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ENSEÑANZA PUBLICA: LA BUROCRATIZACION
DE LA MENTE
Escribe Thomas E. Lehman
ESCUELA PUBLICA OBLIGATORIA: EL DILEMA ECONOMICO.
Las escuelas públicas son como todos los organismos gubernamentales,
incapaces de evaluar correctamente su propio desempeño en
términos de satisfacción proporcionada a los usuarios:
los estudiantes y sus padres. Esta ausencia de una adecuada capacidad
de autoevaluación yace en la inhabilidad de las burocracias
educacionales o de cualquier agencia del estado para calcular ganancias
o pérdidas en términos de asignaciones numéricas/unidades
monetarias o proceso de calcular y comparar costos de oportunidad
(precios) entre una variedad de elecciones. Están cargadas
de procedimientos estructurales regulados no existiendo relación
alguna entre los estudiantes y los contribuyentes, quienes están
forzados a financiar todos los gastos educativos de los estudiantes.
Para una compañía privada, operando dentro de los
parámetros de una economía de mercado, el cálculo
económico consiste en comparar ingresos y egresos para arribar
al uso más eficiente de los recursos en la satisfacción
de las necesidades más urgentes.
Las ganancias son una manifestación implícita de los
consumidores, que declaran que los recursos escasos empleados en
la fabricación de un determinado bien fueron prudentemente
aplicados, ya que los consumidores están dispuestos a pagar
un precio por el producto o servicio mientras que las pérdidas
demuestran que los recursos fueron despilfarrados y que deberían
haber sido empleados de una forma mas conductiva a la satisfacción
de los consumidores, quienes optaron por no adquirir el bien. Independientemente
de las ganancias o pérdidas producidas, todas las empresas
que operan dentro de los parámetros de un mercado libre de
trabas tienen la posibilidad de evaluar, positiva o negativamente,
su propio desempeño en un período inmediato, precisamente
porque disponen del uso del cálculo económico.
Debido a que las burocracias gubernamentales existen dentro de un
mar capitalista de cálculo económico, los burócratas
pueden calcular y presupuestar gastos, pero dado que los organismos
de gobierno no operan en base a ganancias o pérdidas estos
administradores no tienen forma de relacionar los gastos con los
ingresos provenientes de impuestos para determinar que los gastos
fueron prudentemente asignados. Ellos no son conscientes de si los
recursos tomados de los contribuyentes fueron empleados de acuerdo
a las demandas mas urgentes de los consumidores. Los organismos
de gobierno están privados de métodos contables de
ganancias y pérdidas, métodos estos imprescindibles
para evaluar económicamente el desempeño pasado y
realizar cambios en base a la información provista.
EL DILEMA POLITICO.
Debido a que las burocracias no pueden evaluar su desempeño
en términos de satisfacción del consumidor recurren
entonces a criterios no económicos. Estas medidas de cálculo
no económico se podrían denominar "cálculo
político". Política o ideológicamente
motivados, los administradores dentro de cualquier burocracia a
fin de alcanzar sus objetivos buscarán aplicar su autoridad
hasta donde sus posiciones se lo permitan. Intentarán incrementar
el presupuesto anual de sus organismos gastando más de lo
asignado anualmente con la excusa de "necesario para la sociedad",
intentarán expandir la esfera de influencia de sus organismos
obteniendo mayor poder y prestigio que las agencias con las que
compiten en el pedido de fondos. Intentarán usar el poder
de sus posiciones para forzar sus propios valores sobre la sociedad.
A menos que sea políticamente necesario ellos no prestarán
mucha atención a aquellos para quienes el organismo fue designado
para servir, en este caso los estudiantes y padres. Los administradores
no son motivados por pérdidas o ganancias económicas,
sino por consideraciones personales políticas o ideológicas.
El éxito o fracaso de estas organizaciones está completamente
basado en el punto donde esos objetivos sociales, ideológicos
y/o políticos sean alcanzados.
LA SOLUCION INCONDICIONAL.
A fin de proporcionar integridad académica, realización
individual, libertad y un ambiente de aprendizaje sosegado, deberíamos
desmantelar el monopolio educativo y establecer una separación
entre la educación y el estado. La educación debería
ser vista como lo que es: un bien económico a ser comprado
y vendido en el mercado de acuerdo a las valoraciones subjetivas
y preferencias de los consumidores de servicios educativos: los
estudiantes y sus padres. Los administradores y profesores de la
escuela pública deberían comenzar a competir en el
mercado de las ideas.
La educación financiada en base a impuestos debería
ser reemplazada por educación financiada por los consumidores
independientes y debería también se ofrecida a precios
competitivos. El mercado educativo debería ser el resultado
de compras voluntarias o abstención a comprar de los consumidores
y de ninguna manera el resultado de intervención de políticos
o administradores públicos motivados política o ideológicamente.
Además, la educación debería ser no obligatoria,
si los niños y sus padres no se interesan en consumir la
información y conocimientos provistos por los servicios educativos
en el mercado no deberían ser obligados a consumirlos. Aún
más, la educación no obligatoria disminuiría
la violencia en las escuelas. Las escuelas en un libre mercado tendrían
el incentivo de proveer una educación de primer nivel a estudiantes
a un precio competitivo y los asistentes tendrían un incentivo
financiero para desempeñarse de la mejor manera posible.
Si una escuela no tuviera rigurosos programas y un curriculum sobresaliente
percibiría una reputación paupérrima, sus egresados
no alcanzarían ingresos considerables disminuyendo la cantidad
de estudiantes interesados en ingresar, causando pérdidas
financieras y forzando a la escuela a reevaluar su performance.
A la inversa, aquellas escuelas que proveyeran una mejor educación
a sus alumnos acumularían ganancias, reflejando el correcto
empleo de sus recursos escasos. En ambos casos, el cálculo
económico en términos de ganancias o pérdidas
posibilitaría a las escuelas evaluar su desempeño
en términos de demanda de educación.
Las actuales escuelas públicas no sobrevivirían a
la búsqueda de la excelencia de las escuelas en libre competencia,
los estudiantes no estarían cautivos en las bases políticas
o ideológicas de los profesores y administradores, y los
profesores se verían en la necesidad de proveer de una valiosa
experiencia educativa a sus estudiantes en un ambiente de aprendizaje
sosegado o se encontrarían sin empleo. La separación
de la escuela y el estado es tan importante como la separación
de la escuela y la iglesia. Sólo entonces los estudiantes
comenzarán a experimentar diversidad académica, madurez
intelectual y un medio de aprendizaje sin violencia. Sólo
entonces estarían librados de la burocratización de
la mente.
Thomas E. Lehman es profesor adjunto
de Economía e Historia en la Indiana Westeyan University.
Este artículo fue originalmente publicado en la revista
The Freeman.
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