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Hispanic American Center for Economic Research


 


COMERCIO Y CULTURA

La cultura no puede quedar en manos de la oferta y la demanda. El mercado corrompe tanto al artista como a la obra de arte. El capitalismo transforma al arte en mercancía, desligándolo por siempre de su aura sagrada. El Estado tiene un deber indeclinable que asumir en torno al fomento y difusión de las artes y la cultura.

Seguramente, ya nos duelen los oídos de escuchar estos lamentos estereotipados que quizá se conviertan a la larga en villancicos navideños. Al mismo tiempo, somos testigos de cómo el gobierno dilapida dinero ajeno en noches de ballet al aire libre, recitales multitudinarios, festivales a favor de la "cultura nacional", eventos artísticos para curar el insomnio como Buenos Aires no duerme, proyección de bodrios del cine argentino en las plazas de los barrios (o acaso no sabían que el mejor lugar para ver una película era en una plaza), en fin, miles de dólares despilfarrados en una noche. Luego, al hacer el balance, la caja no cierra. Los cineastas argentinos boicotean el Festival de Mar del Plata, los artistas del elenco estable del Teatro Colón no cobran desde hace meses, los mejores artistas plásticos, como Guillermo Kuitca, nunca expusieron en el país ignorados por las mentes brillantes de la burocracia de la cultura. La lista es infinita y, además, es fácil burlarse de un sistema absurdo, corrupto e ineficiente.

Para explorar la alternativa que nos presenta Tyler Cowen en su libro Elogio al comercio en la cultura, recorreremos, en primer lugar, las falacias que se esconden detrás del discurso del pesimismo cultural. Segundo, expondremos la tesis de Cowen sobre cómo el mercado es un espacio vital para el desarrollo cultural y aún jamás apreciado como tal. Finalmente, analizaremos la postura de Cowen respecto al rol del gobierno "como cliente ".

Los pesimistas culturales

Definir al pesimista cultural no trae demasiados problemas, más aún, es fácilmente detectable. Nació con la modernidad, siempre a gusto dentro de las corrientes románticas y existencialistas que desde el arte y la literatura anunciaban la decadencia de Occidente a manos de la ciencia, la técnica y el capitalismo. Su bálsamo político fue en gran parte el marxismo y más tarde el comunismo, como es el caso de Heine, el "pesimista heroico", que condenaba a la cultura de estar agonizando en su cuna. Heine estaba convencido de que el comunismo, una oleada social cuyo ascenso era imparable y que él aclamaba por su sentido de la justicia social, usaría las páginas de su Libro de canciones para envolver salchichas. Por otra parte, el descubrimiento por parte de los pesimistas del "aburguesamiento de la cultura" provoca un rosario de elocuentes lamentaciones. Un ejemplo es el joven Wagner, representando al público del teatro burgués –que lo amaba e idolatraba- con los colores del odio y la repugnancia, y que sólo se diferenciaba del público de Brecht o de Lukacs por su tono antisemita.

Cowen traza una línea intelectual que va desde Jonathan Swift hasta Habermas descuidando un poco el lugar de Tocqueville. En efecto, el primero en plantear el conflicto entre democracia y cultura con particular hondura y realismo no podía ser otro que Tocqueville. La más pura de las soluciones políticas para Tocqueville era la democracia, más concretamente la democracia en los Estados Unidos, una forma política no contaminada por su pasado aristocrático. Pero, al mismo tiempo, la democracia es por su esencia difícilmente compatible con la cultura. Su principal rector es la igualdad, no la libertad; y la igualdad es la antítesis de la noción europea de cultura. Tocqueville sin quererlo heredaba el elemento romántico de nostalgia por la comunidad perdida como morada genuina de la cultura. Ya en el siglo XX para el joven Lukacs la cultura burguesa no es más que una víctima de la "civilización mecánica y sin alma". Desde la Escuela de Frankfurt, Adorno elabora su teoría crítica del arte excavando en los restos del mercado que subyacen a todo fenómeno de decadencia artística y, mientras Sartre escribe su monumental El idiota, Heidegger tiene la convicción de que la era de la tecnología no puede generar más que obras de arte "subversivas" y de segunda fila.

Este clima intelectual –al que le faltan los nombres de Spengler, Benjamin, Nietszche, entre otros- con relación al capitalismo, la ciencia y la cultura no ha cambiado en nuestros días y es por ello que Cowen, quien se define como un optimista cultural, critique esa visión ingenua del artista como un bohemio indigente y resentido, incapaz de vivir de sí mismo. Desde el Renacimiento, el artista es un ejemplo del self-made man, entrepeneur por excelencia que vende sus obras para poder vivir. Luego veremos como el mercado y las nuevas tecnologías los harán ganar fortunas a muchos de ellos durante el siglo XX. Mientras tanto, quedémonos con la imagen del artista que busca "una mezcla de ganancia monetaria y no-monetaria, el reconocimiento como hombre de genio y de talento".

En nombre del mercado y del capitalismo

Cowen presenta al mercado y a la riqueza productiva como aliados de la producción cultural. El mercado capitalista es un marco institucional vital y, al mismo tiempo, desaprovechado; es la herramienta primordial para apoyar la coexistencia de visiones artísticas de la más variada índole; provee una fluida corriente de nuevas y atrayentes creaciones, ayudando a los consumidores y artistas a refinar sus gustos y descubrir el pasado capturándolo, reproduciéndolo y diseminándolo a partir del avance tecnológico.

Acabando con la poca feliz distinción entre "alta y baja" cultura, a Cowen le interesa reflexionar sobre las elecciones, las alternativas diferentes y heterodoxas que presenta un mismo campo: el cultural. El mercado capitalista produce arte diverso y de todo tipo y no se asemeja a ningún gusto determinado, como pensaría un pesimista cultural. El capitalismo -definido como el marco legal basado en la propiedad privada y el intercambio voluntario- es en sí mismo un avanzado sistema de comercio, industria, tecnología y mercado ideal para la realización artística. Sin embargo, Cowen no considera al capitalismo como elemento determinante y monocausal de la obra de arte. "El mercado no podría haber producido un Beethoven así porque sí. Lo cultural envuelve tanto lo económico como lo no-económico. El mercado no lo es todo aunque sí es importante".

Cowen también se diferencia de algunos libertarios al no definir al mercado en términos puramente económicos. "Me interesa más bien ver como actúan los beneficios y los incentivos de la fama, el financiamiento descentralizado, el descubrimiento de nuevas tecnologías artísticas y mediáticas y la habilidad para generar riqueza preservando la creación cultural del pasado, como en el caso de los CD’s y DVD’s". De aquí en más, una frase de Orson Welles iluminará el libro de Cowen: "No nos olvidemos del público. La gente nos vota comprando tickets. Una audiencia es mucho más inteligente que los individuos que crean su entretenimiento. No puedo pensar nada que el público no entienda. El único problema es interesarlos en lo que hago. Ese debe ser el sentimiento del cineasta".

La clave para entender el libro de Cowen es que el arte florece con el crecimiento económico. Sociedades ricas usualmente consumen mayor cantidad de bienes y servicios no pecuniarios. Lo que llamará la atención del lector es que el libro no apela a argumentar en términos liberales sino sobre todo históricos. Cowen tiene la historia de su lado: el Renacimiento en Florencia, el Romanticismo en Alemania, el pop art en los Estados Unidos. El libro de Cowen también es un libro sobre historia del arte.

El capitalismo le permite al artista independizarse creando fuentes alternativas de financiamiento, permitiéndole invertir en sus capacidades y aptitudes y perseguir bienes materiales para la manufacturación de sus creaciones. El capitalismo es el mejor ámbito donde los precios no dejan de caer y permiten hacer llegar las artes a miles de entusiastas. Esto explica como artes que en el pasado eran reservadas a una minoría hoy están a disposición de todo el mundo.

¿Y las minorías, no quedan excluidas por la "lógica" del capitalismo? Tomemos el caso de las mujeres. Relegadas por siempre a los quehaceres domésticos, la revolución tecnológica, hija del capitalismo moderno, les permitió no sólo entusiasmarse con la obra de arte sino también crearla a su antojo. Y qué decir de los outsiders, las minorías negras, los judíos y los homosexuales que tanto enriquecieron la cultura norteamericana, como ha demostrado recientemente Camile Paglia. "El capitalismo ha sido indulgente con los grupos minoritarios al no condenarlos a la discriminación y la persecución", dice Cowen. Por su parte, la desmasificación de fin de siglo genera que cada minoría tenga su nicho. Individualistas hasta el hartazgo, vivimos la diversidad cultural de las preferencias. En su búsqueda de beneficios, hasta las multinacionales se han convertido en ardientes defensoras del multiculturalismo.

Lo más curioso es que la riqueza financiera da lugar a los valores más revolucionarios: la bohemia, el avant-garde, el nihilismo, son todos productos capitalistas. Esos artistas buscaron formas insospechadas de libertad e inventiva únicas en el mundo moderno. Otros, sin embargo, rechazan la vida bohemia y buscan beneficios: los renacentistas italianos, Bach, Beethoven, Mozart, estuvieron obsesionados con hacer fortuna. Y ésta aparece donde encuentra el entusiasmo de la audiencia: Picasso, Dalí, García Márquez, Prince, Madonna, Springsteen ...

Arte y tecnología

Según Cowen las artes se benefician enormemente del progreso tecnológico. La productividad crece a medida que se desarrollan nuevas ideas. Un cuarteto del siglo XIX podía tocar a lo sumo Mozart pero hoy –CD’s mediante- toca a Brahms, Hendrix, Battom. "La creatividad, una de las formas de capital humano, se incrementa con la industria cultural".

¿Y el gusto homogeneizado, propio de la sociedad de masas, como le gusta afirmar al pesimista? Una mirada detenida a las estanterías de la Tower Records nos permitirá encontrar desde lo más optimista hasta lo más oscuro, desde Spielberg hasta Bergman, desde Puccini hasta Berg. El crecimiento del mercado ha liberado al artista no sólo del mecenas sino de la tiranía del mainstream . Actualmente, los escritores no necesitan estar en la lista de best-sellers para estar bien remunerados como sí ocurría en el siglo XVIII. Hoy más que nunca es más fácil para el artista crear su propio espacio cultural rechazando el gusto standarizado. Estos artistas son los que elevan nuestras preferencias artísticas, los que nos hacen dar un paso más en nuestro conocimiento. Los mercados permiten que el artista eduque a su audiencia. En palabras de Cowen, "el arte consiste en un diálogo continúo entre el creador y el consumidor. El crecimiento económico mejora nuestras habilidades para desarrollar y sofisticar nuestros gustos".

Cowen también acaba con el mito de la modernidad como una era de masas. El verdadero artista no es un servidor de las masas sino su contra marea, su grito más descarnado. Si el gusto masificado ha controlado otros géneros, como sí lo hizo la televisión, entonces la literatura no hubiera llegado muy lejos. "Una sociedad homogeneizada no hubiera producido la Metamorfosis de Kafka o la Lolita de Nabokov. Las virtudes de los mercados culturales residen no en la calidad de las preferencias de las masas sino más bien en la habilidad del artista en encontrar la minoría que apoye y consienta sus propias ideas y concepciones. Incluso Michael Jackson, un inusitado fenómeno cultural del cual su álbum Thriller he vendido 50 millones de placas en el mundo entero, jamás tuvo la simpatía de la mayoría de los norteamericanos".

Finalmente, la paradoja de nuestros tiempos es que la innovación preserva el pasado, no lo destruye. María Callas está hoy más viva que hace 40 años atrás gracias al CD, una especie de "levántate y anda" de miles de artistas que, de otra forma, estarían condenados al museo o al olvido. Ni hablar de la revolución del vídeo que logró que "la biblioteca de Alejandría de la cual nos habla Ptolomeo se hiciera nuevamente realidad". Ni hablar de lo que hará el DVD cuyas películas en Estados Unidos valen casi lo mismo que un CD de audio. ¡Para no ser optimistas!

El gobierno como cliente

Argumento 1: La NEA (National Endowment for the Arts) corrompe la cultura norteamericana. Argumento 2: Eliminar la NEA podría dañarla en forma crítica. Argumento de Cowen: "Veo a la cultura norteamericana, y por ende a la de todo el mundo libre, básicamente saludable en cualquiera de los dos casos".

Para Cowen, la real alternativa con relación al arte y el rol del gobierno está entre dos visiones optimistas de nuestra cultura. En la primera, el apoyo del gobierno es menor pero efectivo al crear pequeños espacios, "nichos" donde pueden situarse aquellos artistas quienes, de no ser así, se quedarían afuera. "El gobierno actuaría como uno de los tantos entrepeneurs dentro del mercado cultural". En la segunda visión, "incluso pequeñas sumas de dinero probablemente corrompan más al arte en lugar de estimularlo". Los costos de politizar al arte, explica Cowen, podrían hasta superar los beneficios. Los gobiernos –incluso los democráticos- tienden a favorecer el status quo cultural que lo llevaron al poder, o diseñar uno nuevo que lo cimente aún más.

Contrariamente a lo que pensaba Tocqueville, los gobiernos democráticos suelen ser mucho más beneficiosos para las artes que las aristocracias. "El renacer de la nación norteamericana, que ocurrió mucho después de la muerte de Tocqueville, proveyó el más aplastante argumento contra su tesis. Luego de la segunda guerra mundial, los Estados Unidos fueron líderes absolutos en cine, pintura y música popular, y tuvieron fuerte presencia en literatura, poesía y composición musical. Entre otros factores, Tocqueville pasó por alto el nacimiento del buque a vapor, el cual colocó a los Estados Unidos más cercano a la Europa del siglo XIX y facilitó el beneficioso intercambio cultural."

Según Cowen, el Estado le hace mejor a la cultura cuando actúa como simple cliente, patrón o empleador que cuando funciona como una burocracia con mandato público. El apoyo directo del gobierno a favor de las artes lo realiza cuando se disfraza de patrocinio privado "tal como cuando Felipe IV -dice Cowen- contrató a Velázquez para servirlo en su corte. De la misma forma que la corte de Luis XIV apoyó a Molière y los municipios alemanes de Weimar, Cothen y Leipzig contrataron a Johann Sebastian Bach para trabajar como músico de la ciudad. Podemos encontrar muchos casos donde monarcas, Papas, municipios, gremios y otras instituciones gubernamentales o semi-gubernamentales daban su aliento y protección a los artistas".

De todas maneras no hay que sobrestimar el éxito del apoyo gubernamental. Por cada Velázquez que salía, quedaban cientos de mediocres en el camino. A fin de cuentas, la administración del dinero queda en manos de políticos con ansia de poder para sí mismos y la espera de adulación y obediencia por parte de los demás. Por otro lado, dos cuestiones importantes en relación con los fondos del gobierno para las artes se aproximan. Los que están en contra de que el gobierno se haga cargo de la cultura argumentan que los contribuyentes se privan de consumir ciertos bienes y servicios que preferirían mucho más que el arte. Además, resulta muy injusto obligar a los cristianos conservadores a solventar con sus impuestos una muestra del fotógrafo Robert Mapplethorpe, especialista en desnudos varoniles y sadomasoquismo, por citar un ejemplo del contexto norteamericano.

En otro plano, los que están a favor del apoyo gubernamental señalan que a mayor dinero, más arte y artistas, y, manejado con cuidado, mejor herencia cultural. Ahora bien, Cowen apunta que nunca se ha probado qué valores son los más convenientes y más cuando se habla de una herencia artística y cultural. Este choque de valores -según el autor- es inevitable. Lo importante es dejar bajo su propia responsabilidad a los consumidores de arte. "El arte y la política democrática, aunque son las dos actividades muy beneficiosas, operan sobre principios conflictivos. En el campo cultural, nuevas obras de arte traen consigo revoluciones estéticas las cuales tienden o a ofender a la opinión pública o a pasarles directamente por encima. En la política se busca la estabilidad, el compromiso y el consenso. El mismo conservadurismo, tan valioso en política, sofoca la belleza y la innovación en el arte".

Volvamos al iluminador caso de Robert Mapplethorpe. Cowen constata que la acción más innovadora de la NEA fue esta exhibición y, curiosamente, también fue la que más molestó a los contribuyentes. Además, la publicidad y el escándalo que originó fueron mucho más beneficiosos para su éxito que el apoyo de la agencia de Washington. En vida, Mapplethorpe no necesitó asistencia del gobierno; se hizo millonario vendiendo sus fotografías en el mercado. Sin embargo, la prédica virulenta del senador republicano Jesse Helms fue lo que le originó su fama actual. Cabe agregar, siguiendo a Cowen, que el presupuesto de la NEA apenas serviría para filmar una película de Kevin Costner y que jamás este organismo fue vital para el desarrollo de la cultura norteamericana. Antes de que fuera creada, en 1965, la cultura de los Estados Unidos florecía. Los mejores museos y orquestas sinfónicas fueron creados antes de ese año y sin el apoyo de la NEA.

Cowen aconseja que los gobiernos estudien otras medidas para apoyar las artes como, por ejemplo, las deducciones de impuesto para contribuyentes que deseen promover la cultura sin fines de lucro. Esto permitiría que incluso el gobierno no decida cual arte o artista debe ser promovido y cuales no. Otra medida, más polémica y cuestionable, sería que el gobierno otorgue subsidios a la educación universitaria ya que "es muy frecuente que músicos y escritores vivan durante el tiempo que les demanda la creación de sus obras de la enseñanza universitaria". Cowen reconoce el fracaso de estas políticas pero cree que como decisión política es mucho más significativa que las pequeñas sumas destinadas a la NEA. Históricamente, muchos escritores como Daniel Defoe, Jonathan Swift y, Jorge Luis Borges por nombrar un escritor argentino que cuenta con la adoración de Cowen, vivieron de trabajos rutinarios y burocráticos otorgados por el gobierno. Hoy la universidad ha asumido ese rol.

Por último, ¿qué queda del modelo europeo, donde el Estado subvenciona desde la restauración de las catedrales hasta la música clásica vanguardista? La respuesta de Cowen es terminante. Tanto en Alemania como en Francia la cultura popular se encuentra en estado de coma, especialmente en la música y el cine, donde escasean la creatividad y los nuevos artistas. Además, los dos países no han escapado a la burocratización de la cultura. El Ministerio de Cultura de Francia, por ejemplo, gasta 3 mil millones de dólares al año y emplea a 12 mil funcionarios. Así las cosas, Francia ha perdido su posición de antaño como líder cultural de Occidente: la bandera de la globalización ya no dice Libertad! Fraternidad! Igualdad!: dice Mc Donald’s.

Luis Balcarce

 

 

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