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EL SOMBRIO LEGADO Y LA
FALSA PROMESA
DE LA AYUDA MULTILATERAL
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Por Doug Bandow e Ian Vásquez
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Las organizaciones multilaterales de crédito - el Fondo
Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y los bancos de
desarrollo regional - han inundado al tercer mundo con miles de
millones de dólares en asistencia. Desde comienzos de la
década de los 50, el Banco Mundial por sí solo otorgó
préstamos por cerca de 300 mil millones de dólares
a países en desarrollo. Estas instituciones también
jugaron un papel importante incentivando a los gobiernos occidentales
a proveer cientos de miles de millones de dólares en asistencia
bilateral al mundo en desarrollo. Sin embargo, luego de dar consejos,
préstamos y subvenciones por cuatro décadas a los
gobiernos de los países más pobres del mundo, las
organizaciones multilaterales pueden mencionar muy pocos casos,
en los que sus esfuerzos llevaron a la mejora de los estándares
de vida y a la prosperidad económica sostenida. En lugar
de crecimiento, el tercer mundo experimentó desintegración
social, estancamiento económico, crisis de deuda, y en algunas
regiones, caídas en la producción agrícola
y en los ingresos.
Sin embargo, a medida que sus fallas se hicieron innegables, las
agencias de ayuda internacional sólo intensificaron sus préstamos.
En 1992, tanto el Banco de Desarrollo Asiático (BDA) como
el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) incrementaron sus préstamos
a niveles récord, y el Banco Mundial anunció al año
siguiente que sus compromisos de créditos alcanzarían
un nuevo pico de 23.700 millones de dólares. El FMI, luego
de recibir un 50 por ciento de aumento en recursos por parte de
los países industrializados en 1992, jugó un papel
fundamental en darle forma y distribuir la ayuda occidental a Rusia.
Además, el deseo de mayor ayuda multilateral condujo a una
expansión del número de integrantes tanto en el Banco
Mundial como en el FMI. Mongolia, Croacia, Albania, Namibia, Suiza,
Islas Marshall, Rusia, Latvia, Lituania, Moldavia, Ucrania y otros
países se unieron al grupo del Banco Mundial desde 1990.
Al mismo tiempo, los países industrializados crearon un nuevo
banco de desarrollo en 1990 -el Banco Europeo de Reconstrucción
y Desarrollo (BERD)- con el solo propósito de prestar dinero
a los estados de Europa Oriental y a las ex repúblicas de
la Unión Soviética. En Estados Unidos, mientras tanto,
se introdujo un proyecto en el Congreso para establecer un Banco
de Desarrollo Norteamericano para los Estados Unidos, Canadá
y México para acompañar al Tratado de Libre Comercio
de América del Norte.
Como muchas otras naciones, los Estados Unidos se apoyan cada vez
más en los organismos multilaterales para realizar sus programas
de ayuda exterior. Mientras que la ayuda económica bilateral
de Estados Unidos promedió los 10 mil millones anuales en
los 80, pero cayó a 6.800 millones en 1992, los desembolsos
netos de la asistencia de desarrollo oficial de las agencias multilaterales
subió de 8 mil millones de dólares anuales en 1985
a más de 16 mil millones en 1991.
Varios factores ayudaron a causar esta tendencia. En principio,
los déficits presupuestarios y la recesión en el mundo
desarrollado incrementaron la atracción de "ayuda conjunta"
-las naciones donantes pueden usar sus recursos en forma colectiva
con mayor eficiencia contribuyendo con montos relativamente pequeños
a grandes fondos de ayuda multilateral. Al mismo tiempo, el colapso
de la Unión Soviética eliminó la justificación
de la Guerra Fría para muchos programas de asistencia económica
bilateral. En segundo término, las agencias de ayuda internacionales
se volvieron defensores del libre mercado, exigiendo reformas económicas
dramáticas en todo el mundo. Aunque la revolución
liberal ocurrió en forma independiente al Banco Mundial y
al FMI, los legisladores de los estados industrializados creyeron
en el nuevo razonamiento de los organismos multilaterales.
Finalmente, el apoyo al FMI, al Banco Mundial y a los bancos de
desarrollo regional aumentó al menos en parte debido al incrementado
escepticismo que la Agencia estadounidense para el Desarrollo Internacional
(USAID), la oficina principal de los estados Unidos que distribuye
ayuda bilateral, promueve efectivamente el desarrollo del tercer
mundo. En 1993, una comisión especial de la administración
Clinton concedió que "a pesar de décadas de ayuda
externa, la mayor parte de Africa y algunas partes de América
Latina, Asia y Medio Oriente están económicamente
en peor estado hoy de lo que estaban hace 20 años".
Esta comisión especial también sugirió que
la USAID debería, entre otras medidas, establecer vínculos
más cercanos con las agencias crediticias internacionales.
En forma similar, el diario Washington Post, al notar que muchos
estudios documentaban gastos excesivos e ineficiencias en la USAID
recomendó que la administración Clinton considerara
la búsqueda del desarrollo internacional a través
del Banco Mundial y de otras organizaciones multilaterales "donde
los registros muestran que los dólares y el liderazgo estadounidenses
fueron exitosamente utilizados en nombre de los intereses importantes
de Estados Unidos".
Sin embargo, si la ayuda bilateral ha demostrado ser tan desilusionante,
¿hay alguna razón para creer que los pobres del mundo
se beneficiarían del fortalecimiento de las iniciativas de
ayuda multilateral? La respuesta, provista por 40 años de
una triste experiencia, es: No.
¿HA AYUDADO LA ASISTENCIA MULTILATERAL
AL TERCER MUNDO?
Por muchos años, los estudios sobre desarrollo económico
asumían que el tercer mundo era pobre porque carecía
de capital. Por lo tanto, la solución sugerida era transferir
riqueza del mundo desarrollado al mundo en desarrollo. Dado que
se creía que el sector privado no estaba dispuesto o no era
capaz de llevar prosperidad a las regiones más pobres del
planeta, los gobiernos tuvieron que planear y administrar las economías
de sus naciones. Y la asistencia extranjera permitiría sentar
las bases para planificar y administrar mejor.
Sin embargo, más de 40 años de transferencias internacionales
no beneficiaron al tercer mundo. La deuda externa de América
Latina se ubica en una cifra abrumadora de 430 mil millones de dólares,
el ingreso per cápita en el Africa sub-Sahariana es inferior
hoy comparado con el nivel de los años 70, y según
las Naciones Unidas, los 47 países más pobres en el
mundo subdesarrollado, muchos de los cuales recibieron ayuda, no
experimentaron crecimiento alguno en años recientes y se
espera que sus ingresos per capita sigan disminuyendo en 1993.
Por lo tanto, claramente los economistas especializados en desarrollo
estaban equivocados; el problema no era la escasez de capital. Los
países en vías de desarrollo no le deberían
a los gobiernos occidentales, a las agencias multilaterales de crédito
y a los bancos comerciales un exceso de 10.700 millones de dólares
en 1992 si esos países no hubieran sido capaces de encontrar
los fondos suficientes. Lo que fue obviamente ignorado por los defensores
de la ayuda externa es el hecho de que, como lo observó P.T.
Bauer, "la falta de dinero no es la causa de la pobreza, es
la pobreza" y que tener dinero es el "resultado de logros
económicos, no su precondición".
La asistencia extranjera no sólo se basa en un modelo equivocado
de desarrollo, sino también existen otros problemas más
prácticos que son inherentes a estos programas de transferencia.
Uno de estos problemas se debe a que la mayoría de las instituciones
de desarrollo, incluyendo las agencias de ayuda multilateral, le
prestan a gobiernos, no a personas. De tal forma que el FMI, el
Banco Mundial y otros bancos de desarrollo realizaron consistentemente
préstamos a los mismos gobiernos del tercer mundo que han
creado los peores impedimentos para el crecimiento económico.
Como lo explica Shyam Kamath, la asistencia externa a la India,
el receptor de la mayor asistencia internacional en el período
posterior a la Segunda Guerra Mundial, ayudó a expandir la
burocracia del país, a financiar planes de desarrollo centralizados
y a sostener uno de los "más grandes y más ineficientes
sectores públicos del mundo". Como resultado la India
continúa siendo una de las naciones más pobres del
mundo con un número en constante aumento de ciudadanos que
viven en la pobreza.
La India no se encuentra sola en este proceso. Roberto Salinas León
explica cómo el FMI y el Banco Mundial "jugaron un papel
fundamental en perpetuar el legado del estatismo en México".
México, el segundo gran deudor del Banco Mundial, luego de
la India, dependió de los créditos del Banco Mundial
para expandir sus industrias estatales de 300 en 1970 a 1.200 hacia
1982 -cuando México anunció su imposibilidad de pagar
la deuda externa, marcando el comienzo de la crisis de deuda internacional.
Salinas advierte que a pesar de las recientes impresionantes reformas
de mercado de México el país sigue apoyándose
en los préstamos del Banco Mundial y del BID para sostener
los monopolios estatales en algunos de los sectores más importantes
de la economía. En forma similar, Paul Craig Roberts analiza
cómo la ayuda multilateral en otros países en Latinoamérica
incentivó el crecimiento del estado intervencionista, estableciendo
las bases para la década pérdida de los 80 en la cual
los latinoamericanos vieron caer sus estándares de vida.
Desafortunadamente, el Banco Mundial y el FMI también han
sido muy generosos con los estados africanos. George B. N. Ayittey
describe a los dictadores africanos que regularmente justificaban
la necesidad de más ayuda basándose en que los fondos
serían utilizados para "promover el desarrollo".
Los gobiernos luego gastaban millones en armas y desperdiciaban
aún más en "maravillosos edificios de oficinas,
espectaculares aeropuertos, basílicas y otros elefantes negros".
Dado que la asistencia multilateral ha sido muchas veces desperdiciada
en lugar de ser utilizada en forma productiva, ha mantenido naturalmente
a los países receptores en una rutina de préstamos.
William McGurn ha puesto en evidencia este tipo de dependencia no
sana en Filipinas. Los subsidios del Banco Mundial y del FMI a los
gobiernos proteccionistas, escribe McGurn, permitieron que "los
nacionalistas y los peces gordos de las empresas de esos países
se pongan de acuerdo en dejar afuera a la competencia extranjera".
Y a medida que la nación se endeudaba cada vez más,
su dependencia en los organismos multilaterales aumentaba de igual
forma.
Muy pocos prestatarios escaparon a la trampa de la deuda. Doug Bandow
documenta la adicción de las naciones a los préstamos
del FMI. Según Bandow, "durante 1989 seis naciones...
dependían en la asistencia del FMI por más de 30 años,
24 países tomaron préstamos por entre 20 y 29 años.
Y 47, casi un tercio de todos los estados del mundo, habían
utilizado el crédito del FMI por entre 10 y 19 años".
En resumen, la ayuda multilateral, en lugar de ayudar a los países
en desarrollo, dificultó su progreso económico. En
el tercer mundo, las agencias multilaterales subsidiaron programas
económicos dañinos, financiaron el crecimiento de
los ya grandes sectores públicos y aumentaron la deuda de
los países receptores. Seguramente, no todo el dinero de
dicha ayuda fue malgastado. De hecho, es difícil imaginar
que se puedan gastar cientos de miles de millones de dólares
sin lograr nada positivo. Pero los antecedentes generales son claros
-en el mundo en desarrollo, el FMI, el Banco Mundial y otras instituciones
internacionales de financiamiento han provocado mucho más
daño que beneficio.
¿CREEN LOS ORGANISMOS MULTILATERALES
QUE AYUDAN AL TERCER MUNDO?
Naturalmente, los bancos de desarrollo sostienen lo contrario, pero
es difícil seguir sus actividades que son frecuentemente
secretas. El Banco Mundial no hace públicas muchas de las
evaluaciones de proyectos e informes de países, mientras
que los acuerdos logrados entre el FMI y los estados prestamistas
-conocidos como cartas de intención- son mantenidos en confidencialidad.
Sólo cuando los proyectos del Banco Mundial ocasionan mayores
protestas públicas, violaciones masivas de los derechos humanos
o mayor daño ambiental en los países del tercer mundo
o cuando los programas del FMI, generalmente caracterizados por
aumentos de impuestos y devaluaciones de las monedas, causan protestas
en las naciones que toman créditos, los medios occidentales
y la gente ve cómo operan estas instituciones crediticias.
Por supuesto, se podría sostener que todo esto representa
una imagen parcial de los esfuerzos de los organismos multilaterales,
ignorando los logros positivos. Pero son las organizaciones multilaterales
las que eligen mantener en secreto los detalles de las negociaciones.
Además, aún los informes oficiales -ya sea filtrados
a la prensa o hechos públicos en forma deliberada- ofrecen
muy poca evidencia de las habilidades de los bancos de desarrollo
para financiar el progreso económico. En 1992, por ejemplo,
el Banco Mundial revisó 1.800 proyectos para los que había
otorgado préstamos por 140 mil millones de dólares.
El estudio interno del banco, conocido como el reporte Wapenhans,
sostuvo que 37,5 por ciento de los proyectos completados en 1991
fueron "insatisfactorios" -más del doble que la
tasa de la década anterior. Y este reporte no era una anomalía.
Como documenta James Bovard, numerosas evaluaciones oficiales a
través de los años alcanzaron conclusiones igual de
desilusionantes acerca de los préstamos del Banco Mundial
en agricultura, telecomunicaciones, transporte, irrigación,
crédito y finanzas y en muchos otros rubros. Desafortunadamente
para los ciudadanos del tercer mundo, cuando estos proyectos fallan,
el resultado es deuda y no desarrollo.
El BDA y el BERD también publicaron informes admitiendo sus
malos resultados. Según el informe anual del BDA en 1992,
por ejemplo, 60 por ciento de los proyectos realizados por el BDA
en ese año fueron considerados como fracasos o sólo
"parcialmente exitosos". En tanto, un informe confidencial
del BERD concluyó que el banco no ha logrado contribuir a
la transición económica de Europa Oriental y que su
"impacto deja mucho que desear comparado con el uso de sus
recursos".
Las burocracias multinacionales respondieron a estos informes culpando
a "factores externos" y proponiendo nuevos procedimientos
o reestructuraciones organizacionales. Pero ninguna mejora en los
métodos puede compensar la visión equivocada del desarrollo
sobre la cual está basada la ayuda extranjera y los muchos
errores inherentes a los programas de asistencia.
¿PUEDE LA ASISTENCIA MULTILATERAL
AYUDAR AL TERCER MUNDO?
Quizás por esta razón, incluso muchos funcionarios
de organismos de asistencia sostienen que los esfuerzos de ayuda
en el pasado no han cumplido con las expectativas. Sin embargo,
explican que el futuro va a ser diferente, desde que los créditos
del FMI y muchos de los del Banco Mundial están condicionados
a deudores que adoptan políticas de reformas de libre mercado.
Esta teoría suena bien a nivel abstracto pero ha obtenido
poco éxito en la práctica. Después de todo,
el Banco Mundial admite que sus funcionarios odian poner fin a los
préstamos, incluso luego de que está claro que el
deudor no ha tomado ni tomará políticas de cambio
sustanciales.
Lamentablemente, tampoco se puede esperar que las instituciones
multilaterales puedan proveer consejos económicos sólidos.
Por ejemplo, en sus esfuerzos por inducir a los gobiernos extranjeros
a reducir sus déficits presupuestarios, el FMI típicamente
incentiva a los estados del tercer mundo a aumentar los impuestos
y a establecer mecanismos de recaudación impositiva más
efectivos. Sin embargo, ¿cómo espera el FMI que una
sociedad pobre prospere si su gobierno saca cada vez más
riqueza de sus ciudadanos?
Otro ejemplo lo da Paulo Rabello de Castro, quien acusa al FMI y
al Banco Mundial de brindar sucesivamente a los gobiernos brasileños
consejos equivocados que llevaron al establecimiento de hiperestanflación
-una mezcla única de hiperinflación y estancamiento
económico. El FMI, explica Rabello de Castro, en repetidas
ocasiones apoyó los intentos de mantener los presupuestos
gubernamentales bajo control reduciendo gastos y aumentando impuestos.
Desafortunadamente, esa receta nunca funcionó en Brasil,
donde el banco central simplemente financió los déficits
presupuestarios imprimiendo moneda- un factor institucional consistentemente
ignorado por el FMI.
Aún así, muchos estados del tercer mundo están
adoptando reformas. Pero los países que han hecho más
por liberar sus economías -México, Chile, Corea del
Sur y Argentina, por ejemplo- lo han hecho a pesar de la ayuda multilateral,
no gracias a ella. A tal punto que los países en desarrollo
que introdujeron reformas de libre mercado lo hicieron por necesidad
económica.
Al aminorar los síntomas del colapso económico, la
ayuda multilateral solo pospondrá la adopción de las
reformas necesarias. Los gobiernos que reciben asistencia extranjera
encuentran que es mucho más simple evitar implementar decisiones
políticamente difíciles que la reestructuración
económica tipicamente requiere. Por otro lado, suspender
o reducir la asistencia es mucho más efectivo para inducir
a los gobiernos a implementar la liberalización necesaria
para el crecimiento sustentable. Por ejemplo, Vietnam, que hasta
hace poco era excluido de los préstamos del Banco Mundial
y del FMI, reaccionó ante el corte de asistencia masiva soviética
implementando reformas económicas que condujeron a un "sector
privado emergente vigoroso" y a una tasa anual de crecimiento
económico de tres por ciento en 1991. Sin embargo, nuevos
préstamos del Banco Mundial y del FMI pueden retardar el
proceso de reformas. Una editorial en el Far Eastern Economic Review
señaló que Vietnam estaría mejor solo:
"Vietnam realizó un excelente trabajo en la restauración
de su economía con su doi moi, o política de renovación.
...Y su aislamiento de las bien intencionadas agencias multilaterales
de crédito fue otra bendición. Vean a Filipinas, que
fue objeto principal de estos préstamos, y ahora endeudada
con cerca de 29 mil millones de dólares y nada para mostrar
a cambio. Contrasten esto con la rápida prosperidad de, digamos,
Hong Kong, felizmente imperturbada por la atención de estos
prestamistas. Seguramente las intenciones de las organizaciones
multilaterales eran buenas y en años recientes han abogado
por la creación de mercados abiertos... Pero la experiencia
sugiere que sus términos usuales de crédito y su tendencia
inherente a un desarrollo de arriba hacia abajo no son un sustituto
de la disciplina de mercado."
Esta misma preocupación la expresa Nicholas Eberstadt con
respecto a la asistencia occidental a Rusia. Desde su punto de vista,
los créditos condicionales tienen aún menos oportunidad
de tener éxito en Rusia que en los países subdesarrollados
donde "es imposible demostrar su éxito". Eberstadt
concluye que "los programas de asistencia económica
ahora bajo consideración en el Oeste pueden no sólo
ser un desperdicio, pero incluso en última instancia pueden
retardar una verdadera reforma".
Quizás Melanie Tammen presenta la más clara muestra
del por qué incluso agencias de asistencia multilateral "reformadas"
no pueden promover prosperidad en el mundo en desarrollo. El Banco
Mundial, luego de otorgar préstamos a los gobiernos socialistas
de Polonia, Hungría, Rumania y otros países de Europa
Oriental por muchos años, ahora ha proclamado su compromiso
en asistir a estos mismos países en el establecimiento de
economías orientadas hacia el mercado. Sin embargo, al continuar
otorgando préstamos a las empresas en manos del gobierno,
como lo son las industrias de telecomunicaciones, el Banco Mundial
corre el riesgo de espantar a la inversión privada en estas
áreas y ayuda "al financiamiento de los gobiernos de
Europa del Este para retener acciones en proyectos público-privados...
que de otra manera estarían lo suficientemente comprometidas
financieramente como para hacerlas completamente privadas".
Incluso el BERD, cuyos estatutos requieren que el 60 por ciento
de sus créditos vayan al sector privado donde financiamientos
hechos por el mismo sector privado no se encuentran disponibles,
ha hecho poco por contribuir en la reforma. El banco tuvo problemas
en la identificación de buenas oportunidades de inversión
privada y por lo tanto realizó menos desembolsos.
En resumen, cuando se destina asistencia multilateral al gobierno,
sus efectos tienden a ser contraproducentes. En el mejor de los
casos, la ayuda multilateral orientada hacia el sector privado es
redundante. Por lo tanto, la ayuda multilateral no puede promover
desarrollo ahora ni en el futuro, mucho más de lo que lo
ha hecho en las últimas cuatro décadas. Los problemas
fundamentales, nuevamente, son los errores de comprensión
del proceso de desarrollo por parte de las instituciones internacionales
de financiamiento y los inevitables efectos contraproducentes de
ayudar a los gobiernos. Lord Bauer ha resumido claramente las contradicciones
inherentes de las agencias de crédito multilaterales y demás
programas de la siguiente forma: "Si todas las condiciones
para el desarrollo menos el capital están presentes, el capital
será generado localmente en el corto plazo o provendrá...
de afuera...Si, sin embargo, las condiciones para el desarrollo
no están presentes, entonces la ayuda...será necesariamente
improductiva y por lo tanto ineficiente. Entonces, si los principales
pilares del desarrollo están presentes, el progreso material
sucederá aún sin ayuda extranjera. Si están
ausentes, no sucederá, aún con ayuda."
EL INCENTIVO BUROCRATICO
Entonces, ¿por qué las principales instituciones multilaterales
continúan existiendo e incluso expandiéndose si la
evidencia en contra de la efectividad de la asistencia multilateral
es tan clara? Virtualmente cada participante en el proceso -salvo
los ciudadanos del tercer mundo- tienen intereses en el crecimiento
de las agencias de ayuda multilateral. Particularmente importante
es el rol de los burócratas de las propias instituciones.
Por ejemplo, Roland Vaubel muestra cómo el énfasis
del FMI en aumentar los préstamos ha creado la impresión
de que el mundo necesita en forma urgente aún más
créditos de esta institución. Así es que, el
FMI llevó a cabo al menos ocho aumentos de cuota y creó
un número de nuevas facilidades de préstamos a través
de los años. Incluso cuando el sistema internacional de tasas
de cambio fijas terminó a comienzos de la década de
1970 -y con él, el propósito oficial del FMI de mantener
la estabilidad de la tasa de cambio- los préstamos del FMI
no se redujeron. En su lugar, se duplicaron entre 1970 y 1975. Desde
entonces, el Fondo ha creado para sí mismo nuevas misiones.
El Banco Mundial también ha enfatizado la cantidad de préstamos
como una medida de importancia y éxito. James Burnham discute
sobre las fuerzas burocráticas del banco y la dificultad
que enfrenta incluso el consejo de la organización al intentar
cambiar las políticas prestatarias del banco y sus compromisos
crediticios. Burnham explica que "los incentivos institucionales
para preguntar en forma consistente por menos recursos financieros
fueron triviales o negativos", aún cuando los funcionarios
del banco sabían que una reducción en los préstamos
podría contribuir realmente al desarrollo económico.
Desafortunadamente, ese problema no es privativo del FMI y del Banco
Mundial. Como lo sostuvo un alto funcionario del BDA: "Nunca
dimos marcha atrás con un proyecto. Somos una institución
de desarrollo, pero también somos un banco. Tenemos que buscar
clientes". Siempre y cuando las agencias de asistencia multilateral
estén motivadas por estos incentivos perversos y los gobiernos
occidentales promuevan el desarrollo internacional, los créditos
multilaterales continuarán en aumento, a pesar de la abundante
evidencia de que no funcionan.
ELIMINANDO LOS IMPEDIMENTOS PARA EL CRECIMIENTO
Las naciones de todo el mundo están desmantelando sus empresas
estatales, liberalizando sus economías, reduciendo sus barreras
comerciales, achicando su sector público y abandonando las
políticas intervencionistas que por mucho tiempo estrangularon
sus economías. Los países de Europa del Este, de Latinoamérica,
del Sudeste Asiático e incluso de Africa están descubriendo
que la prosperidad depende muy poco de las prácticas de países
extranjeros y casi enteramente de políticas dentro de sus
propias fronteras. Por nombrar algunos Chile, Malasia, México,
Singapur y Taiwan todos demostraron que el destino económico
de una nación pobre no necesita estar atado a la ayuda occidental.
Al contrario, el desarrollo puede suceder sin ayuda externa, y de
hecho, es más probable que suceda si son eliminados la asistencia
multilateral y los impedimentos domésticos para el crecimiento.
De hecho, las naciones de Occidente que son ricas hoy en día
no hubieran salido de la pobreza años atrás si hubieran
dependido de la asistencia extranjera. Luego de perder décadas
en el camino equivocado (estatista) hacia el desarrollo, muchos
países del tercer mundo finalmente reconocen que la prosperidad
depende de la creación de riqueza, no de su transferencia.
Desafortunadamente, a pesar de las liberalizaciones dramáticas
en muchos de los países del tercer mundo y de esfuerzos genuinos
para alcanzar el progreso económico a través del comercio,
en vez de la ayuda externa, la mayoría de los países
industrializados no han sido de gran utilidad, manteniendo una actitud
paternalista hacia las naciones subdesarrolladas y cerrando sus
exportaciones en forma hipócrita. A pesar de que los gobiernos
occidentales mantienen aranceles bajos para una gran parte de productos,
siguen imponiendo significativas barreras no arancelarias al comercio
con países subdesarrollados. Las consecuencias son perversas:
James Bovard describe cómo los Estados Unidos, al mismo tiempo
que hace compromisos cada vez mayores para otorgar ayuda a Europa
Oriental y a la antigua Unión Soviética (y mientras
destaca la importancia del libre comercio cuando ofrece consejos
sobre política comercial), construyó una virtual cortina
de hierro contra las exportaciones de la región, incluyendo
productos textiles, siderúrgicos y de agricultura. Bovard
advierte que las leyes comerciales de Washington son altamente proteccionistas
y corren el riesgo de "estrangular en la cuna a los emprendedores
del antiguo bloque oriental".
De igual forma, J. Michael Finger también examina los costos
de las barreras comerciales del mundo industrializado hacia el tercer
mundo: "las restricciones de importación de los países
desarrollados reducen el ingreso nacional de los países en
desarrollo en casi el doble de lo que los países en desarrollo
reciben en ayuda". De nuevo, en lugar de facilitar el desarrollo
internacional, los gobiernos de las naciones ricas crean más
impedimentos -y entonces regalan la riqueza de sus ciudadanos a
través de la asistencia oficial para aliviar la pobreza que
resulta.
Abriendo sus fronteras y permitiendo la inversión privada
extranjera, los países pobres podrían de todas formas
prosperar. David Osterfeld muestra cómo las corporaciones
multinacionales mejoran las condiciones económicas de los
países en los que invierten. Al igual que las organizaciones
multilaterales de crédito son por su propia naturaleza ineficientes
al promover crecimiento, las corporaciones multinacionales son eficaces
porque tienen más probabilidad de asignar sus recursos en
forma productiva. Así que, mientras las agencias multilaterales
de asistencia se concentran en la transferencia de riqueza, las
corporaciones multinacionales realmente propagan la prosperidad.
En realidad, cuanto más abre sus fronteras un país
y cuanto más se expone a las influencias externas, hay más
posibilidades de que la gente común prospere. Jim Powell
documenta los ejemplos aparentemente infinitos de naciones que a
través de la historia han intentado cerrarse al mundo. Ese
nacionalismo económico, escribe, siempre resultó contraproducente:
"El contacto comercial privado con el mundo exterior probó
ser tal vez el estímulo más poderoso y persistente
del progreso humano".
Finalmente, las naciones del tercer mundo salen del subdesarrollo
sólo por sus propios esfuerzos. Siempre tuvieron el potencial
para hacerlo, pero políticas domésticas proteccionistas,
nacionalismo económico y otras formas de estatismo impidieron
que literalmente miles de millones de personas alrededor del planeta
pudieran disfrutar la prosperidad que naturalmente surge de la libertad
económica.
Los estados industrializados aún pueden ayudar. Si el occidente
es sincero en la idea de ayudar a los más pobres, entonces
debería abrir sus fronteras a los bienes de estos países.
Al igual que debería desmantelar las agencias de asistencia
multilateral que han hecho tanto por perpetuar la pobreza tercermundista.
Con tantos países en desarrollo que se encuentran llevando
a cabo una exitosa transición hacia el libre mercado y hacia
el pluralismo político, lo más importante que puede
hacer Occidente es quitarse del camino.
Doug Bandow es es columnista, autor
de varios libros e Investigador Senior del Cato Institute.
Ian Vasquez es Director del Proyecto
sobre Libertad Económica Global del Cato Institute y miembro
del Consejo Consultivo de la Fundación Atlas para una Sociedad
Libre.
Este artículo es el capítulo introductorio del libro
Perpetuating Poverty: The World Bank, the IMF, and the Developing
World
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