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LIBERTAD COMO COMPETENCIA
Por Frédéric Bastiat
En todo el léxico de la economía política no
hay otra palabra que haya provocado más la ira de los modernos
reformadores del mundo que: la competencia, o como se la suele determinar
con mayor precisión para hacerla más odiosa, la competencia
anárquica. ¿Qué significa competencia anárquica?
No lo sé. ¿Qué se quiere poner en su lugar?
Lo sé menos aún. Oigo, es cierto, que me gritan: ¡Organización!
¡Asociación! ¿Pero qué quiere decir eso?
Debemos entendernos de una vez por todas. ¡Debo saber perfectamente
qué clase de autoridad estos escritores quieren ejercer sobre
mí y sobre todo el mundo! Porque, en efecto, yo reconozco
sólo una, la de la razón. ¡Adelante! ¿quieren
privarme de mi derecho a valerme de mi juicio cuando se trata de
mi propia existencia? ¿Quieren impedirme evaluar por mí
mismo la retribución que me corresponde por mis servicios?
¿Quieren obligarme a obrar como a ellos les agrade, y no
como a mí me parezca? Si me dejan mi libertad, sigue en pie
la competencia. Si me la quitan, no soy más que su esclavo.
La asociación, dicen, será libre y voluntaria. ¡Magnífico!
- pero entonces cada asociación guardará con las demás
la misma relación que hoy guardan los individuos entre sí,
y seguiremos teniendo la competencia. - La asociación será
universal -. Eso ya pasa de broma. La competencia anárquica
hunde en la miseria a la sociedad humana, y para remediar este mal,
¿hemos de esperar hasta que todos los seres humanos, franceses,
ingleses, chinos, japoneses, cafres, hotentotes, lapones, patagones,
se avengan en someterse a una de las formas de asociación
inventadas por vosotros? Pero que andéis con ojo: con eso
confesáis que la competencia no puede destruirse; ¿y
querréis acaso afirmar que un fenómeno indestructible,
es decir, que pertenece a la naturaleza misma de las cosas, pueda
ser un mal?.
¿Y qué es la competencia? ¿Es ella un ente
que existe y actúa por sí mismo, como el cólera?
No, la competencia sólo consiste en la ausencia de la opresión.
En todo lo que me concierne, quiero elegir por mí mismo,
y no quiero dejar a nadie elegir por mí y contra mi voluntad;
y si alguien quiere poner su juicio en lugar del mío en mis
propios asuntos, yo también me arrogaré el derecho
inverso. ¿Tenemos alguna garantía de que entonces
las cosas irán mejor? Está claro, la competencia es
la libertad. El que destruye la libertad de obrar, destruye la posibilidad
y la capacidad de elegir, de juzgar, de comparar, mata la inteligencia,
el pensamiento, en una palabra, mata al hombre. En eso acaban los
planes de nuestros modernos reformadores del mundo; para mejorar
la sociedad empiezan destruyendo al individuo, con el pretexto de
que de él proceden todos los males, ¡como si él
no fuera también el origen de todo lo bueno!
Hemos visto más arriba que en el cambio se compensan prestación
y contraprestación. En el fondo, cada uno de nosotros tiene
en este mundo la responsabilidad de proveer mediante su esfuerzo
sus necesidades. Así, si una persona nos ahorra un trabajo,
nosotros, a nuestra vez, también debemos ahorrarle uno: nos
entrega un bien que es el resultado de su esfuerzo; por tanto nosotros
debemos obrar con ella de la misma manera.
¿Pero quién debe hacel el ajuste? Ya que entre estos
mutuos esfuerzos, trabajos y prestaciones debe haber necesariamente
un ajuste a fin de llegar a la equidad y la justicia - a menos que
queramos estatuir como regla la injusticia, la desigualdad, el azar;
o sea, cualquier cosa menos el juicio humano. ¿Quién
debe ser, pues, el juez? ¿No es natural que en cada caso
particular las necesidades sean juzgadas por los que las sienten,
los medios para su satisfacción, por los que los buscan,
los esfuerzos, por los que los intercambian? O de verdad propone
alguien en serio poner en lugar de esta vigilancia general de las
personas afectadas una autoridad social - acaso la del propio reformador
del mundo - que tendría entonces que fijar las condiciones
infinitamente delicadas de los incontables cambios que acaecieran
en todos los puntos de la tierra. ¿Es tan difícil
de comprender que esto significaría crear el más falible,
más universal y más intolerante de los despotismos;
uno que tocaría en lo más vivo y se entrometería
en todo, pero que sería también, felizmente, el más
imposible de todos, comparable sólo al que alguna vez pudo
engendrar la mente de un bajá o un muftí?
Pero si la competencia no consiste en otra cosa que en la ausencia
de una autoridad arbitraria que tuviera que decidir en los cambios
en lugar de los permutantes, podemos ya concluir sin lugar a duda
que ella es indestructible. También es verdad que el poder
abusivo puede limitar e impedir la permutabilidad del mismo modo
que la libertad de andar, pero no puede destruir ni la una ni la
otra sin destruir al hombre. De lo que se trata es, pues, sólo
de si la competencia contribuye a la felicidad o a la infelicidad
de la humanidad, o dicho de otra manera, si la humanidad progresa
naturalmente o retrocede.
La competencia, que con mucha razón podríamos llamar
pura y simplemente "libertad", es, a pesar de la hostilidad
que soporta día a día, efectivamente la ley propiamente
democrática. De todas las fuerzas que impulsan el progreso
de la humanidad, ella es la más eficaz, la que más
hace por nivelar las diferencias en la sociedad, la que antes que
ninguna otra da origen a una verdadera comunidad en el seno de la
misma. Ella generaliza paulatinamente el consumo de todos los bienes
que la naturaleza parecía haber concedido gratuitamente sólo
a ciertas regiones. Ella convierte en bien común todas las
conquistas del espíritu que en cada siglo vienen a aumentar
la riqueza de la humanidad, dejando para el intercambio sólo
los trabajos adicionales, sin que éstos lleguen, como quisieran,
a hacerse pagar también por la cooperación de las
fuerzas naturales; y cuando estos trabajos, como siempre ocurre
al principio, tienen un precio demasiado elevado en proporción
a su valor intrínseco, es de nuevo la competencia la que
con su acción imperceptible pero incesante establece un equilibrio
justo y más exacto que el que nunca podría conseguir
ninguna agencia gubernamental. Mientras se acusa a la competencia
de fomentar la desigualdad entre los hombres, cabe afirmar, al contrario,
que tales desigualdades artificiales surgen sólo allí
donde no se la admite; si, por ejemplo, la diferencia entre un gran
lama y un paria es infinitivamente mayor que la que existe entre
el presidente y un obrero de los Estados Unidos de Norteamérica,
ello se debe a que la competencia (o la libertad) está reprimida
en Asia, y en Norteamérica no lo está. Por eso, mientras
los socialistas ven en la competencia la causa de todos los males,
nosotros, a la inversa, debemos buscar en las perturbaciones de
la misma el impedimento principal de toda clase de prosperidad.
Aunque esta gran ley natural sea desconocida por los socialistas
y sus partidarios, aunque su acción parezca a menudo funesta,
lo cierto es que no hay ninguna otra que fomente tanto como ella
la armonía en la sociedad humana, ninguna tan rica en consecuencias
benefactoras, y ninguna que demuestre de forma tan irrefutable la
infinita superioridad del orden de las cosas frente a los vanos
e insensatos intentos de corregirlo de los seres humanos.
Debo insistir aquí en aquel extraño, pero innegable,
resultado del orden social, sobre el cual ya he llamado la atención
del lector y que la fuerza de la costumbre esconde demasiado a menudo
a nuestra observación; a saber, el hecho de que la suma de
las satisfacciones que corresponde a cada uno de los miembros de
la sociedad, es mucho mayor que la que cada uno podría procurarse
por sí solo. Dicho de otro modo: nuestro distrute es, evidentemente,
excesivo en comparación con nuestro trabajo. Este fenómeno,
que cualquiera puede comprobar fácilmente en sí mismo,
debería llenarnos de gratitud hacia la sociedad, a la que
tanto debemos.
Desnudos de todo venimos a la tierra, con necesidades sin cuento,
y sólo débiles fuerzas para satisfacerlas. De entrada
pareciera que sólo podemos reclamar tanta satisfacción
como la que somos capaces de procurarnos mediante nuestro trabajo.
Si nos toca en suerte muchísimo más, ¿a quién
debemos este excedente? -precisamente a esa organización
natural contra la que arremetemos incesantemente.
Considerado en sí mismo, este fenómeno es extraordinario.
Que algunos individuos disfruten más de lo que producen sería
muy fácil de explicar admitiendo que, de un modo u otro,
usurpan la propiedad de otros, al recibir servicios sin otorgar
contrapartida. ¿Pero cómo puede ocurrir esto con todos
los hombres al mismo tiempo? ¿Cómo es posible que
todo individuo, cuando, sin coacción ni robo, cambia sus
servicios por los de otro, pueda decir con toda la verdad del mundo:
consumo en un día más de los que podría crear
en un siglo?
El lector comprende que las fuerzas naturales, que cooperan en la
producción en mucho mayor grado, explican este problema.
Sin cesar se transforma el producto de esta actividad gratuita en
bien común: el calor, el frío, la luz, la gravedad,
la elasticidad, etc., multiplican indefinidamente el producto del
trabajo humano, y disminuyen el valor de los servicios, haciéndolos
más fáciles.
Tendría que haber explicado muy mal la teoría del
valor para que el lector pensara que éste debe bajar directamente
y por sí solo como consecuencia de la mera cooperación
de una fuerza natural que viene a ocupar el lugar del trabajo humano.
Esto no es así; si no, tendrían razón los economistas
de la escuela inglesa cuando dicen: el valor está en relación
directa al trabajo. Quien se procura el auxilio gratuito de una
fuerza natural, hace más fáciles sus servicios; pero
no por eso renuncia ya a parte alguna de su remuneración
acostumbrada. Para inducirlo a que lo haga, hace falta una fuerza
externa, severa, pero no injusta; esta fuerza es la competencia.
Mientras ella no se interponga, mientras quienquiera que haya conseguido
sacar ventaja de una fuerza natural siga siendo dueño de
su secreto, dicha fuerza natural seguirá obrando gratuitamente,
pero de ningún modo para beneficio de todos; el espíritu
humano ha realizado una conquista, pero por de pronto sólo
para provecho de una sola persona, o de una sola clase; aún
no redunda en beneficio de toda la humanidad: para ésta,
lo único que ha cambiado es que cierta clase de servicio
puede obtenerse con menor dificultad, aunque su precio sigue siendo
tan caro como antes. Por un lado, pues, una persona exige a los
demás el mismo trabajo que antes, aunque ella, por su parte,
no les devuelve en la misma proporción; por otro lado, la
humanidad en general se ve obligada a invertir la misma cantidad
de tiempo y trabajo en un producto que, de ahora en adelante, es
creado en parte por la naturaleza.
Si las cosas quedaran así para siempre, cada nueva invención
sentaría las bases de una nueva e infinita desigualdad. No
sólo no podría decirse: el valor está en relación
directa al trabajo, sino que ya ni siquiera podría decirse:
el valor tiende a ponerse en relación al trabajo. Todo lo
que hemos dicho más arriba de la utilidad gratuita y del
progresivo desarrollo de la comunidad, sería falso; no sería
cierto, entonces, que los servicios se cambian por servicios de
tal suerte que en cada transacción pasan además de
mano en mano los dones de la naturaleza, hasta llegar a su destino
final; a saber, el consumidor. Cada uno se haría pagar siempre,
además de su trabajo, la parte de las fuerzas naturales que
alguna vez hubiera conseguido explotar; en una palabra, la humanidad
se basaría en el principio del monopolio general, y no en
el de progresiva comunidad.
Pero esto no es así. Así como el calor, la luz, la
gravedad, el aire, el agua, la electricidad y los otros incontables
beneficios de la naturaleza están predestinados para todas
las criaturas, así como todo individuo es empujado por la
senda del progreso por el interés personal, así actúa
también en el seno del orden social otro resorte que tiende
a preservar el destino original de esos beneficios, su gratuidad
y común distrute. Este resorte es la competencia.
El interés personal es esa fuerza invencible del individuo
que lo impulsa a moverse de progreso en progreso, pero también
a explotarlos sólo para sí. La competencia, en cambio,
es aquella otra fuerza, no menos indestructible, que se apodera
de todo progreso, arrancándolo de la propiedad individual
para convertirlo en bien común de la humanidad. Cada una
de estas fuerzas, por separado, puede ser objeto de crítica,
pero de la interacción de ambas resulta la armonía
de la sociedad.
Dicho sea de paso: no es de extrañar, desde luego, que el
interés del individuo particular, siempre que éste
sea productor, nunca deje de rebelarse contra la competencia, la
censure y busque destruirla a fuerza de engaños, privilegios,
falacias, monopolios, restricciones, proteccionismos, etc. La moralidad
de estos medios no admite dudas acerca de la moralidad del fin.
Pero es triste que la llamada ciencia, en nombre del altruismo,
la igualdad y la fraternidad, haya hecho suya en su forma más
mezquina la causa del interés particular, que la humanidad,
en cambio, ha abandonado.
Frederic Bastiat (1801-1850), economista
francés, fue Director del "Journal des économistes".
Este artículo pertenece a su libro "Armonías
Económicas", publicado en el año 1849.
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