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Hispanic American Center for Economic Research


 


DESIGUALDAD DE RIQUEZA E INGRESOS

Por Ludwig von Mises

La economía de mercado -capitalismo- se basa en la propiedad privada de los medios materiales de producción y de iniciativa privada. Los consumidores, mediante la compra o la abstención de compra, determinan en última instancia qué debe producirse y en qué cantidad y calidad. Ellos aprovechan los negocios de los empresarios que mejor cumplen con sus deseos, y no aprovechan los asuntos de aquellos que no producen lo que los consumidores piden con más urgencia. Las ganancias llevan el control de los factores de producción a las manos de quienes las emplean para la mejor satisfacción posible de las necesidades más urgentes de los consumidores, y las pérdidas quitan el control a los empresarios ineficientes. En una economía de mercado no saboteada por el gobierno, los propietarios son mandatarios de los consumidores. En el mercado, un plebiscito diariamente repetido determina quién debe ser el dueño de qué y cuánto. Son los consumidores los que hacen que algunos sean ricos y que otros queden sin un centavo.
La desigualdad de riquezas e ingresos es una característica esencial de la economía de mercado. Es el instrumento que hace importantes a los consumidores, al darles el poder de forzar a todos aquellos involucrados en la producción a cumplir sus órdenes. Fuerza a todos aquellos involucrados en la producción al sumo ejercicio del servicio a los consumidores. Hace que la competencia funcione. El que mejor sirva al consumidor, obtendrá las mejores ganancias y acumulará mayores riquezas.
En una sociedad como la que Adam Ferguson, Saint-Simon, y Herbert Spencer llamaron militaristas, y que los estadounidenses de nuestros días, llaman feudales, la propiedad privada de tierra era fruto de la usurpación violenta o de donaciones por parte de los conquistadores triunfantes en la guerra. Algunas personas tenían más, otros menos, y otros nada porque el jefe lo había determinado de esa manera. En una sociedad tal, era correcto sostener que la abundancia de los grandes terratenientes era corolario de la indigencia de los sin tierra.
Pero es diferente en una economía de mercado. El éxito en el negocio no daña, sino que mejora las condiciones del resto de la gente. Los millonarios están obteniendo sus fortunas proveyendo al resto con artículos que antes no se podían alcanzar. Si las leyes no les hubiesen permitido hacerse ricos, el propietario estadounidense promedio habría tenido que abandonar las cosas y facilidades que hoy en día son su equipamiento diario. Este país disfruta del más alto estándar de vida que se haya conocido en la historia porque por muchas generaciones no se hicieron intentos para la "igualación" y "redistribución". La desigualdad de riquezas e ingresos es la causa del bienestar de las masas, no la causa del dolor de nadie. Donde hay un "grado más bajo de desigualdad", hay necesariamente un estándar de vida más bajo en la masa.

LOS QUE PIDEN LA "DISTRIBUCION". Para los demagogos, la desigualdad, que ellos llaman "distribución" de riqueza e ingresos, es en sí misma el peor de los demonios. La justicia requeriría una distribución igualitaria. Por lo tanto, sería justo y conveniente confiscar el sobrante de los ricos, o al menos una parte considerable y dársela a quienes menos tienen. Esta filosofía presupone tácitamente que esta política no desequilibraría la cantidad total producida. Pero incluso si esto fuera cierto, el monto agregado al poder adquisitivo del hombre promedio sería mucho menor de lo que creen las ilusiones extravagantes populares. En realidad el lujo de los ricos absorbe sólo una pequeña fracción del consumo de una nación. La mayor parte de los ingresos de las personas ricas no se utilizan en el consumo, sino que se ahorran e invierten. Es esto lo que precisamente los lleva a la acumulación de sus grandes fortunas. Si los fondos que un empresario exitoso lleva de nuevo hacia los empleos productivos son usados por el Estado para gastos corrientes o se les da a la gente para que los utilice, la mayor acumulación de capital se haría más lenta o se detendría. Por lo tanto, no queda nada para el mejoramiento económico, el progreso tecnológico y la tendencia hacia mejores estándares de vida.
Cuando Marx y Engels, en el Manifiesto Comunista recomendaron "un impuesto pesado, progresivo y gradual a los ingresos" y la "abolición de todo derecho de herencia" como medidas "para arrebatar de a poco, todo el capital de la burguesía", eran consistentes desde el punto de vista del último extremo al cual apuntaban, léase, la implementación del socialismo en lugar de la economía de mercado. Eran plenamente conscientes de las consecuencias inevitables de estas políticas. Abiertamente declaraban que estas medidas son "económicamente insostenibles" y que ellos las defendían sólo porque "necesitan mayores incursiones" en el orden social capitalista y son "inevitables como medio para revolucionar el modo de producción", por ejemplo, como un medio para implementar el socialismo.
Pero es algo diferente cuando estas medidas que Marx y Engels caracterizaban como "económicamente insostenibles" son recomendadas por personas que pretenden preservar la economía de mercado y la libertad económica. Estos políticos que están a medio camino entre el socialismo y la economía de mercado, o son hipócritas que quieren traer el socialismo mintiendo a la gente acerca de sus verdaderas intenciones, o son ignorantes que no saben lo que dicen, debido a que los impuestos progresivos para ingresos y propiedades, son incompatibles con la economía de mercado.
Quienes están a mitad de camino lo explican de esta manera: "No hay una razón por la cual los empresarios deberían moderar su conducta en los negocios sólo porque sabe que sus ganancias no lo harán más rico, pero beneficiarán a más gente. Incluso si no es un altruista a quien no le importa el lucro y quien en una actitud nada egoísta lucha por el bienestar general, no tendrá ningún motivo para preferir una performance menos eficiente en sus actividades. No es cierto que el único incentivo que mueve a los grandes dueños de la industria, es el mayor poder adquisitivo. También son movidos por la ambición de llevar sus productos a la perfección".

LA SUPREMACÍA DE LOS CONSUMIDORES. Esta argumentación yerra por completo. Lo que importa no es el comportamiento de los entrepreneurs, sino la supremacía de los consumidores. Podríamos tomar por supuesto que un hombre de negocios estará ávido de servir a los consumidores lo mejor posible aún si éstos no implican ninguna ventaja por su esfuerzo y aplicación. Ellos lograrán lo que para su opinión es lo que mejor sirve a los consumidores. Pero entonces no serían los consumidores los que determinen qué recibir. Tendrían que aceptar lo que los empresarios creen que es mejor para ellos. Los entrepreneurs, no los consumidores, entonces serían superiores. Los consumidores no tendrían el poder para confirmar el control de la producción en aquellos empresarios cuyos productos más les gustan y dejar de lado a aquellos cuyos productos menos aprecia el consumidor, en un lugar inferior en el sistema.
Si las leyes actuales de Estados Unidos de América que conciernen a los impuestos a las ganancias de las empresas, los ingresos individuales y las herencias, hubieran sido implementadas hace 60 años, todos esos nuevos productos cuyo consumo ha elevado el estándar de vida del "hombre común" no hubieran sido producidos o hubieran sido fabricados en pocas cantidades para el beneficio de una minoría. Las fábricas de Ford no existirían si las ganancias de Henry Ford hubieran sido gravadas tan pronto como comenzaron a funcionar. La estructura de negocios de 1895 se habría mantenido igual. La acumulación de capital nuevo hubiese cortado o al menos disminuido considerablemente. La expansión de la producción hubiera sufrido un retraso con respecto al crecimiento de la población. No es necesario ahondar tanto en este tipo de situaciones.
Ganancias y pérdidas le dicen al entrepreneur qué es lo que los consumidores están pidiendo en forma urgente. Y sólo las ganancias en los bolsillos del empresario le permiten ajustar sus actividades a la demanda por parte de los consumidores. Si las ganancias son expropiadas, el empresario no puede cumplir las directivas que le dan los consumidores. Por lo tanto, la economía de mercado queda desvalida de su timón. Se transforma en una mezcla sin sentido.
La gente puede consumir sólo lo que se ha producido. El gran problema de nuestros tiempos es precisamente este: ¿Quién debería determinar lo que se debe producir y consumir, la gente o el Estado, los consumidores o el gobierno paternalista? Si uno decide en favor de los consumidores, uno decide por la economía de mercado. Si se decide a favor del gobierno, entonces se escoge el socialismo. No hay una tercer solución. La determinación de la razón por la cual cada unidad de factores variables de la producción debe ser utilizado, no puede ser dividida.

DEMANDA DE IGUALDAD. La supremacía de los consumidores consiste en su poder de controlar los factores materiales de la producción, y por lo tanto, las actividades productivas, de una forma más eficiente. Esto implica desigualdad de riquezas e ingresos. Si uno quiere terminar con la desigualdad de riquezas e ingresos, se debe abandonar el capitalismo y adoptar el socialismo. (La pregunta acerca de si un sistema socialista daría igualdad de ingresos, debe quedar en manos de un análisis del socialismo.)
Pero, según los seguidores de la postura que está en el medio entre capitalismo y socialismo, no quieren terminar con la desigualdad de golpe. Quieren solamente sustituir al alto nivel de desigualdad por uno más bajo.
Esta gente ve a la desigualdad como al mismo diablo. No consideran que un cierto nivel de desigualdad que puede ser determinado con precisión por un juicio libre de arbitrariedad o de evaluación personal, es bueno y debe ser preservado incondicionalmente. Ellos, por el contrario, declaran que la desigualdad es mala en sí misma y simplemente dicen que un nivel más bajo de la misma será menos mala que un nivel más alto, como si una menor cantidad de veneno en el cuerpo de una persona fuera menos dañina que una dosis más grande. Pero si esto es cierto, entonces en esta doctrina no hay lógicamente un punto en el cual deban detenerse los esfuerzos hacia la igualdad.
Si uno ha alcanzado el nivel de desigualdad que se considera lo suficientemente bajo y más allá del cual no es necesario embarcarse en mediciones mayores hacia la igualdad, será una cuestión de juicio de valor personal, en cierta forma arbitraria, y diferente entre personas diferentes y sería cambiante con el paso del tiempo. A medida que estos campeones de la igualdad estimen a la confiscación y "redistribución" como una política que daña sólo a una minoría, por ejemplo aquellos que ellos consideren "demasiado" ricos, y beneficiando al resto -la mayoría- de la gente, no pueden oponer ningún argumento sostenible para aquellos que están pidiendo por las llamadas políticas beneficiosas. Mientras haya algún grado de desigualdad, siempre habrá personas que quieran presionar por la continuación de las políticas de igualación. Nada se podrá avanzar en contra de sus intereses: si la desigualdad de riquezas e ingresos es mala, no hay ninguna razón para que exista en ningún grado, por más pequeña que sea; la igualación no se debe detener hasta que se hayan nivelado completamente las riquezas e ingresos de todos los individuos.
Esta historia de impuestos a las ganancias, ingresos y propiedades en todos los países, muestra que una vez que el principio de igualdad se adopta, no hay ningún punto en el cual se deba detener la política. Si, para la época en que se adoptó la Decimosexta Enmienda, alguien hubiera predicho que algunos años más tarde la progresión del impuesto a las ganancias alcanzaría la altura que ha logrado en nuestros días, los defensores de la Enmienda la habrían considerado lunática. Es sabido que sólo una pequeña minoría en el Congreso se opondría seriamente al recorte de la progresión de la tasa de impuesto, si tal recorte fuera propuesto por la administración o por un congresista ansioso de aumentar sus chances de una reelección. Dado que, bajo la oscilación de doctrinas que enseñan los pseudo-economistas contemporáneos, todos excepto algunos hombres razonables creen que están dañados ante la sola idea de que sus ingresos son menores que los de otras personas y que no será una mala política el confiscar esa diferencia.
No tiene sentido engañarnos a nosotros mismos. Nuestra actual política impositiva está encabezada hacia una igualdad completa de riquezas e ingresos, y por lo tanto hacia el socialismo. Esta tendencia puede ser continuada sólo con el conocimiento del rol que juegan las ganancias y pérdidas y el resultado de la desigualdad de riquezas e ingresos, dentro de la operación de la economía de mercado. La gente debe aprender que la acumulación de riquezas gracias a la conducta exitosa de un hombre de negocios es el corolario del mejoramiento de su propio estándar de vida y viceversa. Deben darse cuenta que el engrandecimiento de un negocio no es malo, sino la causa y efecto de que ellos mismos disfrutan de todas esas conveniencias cuya utilización se llama: "La forma de vida Americana".

Ludwig von Mises (1881-1973), es el autor del tratado de economía La Acción Humana y una de las figuras más importantes de la Escuela Austríaca de Economía.
Este artículo fue originalmente publicado en mayo de 1955 en Ideas on Liberty (The Foundation for Economic Education).
Traducción de Hernán Alberro.

 

 

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