Semanas atrás,
escuché decir con acierto que una de las más difíciles
tareas que podía emprender un libre pensador, era la de expresar ideas
políticamente incorrectas. Advierto de antemano, que ese es el caso del
siguiente artículo:
En un pasaje de la Biblia, se dice que el
ardid más efectivo del demonio, fue convencer al mundo de su no
existencia. Negado el mal en su esencia, los hombres comenzaron a dudar, del
mismo modo, de la existencia de un bien supremo. Hoy en día, estoy
convencido que existe un ardid similar e igualmente efectivo: consiste
simplemente en denominar a un proceso pérfido, con un nombre noble, y
repetir la mentira la suficiente cantidad de veces, como sugeriría
Joseph Göebbels, hasta que las masas se
convenzan de estar diciendo una verdad evidente.
De tal modo, nuestro
sentido común, se fue tiñendo de vocablos que parecerían
señalar verdades irrefutables, y que, sin embargo, denominan cuestiones
totalmente contrarias a lo que pensamos.
Así, por ejemplo,
nuestro sentido común nos sugiere que el liberalismo, ha sido
históricamente la fuente de todos los males en nuestro país. El
liberalismo, para los argentinos, remite a las políticas de Martínez
de Hoz, un criminal que supo como pocos asirse del poder del estado para
favorecer a empresas privadas, a partir de procesos que se engloban en lo que
llamamos “la patria financiera” y “la patria
contratista”.
Del mismo modo, con el
aditamento del prefijo Neo, el liberalismo señala en nuestra
idiosincrasia, las políticas implementadas en los años noventa
bajo el gobierno de Carlos Menem.
Sumando ambos procesos,
el liberalismo es entonces el culpable del aumento indiscriminado de la
pobreza, de la malversación de fondos, del cierre de cientos de
empresas, de los casi 20 puntos de desocupación que llegamos a tener
para el 2001, de una deuda externa infame, y de cuantiosos males que me
llevaría horas enumerar.
Ante tanta supuesta
evidencia, hace falta una cuota de coraje especial para afirmar que en la Argentina de esos
años, no hubo nada que pueda ser llamado liberalismo. Que por más
que nos hayan intentado convencer de eso, cualquiera que realmente sienta la
pasión por la vida política y le dedique el tiempo que realmente
demanda, sabrá bastante pronto, que la filosofía liberal
jamás podría tolerar una dictadura militar, porque el liberalismo
no es una doctrina económica, como también nos intentaron
convencer, sino una filosofía de vida que busca la emancipación
de los pueblos a partir del respeto acérrimo por las libertades
individuales y los derechos humanos, entre otros aspectos.
Que jamás el
liberalismo podría tolerar la estatización de la deuda privada,
como se llevó sistemáticamente a cabo desde mediados de los 70 en
adelante, porque su premisa base es la libre competencia y no el subsidio
patológico; que jamás podría apoyar la
privatización de empresas, a partir de la aceptación por parte
del Estado, como medio de pago, de bonos de deuda totalmente devaluados en el
extranjero, a precio nominal; que desde ningún punto de vista un liberal
fijaría el precio de la moneda durante 10 años, porque justamente
una política liberal se fundamenta en una moneda flotante que
señala, con su precio, la real capacidad productiva del país que
la acuña; que el liberalismo se sustenta a partir de instituciones que
le son fundamentales, como una justicia independiente, efectiva y eficiente y
una real y siempre vigente división de poderes; que el liberalismo bien
entendido es lo que ha sacado del poso a las economías del Este Asiático,
a Irlanda, Canadá y Australia; países que en varios indicadores
sociales estuvieron históricamente por debajo de los nuestros, etc., etc.,
etc.
Y tan convencidos estamos
de que el liberalismo es el problema, que entonces, aceptamos sin miramientos,
otra supuesta gran verdad de nuestro sentido común: la
intervención del estado es la salvaguarda frente al depredar del sector
privado y los capitales buitres.
Difícil parece
argumentar entonces, aunque resulte una verdad irrefutable, que contrariamente
a lo que se piensa, la aparición de los grandes holdings
empresariales que tanto tememos, por ser en algunos casos aún más
poderosos que muchos países, son el producto de la acción directa
o indirecta del Estado y no a la inversa. ¿Ejemplos? Para muestra falta un
botón: a nivel nacional, Techint. Una empresa construida
en base a subsidios y obra pública. A nivel internacional, Microsoft, un
holding edificado en base a los subsidios directos del pentágono. De
hecho, no sería difícil demostrar, que si existiera real libre
competencia, ninguna empresa lograría semejante cuota de poder a nivel
nacional o internacional. Nuevamente el sentido común, nos juega una
mala pasada.
Y sobre los funestos
capitales buitres... simple, cree un sistema judicial que tarde años
para ejecutar un contrato, súmele una cuota de corrupción
impúdica que sitúa a los sobornos como un costo más de
negocio, un sistema sindical corporativo y cuasi
fascista y un record histórico de crisis, y habrá creado los
incentivos necesarios para que los capitales internacionales busquen
inversiones con tasa de rentabilidad alta en el corto plazo. Insisto,
¿la culpa es del capital o del Estado que pone las reglas de juego?
Pregunto, ¿en qué país invertiríamos nosotros como
individuos nuestro dinero? Y vuelvo a preguntar, ¿será la simple
mala suerte, o una conspiración internacional, lo que hace que las
inversiones limpias y de largo plazo se concentren cada día más
en Brasil y en Chile y no en Argentina?
El mismo fenómeno
puede rastrearse casi en todo lo que decimos o pensamos. Hoy el orden es
sinónimo de represión, el progreso metáfora de la
explotación, la participación política, alegoría de
corrupción, la riqueza alude al robo, el que se esfuerza trabajando es
un burgués, quien pide seguridad, es fascista. Quien gana dinero
trabajando lo oculta por vergüenza, el delincuente es un pobre hombre que
no tuvo contención, etc., etc., etc.
Hagamos un minuto de
silencio. Reflexionemos en donde estamos y de donde venimos, sumémosle a
la reflexión, el hecho de que otros países, incluso vecinos,
existen en este mismo planeta tierra, y sin embargo crecen, y no solo en lo
económico, sino en lo social e institucional; y sobretodo, seamos
sinceros con nosotros mismos y aceptemos, que nos estamos equivocando, que no
somos el producto de una conspiración internacional, sino el resultado
de haber ido históricamente contra el mundo, como adolescentes en celo;
que aún hoy en día seguimos sin concluir con procesos
fundamentales, como el respeto a la propiedad privada, la independencia de
poderes, un federalismo real, autónomo y eficiente, y una sociedad que
realmente valore las virtudes que hacen a una nación prospera, y no una
que vive de la nostalgia y la ideología de un mundo cuasi
medieval.