Historia y
Antecedentes
Misión y
Programas
Seminarios y
Eventos
Publicaciones
Periódicas
Suscripciones
Argentina
Suscripciones
Extranjero
Reporte
Ejecutivo
Autoridades
y Staff
Representantes
Filiales
Consejo
Internacional
Promotores
de la Libertad
Organizacion
Afines
Bibliografía
Sugerida
Centro de
Documentación
Prensa
Gráfica
Suscripción
Gratuita
English
Version
Actualidad
Introductoria
Economía
Política
Derecho
Periodismo
Latinoamérica
Cultura
Educación
Historia
Negocios
Ecología
Tecnología
Pensadores
Entrevistas
Home



























Hispanic American Center for Economic Research


 


EL ARTE DEL SAQUEO

Escribe Sheldon Richman

Cuando el Washington Post recientemente veneró a Sidney Yates, de 89 años, en ocasión de su jubilación, el título enfatizó que él "se hizo famoso en las Artes".
¿Es Sidney Yates un compositor, músico, pintor, poeta, escritor?
No fue ninguna de estas cosas.
Fue un congresista.
No se rían. En Washington uno puede hacerse famoso en las artes presidiendo el subcomité que examina apropiaciones para el fondo nacional de las artes y las humanidades. Desde este punto de vista, Yates, tal como él lo afirmó modestamente, "ayudó a que las artes y las humanidades sean el orgullo del país".
Después de 24 períodos en el Congreso de Estados Unidos (¡no era exactamente un defensor de los períodos limitados!) el demócrata de Illinois dejó su oficina. Su retiro fue considerado una desgracia para la cultura norteamericana, pues él ha sido, de acuerdo con el Post, "un gran defensor de las artes". Su pretensión a este título se basa en su persistente creencia de que los contribuyentes deben ser forzados a financiar la actividad artística- y encarcelados si se niegan a hacerlo.
Para Yates, la mayor amenaza al arte norteamericano llegó en la década del '80, cuando los republicanos hablaban acerca de cortar los fondos. Hubo incluso rumores de abolición. La palabra operativa es "hablaron". No hicieron nada. (Un tratado acerca del desmantelamiento del estado benefactor por parte de los Republicanos se titularía Inacción Humana.). El peligro para los subsidios se apaciguó principalmente porque algunos viejos republicanos adinerados temían perder el prestigio que ganaban al concurrir a orquestas sinfónicas y organizaciones culturales de comunidades que reciben subvenciones estatales.
En el disparatado mundo de Washington, si usted fomenta forzar a los contribuyentes a financiar a artistas (incluyendo aquellos que le disgustan), se convierte en un as de las artes. Si usted se opone a la coacción, es un enemigo de las artes, así como de la libre expresión y de otras manifestaciones de la civilización. Desde cualquier punto de vista objetivo, esto es sin duda un disparate. ¿Qué tienen que ver los subsidios financiados a través de impuestos con la vitalidad artística de los norteamericanos? Con respecto a la libertad de expresión, forzar a la gente a financiar expresiones que no apoyarían voluntariamente sin duda alguna viola la Primer Enmienda.
Si usted se guía por lo que afirma la población urbana, usted llegaría a pensar que antes de que se otorgaran subsidios norteamérica era una jungla cultural. Para creer esto hay que omitir muchas cosas. Usted tendría que ignorar innovaciones como el jazz, los musicales de Broadway, la danza moderna, el rhythm and blues, el rock and roll, y numerosas ficciones y poesías. De alguna manera, los que llevaron a cabo estas pequeñas contribuciones lograron hacerlo sin la beneficencia estatal. Gran parte de las manifestaciones artísticas que hoy revisten gran importancia eran tan incipientes en sus comienzos que los burócratas del arte probablemente jamás las hubieron notado. ¿Produjeron los subsidios del gobierno algo que se pudiese comparar con la grandeza de las artes norteamericanas no subsidiadas? Además del "performance art", deleite de todos los amantes del chocolate y la sangre, es difícil pensar en otra cosa.
El buen arte no requiere de la ayuda del gobierno (inclusive el mal arte logra tener éxito sin ser subsidiado.). La libertad de no apoyar al arte no solo es consistente con la vitalidad cultural, sino que es esencial para la misma. Es extraño que los llamados campeones de las artes tengan tan poca confianza en que éstas florecerían si los contribuyentes no fueran obligados a ayudarlas.
Sin embargo, estos campeones están atrapados en su propia contradicción: mientras insisten en que sin el apoyo de los contribuyentes el arte norteamericano se volvería filisteo, simultáneamente insisten en que el monto de ayuda estatal es minúsculo. A decir verdad, el apoyo de los contribuyentes constituye solo un pequeño porcentaje del presupuesto nacional. Pero en un presupuesto millonario esto es cierto para muchas cosas. Los subsidios también constituyen solo un pequeño porcentaje de lo que los norteamericanos gastan en arte en forma privada.
Si el subsidio es tan pequeño, ¿por qué nos hacemos tantos problemas?
En primer lugar, es una cuestión de principios. Imagine que alguien propone un pequeño subsidio para las instituciones religiosas - no más de 64 centavos por hombre, mujer y niño - el precio de dos estampillas antes del último aumento. ¿Aceptarían los cuasi-socialistas que son confundidos con liberales el argumento de que el monto del subsidio es demasiado pequeño como para hacerse problemas al respecto? Seguramente invocarían el principio de separación de Iglesia y Estado, a pesar de que el subsidio sea insignificante. Pero cuando se trata de sus propios nuevos proyectos desprecian cuestiones de principio similares. Tal como una vez dijo el alcalde Daley, hay veces en que es necesario elevarse más allá de los principios.
Los defensores de los subsidios resuelven la mencionada contradicción señalando que el dinero sirve de palanca para reunir grandes donaciones privadas. Es el efecto multiplicador. El prestigio de las donaciones de los contribuyentes aparentemente impresiona tanto a los patronos del arte que éstos no pueden dejar de firmar cheques. Si esto es cierto, es una excelente razón para abolir los subsidios. Si los burócratas no solo manejan el dinero de los contribuyentes, si no que también dirigen a la beneficencia privada hacia sus artistas favoritos, entonces tienen mucho más poder del que una sociedad libre debiera tolerar. De todos los lugares del mundo, Estados Unidos no debería estar orgullosa de que el gobierno aspire a seleccionar a los campeones culturales. Uno tendería a pensar que la gente que es considerada competente para elegir a sus representantes políticos también es capaz de asignar su propio ingreso con respecto al arte.
Lo que los defensores de los subsidios no ven es que la cultura, como el lenguaje, es una institución espontánea y no diseñada. No se requiere ni se desea ninguna planificación central. Subsidios gubernamentales diseñados para orientar a los patronos privados hacia una determinada dirección son un paso hacia la centralización que los amantes del arte deberían deplorar. El color del gobierno es la mediocridad; ¿por qué querríamos tenerlo cerca del arte?
A lo largo de la historia, el arte ha florecido cuando los artistas estuvieron libres para ofrecer sus productos en un mercado de su elección y cuando los consumidores del arte fueron libres para aceptar o rechazar esos productos.
La libertad artística es para ambos, productor y comprador. Los subsidios deben terminar.

Sheldon Richman es editor de la revista The Freeman.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista The Freeman, editada por The Foundation for Economic Education.
Traducción de Verena Wachnitz.

 

  © Fundacion Atlas para una Sociedad Libre | Av. Roque Sáenz Peña 628 Piso 8º Oficina T 1
1035 - Buenos Aires - República Argentina
Tel/Fax: (54-11) 4343-3886 E-Mail: atlas@atlas.org.ar