|
CREAR EMPLEOS VS. CREAR RIQUEZA
por Dwight R. Lee
Las políticas gubernamentales son evaluadas comúnmente
en términos de cuántos empleos generan. Restricciones
a las importaciones son vistas como una manera de proteger y de
crear empleos locales. Diferenciaciones y exenciones en materia
tributaria son generalmente justificadas como formas de incrementar
los puestos de trabajo en la actividad favorecida. Los Presidentes
hacen hincapié con orgullo en el número de empleos
creados en la economía durante sus administraciones. Se supone
que si más trabajos se generan, más exitosa es la
administración. Probablemente, nunca ha existido un programa
de gasto público respecto del cual sus partidarios hayan
dejado de mencionar que crea empleos. Aun las guerras son vistas
como recubiertas con la plateada cobertura de la creación
de trabajo.
Ahora bien, no hay nada de malo con la creación de empleos.
Desempeñarse en puestos laborales es una medio importante
a través del cual la gente crea riqueza. Por eso, el énfasis
en la creación de trabajo resulta entendible. Pero a la vez,
es común que la gente se olvide de que crear más riqueza
es lo que realmente deseamos alcanzar, y que los empleos son simplemente
los medios para obtener ese fin.
Cuando esta elemental circunstancia se olvida, la gente fácilmente
es engañada por argumentos que colocan a la creación
de trabajo como un fin en sí mismo. Mientras estas posturas
pueden llegar a sonar plausibles, las mismas son utilizadas para
respaldar políticas que destruyen riqueza en lugar de crearla.
Consideraré algunos de estos ejemplos a continuación.
CREAR EMPLEOS NO ES EL PROBLEMA.
El propósito de toda actividad económica es tratar
de producir el mayor valor posible con los escasos recursos (incluyendo
el esfuerzo humano) disponibles. No importa cuan lejos intentemos
llevar los limites que impone la escasez, los mismos nunca lograrán
ser vencidos.
La escasez siempre nos impedirá asegurarnos todas las cosas
que anhelamos. Siempre habrá trabajos que realizar - mas
allá de lo que alguna vez pudo haberse hecho. Por lo tanto,
la creación de empleos no es el problema. El mismo, consiste
en crear aquellos empleos en los cuales se produzca lo más
valioso para la gente. A ello apunta la historia apócrifa
de un ingeniero que, mientras visitaba China, observó a un
extenso grupo de hombres que estaban construyendo una represa munidos
de picos y palas. Cuando el ingeniero le destacó al supervisor
que esa tarea podría completarse en pocos días, en
lugar de en unos cuantos meses, si se proveyera a los obreros de
una removedora de tierra a motor, el supervisor respondió
que tal equipamiento destruiría muchos empleos. "Oh",
exclamó el ingeniero, "Pensé que estaban interesados
en construir una represa. Si lo que Ud. desea son más empleos,
por qué no pone a sus hombres a trabajar con cucharas en
lugar de palas".
Como suelo decirles a mis estudiantes en la Universidad de Georgia,
yo emplearía a todos los que lo deseen en esta ciudad, si
tan solo estuviesen dispuestos a trabajar para mi lo suficientemente
barato, digamos por un centavo al mes. Si bajase un poquito más
aun el salario, emplearía a todos en el estado de Georgia.
Si contrato trabajadores por esos salarios, podría obtener
rédito haciéndoles construir represas con cucharas.
Por su puesto, los estudiantes reconocen que mi oferta es estúpida
dado que pueden obtener mucho más trabajando para otros empleadores,
lo que refleja la razón más importante por el cual
mi oferta es estúpida - concentrándose en la cuantía
de puestos de trabajo, ignora el valor que se crea o que no se crea.
Más valor será producido en aquellos empleos mejor
remunerados que mis alumnos puedan obtener.
Una gran ventaja que se infiere de los salarios que aparecen en
un mercado laboral abierto, es que los mismos atraen gente no hacia
cualquier empleo, sino hacia aquellos mas valorados. Otra ventaja
de los salarios de mercado es que llevan a los empleadores a considerar
el costo de oportunidad de contratar trabajadores - su valor en
tareas alternativas - y a mantenerse constantemente alertas para
encontrar formas de eliminar trabajos, creando el mismo valor con
menor cantidad de empleados. Todo el progreso económico resulta
de poder proveer los mismos o aun mejores productos y servicios
con menos personal, eliminando de ese modo algunos empleos y liberando
mano de obra para incrementar la producción en nuevas y más
productivas tareas. El fracaso en comprender esta fuente de prosperidad
creciente explica la difundida simpatía por las políticas
publicas destructivas.
DINAMITANDO NUESTRO CAMINO A MAS EMPLEOS.
Allá por 1840, un político Francés propuso
seriamente volar las vías férreas de la localidad
de Bordeaux, pertenecientes al ferrocarril que corría de
París a España a fin de crear más empleos en
esa localidad.
Las cargas deberían ser trasladadas de un tren a otro y los
pasajeros precisarían hoteles, todo lo cual significaría
mayores empleos. (Esta propuesta fue discutida y demolida por el
intelectual y ensayista del siglo diecinueve Frederic Bastiat en
Sofismas Económicos, pp. 94-95, disponible en FEE).
Esta sugerencia resulta aun más absurda que mi oferta de
contratar gente por un centavo al mes. Al menos, yo emplearía
trabajadores para producir algo de valor, antes que infligir un
daño innecesario. Desafortunadamente, que algo resulte absurdo
no es suficiente como para impedir que sean propuestas e implementadas
políticas económicamente destructivas. Basándose
en la justificación de la creación de empleos, los
políticos suelen sancionar legislaciones que incrementan
el esfuerzo necesario para producir una determinada cantidad de
valor.
Uno de los argumentos para restringir las importaciones es que eso
creará (o protegerá) los empleos locales. Es cierto,
ello creará algunos empleos internos, tal como la destrucción
de una sección de la vía del ferrocarril también
los generaría. Pero también, como una interrupción
de las vías, las restricciones a las importaciones tornarán
más costosa la obtención de productos valiosos. El
único motivo por el cual un país importa productos
es debido a que resulta la forma más barata de adquirirlos;
involucra menos empleados el obtener los productos importados a
través del comercio exterior que producirlos directamente
ellos. De esta manera, el comercio es como un avance tecnológico,
libera trabajadores y les permite incrementar la producción
de bienes y servicios disponibles para el consumo. Las restricciones
aduaneras crean empleos de la misma manera que lo hacen el dinamitar
los ferrocarriles, bombardear nuestras fabricas y requerir que los
trabajadores utilicen palas en vez de modernos equipos removedores
de tierra.
Tengamos siempre presente que la creación de empleos es un
medio para el fin ultimo de la actividad económica, cual
es la generación de riqueza.
CREANDO EMPLEOS GUBERNAMENTALES.
Debido a que la gente tiende a ver a los empleos como fines mas
que como medios, se embarcan fácilmente en apoyar programas
gubernamentales que sostienen su creación. Todos hemos escuchado
a gente argumentar en favor de bases militares, construcción
de carreteras y regulaciones al medio ambiente con ese propósito.
Para justificar el gasto, las agencias gubernamentales efectúan
comúnmente estudios de costo/beneficio en los cuales los
puestos laborales creados se computan como beneficios. Esto es lo
mismo que contar las horas que uno trabaja para reunir el dinero
suficiente como para adquirir un automóvil, como si fueran
uno de los beneficios de ese automóvil.
Los puestos creados por un proyecto del gobierno representan un
costo del mismo: el costo de oportunidad. Los trabajadores empleados
en las actividades oficiales podrían estar produciendo algo
de valor en alguna otra parte.
La pregunta clave no es si el proyecto gubernamental crea empleos,
sino si los trabajadores en esos empleos crearán más
riqueza de la que generarían de ocupar otros puestos. Esta
es una pregunta que aquellos partidarios de los programas oficiales
no desean que se formule. Si así fuera, habría muchos
menos empleos públicos de baja productividad y muchos puestos
de alta productividad en el sector privado.
Dwight Lee es Profesor en el Terry College
of Business de la Universidad de Georgia y miembro adjunto del Center
for the Study of American Business de la Washington University en
St. Louis.
El presente artículo fue publicado en la edición de
enero 2000 de la revista Ideas on Liberty, editada por The Foundation
for Economic Education.
Traducción de Gabriel Gasave
|