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POR QUÉ ESPAÑA,
POR QUÉ ARGENTINA
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Por Carlos Rodríguez
Braun
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¿Qué han hecho los argentinos para empobrecerse,
teniendo un país rico? Sabedores de que he nacido y vivido
la mitad de mi vida en Buenos Aires, así me preguntan algunos
amigos aquí con tanta simpatía como ignorancia de
economía e historia: ¿o acaso no se han enriquecido
los españoles en un país pobre?
El primer punto que hay que despejar es que los países no
son ricos o pobres de modo mágico, irreversible e independiente
de sus instituciones, sus leyes, sus Gobiernos. La presunta riqueza
de la Argentina, y pobreza de España, debería derivar
según el imaginario colectivo de sus recursos naturales,
copiosos en un caso y someros en el otro, pero jamás esos
recursos han sido sinónimos de bienestar. Después
de todo, un continente pródigo en "riqueza natural"
es África, y a millones de sus habitantes aflige la miseria.
Ya en el siglo XVIII Adam Smith acuñó la definición
moderna de riqueza: es el trabajo humano, y éste será
más o menos productivo según se halle en un entorno
institucional más favorable, con más justicia y más
libertad, de modo que cada individuo, siguiendo el impulso de "mejorar
su propia condición" pueda lograrlo y al tiempo hacer
lo mismo con su comunidad.
Esto basta para explicar por qué los africanos pueden estar
parados sobre "riquezas" sin cuento, y sin embargo ser
paupérrimos. No hay forma, en efecto, de que la población
pueda mejorar su condición si los déspotas de turno
se dedican a hacerse la guerra mutuamente y a atacar sistemáticamente
a sus propios súbditos, negándoles el derecho de propiedad
y hasta el de la vida.
También explica por qué los argentinos fueron más
ricos que los españoles hasta los años sesenta del
siglo pasado. En España no sólo hubo una guerra civil
sino también, a su término, dos décadas durante
las cuales la política económica franquista no ahorró
ninguna tontería. Sin embargo, fue la propia dictadura la
que enderezó el rumbo a finales de los años cincuenta.
Por eso España se parece más a Chile que a la Argentina,
en el sentido de que tuvo una mayor estabilidad institucional y
una mayor predictibilidad en sus estrategias económicas,
que fueron de peor a mejor. Los inquilinos de la Casa Rosada porteña,
en cambio, cambiaron con mucha frecuencia, y sus políticas
-y la calidad de las mismas- hicieron otro tanto.
España no se convirtió de súbito al liberalismo;
al contrario, el movimiento hacia el mercado fue lento, y se mantuvieron
los precios administrados, licencias, créditos orientados
políticamente y toda clase de trabas al comercio interior
y exterior durante muchos años después de 1959. En
compensación, el gasto público fue moderado y fue
financiado de modo genuino; no es que la estructura tributaria española
brillara por su equidad, pero tampoco se recurrió aquí
a un impuesto devastador que sí fue recaudado en la Argentina
y que marca una gran diferencia con España: el impuesto inflacionario.
Así, aunque las políticas económicas intervencionistas
también rigieron al otro lado del mar, la irresponsabilidad
inflacionaria de las autoridades argentinas, tanto dictatoriales
como democráticas, hasta principios de los años noventa
no tiene parangón en España.
Hay otras diferencias, debidas al venturoso azar. Ante todo, los
vecinos. No es lo mismo estar rodeado de países pobres y
con un mejorable palmarés en cuanto a respeto de las libertades
y los derechos humanos, que tener como vecinos a naciones no sólo
económicamente "serias" (con políticas más
estables y no inflacionarias) sino también opulentas, poderosas
y libres, naciones democráticas que, transcurridos los horrores
de la guerra y las privaciones de la posguerra, se enriquecieron
a gran velocidad justo cuando el franquismo empezó a dejar
atrás gradualmente sus extravagancias autárquicas.
Así, España pudo beneficiarse de un mercado rico y
predecible, que ejerció un atractivo político indudable
y también un triple efecto oxigenador sobre nuestra economía.
De una parte, en los "milagrosos" años sesenta
torrentes de españoles debieron emigrar -esta vez allende
los Pirineos, no a la Argentina- y sus remesas contribuyeron también
al despegue hispano; de otra parte, millones de europeos con dinero
decidieron gastarlo en España, y el sol y las playas que
siempre habían estado aquí se transformaron en un
recurso económico que nutrió nada menos que el 10
% del PIB español; y finalmente, el proceso de integración
en el Mercado Común representó una gran ventaja para
España, y mientras que el egoísta proteccionismo de
la PAC fue incluyendo secciones cada vez más amplias de nuestra
agricultura, fue excluyendo de dicho mercado a las importaciones
agrícolas y ganaderas desde la Argentina.
En la etapa predemocrática, pues, los avatares difieren acusadamente
a ambos lados del Atlántico. Mientras los argentinos son
arrebatados por la hiperinflación, los españoles registran
una relativa estabilidad y apertura. En cuanto a la violencia interior,
al desastre de la Guerra Civil sucede una paz permanente. Hay terrorismo
en ambos países, y Franco muere matando, es verdad, pero
se trata de ejecuciones explícitas, ante las cuales el Papa
Pablo VI puede protestar desde el Vaticano. En cambio, no sólo
el terrorismo argentino alcanzó cotas de extraordinaria gravedad,
sino que arrastró a las instituciones oficiales a una terrible
represión ilegal donde el Estado se volvió el mayor
terrorista, no hubo juicios y los policías y militares mutaron
en torturadores, asesinos y ocultadores de cadáveres.
En el aspecto exterior, España se incorpora paulatinamente
al tren de Europa y de los países adelantados y democráticos
de Occidente, mientras que la Argentina corona su convulsa etapa
de alternancia de golpes militares y gobiernos civiles débiles
o ilegítimos en abril de 1982, cuando la última dictadura
militar decide nada menos que ¡declararle la guerra a Gran
Bretaña!
Está claro, pues, que cuando las dos naciones acceden al
actual período democrático, con pocos años
de diferencia, lo hacen desde posiciones bien distintas, y favorables
a España, que en los últimos cuarenta años
disfrutó de un marco institucional más propicio para
el crecimiento económico, y aprovechó dos importantes
ondas de apertura y prosperidad internacional: los años sesenta
y los ochenta. La dictadura franquista superó económicamente
a los gobiernos argentinos; hubo también otras diferencias
en pro de España, como veremos el lunes próximo, pero
esta ventaja debe ser reconocida, igual que los aficionados a la
historia argentina del siglo XIX recordarán cómo Sarmiento,
de vuelta del exilio, se vio forzado a admitir que Buenos Aires
había prosperado durante la tiranía de Rosas.
La llegada de la democracia comportó en España la
profundización de las tendencias liberalizadoras iniciadas
en el régimen anterior; a cambio, el final del intervencionismo
microeconómico se vio compensado por un aumento del intervencionismo
macroeconómico, y España se volvió un país
europeo, es decir, un país con elevados impuestos y gastos
sociales, e ineficiencias estructurales reveladas en el persistente
desempleo y en desequilibrios en la sanidad y las pensiones.
En la Argentina el saneamiento no fue logrado por Raúl Alfonsín,
cuya mala gestión desembocó en hiperinflación.
Llega Carlos Menem y el nombramiento de Domingo Cavallo como ministro
de Economía se traduce en la llamada "ley de convertibilidad"
de 1991, que impone un sistema de caja de conversión con
un tipo de cambio de un peso argentino por dólar USA. La
inflación desaparece.
Otros factores también mejoran en la Argentina, como la inserción
del país en la comunidad de naciones civilizadas, en un contexto
en el que casi toda América Latina pasa a ser democrática,
y donde la política exterior norteamericana, en tiempos de
Ronald Reagan, deja de apostar por regímenes militares. Incluso
económicamente los gobiernos argentinos acometen medidas
plausibles, como la privatización de empresas públicas
y reformas laborales y del sistema de seguridad social, pero todo
eso empalidece frente al gran logro de haber dominado la inflación
-es decir, de haber dominado su inflación, la que las propias
autoridades habían provocado durante tanto tiempo.
El impacto de la estabilidad y la apertura de los años noventa
oscureció varios hechos significativos. En el plano económico,
tanto el éxito antiinflacionario de la currency board como
la corriente de capitales que llegó primero de la mano de
las privatizaciones y después de las ayudas del FMI permitieron
demorar la reforma del Estado, y de hecho los asuntos empeoraron
en términos de gasto público, descontrol de las finanzas
provinciales, plantillas hipertrofiadas e ineficientes, etc. El
periodista Gabriel Salvia elabora un interesante "burocratómetro"
que ilustra esta deficiencia (www.atlas.org.ar). Un remedo del monetarismo
puede atraer a los intervencionistas que pretenderán una
asimetría entre las políticas monetarias o cambiarias
y la fiscal: esto sucedió en la España de Felipe González,
durante la segunda mitad de los años ochenta.
La demora irresponsable de la reforma del Estado argentino hizo
que en un contexto de imposibilidad de financiación inflacionaria
las autoridades recurrieran a subir los impuestos y en particular
a la deuda. El mismo Cavallo que eludió las reformas en profundidad
reaparece ahora con otra ley que elude lo principal: la del "déficit
cero". Esto es menos radical de lo que parece, porque si comporta
que Argentina no se puede endeudar, esto es algo que ya sucedía
en cualquier caso; otro tanto vale para medidas de devaluación
encubierta vía tipos múltiples, y onerosas esperas
de la deuda -que eso es el llamado "megacanje"- que siguen
demorando la reducción del gasto público y el aumento
de su racionalidad y eficiencia. Hay que recordar que el presupuesto
equilibrado es una vieja consigna liberal decimonónica que
daba por supuesto lo que entonces era obvio y hoy no lo es en absoluto:
que el gasto público era pequeño con relación
al PIB (véase "El santo temor al gasto", EXPANSIÓN,
11 septiembre 2000).
Una de las claves para la reforma sería bloquear la estrategia
de presión para cobrar dinero público por parte de
los sindicatos y otros grupos de presión a través
de la violencia; el chantaje de los trabajadores de Sintel es similar
a una "carpa docente" que estuvo durante mucho tiempo
montada en la bella plaza situada frente al Congreso argentino,
y adonde acudieron tontamente todos los artistas españoles
que visitaban Buenos Aires; vamos, igualito que Saramago en la Castellana.
Otras estrategias de violencia, como los cortes de carreteras a
cargo de los "piqueteros", también han tenido su
reflejo en España.
La "solución" de la devaluación es una estafa,
una solución falsa, y la comparación con España
también es sugerente porque, como escribió Jesús
Gómez Ruiz en Libertad Digital, España no se enriqueció
porque devaluara la peseta en los años cincuenta, setenta,
ochenta y principios de los noventa, sino por las cosas que hizo
además, y por la buena ventura del contexto internacional,
un contexto que en el caso argentino fue llamativamente hostil.
No siendo la solución ideal, y no atacando la raíz
del problema, para la Argentina es mejor la dolarización,
igual que para España lo es el euro.
La imprescindibilidad de la reducción de tipos también
puede suscitar equívocos: una economía abierta y en
crecimiento requiere capital, pero precisamente por su situación
está en condiciones de retribuirlo bien. Eso fue lo que sucedió
en la época dorada de la Argentina, en el medio siglo que
precedió a la crisis de 1930. El panorama actual es diferente,
con tipos altos y crecimiento bajo, pero esto tiene más relación,
como hemos visto, con políticas económicas equivocadas
que bloquean el crecimiento que con los tipos elevados per se.
Otro aspecto importante, y que ofuscó a algunos liberales
que se entusiasmaron demasiado con el gobierno de Menem, es que
el liberalismo no sólo requiere estabilidad y reformas privatizadoras
y aperturistas sino también respeto institucional al Estado
de Derecho, y freno al abuso de poder y a la corrupción.
Esto tiene que ver con la economía, cuyo desarrollo está
asociado con la seguridad jurídica, un punto en el que, otra
vez, España supera a la Argentina (e igual sucede con la
seguridad física, pese a que aquí aún padecemos
terrorismo). Según el último Índice de Percepción
de la Corrupción de Transparency International, España
está en el puesto 22 de menos a más corrupto, y Argentina
en el 57.
Terminemos como empezamos, con Adam Smith. El filósofo y
economista escocés resumió en tres las premisas para
avanzar en la riqueza de las naciones: peace, easy taxes, and a
tolerable administration of justice. En esos tres frentes, y desde
finales de los años cincuenta, España superó
a la Argentina durante el tiempo suficiente como para que los habitantes
de la una se hayan enriquecido y los de la otra empobrecido.
Carlos Rodríguez Braun es catedrático
de Historia del pensamiento económico en la Universidad Complutense
de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de la Fundación
Atlas para una Sociedad Libre.
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