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Hispanic American Center for Economic Research


 


EDUCACION DE MERCADO: LA HISTORIA DESCONOCIDA

Escribe David Beers

Andrew Coulson, autor del libro "Market Education: The Unknown History" (Educación de Mercado: La Historia Desconocida), es un partidario de la escolaridad voluntaria y la mitad de su libro está dedicado a contar la historia de la educación optativa.

Una Historia Sorprendente
La educación optativa ha sido el tipo predominante en prácticamente todos los períodos exitosos de la civilización occidental. Algunos de esos períodos son la antigua Atenas, la Persia de la temprana Edad Media, el Renacimiento italiano, la Alemania del siglo XVI y Estados Unidos en el siglo XIX.
Cada uno de ellos se distinguió por la extensión de niveles de educación cada vez más altos entre un número cada vez más grande de gente. En ningún caso estos adelantos provinieron de imposiciones políticas o estándares oficiales y ni siquiera por la existencia de instituciones sostenidas a través de impuestos. El mayor nivel de alfabetización y escolaridad se produjo en estos casos cuando la educación era una responsabilidad de los padres y de educadores profesionales que operaban en un mercado libre.
Los notables errores, de los que nos habla Coulson, nos dicen tanto como los éxitos. La antigua Esparta es sin dudas el más notable ejemplo. Mientras los educadores de Atenas inventaban las disciplinas que hasta hoy constituyen la enseñanza secundaria y establecían competitivas academias con fines de lucro que enseñaban tanto a hombres como a mujeres, a los ricos como a las clases bajas, Esparta tomó un modelo opuesto. La educación era compulsiva para todos los hombres jóvenes y estaba diseñada para entrenar guerreros que murieran defendiendo el Estado espartano. No había academias para mujeres. Lectura y aritmética eran apenas enseñadas, reemplazada en cambio por otras disciplinas determinadas por el gobierno, tal como deportes, lucha y resistencia física. El estudio de la retórica se convirtió en una actividad susceptible de castigo, aparentemente debido a la amenaza que podrían significar mentes críticas e independientes al autoritario Estado espartano. Además, desde el momento en que los educadores eran empleados públicos y que las familias debían dejar la custodia de sus hijos varones a partir de los siete años a una institución del Estado, había muy poco que hacer al respecto.
No hace falta indicar que la sociedad espartana era una de las menos alfabetizadas del mundo antiguo y prácticamente carecía de arte, de ciencia y de literatura. En verdad, sólo fue un modelo para aquellos que abogaron por sistemas educativos totalitarios durante la Revolución Francesa, en los Estados Unidos durante el siglo XIX y en el ascenso nazi en Alemania.

Receta para el éxito
La tesis central de Coulson es controvertida, pero le da un peso significativo el hecho de que esté fundada en una mirada a través de la enseñanza desde la Antigüedad hasta la Modernidad. ¿Cuál es su conclusión? Que los sistemas educativos son exitosos en tanto los contenidos que impartan se basen en cinco características: elección, responsabilidad, libertad, competencia y (más controvertido) la búsqueda de beneficios como motivación.
La necesidad de la elección paterna es fácil de entender. Los objetivos educacionales y los valores difieren de una familia a otra, por lo cual uno se pregunta cómo un solo sistema o un cuerpo de guías pueden satisfacer a todos los estudiantes. Por muchas razones este es un punto crítico para desarrollar al atacar planes que establecen estándares oficiales homogéneos o regulaciones para los colegios.
Una de las razones más interesantes relacionadas a la elección tiene que ver con que una vez que las políticas oficiales son impuestas sobre una población altamente diversa, las comunidades son deshechas. Familias con diferentes valores, prioridades y orígenes tienden a vivir en paz cuando cada una puede elegir las asociaciones voluntarias y las instituciones en las que quieren participar. Dice Coulson, "fue después de que el Estado empezó a crear instituciones uniformes que estas familias entraron en conflicto. Muchas familias fueron enfrentadas con una elección desagradable: aceptar que ideas para ellos inapropiadas les fueran transmitidas a sus hijos o tratar de imponer sus propias ideas a los hijos de los demás..."
Uno debería agregar a esta lista la violencia que recientemente ha emergido hacia los estudiantes homosexuales, con situaciones en que tanto los detractores como los defensores de este grupo vieron frustrados sus intentos de poner límites a un sistema completamente homogeneizante. En un pasaje fascinante sobre la educación afro-americana que ilustra bien este punto, Coulson apunta que pese a haber estado en la vanguardia de la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, Boston ha sufrido usualmente luchas raciales. La razón: sus escuelas privadas -incluidas las de la comunidad negra- fueron convertidas en colegios financiados a través de impuestos, convirtiéndose en puntos álgidos de la controversia racial. Como apunta el autor, la historia de las escuelas públicas explota en la cara de aquellos que creen que una mayor capacidad de elección en educación produciría una "balcanización" de la educación y de la nación entera. El caso es en realidad a la inversa.

El que carga con los gastos
Históricamente, el sistema educativo en el que los padres eran personalmente responsables por las decisiones financieras en vistas a la educación de sus hijos ha sido de los más vibrantes académicamente. Al invertir su propio dinero en la formación de sus propios hijos, en vez de hacerlo a través de la apropiación del gobierno vía impuestos, las familias tienen un mayor incentivo para verse comprometidos en la educación de sus hijos de diferentes modos. Pero como apunta Coulson, el punto más crítico por el cual la responsabilidad es importante es que sin ella la elección de los padres no puede ser sostenida. En un medio en el que las instituciones surgen de fuentes externas como el gobierno, esas fuentes dan naturalmente su impronta al tipo de educación que imparten.
Uno de los mitos que prevalecen de las escuelas estatales es que las familias pobres serían perjudicadas por el requerimiento de sostener financieramente la educación de sus propios hijos. Coulson refuta esta idea advirtiendo que la asistencia a colegios secundarios ha sido más alta en sistemas en el que el financiamiento ha dependido de la caridad voluntaria. Es curioso que una de las áreas de mayor crecimiento del mercado educativo ha sido en zonas urbanas de bajos ingresos, en las que las escuelas sostenidas por los impuestos son de tan baja calidad que pequeñas academias con muy bajos presupuestos tienen resultados mucho mejores. También explora alternativas para hacer frente al problema del financiamiento sin eliminar en absoluto la responsabilidad de los padres, incluyendo los créditos impositivos y el sistema de vouchers y aporta importantes datos a favor de estos. Su explicación de porqué una red privada educativa sería la mejor solución de todas no debería pasarse por alto.

Libertad versus burocracia
Todos creen que pueden ser confiados para ejercer plenamente su propia libertad responsablemente. Pero cuando se insinúa que otros puedan vivir la misma libertad -y hacer elecciones diferentes en cuanto cómo ejercitarla- nuestro amor a la libertad usualmente da paso a nuestro deseo de imponer lo que cualquier persona "razonable" sabe que es "lo mejor". Esta es una de las cuestiones más presentes en el tema de la educación pública. Aparte del problema social antes expuesto hay un efecto indirecto pero poderoso que "razonables" regulaciones tienen incluso sobre los avances académicos.
Cada nueva regulación gubernamental o programa para los colegios agrega presión para la creación de nuevas posiciones administrativas no docentes. La burocracia inducida por el gobierno saca recurso de las aulas y reduce la autonomía escolar restringiendo la libertad de cada institución para imponer sus propios objetivos, construir fuertes liderazgos internos, y reforzar la organización, y de este modo se restan recursos que deberían ser destinados a lograr más altos objetivos académicos.

Rompiendo un monopolio estatal
Es un hecho extraordinario el que Estados Unidos haya liderado en la demostración de la superioridad de los mercados libres y competitivos sobre la planificación centralizada y que actualmente esté por detrás de muchos países socialistas en la creación de un mercado educativo competitivo. La competencia es esencial para garantizar que quienes organizan y dirigen las escuelas lo hagan de una manera que verdaderamente sirve a los estudiantes. No debería sorprendernos que el monopolio altamente regulado y subsidiado de la enseñanza pública tiene muchas más dificultades en crear colegios competitivos que el sector privado, dice Coulson. En los colegios públicos, los recursos, los privilegios y el prestigio están distribuidos de acuerdo a la responsabilidad de la institución frente al gobierno y al estabishment burocrático de los que dependen más que de los estudiantes y sus familias.
Uno de los grandes aportes de Coulson es dar ejemplo tras ejemplo de la mayor efectividad de los sistemas más competitivos de enseñanza y cómo estos gastan mucho menores recursos por alumno. Estadísticamente, los colegios que deben competir por captar alumnos tienen en promedio la mitad del presupuesto que manejan los colegios públicos a los que les son asignados los recursos de manera burocrática. Así y todo, producen resultados académicos muy superiores. Tome nota: contrariamente a lo que argumentan los detractores de la enseñanza privada, Coulson demuestra que esta performance no es el resultado de evaluar sólo a sus mejores alumnos. La gran fuente de crecimiento y gran parte del mercado educativo privado está orientado a alumnos que necesitan ayuda académica que los establecimientos estatales no les pueden proporcionar. Es más, cuando el rendimiento es medido de acuerdo a los logros de cada alumno de un nivel a otro, en vez de basarse en medidas absolutas de rendimiento, las escuelas privadas también superan a su versión estatal.

¿Orientando los colegios hacia las ganancias?
Donde no hay puja para ir subiendo escalones, para hacer un esfuerzo más o para tomar un riesgo calculado, el estancamiento es el resultado natural. El chispazo que puede hacer salir de este estancamiento es que los empresarios de la educación puedan obtener un beneficio de sus esfuerzos. Esta es una idea que choca de frente con las modernas sensibilidades que creen que la educación es algo que debe estar estrictamente separado de la voracidad que caracteriza al mundo de los negocios. Si el status de instituciones sin fines de lucro ha fomentado la retórica de poner a los alumnos por delante de los beneficios, este argumento es aún más fácil de rebatir. Justamente es el modo en el que la economía de la Unión Soviética ignoró y empobreció a los consumidores rusos. Coulson argumenta que aún los buenos colegios son mucho menos efectivos de lo que debieron haber sido si aquellos encargados de organizarlos y dirigirlos hubieran tenido incentivos económicos al hacerlo.
El hecho es que tenemos suficiente experiencia empírica con sistemas educativos orientados a la ganancia que van desde aquel de la antigua Grecia hasta el moderno sistema juku de Japón (gracias al cual, según Coulson, los estudiantes japoneses superan en los test internacionales a los estudiantes norteamericanos, y no como suele creerse por su rígido y burocrático sistema de escuelas públicas). Los adelantos en pedagogía, en la currícula y las mejoras académicas en estos sistemas educativos privados son similares a los rápidos adelantos que hemos visto en grandes sectores del mundo de los negocios, como en la industria automotriz, la electrónica, la computación, etc. Las ganancias no significan una distracción para las empresas en el logro de excelentes medios y atmósferas de aprendizaje y encontrar las necesidades de los estudiantes y sus padres, sino que son la compensación por proveer de excelente educación por un precio razonable según los consumidores.
Algunas reformas educativas que favorecieron la capacidad de elección de los padres y un ingrediente competitivo, igualmente han fallado en lograr mejoras sustanciales por la ausencia de un criterio empresarial en la dirección de las escuelas. Las "escuelas charter", por ejemplo, tienen bastante libertad para responder a las necesidades de sus estudiantes que las eligen, pero esta libertad no está acompañada por la disciplina económica impuesta por el mercado. Muchas han sido cerradas porque creían que el distrito escolar al que pertenecían las iba a cubrir en gastos enormes y por la ausencia de un esquema prioritario de gastos. Cuando las ganancias y los beneficios son socializados por los gobiernos, la prosecución del éxito del colegio disminuye.

¿Cómo se llega a una educación de mercado?
La mayoría de quienes están a favor de romper con el monopolio estatal en la educación abogan por el sistema de vouchers o de créditos fiscales como el modo de restituir la capacidad de elección a los padres y recrear la competencia. En vez de fundarse directamente en el gobierno, las escuelas -tanto las públicas como las privadas que desearan participar- recibirían pagos por parte de los padres que recibirían una cuota escolar por cada niño a cargo. Las escuelas pobres tendrán que hacer mejoras para evitar perder alumnos a favor de otras escuelas más innovadoras, con mejores resultados académicos o más competitivas. Las escuelas privadas pasarían a ser accesibles para todo el mundo, no sólo los ricos o aquellos dispuestos a hacer grandes sacrificios pagando dos veces por la educación de sus hijos.
Coulson documenta cuidadosamente los programas piloto de vouchers en Milwaukee y en Cleveland, a la vez que desacredita los estudios que ocasionalmente los atacan. Pero uno de los más interesantes rasgos de Market Education es que Coulson mismo no es en última instancia un partidario del sistema de vouchers. Su interés por él y, en menor medida, por los créditos fiscales es que a través de ellos se conserva la conexión entre el gobierno y la política educativa. En realidad, extienden esa conexión, de modo tal que virtualmente todos los colegios, los públicos y los privados, estarán recibiendo fondos públicos para los alumnos que admitan. Mientras los dólares de los impuestos sean utilizados para financiar la educación, los aspectos divisorios del sistema y su vulnerabilidad para los caprichos y los intereses particulares sigue intacto. El temprano éxito de los vouchers decaería pronto, predice, especialmente cuando los padres empiecen a tomarlos como algo dado y la atención vigilante dada ahora a los programas de vouchers empiece a desaparecer. Antes de que pase mucho tiempo, las regulaciones gubernamentales presentarían trabas y probablemente habría enormes batallas por ver de qué manera se utilizan los fondos públicos destinados a la educación. Y esta vez no va a haber una floreciente alternativa que se financie de manera independiente.
Coulson en cambio recomienda "eliminar la opción intermedia": dejar fuera al gobierno del tema del financiamiento de los colegios y devolver el dinero a la gente para que pueda realizar sus propias elecciones. Las organizaciones privadas podrían proporcionar la asistencia que algunas familias pobres podrían necesitar para afrontar los gastos de educación. Si la gente demandara que algo de fondos públicos fueran necesarios para complementar las donaciones voluntarias, sería imprescindible idear un sistema de fondos que evite la mayor cantidad de desventajas posibles. Coulson sugiere el gravar únicamente a aquellos que no hagan ningún tipo de donación a organizaciones educativas privadas. Por ejemplo, un contribuyente cuyos impuestos educativos fueron determinados en $500 recibiría un crédito de $500 si hubiera donado $500 o más a una organización.
Esto daría la opción efectiva a los ciudadanos de patrocinar un cada vez más extenso aparato de enseñanza privada -incluyendo instituciones religiosas u orientadas a minorías particulares- o de pagar impuestos. El gobierno podría usar el dinero de los impuestos para proveer de becas a los 100 mejores programas no sectarios para obviar la necesidad de un sistema burocrático de distribución como el actual o los planes de vouchers.
Si esto suena demasiado radical, lo es -al menos en relación a la visión que prevalece acerca del rol del gobierno en cuanto a la educación. Pero, según Coulson, es algo que se impone por la desesperación de nuestro predicamento educativo y se basa en una fórmula probada a través de los siglos en muy diferentes culturas.

Este comentario fue originalmente publicado en "The Free Speaker".
Permiso para traducir y publicar otorgado por The Foundation for Economic Education a la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Traducción de Natalia Rodríguez.

 

 

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