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Hispanic American Center for Economic Research


 


¿QUIEN QUIERE SER MILLONARIO?

Por Richard C. Seder

De esa manera comienza cada episodio del inmensamente popular y trivial programa de preguntas y respuestas. El concursante sentado en el asiento caliente, absorto por la dramática iluminación y la música. El gran premio es $1 millón de dólares en efectivo. Para el jugador, la motivación es clara - ganar a lo grande
¿Pero qué ocurre con los millones de televidentes a lo largo del país que se sientan clavados frente a la pantalla, anticipándose ansiosamente a la próxima pregunta?
Algunos de nosotros compartimos la diversión del evento por teléfono inmediatamente una vez finalizado el show, y al día siguiente en la oficina, me siento culpable de ambas cosas.
Obviamente nuestra motivación no es la de ganar dinero. Es el amor por el conocimiento y el hecho de acumular bocadillos de datos, los principales factores que motivan la fascinación por estos programas de entretenimiento que se emiten en el horario central.
Si las principales cadenas están buscando algo que sea vendedor y que a la vez abarque distintas culturas, ningún segmento de edad o grupo étnico es inmune a la fiebre por estos programas de juegos. Todos disfrutan del desafío de proclamar ante sus amigos y familiares, "Hey, Yo hubiese podido responder eso."
En otro plano, el show es una evidencia de que los humanos poseemos un deseo fundamental de aprender. Si viene bajo la forma de jugar un juego, la excitación no disminuirá.
Desgraciadamente, este redescubierto anhelo de probarnos, aparece como algo opuesto a la experiencia que la mayoría de nosotros tuvimos al pasar por la escuela. Regresando a esa época, gran parte de nosotros no podríamos ser indiferentes respecto de la literatura, la ciencia o la historia.
Ahora, los temas cobran vida y nuestros ojos chisporrotean cuando la pregunta es formulada. Más allá de lamentarnos por alguna pregunta del show que deberíamos de haber sabido, deseamos en cambio haber prestado un poquito más de atención en la escuela.
¿Cómo es que estas mismas preguntas que nos afligían tanto en el pasado, sean ahora lo más notable de nuestro día? La respuesta sencilla es que la escuela es un lugar aburrido.
Además del contexto físico -los mismos edificios grises albergando los mismo pizarrones, aulas, bancos y escritorios- el sistema se encuentra también desprovisto de la excitación mental que hace del aprendizaje un placer.
El ingrediente principal del éxito de estos shows es el riesgo. Los jugadores deben arriesgarse para ganar el dinero. Si no lo hacen, reciben una parte pequeña del botín. En el sistema educativo moderno, esto es lo que falta. Los maestros ni siquiera tienen la opción de tratar de hacer algo mejor.
Los maestros y administradores son desalentados de enseñar a los alumnos a través de nuevas maneras que se desvíen de la formula estandarizada. Además, el sistema virtualmente no ofrece ninguna recompensa por el éxito.
Un maestro destacado, que realmente involucre a sus alumnos en la búsqueda del conocimiento, no recibe mayores recompensas que aquel que exclusivamente se limita a alcanzar un nivel mínimo aceptable.
Por su puesto que los buenos maestros pueden obtener satisfacción sabiendo que su tarea está bien cumplida, pero uno no se atrevería a sugerir que ello es suficiente recompensa. El sistema se ha convertido en uno que ampara la mediocridad y desalienta la inventiva al enseñar.
Debe hacerse algo a fin de alentar a aquellos adultos apasionados e inteligentes a ingresar en la profesión de maestro. Algunos estados y distritos escolares en los Estados Unidos, están tomando la idea del sector privado, y ofrecen bonificaciones a los mejores candidatos.
Pero al mismo tiempo, debe hacerse más por incentivar la toma de riesgo por parte de los maestros y administradores, a efectos de romper con el molde de la educación estandarizada. La vieja idea de qué es una escuela, precisa de ser actualizada al siglo XXI.
Desde ya, que nunca veremos una escuela con luces moviéndose al ritmo de la música de un corazón latiendo. Pero podemos crear escuelas que permitan y recompensen la ingenuidad de los maestros. A diferencia de lo que ocurre en el show, no existe una sola respuesta correcta para nuestros problemas de educación.
Esto dificulta la tarea de mejorar la escolaridad, particularmente cuando los incentivos desalientan nuevas formas de pensar. Si realmente deseamos que nuestras escuelas sean exitosas, "¿Quién Quiere Ser Un Millonario?" podría ofrecer algunas buenas lecciones.
Cualquier cosa que desate la alegría por aprender y haga brillar los ojos de un niño es un paso en la dirección correcta. Esa, sin duda, debería ser "la respuesta final."

Richard C. Seder es director del programa de estudios sobre educación en el Reason Public Policy Institute (www.reason.org).
Este artículo fue originalmente publicado en el San Francisco Examiner el 16 de enero de 2000.
Traducción de Gabriel Gasave

 


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