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LAS CONTRADICCIONES DEL DERECHO PENAL DE
RICARDO M. ROJAS
Por Gabriel C. Salvia
En Las contradicciones del derecho penal (Ad-Hoc, diciembre
de 2000), Ricardo Manuel Rojas ofrece una tesis provocativa
y original, argumentando que: "A la luz de los principios alrededor
de los cuales históricamente se ha tratado de organizar una
sociedad libre, ninguna de las teorías sobre el fundamento
de las penas resulta convincente para justificar dicho poder del
Estado".
Por consiguiente, el autor propone "dos cambios fundamentales
respecto de la actual respuesta penal: a) las acciones serían
ejercidas por las víctimas o sus representantes, y no por
el Estado; b) las sanciones a imponer estarían exclusivamente
vinculadas con la reparación del daño ocasionado a
la víctima, concebido en términos más amplios
que los del derecho civil y no con un castigo impuesto por el Estado".
Por eso, el libro empieza y termina con tres casos penales, señalando
al inicio cómo son resueltos actualmente y al final de la
obra cómo podrían resolverse en base a los argumentos
alternativos expuestos en esta tesis.
Sin embargo, este ensayo de Ricardo Manuel Rojas es mucho más
que una obra sobre derecho penal. Además de los argumentos
jurídicos Rojas muestra una gran solidez intelectual ofreciendo
fundamentos éticos, políticos, económicos e
institucionales para formular una completa y original propuesta
liberal para la protección de los derechos del individuo.
A esto hay que sumarle la experiencia cotidiana del autor como Juez
de un Tribunal Oral en lo Criminal de la Ciudad de Buenos Aires,
con lo cual combina formación académica y realidad
práctica para abordar este tema.
Esta obra resultará de gran interés para el público
en general, pues nadie desconoce los graves problemas de inseguridad
que actualmente padece la Argentina. Y en todo caso, tanto los abogados
y estudiantes de derecho, como el público lego en estos temas,
accederán a una postura del derecho penal totalmente ausente
en las aulas universitarias. Esto se debe a que el autor es un crítico
de las posturas más conocidas en materia penal, oponiéndose
a los fundamentos colectivistas del derecho penal que sostienen
socialistas, conservadores y hasta inclusive el propio liberalismo
clásico.
Sobre esto último Rojas afirma: "Puede decirse que el
derecho penal, reconocido tradicionalmente por el liberalismo clásico
como un instrumento básico por el cual el gobierno cumple
con su tarea de proteger los derechos individuales, en realidad
se ha convertido en la herramienta para ejercer su potestad de castigar
ciertas conductas que el Congreso considera punibles, todo ello
con independencia de la voluntad de la víctima y de la necesidad
de protegerla y resarcirla por el daño sufrido. Es más,
al desligarse la facultad de establecer el catálogo de delitos
y penas de la concreta protección de los derechos individuales,
muchas veces el sistema penal se convierte en fuente autónoma
de violación de derechos".
En el mismo sentido, el autor continúa señalando:
"Si la función del gobierno es proteger los derechos,
cabe formular la siguiente pregunta: ¿se justifica que el
gobierno intervenga para punir a alguien que presuntamente violó
los derechos de otro, si la víctima u otra persona que justifique
un interés legítimo no pretenden tal punición?"
En este sentido Rojas continúa planteando en cuanto a la
función del gobierno: "¿debería estar
destinada a aplicarle una pena a una persona en nombre del Estado,
como castigo, disuasión, o medio de resocialización,
o por el contrario debería estar destinada a satisfacer del
mejor modo posible las pretensiones reparatorias de la víctima
o quienes invoquen su interés legítimo? ¿Se
justifica la imposición de sanciones en nombre de la protección
de un ente abstracto e ideal, como es la sociedad? Si la sociedad
es tan sólo un conjunto de individuos incluidos los criminales,
las víctimas y aquellos a quienes el crimen produce externalidades
positivas, negativas o neutras- ¿cómo se puede saber
qué es malo para la sociedad y qué no lo es? Más
aún: ¿se justifica que se apliquen penas estatales
frente a la oposición abierta de la víctima?"
Rojas realiza un muy interesante análisis histórico
del derecho penal, originariamente privado, planteando su actual
desestatización para devolverlo al terreno civil: "Hoy
en día es pacífica la aceptación de que el
derecho penal es una rama autónoma del derecho público,
que rige la relación entre los individuos y el Estado, y
regula el poder punitivo de este último. Dejó de ser
el modo de canalizar los reclamos de restitución y retribución
frente al crimen, para convertirse en un orden imperativo, expresado
a través del conjunto de normas jurídicas sancionadas
por el Estado para castigar las acciones que presuntamente perjudican
a la sociedad". Y continúa: "Esto hace que la legislación
penal se aplique con independencia de la voluntad de las víctimas".
Un tema muy importante que analiza Ricardo Rojas ya había
sido presentado en su novela El Amanecer (1996), distinguiendo el
delito del crimen. En este caso lo profundiza señalando,
por ejemplo, que "El crimen, como un hecho filosófico,
puede ser definido como la violación a un derecho individual
concreto; es decir que cada vez que una persona entre en contacto
con la vida, la integridad física o el patrimonio de otra
en forma ilegítima, comete un crimen. Mientras que el delito,
como concepto jurídico, se vincula con una acción
típica, antijurídica y culpable, esto es, con una
conducta respecto de la cual, una ley prevé una pena para
su autor". Y prosigue: "Ambos conceptos no necesariamente
tienen que coincidir. Es posible que existan violaciones a derechos
individuales que no hayan sido sancionadas como delitos por la ley,
y por otro lado, que existan delitos que no constituyan violaciones
a los derechos individuales". Y concluye: "Una visión
liberal del derecho penal debería buscar una coincidencia
entre ambos".
Un claro ejemplo de lo anterior es el caso del contrabando. Actualmente
ingresar ciertos bienes del exterior sin pasar por la aduana es
considerado un delito, en el cual no se viola derecho de terceros
y se privilegia legalmente a sectores ineficientes que gracias a
su poder de lobby obtendrán ganancias que no conseguirían
en un mercado competitivo, perjudicando a los consumidores que sólo
podrán optar por productos más caros y quitándoles
poder de compra para adquirir otros bienes o servicios. Por eso,
el punto liberal es que prohibir el libre ingreso de mercaderías
a un país es una violación de la libertad de comercio,
por tal motivo en una sociedad libre no existiría la aduana
y con ello desaparecería la figura del contrabando. De la
misma manera, desaparecerían todos los denominados "crímenes
sin víctimas".
También el autor se refiere a la politización del
derecho penal: "La pena es la manifestación del poder
estatal de juzgar conductas y castigarlas. Sea como modo de pacificar,
de imponer ciertos valores o de proteger los derechos, la pena ha
sido considerada la herramienta del Estado para lograr sus objetivos.
Por eso es tan importante examinar cuál es el fin que persigue
esa coerción unilateral del Estado sobre un individuo".
Entonces Rojas concluye que la legislación penal castiga
conductas "que cada vez más se refieren a la defensa
de intereses propios del gobierno".
Otro tema importante del libro es la crítica del autor a
la prisión, y en esto también le juegan a su favor
no sólo sus argumentos intelectuales sino especialmente su
actividad judicial: "La prisión parece desaconsejable
y no cumple con la finalidad buscada en buena parte de los casos",
señalando entre otros casos que: "Por el solo hecho
de ingresar a la prisión, una persona tiene una alta probabilidad
de padecer varias consecuencias gravosas: 1) perder su trabajo;
2) separarse de y finalmente perder a su familia y amigos; 3) conectarse
con otras personas que están en la cárcel, entre quienes
encontrará, muy probablemente, a criminales que cuando salga
le ofrecerán su único trabajo posible: seguir delinquiendo".
A esta altura del comentario de Las contradicciones del derecho
penal alguien se preguntará cómo se define la posición
de Rojas en esta materia. El autor responde así: "Mi
posición en este libro podría entenderse como 'abolicionista'
en el sentido de abandonar el derecho penal tal y como hoy se lo
concibe, si bien con argumentos y propuestas alternativas que seguramente
no serían compartidas por muchos de los 'abolicionistas'
clásicos".
Para concluir, cabe señalar que este libro puede considerarse
una obra muy recomendable para el público con mente abierta;
de necesaria lectura para los interesados en cuestiones penales
y en temas de seguridad; y de imprescindible presencia en la biblioteca
de los amantes de la libertad individual y el gobierno limitado.
Por su parte, la originalidad de este libro es reconocida en el
prólogo que realiza Alberto Benegas Lynch (h), señalando:
"entiendo que en la órbita hispanoparlante no se ha
publicado un enfoque sobre la jurisdicción penal como el
que ahora nos presenta este libro".
Gabriel C. Salvia es Director Ejecutivo
de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
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