¿Cuál es el objetivo del gobierno
corporativo? Esta pregunta parece baladí, pero no lo es. Con demasiada
frecuencia se utiliza ese término con sentidos y significados tan amplios que
lo convierten en un cajón de sastre dentro del cual todo cabe.
Por ello es importante saber lo
que no es propiamente la finalidad de quienes gobiernan las compañías de lo que
en realidad es. De entrada, eso no tiene nada que ver con las relaciones entre
la empresa y la sociedad, como insinúan los defensores de la stakeholder
theory, o para salvaguardar el entorno o para crear compañías fuertes capaces
de competir en el mundo, etc. Estas y otras finalidades se engloban dentro de
un concepto tan atractivo como perverso, la Responsabilidad Social Corporativa
(RSC), que se ha convertido en uno de los grandes negocios del siglo XXI, a
cuya sombra florece una corte de parásitos que chupa la sangre de uno de los
instrumentos de bienestar y prosperidad más poderosos del mundo: la gran
corporación.
La filosofía subyacente a la RSC
es tan atractiva como falaz: el capitalismo es un sistema con un pecado
original, el egoísmo individual, que ha de redimirse sirviendo a determinados
intereses públicos. Esta vieja idea se ha extendido como la pólvora de la mano
de los teóricos y propagandistas de la RSC, que se ha arrogado la pretensión de
decir lo que es moral o no, socialmente responsable o no, del comportamiento de
las empresas. A su vez, éstas invierten cada vez más recursos en las
actividades sugeridas por las ONG y otros elementos de la denominada sociedad
civil para obtener su aprobación en una verdadera inmolación ante el altar del
bien público de los principios básicos de la corporación capitalista. La RSC
sería algo así como el tributo pagado por la economía de mercado a la virtud.
El contenido del gobierno de las
empresas es algo muy limitado y específico. Se refiere exclusivamente a las
vías por las cuales se asegura que las acciones corporativas, la administración
de los activos y el comportamiento de los gestores están orientados a servir
los fines de los accionistas, que son los dueños de las compañías. La ventaja
de esta definición es bastante clara. Primero, permite identificar al servicio
de quién debe estar la corporación, que no es otro que al de sus propietarios,
el accionariado. Esta cuestión elemental tiende a diluirse en el debate
contemporáneo sobre el tema cuando se habla de la responsabilidad social de la
empresa y otras cajas de Pandora de esa índole, cuya apertura lleva a
planteamientos tan absurdos como culpabilizar a las multinacionales del hambre
en el mundo o del riesgo de extinción del oso panda. En segundo lugar, ayuda a
definir con precisión los mecanismos de gobierno corporativo, es decir, los
medios por los cuales los gestores son responsables ante los accionistas de la
consecución de los fines de la empresa, esto es, la maximización de los
beneficios.
La atribución a las compañías de
obligaciones distintas a lograr el máximo beneficio para sus accionistas dentro
de la ley —deberes sociales indefinidos o minimizar los efectos colaterales
negativos ocasionados por la actividad empresarial— constituye una concesión a
lo políticamente correcto que escapa de manera absoluta a los fines
empresariales y cuya toma en consideración podría sobrecargar a las compañías
con cargas regulatorias o morales que las impedirían o distraerían del
cumplimiento de los objetivos asignados por los propietarios. En cualquiera de
sus versiones, la RSC es un mecanismo de restricción del derecho de propiedad,
una nueva expresión de la vieja idea fascista de la función social de la
propiedad. Es un triunfo póstumo de la ponzoña colectivista, de la canonización
del “autosacrificio” acudiendo a la terminología randiana.
Los estándares de vida disfrutados
por las sociedades industrializadas en la actualidad tienen su causa última en
un principio básico: la persecución individual del beneficio en un mercado
competitivo. Gracias a ella, la inversión es posible, gente encuentra empleo,
los trabajadores cobran sus salarios, los consumidores adquieren mejores bienes
y servicios a precios más bajos, y se emplean los recursos escasos de la
sociedad de la manera más eficiente posible, lo que aumenta el bienestar de
todos. Esta es la principal grandeza del capitalismo, su más poderosa
contribución social y la fuerza sobre la que reposa el funcionamiento del
sistema de libertad económica. Desde esta óptica, la RSC es una fuerza
subversiva de los cimientos de una economía libre.
La inclusión del concepto de
Responsabilidad Social de la Empresa, aunque se considera de aceptación
voluntaria, es un error conceptual grave, un portillo a todo tipo de
iniciativas y propuestas destinadas a expropiar los derechos económicos de los
accionistas, como sucede ya en muchos supuestos, a causa de la presión e
incluso el chantaje que determinadas organizaciones —por ejemplo, las ONG—
ejercen sobre las compañías para que financien sus actividades. En realidad, la
RSC es una manera hipócrita y sofisticada de practicar la filantropía con el
dinero de los demás.