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LA CULTURA DEL LIBERALISMO CLÁSICO
Por Tadd Wilson
Más allá de lo que se enseña en muchas universidades,
las ideas liberales clásicas de la economía de mercado
y el gobierno limitado han pasado exitosamente el test al que es
sometida toda doctrina: saber si es o no la mejor alternativa. La
evidencia es clara: basta con recordar el colapso de la economía
planificada en la ex-Unión Soviética o el éxito
de la reducción del sector público en países
tan diferentes como Estonia, Nueva Zelanda o Polonia.
Sin embargo, al liberalismo clásico (que en el pasado fuera
el paradigma filosófico dominante) se lo acusa actualmente
de no ser lo suficientemente íntegro. Desde la izquierda
y la derecha se lo critica por concentrarse pura y exclusivamente
en la economía y la política, desatendiendo una cuestión
vital: la cultura.
Este tipo de críticas, podrían tener implicancias
negativas en el futuro. Tal como lo expresó F.A. Hayek en
The Intellectuals and Socialism, la percepción que se tiene
de una filosofía afecta su longevidad.
La izquierda y La derecha vs. el último
hombre
Desde la izquierda, los liberales clásicos han enfrentado
serios cuestionamientos acerca de los límites y la naturaleza
de la política y la economía. Heredando indirectamente
la aparente deificación de Friedrich Nietzsche hacia la cultura
y su miedo a un último hombre atomístico y maximizador
de utilidades, muchos de los intelectuales del siglo XX se han mostrado
abiertamente hostiles a estudiar el comportamiento humano desde
un punto de vista político y económico. Me vienen
a la mente el existencialista Jean-Paul Sartre, el socialista británico
Raymond Williams e incluso la filósofa política Hannah
Arendt. Fue esta última quien en su libro Men in Dark Times
(1968), se refirió a "varios períodos de oscuridad
en los cuales ... la gente no hacía más preguntas
de política que las que consideraba vitales para sus intereses
y libertad personal".
Desde la Derecha, Allan Bloom sostuvo en Commerce and Culture
que "la noción misma de cultura se formó en respuesta
al surgimiento de la sociedad comercial". En The Closing of
the American Mind (1987), Bloom desprecia toda concepción
de una sociedad libre, basada solamente en la política o
la economía, reprendiendo a los apologistas del mercado ya
que al aceptar una economía sin valores "admiten que
su sistema racional necesita un suplemento moral para que funcione
y que esa moralidad no es por sí misma racional -o al menos
su elección no es racional, tal como ellos conciben la razón".
Las observaciones de Bloom fueron recicladas por otros conservadores,
como el ex-juez federal Robert Bork y el editor de Weekly Standard,
William Kristol.
Como era de esperar, muchos liberales clásicos replicaron
que la teoría política y económica se concentran
naturalmente en la política y la economía, y que están
más interesadas en definir lo que se encuentra dentro de
la esfera política antes de explicar lo que está fuera
de ella. Otros adujeron que muchos artistas, vinculados de lleno
a la cultura, fueron liberales en su tiempo; tal fue el caso de
Friedrich von Schiller, Ludwing van Beethoven, Percy Shelley, John
Milton, y Johann von Goethe.
Sin embargo, no debe dejar de considerarse la base de la crítica:
a pesar de ser un campo tan extenso de pensamiento, el liberalismo
clásico es visto generalmente como desinteresado en aquellas
cuestiones más allá de lo político o lo económico;
y esto desmerece una larguísima tradición de pensamiento
que provee fundamentos más que suficientes para una discusión
seria sobre la cultura.
El presente ensayo hará entonces dos consideraciones simples:
primero, que muchos liberales clásicos consideraron la importancia
de la cultura, si bien no presentaron una visión unificada
del tema; segundo, que esa consideración de la cultura es
una parte fundamental del conjunto de sus filosofías. Consideraremos
así a tres grandes exponentes del liberalismo clásico:
F.A. Hayek, Ayn Rand y Robert Jay Nock.
¿Qué es la cultura?
Antes de continuar, recordemos el concepto de cultura, o mejor
aún, la poca claridad que existe sobre el mismo. La Oxford
Companion to Philosophy de 1995 expresó que la palabra "puede
ser utilizada en muchos sentidos para describir todos los aspectos
característicos de una forma de vida en particular o en un
sentido más estricto, para denotar el sistema de valores
implícito en ella". Concluyeron de esta manera que el
entendimiento de la cultura resulta útil para evaluar el
sistema de valores que refleja el ideal de lo que debería
ser la vida humana. Una fuente menos académica, el Websters
Seventh New Collegiate Dictionary, define la cultura en términos
de "ilustración y excelencia adquiridas por el entrenamiento
intelectual y estético", "un estadio particular
de progreso en la civilización" y como el "comportamiento
típico de determinado grupo o clase".
Mientras que ninguna definición ofrece un entendimiento
preciso de lo que se entiende por cultura, todas marcan dos elementos
esenciales de la misma: que los comportamientos y las acciones individuales
están relacionados, que pueden ser explicados como motivados
por valores y que esos valores no son estables; es decir que deben
ser enseñados y que están sujetos a interpretación.
Más aún, estas definiciones apuntan a dos áreas
de actividad potencial para cualquier cultura dada: explicar el
comportamiento individual y modificarlo. Mientras que estas dos
áreas son inseparables, las trataremos por separado con el
propósito de eliminar dos críticas puntuales al liberalismo
clásico. Bloom, Arendt y otros, aunque disiden entre sí,
sintetizan la crítica diciendo que el liberalismo clásico
es insuficiente para explicar la cultura y para crear cultura, es
decir: para sostener valores.
Friedrich A. Hayek: Más allá de
la economía política
En lugar de atacar a los críticos con argumentos abstractos,
los estudiantes del liberalismo clásico pueden refutarlos
con tres palabras: la presunción fatal. Apreciado por extender
y profundizar su crítica a la planificación central,
el libro de Hayek The Fatal Conceit abarca varios campos importantes
relacionados con la cultura como la antropología, la biología,
la filosofía, la lingüística y la psicología,
además de la política y la economía. Mientras
la tesis central del libro prueba que el socialismo está
basado en premisas cuya falsedad es fácilmente demostrable,
Hayek ofrece sólidos fundamentos para sostener que el desarrollo
de la sociedad no es puramente económico, político
o racional, sino que el desarrollo se centra básicamente
entre el instinto y la razón.
Si bien las leyes de la economía (lo que Ludwing von Mises
denominó praxeología) permanecen estables en el tiempo,
para Hayek, la sola consideración de la reacción racional
a esas leyes no alcanza para explicar el cambio en la sociedad y
en los valores individuales. En el capítulo titulado Biological
and Cultural Evolution, Hayek expresa respecto a la distinción
entre instinto y aprendizaje habitual: "no podemos distinguir
con precisión entre estos dos determinantes de la conducta
ya que interactúan en una forma muy compleja". Hayek
también sugiere que la tensión entre instinto y razón,
"un conflicto iniciado por la disciplina de las tradiciones
morales represivas [...] es tal vez el tema de mayor importancia
en la historia de la civilización". Postulando de esta
manera que la tensión entre el instinto y la razón
motorizan la evolución cultural, en un "proceso constante
de prueba y error, de constante experimentación en campos
donde se enfrentan órdenes muy distintos". Inmediatamente
después de analizar este estadio evolutivo/cultural, Hayek
se vuelca hacia la discusión sobre los orígenes de
la Libertad, la propiedad y la justicia, y más adelante se
referirá al desarrollo de los mercados de gran escala y los
órdenes extensivos.
Luego de ofrecer su concepción de la cultura, Hayek reconoce
explícitamente la función de la misma como modificadora
del comportamiento: "Si bien las reglas generalmente tienden
a ser seleccionadas vía la competencia y a partir de los
valores de la supervivencia humana, esto no las exime de un examen
crítico". En otras palabras, si bien el mecanismo evolutivo
que Hayek explicó realmente funciona, resulta de gran importancia
criticar específicamente ciertas reglas y normas. Y aunque
Hayek dedica el resto de The Fatal Conceit a provocar al socialismo
(obviamente con la esperanza de modificar un comportamiento), dedica
un capítulo entero a lo que podría llamarse "una
crítica cultural": Our Poisoned Language. En el referido
capítulo, Hayek acentúa la enorme importancia del
lenguaje en la evolución cultural; particularmente la habilidad
del lenguaje para transmitir errores de generación en generación
y de manera muy sutil.
Estos ejemplos demuestran dos cosas: Hayek sostiene una visión
holística de las relaciones humanas que va mucho más
allá de la política y la economía; y esta visión
le permite interpretar y criticar determinadas culturas con el objeto
de modificar el comportamiento individual y la tendencia general.
En resumidas cuentas, Hayek no podría jamás ser considerado
como un mero economista.
Ayn Rand
De los tres autores seleccionados para el presente artículo,
Ayn Rand es quizás quien más ha avanzado hacia una
filosofía particular: el Objetivismo. La noción de
cultura de Rand es cuidadosamente definida e integrada en un sistema
de creencias construido sobre principios irreducibles: existencia,
identidad y conciencia. En su colección de 1982, su último
libro publicado Philosophy: Who Needs It, define la cultura de una
nación como "la sumatoria de aquellos logros intelectuales
de los individuos que sus conciudadanos han aceptado en todo o en
parte y que han influído la forma de vida de la nación
toda". Lejos de ser estática, "la cultura es un
complejo campo de batalla con múltiples y muy diferentes
ideas e influencias" por lo que "hablar de cultura es
hablar sólo de las ideas dominantes, siempre permitiendo
la existencia de disidencias y excepciones".
Al igual que Hayek, Rand remarca la cuestión de las condiciones
necesarias para que exista civilización. Mientras que Hayek
destaca que la civilización debe sostenerse sobre reglas
de conducta que permitan un orden más extensivo de desarrollo,
Rand simplifica diciendo: "para que exista una sociedad civilizada,
es necesario eliminar el uso de la fuerza de las relaciones sociales".
Rand comparte con Hayek la adhesión al individualismo metodológico,
sosteniendo que "se puede aprender mucho de la sociedad estudiando
al individuo". No obstante, la postura más fuerte que
adopta Rand la lleva a concluir que "no se puede aprender nada
sobre los individuos si se estudia a la sociedad" y que el
único factor fundamental que determina la naturaleza de cualquier
sistema social es la existencia o ausencia de derechos individuales.
Hayek le encontraría algunas objeciones a esta afirmación.
Pero, cualesquiera que sean las similitudes o diferencias entre
Hayek y Rand, ambos desarrollan teorías explicativas del
comportamiento individual que incluyen y trascienden la economía
y la política.
Rand estudia la cultura desde un punto de vista crítico.
Al igual que Hayek, Rand detesta la dominación lingüística
y étnica de la palabra "social": "no existe
una entidad tal como la sociedad, porque la sociedad es meramente
un conjunto de individuos". Así fue como dedicó
un ensayo completo en The Objetivist (1966) titulado Our Cultural
Value-Deprivation. Y en Philosophy: Who Needs It, sostuvo que una
de las mayores debilidades de los Estados Unidos consistió
en no haber generado una cultura propia. Estados Unidos fracasó
en descubrir "las palabras para denominar los logros de sus
fundadores, es decir una filosofía apropiada y como consecuencia:
una cultura americana". Esta deficiencia cultural hizo que
los intelectuales norteamericanos pasaran a depender de los europeos
(particularmente de los alemanes) y causó un "reciclaje
desafortunado de las premisas kantiano-hegelianas", es decir
que condujo al colectivismo. Esta consideración de Rand se
hace eco del temor de Hayek a nuestro "lenguaje envenenado"
y anticipa algo que Bloom dirá algunos años más
tarde.
Al igual que su predecesor Albert Jay Nock, Rand admiró
a los griegos por dar nacimiento a la filosofía idealizando
la razón. Elogió su arte y su religión por
personificar "los valores humanos más altos" como
la belleza, la sabiduría, la justicia y la victoria. En The
Romantic Manifesto, Rand realza la importancia del arte en general
por recrear la realidad selectivamente, por aislar aquellos aspectos
de la misma que representan las visiones fundamentales del hombre
y de la existencia. Claramente, la visión randiana del arte
es un ejemplo de la función interpretativa, exploratoria
y evaluativa que se le atribuye a la cultura en las definiciones
anteriormente mencionadas. Más aún, desde el punto
de vista cultural, el arte no tiene la función de un mero
entretenimiento sino que constituye parte crucial de la existencia
humana, en tanto que el autointerés no puede ser decidido
caprichosamente, sino que debe ser descubierto.
Al igual que con Hayek, nuestra discusión sobre Rand no
intenta identificar los méritos de su argumentación
pero sí señalar dos cuestiones: Rand ofrece una visión
de las relaciones humanas que va más allá de la política
y la economía; y esta visión le permite evaluar y
criticar determinadas culturas desafiando la presunción de
los individuos, su comportamiento y la tendencia general.
Albert J. Nock: un auténtico crítico
cultural
A diferencia de Hayek (un economista convertido en filósofo
político) o Rand (una novelista convertida en filósofa),
Albert Jay Nock trascendió como crítico cultural.
Durante su prolífera carrera, destacó sus impresionantes
dotes literarios en una gran variedad de publicaciones, incluidas:
Atlantic Monthly, Harpers, The Nation, The Freeman desde los
años 20 a los 30, varias publicaciones trimestrales
y el notable periódico de Frank Chodorov Analysis. Si bien
no trascendió demasiado entre los jóvenes libertarios,
Nock ejerció gran influencia en el embrionario movimiento
anticolectivista de los años 40, incluyendo a figuras
como Robert Nisbet, Russell Kirk, William F. Buckley Jr., Murray
Rothbard y al mismísmo Frank Chorodov.
Si bien emitió opiniones muy sólidas en materia económica
y política (sobre todo en la excelente obra Nuestro Enemigo,
El Estado) el análisis de Nock no se limitó a la crítica
económica o política. Al igual que Hayek y Rand, Nock
se interesó en múltiples disciplinas, incluidas: la
literatura, la historia, la mitología, la teoría política
clásica y moderna y la religión. Al igual que Hayek,
Nock fue un astuto observador de la cultura vista como influencia
en el comportamiento humano y en la tendencia general. Aunque no
alcanzó a desarrollar una rigurosa teoría de la evolución
cultural como la de Hayek, tuvo una visión muy amplia de
la cultura en el tiempo, a menudo refiriéndose a sus centenarios
inspiradores: Shakespeare, Dante, Socrates, Virgilio y Rabelais.
En primer lugar Nock eligió observar y criticar la cultura
norteamericana circundante de principios del siglo XX. La aguda
inteligencia de Nock pasó de la música y la literatura
de A Cultural Forecast al rol de la crítica misma en Criticisms
Proper Field. En American Education expresó: "La idea
principal o el ideal de nuestro sistema es que todos deben tener
la oportunidad de educarse. No obstante, el enfoque práctico
de este ideal no fue pensado de una manera inteligente sino por
el contrario de una forma muy estúpida; siendo concebido
sobre la base de la presunción oficial de que todos son educables.
Así es como nada ha cambiado". Si bien Nock escribía
para la audiencia de su tiempo, su consideración acerca de
la cultura sigue siendo una fuente relevante y fructífera
de crítica. Tal como Nock observó al 5 de Abril de
1950, en Freeman: "La primera tarea de la crítica en
este país es despegar la vista y la mente de los contemporáneos".
Finalmente, Nock se interesó permanentemente en la mente
de los individuos en una era de colectivismo y conformidad. En un
pasaje de A Cultural Forecast que anticipa la conexión hayekiana
entre el instinto de supervivencia, la razón y la evolución
cultural, recuerda la distinción fundamental entre estado
y cultura. Además, Nock invita a sus lectores a intentar
mejorar ellos mismos en lugar de culpar a la cultura norteamericana
por no darle a todos los ciudadanos de los Estados Unidos una apreciación
correcta de la vida humana.
Comentando acerca de las vidas de Virgilio, Marco Aurelio y Sócrates,
Nock dice: "estos se aproximaron a su época con el entendimiento,
ecuanimidad, humor y tolerancia que indicaba la cultura, y en lugar
de esperar de su civilización más de lo que esta podía
darles, reunieron energías para progresar en la vida por
sí mismos".
En suma, Nock demuestra que el liberalismo clásico y la
apreciación de una cultura elevada son complementarios. Nock
también provee de un modelo estilístico y una fuente
sustantiva de percepción, inteligencia y humanidad a los
críticos liberales.
La cultura liberal clásica
No quedan entonces dudas que existe una gran cantidad de literatura
liberal clásica que va más allá de la política
y la economía. Pero todavía nos resta contestar la
pregunta de por qué el liberalismo clásico ha recibido
tantos golpes por el lado de la cultura. Tal vez, como sugiere Bloom,
el problema no es que no exista interés por la cultura en
el liberalismo clásico sino que el interés por la
cultura se encuentra desatendido. Y tal vez los que se denominan
a sí mismos liberales clásicos son aquellos más
negligentes en este aspecto.
Tal como apuntó el economista e historiador de la University
of Iowa, D.N. McCloskey en un artículo publicado en de American
Scholar titulado Bourgeois virtue, los liberales clásicos
no deberían "definir a una persona que participa en
la economía como un bruto amoral". McCloskey escribe
que incluso "Adam Smith sabía que la sociedad capitalista
[...] no podía florecer sin la virtud de la honradez y el
orgullo burgués". Por suerte, McCloskey observa que
la situación actual es diferente a la que Bloom retrató
en 1987: "Muchos economistas han aprendido que los sentimientos
morales deben ser constituir las bases del mercado".
De hecho, el artículo de McCloskey es un excelente ejemplo
de la cultura de este economista liberal clásico, abarcando
inteligentemente la filosofía clásica y moderna, el
lenguaje de la virtud, la historia medieval y la psicología
freudiana. Varios grupos de escritores han expandido los horizontes
del liberalismo clásico más allá de la política
y la economía. Recientemente, el economista Tyler Cowen sostiene
en In Praise of Commercial Culture que un análisis económico
de la producción cultural denota una sólida correlación
entre la prosperidad y el consumo masivo de productos culturales.
Este breve recorrido por Hayek, Rand y Nock no agota el debate
sobre la cultura, al contrario, debería motorizar la discusión
entre los liberales clásicos en una área en la que
tienen mucho para contribuir. A los críticos podemos entonces
responderles que, lejos de paralizar al liberalismo clásico,
la ausencia de una línea unificada sobre la cuestión
cultural nos permite apreciar y continuar explorando en nuestra
rica tradición de historiadores, filósofos éticos
y morales, ensayistas, novelistas, teólogos y por supuesto,
filósofos políticos y economistas.
Traducción de Eneas A. Biglione y Soledad Bertossi
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