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¿PUEDE EL LIBRE MERCADO BRINDAR EDUCACION PUBLICA?
Por Sheldon Richman
Por supuesto, la respuesta sencilla es: sí, mirá
a tu alrededor. En este mismo momento, empresas privadas y organizaciones
sin fines de lucro proveen todo tipo de educación -desde
escuelas generalistas con las materias tradicionalmente académicas,
hasta escuelas especializadas que enseñan de todo, desde
bellas artes hasta artes marciales, desde danza hasta nutricionismo,
desde buceo hasta la profundización en el propio ser.
Si definimos "educación pública" como "lo
que hace el gobierno en la actualidad", entonces es una pregunta
capciosa. Todo colegio sirve al público. Por el bien de este
planteo, podemos ignorar que la palabra "público"
ha sido adulterada para significar "financiado coercitivamente
por el sistema de impuestos". Como agregado, hay signos de
que las palabras "privado" y "mercados" también
están en camino de ser adulteradas.
El libre mercado -incluyendo tanto organizaciones con y sin fines
de lucro- proveería incluso más educación que
en la actualidad debido a la "competencia desleal" por
parte del gobierno. Como el gobierno tiene una fuente que las organizaciones
carecen -el contribuyente- puede ofrecer sus servicios en forma
"gratuita". Por supuesto, que no son realmente gratis;
en el contexto del gobierno, "gratis significa que todos pagan,
quieran o no usar el servicio". Claramente, mientras que el
gobierno pueda imponer pagos a sus ciudadanos y entonces proveer
educación a un precio marginal de cero, mucha de la educación
privada nunca tendrá lugar. Es irónico que el gobierno
constantemente busque por los precios más altos en el sector
privado, cuando en realidad es el mayor ofensor.
Ciertamente no hay nada acerca de la educación que deba llevar
a la duda de que el mercado pueda proveerla. Como cualquier otro
producto o servicio, la educación es una combinación
de tierra, trabajo, y bienes de capital dirigidos a un objetivo
particular -instrucción en asuntos académicos y temas
relacionados demandados por una clase de consumidores, principalmente
padres.
Aquí es donde las cosas se pueden poner contenciosas. Quienes
critican a la educación en manos del mercado están
disconformes con el tratamiento de la educación como si fuera
un artículo, sujeto a oferta y demanda. En el mercado, los
consumidores finalmente determinan qué se produce. Los emprendedores
toman riesgos para servirlos. Y consumidores fluctuantes no sienten
remordimiento cuando aparece algo nuevo y atractivo. Pregúntenles
a los accionistas de Boston Chicken, entre otros.
¿Por qué sólo los padres determinan qué
es y qué no es aceptable en la educación? Pero ¿por
qué no los padres? ¿Quiénes se preocupan más
por los intereses de los chicos? Además, la mayoría
de los padres no tomaría decisiones con respecto a la educación
sin antes consultar a autoridades más conocedoras que ellos,
al igual que no tomarían una decisión médica
sin antes consultar a un doctor. El argumento de consumidores desinformados,
contra la educación provista por el libre mercado es alarmante.
Los padres, y el sector privado, deberían ser libres de determinar
cuál es y cuál no es la educación académica
aceptable, por las mismas razones de que son libres de determinar
cuál es la adecuada educación religiosa. No utilizamos
el pequeño número de padres descuidados como un pretexto
para que el gobierno controle o financie la religión. Tampoco
deberíamos utilizarlo como un pretexto para que el gobierno
controle o financie la enseñanza.
Los defensores de la enseñanza estatal hicieron una lista
de varios argumentos económicos relacionados con "la
falla del mercado" para luchar contra la idea de que los padres
en un libre mercado deben determinar qué servicios educacionales
deben ser ofrecidos. Estos argumentos se equivocan. La educación
no tiene las características de un "bien público".
El consumo de un servicio dado disminuye el consumo de otras personas,
y los que no pagan pueden ser excluidos.
Ni el caso de externalidades positivas tuvo éxito. La educación
obviamente tiene beneficios extensivos, pero eso no es suficiente
en teoría económica para justificar la acción
del gobierno. Deberías creer que los beneficios externos
podrían causar que la educación no sea consumida a
menos que el gobierno la subsidiara. Nadie ha demostrado tal cosa.
Ni nadie podría. Para creer eso, deberías creer que
los padres llevan a cabo el siguiente razonamiento: Me gustaría
comprar X cantidad de educación para mi hijo, pero como la
sociedad será beneficiada por la erudición de mi hijo
sin pagar nada, compraré menos que X cantidad de educación.
Ridículo, ¿no?
El argumento de que la educación de alta calidad es intrínsecamente
muy cara para que una porción significativa de la población
pueda pagarla, también se equivoca. Un libre mercado que
puede saturar a una sociedad con heladeras, hornos a microondas,
lavarropas y teléfonos -celulares y comunes- seguramente
puede producir buena educación para una sociedad masiva.
La clave está en las empresas.
Creemos saber qué es la educación y con qué
métodos funciona. Y sabemos algunas cosas. Esta sensación
de seguridad puede llevarnos a pensar que la educación debe
ser dejada en manos del gobierno. Pero no deberíamos ser
tan presuntuosos, o podríamos terminar como el titular de
la Oficina de Patentes que en el siglo XIX dijo que deberían
cerrar porque todo lo útil ya se había inventado.
El mundo tiene un final abierto. No sabemos exactamente qué
aprenderemos mañana. Como seres falibles, podemos estar seguros
de que todo el tiempo estamos perdiéndonos de información
y oportunidades valiosas. Recursos escasos están siendo mal
utilizados porque nuestro conocimiento es incompleto. Esto es tan
cierto para la educación como para todo lo demás.
¿Qué podemos hacer para acelerar los descubrimientos
y corregir el error? Ya tenemos un método: los emprendimientos.
Lo que hacen los empresarios es buscar el lugar donde los recursos
son mal utilizados, es decir, utilizados para la producción
de bienes y servicios que los consumidores valoran menos que otras
cosas que se podrían realizar con los mismos recursos. Lo
que lleva a los emprendedores a descubrir estas instancias es la
ganancia. Nada tiene tanto poder para estimular un descubrimiento.
La ganancia aumenta cuando un empresario alerta, viendo lo que otros
no habían detectado, cambia los recursos utilizados para
producir cosas que los consumidores valoran menos para producir
cosas que los consumidores valoran mucho más.
La aplicación de estos principios a la educación debería
ser obvia. Como no sabemos hoy todo lo que podemos aprender acerca
de métodos de educación y objetivos de mañana,
necesitamos la relación empresarial en la educación.
El gobierno no está en condiciones de llevar a cabo esta
tarea. La burocracia es el opuesto a la empresa. Ahoga a la empresa.
El dominio de la educación por parte del gobierno asegura
que la innovación y la creatividad empresarial a la que estamos
acostumbrados en, por ejemplo, la industria tecnológica,
no estará presente en la educación. No hay ningún
buen sustituto para el proceso descentralizado y espontáneo
de emprendimientos que estimularía una privatización
completa de la educación. Pero la relación empresarial
tiene precondiciones: libertad y propiedad privada tanto del lado
de la demanda como en el de la oferta. Esto significa nada de plata
del gobierno. Pedirle financiamiento al gobierno sería como
si los próceres fundadores le hubieran pedido financiamiento
al rey Jorge para hacer la revolución Norteamericana. Hubiera
estado de acuerdo -pero hubiera sido una revolución muy distinta.
Por eso, no es sólo que el libre mercado puede proveer educación.
Podemos concluir que sólo el libre mercado debería
proveer educación.
Sheldon Richman es editor de Ideas on
Liberty.
Este artículo es una síntesis de la presentación
del autor en una conferencia en la Children´s Scholarship
Fund titulada "Libertad e igualdad de oportunidades en la Educación"
el 12 de enero de 2000 en Nueva York. Permiso para traducir y publicar
otorgado por The Foundation for Economic Education (www.fee.org)
a la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Traducción de Hernán Alberro.
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