Historia y
Antecedentes
Misión y
Programas
Seminarios y
Eventos
Publicaciones
Periódicas
Suscripciones
Argentina
Suscripciones
Extranjero
Reporte
Ejecutivo
Autoridades
y Staff
Representantes
Filiales
Consejo
Internacional
Promotores
de la Libertad
Organizacion
Afines
Bibliografía
Sugerida
Centro de
Documentación
Prensa
Gráfica
Suscripción
Gratuita
English
Version
Actualidad
Introductoria
Economía
Política
Derecho
Periodismo
Latinoamérica
Cultura
Educación
Historia
Negocios
Ecología
Tecnología
Pensadores
Entrevistas
Home



























Hispanic American Center for Economic Research


 


CULTURA NORTEAMERICANA

Escribe Donald Boudreaux

Entre los principales oponentes al libre comercio se encuentran aquellos que afirman que la cultura norteamericana es hegemónica -que sin proteccionismo, la gente adoptaría sin pensarlo la superficial, aburrida, y monótona cultura norteamericana.
Dejemos de lado la enorme arrogancia de aquellos que pretenden utilizar al Estado para evitar que la gente gaste su propio dinero de una manera que las elites consideran de mal gusto. En lugar de ello, consideremos la idea misma de que existe algo así como una cultura norteamericana. Sería mucho más preciso decir que existe una cultura mundial formada en Norteamérica. En otras palabras, lo que se denomina "cultura norteamericana" es una cambiante amalgama de influencias de alrededor del mundo.
Para demostrarlo, déjenme compartir con ustedes algunas notas de una día ordinario en la vida de mi esposa, Karol, nuestro hijo de 2 años de edad, Thomas, y yo. Usaré letras negritas para identificar únicamente algunos de los productos, personas, e ideas que, en este día como cualquier otro, nos afectan desde otros lugares del mundo.
Luego de despertarme escuchando a Los Beatles desde mi reloj despertador Sony, me dirijo hacia la cocina para prepara café de Guatemala en nuestra confiable cafetera Krups. Luego tomo una ducha, utilizando un jabón francés. Luego de la ducha, me coloco mis lentes de contacto suaves (la invención de un científico Checo), me afeito con mi máquina de afeitar eléctrica Braun, y me pongo algo de colonia francesa.
A continuación me visto, y visto a Thomas. Después del desayuno, finalmente permito a mi hijo mirar su video preferido: Thomas and the Tank Engine, un personaje tan británico como el Palacio de Buckingham. Luego manejamos hasta la casa de la niñera en nuestra Nissan. Pongo un CD (inventado por la empresa holandesa Phillips) para disfrutar de la exitosa y original grabación de los Tres Tenores -hecho por una firma británica en Roma en base a selecciones de óperas italianas, alemanas, inglesas y norteamericanas, cantadas por un catalán, un español, y un italiano. Los tenores son acompañados por una orquesta dirigida por un hindú.
Después de dejar a Thomas, paro en una tienda de bagels, perteneciente y manejada por hondureños. En adición a bagel, compro otra taza de café, esta vez un cappucino hecho con café de Etiopia.
Una vez en mi oficina, empiezo mi día de trabajo iniciando mi computadora personal Sony. Una de las tareas de esta mañana en particular es encontrar a alguien que se encargue de traducir del francés al inglés la correspondencia selecta de Frederic Bastiat. Más tarde esa misma mañana, mientras escribo un discurso, consulto los libros del economista austríaco F. A. Hayek, el escocés Adam Smith, el africanoGeorge Ayittey, el húngaro Michael Polanyi, el italiano Bruno Leoni, el sueco Eli Heckscher, el canadiense David Henderson, y el sudafricano nacido en Gran Bretaña de padres lituanos, Israel Kirzner.
Tanto trabajo despierta mi apetito, así que en mi almuerzo devoro moo goo gai pan. Luego Karol y yo disfrutamos de una tarde fascinante con nuestros invitados de Argentina y Ecuador. Presentamos los invitados a nuestros pasantes, uno de ellos búlgaro, otro mexicano, y una pasante de Sri Lanka.
Esa misma tarde, Karol, Thomas y yo cenamos en un conocido y cercano restaurant indio (A Thomas casualmente le encanta el papadam.) Después de salir del restaurant, paro a cargar combustible en la estación de servicio Schell (como en Royal Dutch Schell) de nuestra localidad. Al regresar a casa, bañamos a Thomas, le ponemos sus pijamas decorados con imágenes de las famosas cabinas telefónicas inglesas, y luego le leemos alguna de los encantadores cuentos infantiles escritos por Beatrix Potter, una inglesa.
El pequeño se duerme rápidamente. Llegó el momento para relajarse. Mientras yo pongo algo de Stan Getz y bossa nova del brasilero João Gilberto -que escuchamos a través de nuestro reproductor de CDs japonés- mientras Karol nos sirve a ambos una copa de vino chileno. La vida es buena...pero nuestros días son cansadores, así que pronto nos vamos a dormir. Antes de apagar la luz, cada uno de nosotros lee por unos minutos -yo, un artículo del economista austríaco Geoffrey Brennan, y Karol algunas páginas de la autobiografía del novelista ruso Vladimir Nabakov.
¿Qué está ocurriendo aquí? Los Boudreaux no somos una familia norteamericana atípica (aunque Thomas todavía no sea fanático del personaje japonés Pokémon.) Sin embargo, un análisis de un día común en nuestras vidas nos revela que los tres -desde el momento en que despertamos hasta que vamos a dormir- contínuamente disfrutamos de la comodidad, el comfort, la cultura, el conocimiento, y el entretenimiento creado por gente de otros lugares del mundo.
La respuesta es que la cultura nortemericana es de hecho una cultura mundial. Es una deliciosa mezcla de influencias globales. Y también es dinámica. La misma apertura y libertad existente en Norteamérica que atrae a gente, productos e ideas de alrededor del globo asegura que la combinación de mañana será diferente a la de hoy. Nuevos focos de inspiración provenientes de Korea, Portugal, o la India -no más ni menos que de California, Minnesota y Virginia- mejorarán la mezcla aún más. Y los consumidores de todo el mundo decidirán si la nueva inspiración vale la pena o no. (Ningún peruano o algeriano se ve obligado a comer en Mc Donald's o a leer Tom Clancy, no más de lo obligado que está alguien de Pennsylvania o Alaska a ir a comer a un restaurant mexicano o a leer Milan Kundera.)
¿No tiene sentido, entonces, catalogar esta floreciente cultura que se extiende desde Maine hasta Hawaii como "Norteamericana"? Eso no es del todo cierto. Mientras que en cierto sentido esta cultura es realmente global y no resiste ser catalogada de nacional, hay un sentido en el que es genuinamente norteamericana. Pero es genuinamente norteamericana precisamente en la manera en que revela la distorsionada perspectiva de aquellos que hablan acerca de la hegemonía de la cultura norteamericana. Lo que justifica dar a esta cultura el nombre de "norteamericana" es que Norteamérica provee la apertura y la libertad necesaria para que millones de personas de cientos de países participen en ella -tanto como productores como consumidores. La cultura norteamericana es única porque, en sus detalles, no es básicamente una cultura norteamericana! En realidad, es una cultura mundial.
Reconocer que la cultura norteamericana no es un mundo homogéneo de comida chatarra y adictos a Ally McBeal vestidos en jeans azules no aplacará los ánimos de los snobs culturales del mundo. De hecho, estas autodenominadas elites temen a la cultura norteamericana precisamente por su dinamismo y variedad, lo que la hace atractiva a millones de personas comunes alrededor del mundo. Las elites no pueden controlarla; las ha sacado de su lugar de status. Extinguir el poder que tienen las elites de controlar la vida de la gente común puede llegar a ser una de las grandes contribuciones de Norteamérica en el siglo XXI.

Donald Boudreaux es presidente de The Foundation for Economic Education.
Este artículo fue originalmente publicado en Ideas on Liberty.
Traducción de Verena Wachnitz.

  © Fundacion Atlas para una Sociedad Libre | Av. Roque Sáenz Peña 628 Piso 8º Oficina T 1
1035 - Buenos Aires - República Argentina
Tel/Fax: (54-11) 4343-3886 E-Mail: atlas@atlas.org.ar