder regional. Creo que a los Estados Unidos, y a todas las naciones
libres, les interesa que América Latina sea una gran región de
libertad y desarrollo. Por eso es alentador ver que Washington, como ha
mostrado el la reciente gira del Presidente Bush, presta un apoyo
efectivo a las democracias latinoamericanas. Algo que sin duda redundará
en mayores oportunidades de desarrollo. Pero que debe estar unido al respeto
por las libertades individuales, la defensa del Estado de derecho, el
fortalecimiento institucional y la seguridad jurídica.
Desde su ingreso a la entonces Comunidad Económica Europea,
España y Portugal han sido interlocutores esenciales entre
América Latina y Europa. La Unión Europea está en condiciones
de una influencia positiva fundamental.
Además del apoyo económico, Europa pude proporcionar apoyo
institucional para recrear un modelo probado y exitoso de integración
regional. Sobre todo, Europa debe usar su prestigio y su densa red de
vínculos bilaterales con Iberoamérica para consolidar modelos de
gestión occidentales y alejar las tentaciones de aventuras
políticos excéntricas.
España tiene, como ningún país europeo, la doble
condición europea y americana. El refuerzo de la proyección
atlántica ha sido uno de los mayores logros de la política
exterior española.
Hasta hace poco España sostenía un diálogo privilegiado al
más alto nivel con los Estados Unidos sobre América Latina, en
una triangulación que dio resultados fructíferos y concretos. Es
lástima que no se haya continuado esa práctica. Los Estados
Unidos y España tienen un interés compartido en que la
democracia, el estado de derecho y la economía abierta se consoliden y
fortalezcan en Iberoamérica. Sinceramente, no puede entender que esa
triangulación a favor del progreso, la democracia y la libertad de Iberoamérica
no sea una prioridad absoluta de nuestra política exterior.
América Latina puede, pese a los nubarrones que se ven en el horizonte,
con la fuerza de las ideas de libertad y de democracia, situarse en la
vanguardia de las naciones. El anclaje definitivo de América Latina en
Occidente es crucial para la pervivencia de la civilización Occidental.
Y es también la esperanza del mejor futuro para Iberoamérica.
América Latina no está, como algunos piensan, condenada a la
pobreza y la marginación. Hace casi medio siglo, había quien
pensaba que España era diferente. Que, por algún misterio
histórico, la democracia, la libertad y la prosperidad nos estaban
negadas. Se equivocaban los que así opinaban. Y hoy se equivocan los que
creen que América Latina no es ‘normal.’ Que América
Latina, por alguna maldición telúrica, no puede ser una comunidad
de naciones libre y próspera.
El informe que hoy presentamos, América Latina: una Agenda de Libertad
sólo pretende decir que no hay maldiciones históricas. Que la
libertad y el progreso son posibles. Que el éxito viene con el trabajo
constante a favor de las ideas de apertura, democracia y libertad. Que no hay
nada negado a Iberoamérica. Sabemos que aún queda mucho trabajo
por hacer. Que no hay atajos para alcanzar la prosperidad.
Pero estamos convencidos de que es posible. Y nuestra apuesta está en
este pequeño libro. La Fundación FAES sabe que las ideas
necesitan de personas comprometidas para que puedan dar sus frutos. Por eso
estamos determinados a trabajar con nuestros amigos, en los dos lados del
Atlántico, para que las ideas de libertad triunfen en toda
América. Muchas gracias.