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SEPARANDO ESCUELA Y ESTADO
por Natalia Rodríguez
La idea de que la educación pública es uno de los
grandes logros de nuestras sociedades y un elemento imprescindible
para el desarrollo de un país es repetida hasta el hartazgo.
Es uno de esos típicos latiguillos de la opinión pública
que han logrado instalarse con la fuerza de una verdad atemporal.
Pero una batería de argumentos separan con gran profundidad
el prejuicio, la costumbre y el desconocimiento de la realidad,
de los fundamentos éticos que justifican proclamar la separación
de la educación y el Estado. Esto último es lo que
plantea Sheldon Richman en su libro Separando escuela y estado:
cómo liberar a las familias norteamericanas editado por The
Future of Freedom Foundation. La idea sustancial es -por supuesto-
defender la libertad ("the issue is liberty" la
cuestión es la libertad, concluye el autor en el epílogo),
aun a costa de enfrentar tarea tan ardua como la de desenmascarar
uno de los mitos más comúnmente aceptados: el valor
de la educación pública.
El arraigo que tiene la idea de que una de las tareas inseparables
del estado es la organización de un sistema educativo es
comparable con la identificación -ya superada- entre Estado
y religión. De acuerdo con Richman, igualmente importante
es el rol que ha jugado la religión a lo largo de la historia
y con igual criterio se ha juzgado que era algo "demasiado
importante" como para dejarla librada a la esfera individual,
sin que el gobierno intervenga en su promoción y administración.
Sin dudas, este fue uno de los instrumentos más importantes
(y lo es aún hoy) para ejercer un poder ilimitado desde el
gobierno sobre el individuo. En los países donde se ha practicado
históricamente la libertad religiosa, han surgido diferentes
iglesias sostenidas por sus propios seguidores, pero lejos ha estado
la religión de desaparecer. La libertad ha demostrado no
ser nociva sino fortalecedora.
Antes podía ser impensable que el Estado no asumiera la "responsabilidad"
de la vida espiritual de los individuos. Hoy se pretende prejuiciosamente
que una educación laica es sinónimo de educación
neutra y buena para todos, libre de toda carga ideológica
y valorativa. En vez de ver a la educación como una de las
áreas en las que el poder estatal todavía tiene firmemente
agarrados sus tentáculos e invade lo que concierne a los
valores y a las necesidades de cada uno, se cree que el monopolio
estatal en este rubro es directamente imprescindible.
Es importante destacar que el increíble poder que significa
el control de la educación fue perfectamente entendido y
utilizado por los regímenes más totalitarios de nuestro
siglo. Tanto el comunismo como el nazismo aprovecharon este instrumento
tan fabuloso en manos del Estado y lo manipularon en todas sus posibilidades
para afianzar el control sobre la población. En estos casos
los valores e ideas inculcadas se destacaban especialmente por su
violencia y barbarie. Esto nos lleva a preguntarnos sobre las posibilidades
de control y de supresión de la libertad y la iniciativa
individual que subyace al control de la educación por parte
del Estado.
En realidad la lógica pasa por la inversión del prejuicio:
si la educación es algo tan importante para cada persona,
entonces ¿cómo dejar que el Estado la monopolice?
Si hay algo demostrado es que no hay mecanismo más eficiente
que el mercado para proporcionar bienes y servicios. ¿Por
qué sustraer a la educación a este mecanismo y entregarle
semejante herramienta de dominio a gobernantes y burócratas?
Como señala Richman, a nadie se le ocurriría que la
producción y distribución de comida dependiera del
Estado.
El conservadorismo de siempre.
Un argumento muchas veces oido es que hay "contenidos mínimos"
que todo el mundo debería saber. O que hay gente que si no
es obligada prescindiría de una educación "apropiada".
Es -más allá de mostrarse a veces como una actitud
"progre" a favor de las personas con menos recursos- la
voz conservadora que se hace oír siempre que de obtener más
libertad se trate.
El conocimiento compartimentado, rígido y coercitivo, tal
como se imparte ahora, no es más que una muestra de que nunca
un burócrata podrá diseñar un sistema acorde
a los intereses y necesidades de todos y cada uno. Y mientras las
personas deban adaptarse al sistema, y no al revés, sólo
se estará creando una ficción que necesitará
ser adornada con más y más presupuestos inútiles
y los resultados serán cada vez más magros. Y mientras
el conocimiento avanza y se diversifica cada vez más, los
alcances de esta educación mínima común serán
cada vez más ridículos. Nadie puede saberlo todo,
por lo cual es mejor que cada uno sepa mucho de algo (de lo que
realmente le interesa).
¿Qué mente superior estableció acaso que la
educación consiste en cursar 4 horas de matemática,
4 de castellano, 2 de química y 2 de artes plásticas
por semana, por dar un ejemplo, o en estudiar 11 materias diferentes
cada año? ¿Qué pasa con aquellos que tienen
una vocación o inclinación por cierta área
de conocimiento definida desde temprana edad? ¿Por qué
torturar a un chico que siente un enorme atractivo por las matemáticas
a tediosas horas de historia que sólo aportarán a
su vida un mal recuerdo? ¿Y qué pasa con aquellos
que no encuentran con tanta facilidad el objeto de su interés?
¿Es la mejor forma de estímulo la obligación
o es que en cambio lo que atrapa nuestro deseo y nuestra avidez
se descubre de forma más espontánea y con los estímulos
apropiados? ¿No es aquello que nos interesa plenamente lo
que nos induce a ampliar las fronteras de lo que conocemos y a indagar
en lo que no conocemos?
Hay un mito - cada vez más insostenible a medida que las
áreas de conocimiento se diversifican- por el cual se considera
que una persona es culta si sabe algo, digamos de historia, algo
de geografía, uno o dos idiomas y entiende un poco de arte.
¿Qué pasa con el que sabe muchísimo de sistemas,
algo sobre caballos y entiende sobre religión o náutica?
La medida que en su oportunidad dispuso el gobierno de la provincia
de Buenos Aires, bajando los niveles de exigencia mínimos
para aprobar las materias -días después que los resultados
de un examen de nivel de los aspirantes a ingresar a la carrera
de Derecho en la Universidad de La Plata pusiera en ridículo
a la educación pública- demuestra cómo los
burócratas tapan con parches las fisuras de un sistema que
es todo agua. A su vez, en los ejemplos de la burocracia educativa
norteamericana, que cita Richman en su libro, nos muestran que esto
es una constante del sistema más allá de las latitudes.
Homeschooling: el
mercado contrataca. El Presidente de The Foundation for Economic
Education (FEE), Donald J. Boudreaux, apuntaba en una reciente editorial
de la revista The Freeman, el curioso fenómeno que se está
dando en relación a la educación en los Estados Unidos.
Se calcula que actualmente cerca de un millón de chicos son
educados fuera del sistema oficial norteamericano. A esta práctica
que reivindica la libertad de los padres de disponer la educación
de sus hijos según los criterios que consideren más
convenientes sin intervención alguna del Estado se la llama
Homeschooling ("escolaridad en casa"). Cada vez más
y más gente considera que es más beneficioso para
sus hijos recibir enteramente su educación en casa o al menos
a través de la organización de los propios padres,
sin que el Estado establezca ninguna pauta o tipo de control en
eso (Unschooling). Los norteamericanos están empezando a
renegar de su sistema de educación oficial. ¿Pero
qué significa esto, además de hablar muy mal de la
educación y las escuelas norteamericanas en cuanto a la satisfacción
de las expectativas de los padres? La conclusión de Boudreaux
es interesantísima: como ya había señalado
Adam Smith, si hay algo que caracteriza a una sociedad y un mercado
libre, es la creciente tendencia hacia la especialización
y, con esto, el mejoramiento abismal en la calidad de los bienes
y los servicios que se ofrecen y se consumen dentro de ese mercado.
Cuanto más desarrollada está la libertad de mercado,
mayor cantidad de servicios serán prestados de manera especializada
y estarán sujetos a mayores innovaciones y a su abaratamiento.
¿Qué nos está diciendo este enorme crecimiento
de la "escolaridad en casa" en los Estados Unidos, considerando
que en 1980 sólo abarcaba a aproximadamente 10.000 chicos?
Que en el terreno de la educación, cada vez más norteamericanos
prefieren "hacerlo con sus propias manos" antes que confiar
sus hijos a los supuestos especialistas en la materia.
¿Son tan malos los especialistas en educación? Según
Boudreaux simplemente no hay tales especialistas, gracias a la intervención
estatal en todo lo relativo a la educación. Lo que sí
existe, en cambio, es un grupo de especialistas en lobby político
que procuran obtener más y más presupuesto y prerrogativas
del Estado. Y si no, habrá que darse una vuelta por la Carpa
Blanca Docente instalada en la Plaza del Congreso y ver para creer.
La única forma de que surjan verdaderos especialistas en
la materia es a través de la liberalización de la
educación y así dejar que existan las condiciones
para la innovación y los incentivos genuinos para emprender
iniciativas orientadas a la educación. De esta manera los
especialistas se van a diferenciar de una manera notable de aquellos
que no lo son y se podrá ahondar verdaderamente en los conocimientos
con la consecuente multiplicación de opciones y adelantos.
Ni más ni menos que en cualquier otra área del quehacer
y el conocimiento donde la libertad reina.
¿Cuál es la posibilidad ni hablar del estímulo-
de producir estos adelantos ahora, con la existencia de millones
de padres y alumnos como mercado cautivo?
¿Y los pobres? Sheldon Richman
demuestra que -como siempre- los más perjudicados en un sistema
coercitivo que extrae recursos (impuestos) de la sociedad para sostener
un sistema educativo altamente ineficiente, son los pobres. Ellos
pagan un sistema que standariza para abajo y se ven forzados -no
sólo por la obligatoriedad de la escolaridad, sino por falta
de mayores recursos- a aceptar los colegios estatales para educar
a sus hijos. Si los recursos que son absorbidos por el estado para
destinar a la educación fuesen retenidos por los ciudadanos,
sin dudas ellos mismos se encargarían de proporcionar una
buena educación a sus hijos y de crear asociaciones y organizaciones
de todo tipo que satisficieran sus necesidades en esta materia,
determinadas por ellos mismos. El mercado se encargaría,
mediante el estímulo de la competencia, de proporcionar infinidad
de posibilidades, tal como lo hace con todos los demás bienes
y servicios y más aun con aquellos considerados básicos
-la comida, los medicamentos, la vestimenta, el transporte, la construcción-.
Sin embargo siempre habrá quienes crean que en este campo
es preferible una igualdad que nivele hacia abajo, antes que librar
a cada uno a sus iniciativas e intereses y a su propia capacidad
y creatividad para procurarse lo que cada uno considere mejor.
En el caso de los más ricos, si bien se ven sometidos a la
injusticia de pagar por lo que no van a usar, gozan al menos de
la posibilidad de enviar a sus hijos a instituciones privadas. Aunque
es cierto que, dada la increíble cantidad de regulaciones
a la que está sometida la enseñanza privada sobre
lo que más adelante nos extenderemos las diferencias
no son realmente significativas, ya que todo el sistema está
teñido por una mediocridad standarizada que inhibe la creatividad
propia del sector privado.
En el área donde tal vez sí se pueda señalar
una diferencia clara entre ricos y pobres y que demuestra uno de
los aspectos tal vez más superficiales de la falla de la
educación pública es en cuanto al aprendizaje del
idioma inglés. Se sabe que para aprender verdaderamente este
idioma, que abre importantes puertas en el mercado laboral, hay
que recurrir a la enseñanza privada. Nadie egresa de un colegio
estatal con un nivel aceptable en este rubro tan evidentemente demandado.
De todas maneras, esto es casi anecdótico, porque el punto
central es otro: la educación está en crisis porque
el sistema no funciona. Y el sistema no funciona porque está
basado en la coerción. Y si hay un área donde la libertad
es fundamental, ese es el campo de la enseñanza y del aprendizaje.
Las pruebas del monopolio: en
la Argentina no existe la enseñanza privada. Otro
de los lugares comunes que se repiten en relación a la enseñanza
es marcar la gran ventaja que tienen quienes pueden asistir a instituciones
privadas y el supuesto desequilibrio que ampliaría la brecha
entre ricos y pobres en caso de desregular la educación.
Es increíble cómo funciona a veces el marketing que,
más allá de una realidad exasperantemente uniforme,
trata de diferenciar colegios para promocionarlos. Es sorprendente
cómo no se advierte que esa diferencia es meramente superficial
y aparente.
La enseñanza privada en la Argentina está desde todo
punto de vista intervenida y regulada por el estado y realmente
si hay algo que no hay -gracias a esto- es innovación, diferenciación
u originalidad. Mucho menos libertad.
Desde el horario (absurdamente militar) que deben cumplir todos
los colegios de acuerdo a los turnos establecidos, hasta los programas
de estudio y sus contenidos, las cargas horarias por materia, el
período de recesión, las formas de evaluación,
los métodos de enseñanza y la organización
de los cursos (en todos los casos, sin excepción, por edades
y no de acuerdo a capacidades e inclinaciones personales). En cada
una de las disposiciones queda clara una cosa: alumnos y padres
no pueden ni deben elegir. No hay interés, ni voluntad ni
responsabilidad individual -fundamentales para desenvolverse en
la vida- a la hora de "educarse".
Ni hablar de la posibilidad de que los chicos puedan elegir su formación
de acuerdo a inclinaciones definidas. ¿Qué pasa con
aquel que sabe a temprana edad que su vocación está
en el arte? ¿O aquel que quiere dedicar su vida al deporte?
¿Y al que sólo le interesan las ciencias duras? Y
el que no tiene definida su inclinación, ¿es la mejor
forma para que la descubra obligarlo a transitar caminos que sabe
que no le gustan? ¿No es mejor empezar por lo menos arduo,
por aquello por lo que se siente al menos cierta curiosidad? ¿Y
los padres no están en su legítimo derecho a decidir
una u otra orientación para la educación de sus hijos?
En cuanto al tan mentado "estímulo al docente",
¿qué clase de estímulo puede haber en un sistema
hiper-regulado en el que no existe ningún tipo de competencia
ni incentivo para superarse? Tal como ocurre en las Fuerzas Armadas,
el corporativismo rabioso de los docentes argentinos ha logrado
que todos sean "iguales". El máximo de los méritos
que un docente puede tener para acceder a una mayor remuneración
es la antigüedad. Uno puede ser un profesor genial, didáctico,
atractivo, estimulante o creativo pero ganará exactamente
lo mismo que aquel que no lo sea pero que eso sí- tenga
la misma cantidad de años frente a una clase aburriendo o
"torturando alumnos". Hagamos la prueba con cualquier
otra profesión o con cualquier otro bien o servicio: establezcamos
precios máximos y precios mínimos, y vamos a ver qué
pasa. Digámosle a los médicos que desde hoy empiezan
a ganar todos lo mismo y veremos qué sucede con la medicina.
O con la arquitectura, o con las empresas de fumigación,
o con las editoriales...
Nuevamente, el problema no está en una u otra parte del sistema,
no hay una pieza que anda mal o una reforma que esté faltando.
El problema está en su naturaleza misma y esto es lo último
que sus beneficiarios políticos y empleados públicos-
van a admitir.
Libertad de educar. Otra de las
cosas que señala Richman en su libro, es que nadie podría
predecir en realidad cuál sería el resultado específico
de una liberación total de la educación. La multiplicidad
de innovaciones e iniciativas que surgirían serían
incontables y hasta inimaginables para nosotros hoy en día.
La gente ha aprendido y ha transmitido conocimiento sobre millones
de cosas durante cientos de años sin la intervención
estatal. Cómo lo haría hoy es un desafío a
la imaginación y a la iniciativa del tipo de los que han
llevado al hombre por un camino de creciente prosperidad a través
de su historia.
La competencia misma dejaría fuera a los charlatanes y a
quienes proporcionaran un mal servicio. Habría escuelas religiosas,
escuelas con fines de lucro, escuelas sin fines de lucro, seculares,
independientes, empresariales, etc. La gente finalmente elegirá
de acuerdo a sus propios criterios, de la misma forma en que elige
el culto al que pertenece o los valores que va a transmitir a sus
hijos.
Como Richman señala con una cita de Argenon Wells: "cómo
enseñar, cómo mejorar a los chicos, son preguntas
que necesitan de nuevas y avanzadas soluciones no más que
cómo cultivar mejor el suelo, o cómo perfeccionar
las manufacturas. Y estas mejoras no pueden darse en tanto la educación
no sea libre y abierta a la competencia y a todos los estímulos
que la libertad constantemente proporciona. Pero una vez que el
conocimiento y las inquietudes son cerradas a estos vientos vigorizantes,
ya sea por el monopolio o la subvención, o por la coerción
o el paternalismo, el resultado seguro será el letargo y
el estancamiento".
Natalia Rodríguez
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