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EL USO DEL CONOCIMIENTO EN LA SOCIEDAD
Por Friedrich A. Hayek
Muchas de las controversias contemporáneas respecto de la
teoría económica y de la política económica
tienen su origen, así me parece, en una idea equivocada acerca
de la naturaleza del problema económico que confronta la
sociedad. Esta idea equivocada, a su vez, se origina en una errónea
transferencia, a los problemas sociales, de los hábitos de
pensamiento que hemos desarrollado al ocuparnos de los problemas
de la naturaleza.
¿Cual es el problema que deseamos resolver cuando tratamos
de construir un orden económico racional? Con base en ciertos
supuestos comunes, la respuesta es bastante sencilla. Si disponemos
de toda la información pertinente, si podemos empezar con
un sistema dado de preferencias, y si poseemos conocimiento completo
de los medios a nuestra disposición, el problema que queda
es puramente un problema de lógica. En otros términos,
la respuesta a la pregunta acerca de cuál es el mejor uso
que podemos darle a los medios a nuestro alcance está implícita
en nuestros supuestos. Para expresarla brevemente en forma matemática,
la respuesta es que las proporciones marginales de substitución
entre cualesquiera dos bienes o factores, debe ser la misma en todos
sus diversos usos.
Sin embargo, decididamente este no es el problema económico
que confronta la sociedad. Y el cálculo económico
que hemos elaborado para resolverlo, aunque constituye un paso importante
hacia la solución del problema económico de la sociedad,
no provee una respuesta a dicho problema. La razón de esto
es que los "datos" para toda la sociedad, que son el punto
de partida del cálculo, nunca son "dados" a una
sola mente.
El carácter peculiar del problema de un orden económico
racional lo determina precisamente el hecho de que el conocimiento
de las circunstancias que debemos utilizar nunca existe en una forma
concentrada o integrada, sino solamente en la forma de elementos
de conocimiento dispersos, incompletos y frecuentemente contradictorios,
que diferentes individuos poseen. El problema económico de
la sociedad no es, por consiguiente, simplemente un problema relativo
a cómo asignar recursos "dados", si "dados"
significa dados a una sola mente que deliberadamente resuelve el
problema que plantean estos "datos". Es más bien
el problema de cómo lograr el mejor uso de los recursos conocidos
por cualquier miembro de la sociedad para fines cuya importancia
relativa solamente esos individuos conocen. O, para expresarlo brevemente,
es el problema de la utilización del conocimiento que no
le es dado a ninguno en su totalidad.
Me temo que este aspecto del problema fundamental ha sido oscurecido
en vez de ser iluminado por muchos de los recientes refinamientos
de la teoría económica, especialmente por muchos de
los usos que se han hecho de la matemática. Aun cuando el
problema que deseo discutir primordialmente en este trabajo es el
de la organización económica racional de la sociedad,
frecuentemente señalaré sus íntimas conexiones
con ciertos problemas metodológicos. Muchas de las ideas
que deseo expresar son conclusiones hacia las cuales diversas formas
de razonamiento han desembocado inesperadamente. Pero, según
veo ahora estos problemas, esto no es accidental.
En el lenguaje ordinario describimos por medio de la palabra "planeamiento"
un complejo de decisiones inter-relacionadas acerca de la asignación
de recursos disponibles. Toda la actividad económica es,
en este sentido, "planeamiento": y en cualquier sociedad
en la cual cooperan muchas personas, este planeamiento, quienquiera
que lo haga, tendrá que estar basado en alguna medida, en
conocimiento que, en primer término, no es dado al planificador
sino a otra persona, y que en segundo término debe ser comunicado
al planificador. Las diversas formas en que este conocimiento sobre
el cual las personas basan sus planes les es comunicado, es el problema
crucial para cualquier teoría que explique el proceso económico.
El problema de decidir cuál es la mejor manera de utilizar
el conocimiento que inicialmente se encuentra disperso entre toda
la gente es, cuando menos, uno de los principales problemas de la
política económica o, lo que es lo mismo, del intento
de diseñar un sistema económico eficiente.
La respuesta a esta pregunta está íntimamente relacionada
con la otra pregunta que surge aquí, esto es, la pregunta
acerca de quién ha de hacer el planeamiento. Alrededor de
esta pregunta giran las disputas acerca del "planeamiento económico".
Esta controversia no es acerca de si ha de haber o no planeamiento
económico. Es una controversia acerca de si el planeamiento
ha de ser hecho por una autoridad central, para el sistema económico
total, o si ha de ser dividido entre muchos individuos. El planeamiento,
en el sentido específico que el término se usa en
las controversias contemporáneas, significa necesariamente
planeamiento centralizado - dirección de todo el sistema
económico, de acuerdo con un plan unificado -. La competencia,
por otra parte, significa planeamiento descentralizado, realizado
por muchas personas diferentes. La solución intermedia, acerca
de la cual muchos hablan pero que a pocos les gusta cuando la ven,
consiste en la delegación del planeamiento a industrias privilegiadas
o, en otros términos, a los monopolios.
Cuál de los dos sistemas probablemente será mas eficiente,
dependerá principalmente de en cuál de los dos podemos
esperar que se haga uso más completo del conocimiento disponible.
Esto, a su vez, depende de que sea más probable que tengamos
éxito, a) poniendo a disposición de una sola autoridad
central todo el conocimiento que debe ser usado, pero que inicialmente
se encuentra disperso entre muchos y diferentes individuos o, b)
comunicando a los individuos aquel conocimiento adicional que puedan
necesitar para poder armonizar sus planes con los de los demás.
CONOCIMIENTO POCO COMUN. Será
evidente de inmediato que sobre este asunto la posición que
se asuma será diferente respecto de diferentes tipos de conocimiento.
Por tanto, la respuesta a nuestra pregunta dependerá en buena
medida de la importancia relativa que asignemos a los diferentes
tipos de conocimiento: los que con mayor probabilidad estén
a disposición de personas individuales y aquellos que con
mayor confianza podemos esperar encontrar en posesión de
una autoridad formada por expertos escogidos adecuadamente. Si en
nuestro tiempo se da por sentado que una autoridad estará
en una mejor condición cognoscitiva, la razón es que
el conocimiento científico ocupa ahora una posición
tan prominente en la mente pública que olvidamos que no es
la única clase de conocimiento que es pertinente. Podemos
admitir que en lo que respecta al conocimiento científico,
un cuerpo de expertos escogidos adecuadamente pueden estar en la
mejor posición para dominar todo el conocimiento disponible,
aun cuando con ello simplemente traslademos la dificultad a la selección
de los expertos. Lo que deseo señalar es que, aun cuando
se dé por sentado que este problema puede ser resuelto, constituye
sólo una pequeña parte del problema más amplio.
En nuestro tiempo es casi una herejía sugerir que el conocimiento
científico no es la suma de todo el conocimiento. Pero un
poco de reflexión muestra que sin lugar a duda hay conocimiento
importante y desorganizado que no puede ser llamado científico,
en el sentido de ser conocimiento de principios generales, tal como
el conocimiento de las especiales circunstancias de tiempo y lugar.
Respecto de esto cada individuo está en posición ventajosa
con relación a todos los demás, porque él posee
información de la que se puede hacer uso benéfico
sólo si las decisiones que dependen de ella se le dejan a
él o son hechas con su cooperación activa.
Sólo es preciso recordar cuánto tenemos que aprender
en cualquier ocupación después de que hemos completado
nuestro entrenamiento teórico; qué gran proporción
de nuestra vida activa la pasamos aprendiendo trabajos específicos,
y cuán valioso es en todos los órdenes de la vida
el conocimiento de las personas, de las condiciones locales, y de
circunstancias especiales. Conocer y operar una máquina que
no se usa plenamente, o utilizar el talento de alguien que puede
ser mejor aprovechado, o tener conciencia de un excedente al cual
se puede recurrir durante una interrupción del flujo de materias
primas, es socialmente tan útil como el conocimiento de otras
técnicas posibles. El proveedor que se gana la vida usando
los viajes vacíos o llenos a medias de vapores, o el comisionista
cuyo conocimiento casi se reduce al conocimiento de oportunidades
del momento, o el arbitrageur que aprovecha las diferencias locales
de precios, todos ellos realizan funciones de gran utilidad, basándose
en conocimiento especiales de circunstancias del momento que otros
no poseen.
Es un hecho curioso que esta clase de conocimiento sea en nuestro
tiempo generalmente considerado con cierto desdén y que a
quien, por medio del uso de ese conocimiento, obtiene ventajas sobre
alguien que posee conocimiento técnico o teórico,
se le juzgue como que si hubiera actuado en forma casi condenable.
Lograr ventajas con base en un mejor conocimiento de las facilidades
de comunicación o transporte es a veces considerado como
algo casi deshonesto, aun cuando para la sociedad sea tan importante
que se utilicen las mejores oportunidades en este respecto como
que se utilicen los últimos descubrimientos de la ciencia.
Este prejuicio ha afectado en buena medida la actitud hacia el comercio
si se le compara con la actitud hacia la producción. Aun
los economistas, que se consideran inmunes a las toscas falacias
materialistas del pasado, constantemente cometen el mismo error
en lo que concierne a las actividades dirigidas hacia la adquisición
de tal conocimiento práctico, aparentemente porque en su
esquema de las cosas todo ese conocimiento se supone que es "dado".
La idea generalizada parece ser que todo ese conocimiento debiera
estar a disposición de cualquiera, y el calificativo de irracional
que se aplica al orden económico existente frecuentemente
se basa en el hecho de que no está a disposición de
todos. Esta manera de enfocar el asunto no tiene en cuenta el hecho
de que el método para poner ese conocimiento a disposición
de tantos como sea posible es precisamente el problema al cual es
preciso encontrarle solución.
EL DILEMA DEL PLANIFICADOR. Si
está de moda minusvaluar la importancia del conocimiento
de circunstancias especiales de tiempo y lugar, esto está
íntimamente relacionado con la poca importancia que se le
atribuye al cambio en sí. En verdad, hay pocos aspectos en
que los supuestos (generalmente sólo implícitos) de
los planificadores difieren tanto de los de sus oponentes como en
lo que respecta a la significación y frecuencia de los cambios
que requerirán alteraciones substanciales en los planes de
producción. Por supuesto que si fuera posible establecer
planes económicos para períodos largos con anticipación
y sujetarse a ellos de modo que no fuera necesario hacer decisiones
económicas adicionales de importancia, la tarea de establecer
un plan comprensivo que determinara toda la actividad económica
sería mucho menos difícil.
Tal vez merezca la pena recalcar que los problemas económicos
surgen siempre y sólo como consecuencia del cambio. En la
medida que las cosas siguen iguales, o al menos que siguen como
se esperaba, no surgen nuevos problemas que requieran decisión
ni es necesario hacer un nuevo plan. La creencia de que los cambios
o, al menos los ajustes, que hay que hacer cada día han cobrado
menor importancia en los tiempos modernos implica la aseveración
de que los problemas económicos se han vuelto menos importantes.
Esta creencia en la disminución de la importancia del cambio
es, por esta razón , sostenida por las mismas personas que
argumentan que la importancia de las consideraciones económicas
ha disminuido considerablemente por causa de la creciente importancia
del conocimiento tecnológico.
¿Es cierto que, por causa del complejo aparato de la producción
moderna, las decisiones económicas son necesarias sólo
de vez en cuando, tales como cuándo se erigirá una
nueva fábrica o se introducirá un nuevo procedimiento?
¿Es también cierto que una vez que ha sido construida
una planta lo demás es más o menos mecánico,
determinado por el carácter de la planta y que poco queda
por cambiar en un intento de adaptarse a las circunstancias del
momento, que siempre están en constante cambio?
La generalizada respuesta afirmativa a esta pregunta no es sustentada,
hasta donde yo alcanzo a ver, por la experiencia práctica
del empresario. Al menos en una industria competitiva - y sólo
una industria así puede servir de criterio -, la tarea de
evitar que suban los costos requiere lucha constante y absorbe buena
parte de la energía del gerente. Cuán fácil
es para un gerente ineficiente malgastar las diferencias sobre las
cuales descansa la posibilidad de utilidades. Una gran variedad
de costos de producción son ampliamente conocidos a la experiencia
empresarial, pero no parecen ser igualmente conocidos a los economistas.
La fuerza misma del deseo, expresado por productores e ingenieros,
de que se les permita proceder sin limitaciones relativas a los
costos monetarios, constituye testimonio elocuente de la medida
en que estos factores entran en su trabajo ordinario.
Una razón por la cual los economistas cada día tienen
a olvidar más los constantes y pequeños cambios que
constituyen el cuadro económico total es probablemente su
creciente preocupación con agregados estadísticos,
los cuales muestran una mayor estabilidad que los movimientos de
detalle. La comparativa estabilidad de los agregados no puede, sin
embargo, ser explicada por la "ley de los grandes números"
o la mutua compensación de cambios al azar, como los estadígrafos
a veces parecen hacerlo. El número de elementos que tenemos
que manejar no es suficientemente grande para que tales fuerzas
accidentales produzcan estabilidad. La continua corriente de bienes
y servicios es mantenida por ajustes deliberados, por medio de nuevas
disposiciones tomadas a la luz de circunstancias que no se conocían
el día anterior, cuando B tiene que apresurarse por que A
no cumplió.. Aun la gran planta, altamente mecanizada, funciona
en buena medida por causa de un medio del cual puede obtener lo
necesario para satisfacer necesidades imprevistas: tejas para un
techo, papel para sus formularios, y todas las clases de equipo
que no posee de ordinario, los cuales es necesario que estén
a la mano para la operación de la planta.
También debo mencionar brevemente el hecho de que el tipo
de conocimiento del que me he ocupado es de tal naturaleza que no
puede formar parte de estadísticas y, por consiguiente, no
puede ser comunicado a ninguna autoridad central en forma estadística.
Las estadísticas que tal autoridad central tendría
que utilizar deberían obtenerse abstrayendo y luego juntando
elementos que difieren respecto de lugares, calidad y otros aspectos
que pueden ser muy significativos para la decisión específica.
De esto se sigue que el planeamiento central que se basa en información
estadística, por su propia naturaleza, no puede tener en
cuenta circunstancias de tiempo y lugar. El planeador central deberá
encontrar formas de tomar decisiones permitiendo que las hagan "quienes
están en las circunstancias".
Si estamos de acuerdo en que el problema económico de la
sociedad es principalmente un problema de adaptarse rápidamente
a los cambios en las circunstancias específicas de tiempo
y lugar, de ahí se sigue que las decisiones últimas
deben dejarse a las personas que conocen estas circunstancias; que
conocen directamente los cambios significativos y los recursos que
están directamente a la mano para hacerles frente. No podemos
esperar que este problema sea resuelto comunicando primero todo
este conocimiento a una oficina central que, después de integrarlo,
envía órdenes. Debemos resolverlo por medio de alguna
forma de descentralización.
Pero esto resuelve nuestro problema sólo parcialmente. Necesitamos
la descentralización porque sólo así podemos
asegurarnos de que el conocimiento de circunstancias específicas
de tiempo y lugar será utilizado con prontitud. El "hombre
en el lugar" no puede, sin embargo, decidir solamente con base
en su limitado pero íntimo conocimiento de los hechos de
su ambiente inmediato. Todavía queda el problema de transmitirle
la información adicional que necesita para adecuar sus decisiones
al patrón general de cambios en el sistema económico
total.
CONOCIMIENTO INDIVIDUAL UTIL. ¿Cuánto
conocimiento necesita un individuo para tener éxito en estas
decisiones? ¿Cuáles de los acontecimientos que están
más allá de su horizonte inmediato de conocimientos
tienen significación para su decisión inmediata y
cuánto necesita saber acerca de ellos?
Escasamente hay algo que sucede en el mundo que no puede tener algún
efecto sobre la decisión que debe tomar. Pero no necesita
tener conocimiento de estos acontecimientos como tales, ni de todos
sus efectos. No le importa saber por qué se necesitan más
tornillos de un cierto tamaño en un tiempo determinado, por
qué bolsas de papel se consiguen más fácilmente
que bolsas de tela, o por qué los trabajadores especializados,
o algunas máquinas específicas, son más difíciles
de obtener en un momento determinado. Todo lo que para él
es importante es determinar cuánto más o menos difícil
de obtener son ahora, comparados con otras cosas que también
le conciernen, o con cuánta mayor urgencia se desean las
cosas alternativas que usa o produce. Siempre es cuestión
de la importancia relativa de las cosas específicas que le
conciernen y las cosas que alteran esa importancia relativa no le
interesan más allá de los efectos que puedan tener
sobre las cosas concretas de su propio medio.
Es en relación con esto que lo que he llamado "cálculo
económico" (o la Lógica Pura de la Escogencia)
nos ayuda, al menos por analogía, para ver cómo puede
ser resuelto este problema y de hecho es resuelto por el sistema
de precios. Aún la mente única controladora que posee
todos los datos de algún pequeño sistema económico
no podría - cada vez que sea necesario hacer algún
ajuste en la asignación de recursos - contemplar todas las
relaciones entre fines y medios que podrían ser afectadas.
La gran contribución de la Lógica Pura de la Escogencia
consiste en haber demostrado en forma concluyente que aun tal mente
única podría resolver esta clase de problema sólo
por medio de la construcción y el constante uso de "rutas
de equivalencias" (o "valores") o "tasas marginales
de substitución". Esto es, tendría que asignar
a cada clase de recurso escaso un índice numérico
que no puede ser derivado de ninguna propiedad que posee esa cosa
particular pero que refleja, o en la cual está condensada,
su significación a la vista de la estructura total de medios
y fines. En cualquier pequeño cambio él tendrá
que considerar solamente esos índices cuantitativos (o "valores")
en los cuales toda la información pertinente está
concentrada; y, al ajustar cantidades una por una, él puede
apropiadamente arreglar de nuevo sus disposiciones sin tener que
resolver el problema total ab initio, sin tener que revisarlo en
ningún momento de una vez en todas sus ramificaciones.
Fundamentalmente, en un sistema en el cual el conocimiento de los
hechos pertinentes está disperso entre muchas personas, los
precios pueden coordinar las diversas acciones de diferentes personas
de la misma manera que los valores subjetivos ayudan al individuo
a coordinar las partes de su plan.
EL MILAGRO DEL SISTEMA DE PRECIOS.
Merece la pena contemplar por un momento un ejemplo común
y simple de la acción del sistema de precios para ver precisamente
qué es lo que logra. Supóngase que en algún
lugar del mundo aparece una nueva oportunidad para el uso de alguna
materia prima, el estaño, por ejemplo, o que una de las fuentes
de estaño ha sido eliminada. Para nuestros propósitos
no importa - y tiene importancia el hecho de que no importe -, cuál
de estas dos causas ha producido un mayor faltante de estaño.
Todo lo que quienes usan el estaño necesitan saber es qué
parte del estaño que solían consumir es ahora usada
con mayor provecho en otro lugar y que, en consecuencia, ellos deben
economizar estaño.
Para la gran mayoría de ellos ni siquiera es necesario que
sepan dónde ha surgido la más urgente necesidad o
a favor de qué otras necesidades deben ellos cuidar su existencia.
Si sólo algunos de ellos conocen directamente la nueva demanda
y orientan hacia ella sus recursos; y si las personas que se dan
cuenta del nuevo vacío así creado lo llenan con otros
recursos diferentes, el efecto se regará rápidamente
por todo el sistema económico. Esto influye no solamente
en todos los usos del estaño, sino también en el de
sus substitutos y en el de los substitutos de los substitutos, en
la oferta de las cosas hechas con estaño, y sus substitutos,
etc. Todo esto sucede sin que la gran mayoría de aquellos
que son responsables de estas substituciones sepan nada acerca de
la causa original de estos cambios. El todo se conduce como un mercado,
no porque alguno de sus miembros tenga una visión de la totalidad,
sino por que sus limitados campos visuales individuales se traslapan
suficientemente de modo que por medio de muchos intermediarios la
información pertinente se comunica a todos. El simple hecho
de que hay un precio para cualquier bien - o, para expresarlo mejor,
que los precios locales están relacionados en una forma determinada
por el costo del transporte, etc.-, sugiere la solución que
(si fuera conceptualmente posible) pudo haber sido descubierta por
una sola mente que poseyera la información que de hecho está
dispersa entre todas las personas que participan en el proceso.
Debemos ver el sistema de precios como un mecanismo para comunicar
información si deseamos comprender su verdadera función,
función que desempeña con menor perfección
en la medida en que los precios se ponen más rígidos.
(Aun cuando los precios cotizados se han puesto rígidos,
las fuerzas que operarían a través de cambios de precio
todavía operan, en buena medida a través de los cambios
en otros términos del contrato). El hecho más significativo
acerca de este sistema es la economía de conocimiento con
la cual opera o, lo que viene a ser los mismo, cuán poco
los participantes individuales necesitan saber para poder hacer
la decisión correcta. En forma abreviada, por medio de una
especie de símbolo, sólo la información más
esencial es comunicada, y es comunicada sólo a aquellos que
les concierne. Es más que una metáfora la descripción
del sistema de precios como un tipo de mecanismo para consignar
cambios o como un sistema de telecomunicaciones que permite al productor
individual sólo observar el movimiento de unos pocos indicadores:
como un maquinista puede observar las agujas de unos cuantos relojes,
para adaptar sus actividades a cambios de los cuales puede ser que
nunca conozca más que su reflejo en el movimiento de precios.
Desde luego, estas adaptaciones probablemente nunca son "perfectas",
en el sentido en que el economista las concibe en sus análisis
de equilibrio. Pero me temo que nuestros hábitos teoréticos
de aproximarnos al problema dando por sentada la posesión
de conocimiento más o menos perfecta de parte de casi todos,
no ha cegado un poco respecto de la verdadera función del
mecanismo de precios y nos ha hecho aplicar patrones engañosos
al juzgar su eficacia. La maravilla es que en un caso como el de
la escasez de una materia prima, sin que se dé ninguna orden,
sin que sepa la causa más que un puñado de personas,
decenas de miles de personas cuya identidad no podría ser
establecida durante meses de investigación, son inducidas
a usar la materia prima o sus productos con mayor cautela, es decir,
a moverse en la dirección correcta. Esta es suficientemente
una maravilla, aun cuando, en un mundo de cambio constante, no todos
reaccionarán tan perfectamente que sus promedios de utilidad
siempre sean mantenidos al mismo nivel "normal".
He usado deliberadamente la palabra "maravilla" para sacar
al lector de la complacencia con la cual a menudo damos por sentado
el funcionamiento del mecanismo de precios. Estoy convencido de
que si este mecanismo fuera resultado de acciones humanas deliberadas
y si las personas que se guían por los cambios de precios
comprendieran que sus decisiones tienen significación mucho
más allá de sus objetivos inmediatos, este mecanismo
hubiera sido aclamado como uno de los más grandes logros
del intelecto humano. Tiene el doble infortunio de no ser producto
de la deliberación humana y de que las personas que se guían
por él generalmente no saben por qué son inducidos
a hacer lo que hacen. Pero aquellos que exigen "dirección
consciente" y quienes no pueden creer que algo que ha evolucionado
sin acciones conscientes (y aun sin que los comprendamos), puede
resolver problemas que no podemos resolver conscientemente deben
recordar esto: el problema consiste precisamente en cómo
extender nuestra utilización de recursos más allá
del campo del control de cualquier mente y, en consecuencia, cómo
deshacernos de la necesidad del control consciente; y cómo
crear incentivos para que los individuos hagan lo que es deseable
sin que ninguno tenga que decirles lo que tienen que hacer.
El problema que confrontamos aquí no es peculiar a la economía,
sino que surge en el contexto de casi todos los fenómenos
sociales genuinos, incluido el lenguaje y la mayor parte de nuestra
herencia cultural, y constituye el problema teorético central
de toda la ciencia social. Como lo ha expresado Alfred N. Whitehead
en otro contexto: "Es una profunda verdad elemental errada,
repetida en todos los cuadernos y por personas eminentes cuando
dicen discursos, que debemos cultivar el hábito de pensar
sobre lo que estamos haciendo. Exactamente lo opuesto es la verdad.
La civilización avanza cuando aumenta el número de
operaciones importantes que podemos realizar sin pensar acerca de
ellas". Esto es de profunda significación en el campo
social. Constantemente usamos fórmulas, símbolos y
reglas cuyo significado no entendemos y a través de cuyo
uso tenemos la ayuda de conocimiento que individualmente no poseemos.
Hemos desarrollado estas prácticas construyendo sobre hábitos
e instituciones que han tenido éxito en su propia esfera
y que a la vez han llegado a ser el cimiento de la civilización
que hemos construido.
El sistema de precios es precisamente una de esas formaciones que
el hombre ha aprendido a usar (aunque está lejos de haber
aprendido a hacer el mejor uso de él) después de haberse
topado con ella sin entenderla.
A través de ese sistema ha sido posible no sólo la
división del trabajo sino una coordinada utilización
de recursos basada en una similar división del conocimiento.
Quienes gustan de ridiculizar cualquier sugestión de que
esto pueda ser así generalmente distorsionan el argumento
al insinuar que afirma que por algún milagro ha surgido espontáneamente
aquel sistema que está mejor adaptado a la civilización
moderna. Es el contrario: el hombre ha sido capaz de efectuar la
división del trabajo sobre la cual descansa nuestra civilización
porque se encontró con un método que la hizo posible.
Si no hubiera hecho eso, pudo haber desarrollado algún otro
tipo de civilización, algo así como el "estado"
de las hormigas o algún otro tipo no imaginable. Todo lo
que podemos decir es que hasta ahora nadie ha tenido éxito
en diseñar un sistema alternativo en el cual ciertas características
del que existe puedan ser preservadas, características que
gozan de la estimación aun de quienes con mayor violencia
las atacan - tales como la medida en que el individuo puede elegir
sus metas y, consecuentemente, la medida en que pueda utilizar su
propio conocimiento y habilidad.
Es en muchos respectos afortunado que la disputa acerca de la indispensabilidad
del sistema de precios para realizar cualquier cálculo racional
en una sociedad compleja ya no sea completamente conducida entre
grupos que sostienen diferentes puntos de vista políticos.
La tesis de que sin el sistema de precios no podríamos preservar
una sociedad basada en una tan amplia división del trabajo
como la nuestra fue recibida con una carcajada cuando fue presentada
por primera vez por von Mises en los años veinte. Las dificultades
que en nuestro tiempo tienen algunos de aceptarla ya no son principalmente
políticas y este hecho contribuye a crear un ambiente mucho
más propicio para la discusión racional. Cuando León
Trotsky argumenta que "la contabilidad económica es
imposible sin relaciones de mercado"; cuando Oscar Lange le
promete a von Mises una estatua en los corredores de mármol
del futuro Comité Central de Planeamiento; y cuando Abba
P. Lerner redescubre a Adam Smith y pone énfasis en que la
utilidad esencial del sistema de precios radica en que induce al
individuo, mientras persigue su propio interés, a hacer lo
que es de interés general, las diferencias ya no pueden atribuirse
a prejuicios políticos. Lo que resta de desacuerdo parece
ser motivado por diferencias meramente intelectuales y, especialmente,
diferencias metodológicas.
Friedrich A. Hayek fue Premio Nobel
de Economía.
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