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UNA ENTREVISTA CON ADAM SMITH
Por Edwin G. West
En "La Riqueza de las Naciones" habló usted
de la "mano invisible" que guía al mercado y
dijo que los mercados no intervenidos funcionan bien. Desde entonces
hemos tenido muchos "experimentos" con diferentes enfoques
económicos, que han proporcionado mucha información
al respecto. A la luz de esta evidencia, ¿se siente usted
vindicado?
Antes de tocar el tema de lo que usted llama "experimentos"
con diferentes enfoques económicos, permítame recordarle
que había realmente una variedad de tales experimentos
en mis tiempos. Al igual que otros miembros de la Escuela Escocesa,
yo trataba de establecer lo que hoy en día llaman ustedes
un enfoque de sistemas comparativos, y hallará en La Riqueza
de las Naciones un estudio de muchas formas de sociedades, incluyendo
repúblicas griegas, democracias, monarquías, gobiernos
federales, gobiernos de compañías mercantiles, las
colonias americanas, e iglesias establecidas. Intentaba determinar
los efectos que estas diferencias institucionales tenían
sobre el éxito económico relativo. Pero lo que también
era nuevo era que dicho éxito se medía en términos
per cápita, no en términos de éxito por monarca,
por compañía, o por iglesia.
Su pregunta plantea mi hipótesis central como la proposición
de que los mercados "no-intervenidos" funcionan mejor.
En La Riqueza de las Naciones la manera como entiendo la "no-intervención"
se resume en mi concepto de "libertad natural". Esta
condición presupone una constitución bien diseñada,
respeto por el imperio de la ley, y la ausencia de cualquier trato
preferencial para interesas especiales. Permítame citar
de La Riqueza de las Naciones (Libro IV, Capítulo 9):
Proscritos enteramente todos los sistemas de preferencia o de
restricciones, no queda sino el sencillo y obvio sistema de la
libertad natural, que se establece espontáneamente y por
sus propios méritos. Todo hombre, con tal que no viole
las leyes de la justicia, debe quedar en perfecta libertad para
perseguir su propio interés como le plazca, dirigiendo
su actividad e invirtiendo sus capitales en concurrencia con cualquier
otro individuo o categoría de personas. El Soberano se
verá liberado completamente de un deber, cuya prosecución
forzosamente habrá de acarrearle numerosas desilusiones,
y cuyo cumplimiento acertado no puede garantizar la sabiduría
humana ni asegurar ningún orden de conocimiento, ..., a
saber, la obligación de supervisar la actividad privada,
dirigiéndola hacia las ocupaciones más ventajosas
a la sociedad.
Creo que la última frase de esta cita podría usarse,
mutatis mutandis, como un epitafio apropiado para los regímenes
socialistas que se derrumbaron en los años ochentas y noventas.
Actuando como soberanos, sus principales comités verdaderamente
sufrieron de innumerables desilusiones. No se dieron cuenta de
que ninguna sabiduría o conocimiento humano jamás
podría ser suficiente para "vigilar la industria de
los intereses privados de la sociedad".
En mi propia época diagnostiqué muchos problemas
similares donde se menospreció la libertad natural. Mostré
que esta situación se asociaba, por ejemplo, con el desastroso
experimento gubernativo realizado por la East India Company en
el siglo XVIII, y con el oneroso sistema de impuestos sobre los
pobres en Francia.
Me pregunta usted si, en vista de la experiencia de los experimentos
del siglo XX, se han confirmado mis predicciones. Contestaría
que sí, especialmente en lo tocante a la libertad. En un
artículo de 1991, Scully y Slottje seleccionaron un total
de 15 atributos de la libertad económica. Estos incluyeron
libertades de movimiento, transacciones financieras internacionales,
propiedad, información, asamblea pacífica, y comunicación
por medios impresos. Un aspecto especial del análisis fue
la ponderación de los atributos en su construcción
de un índice de libertad económica. Después
de construir varios índices, los autores hallaron que cada
uno de ellos era robusto. Todas las clasificaciones indicaron
que tanto el crecimiento económico como el producto real
doméstico per cápita están positivamente
correlacionados con la libertad económica.
¡Vaya que me siento vindicado!
¿Cuán eficientemente podemos esperar que funcionen
los mercados en países donde el lucro y la empresarialidad
nunca formaron realmente parte del tejido cultural? Concretamente,
¿cuáles son las perspectivas para Rusia?
Lo que más impide la sana búsqueda de lucro por
parte de empresarios en un mercado competitivo no son las naturales
diferencias culturales sino los gobiernos despóticos y
miopes que, en su codicioso afán de obtener ingresos fiscales,
gravan todo excedente casi antes de que pueda aparecer. Argumenté
en La Riqueza de las Naciones que los mercados evolucionan a causa
de la propensión en la naturaleza humana a "permutar,
cambiar, y negociar". Esta propensión, sugerí,
es "común a todos los hombres". Son los gobiernos
los que la reprimen artificialmente.
Poco después de seguir sus instintos naturales de comerciar
unos con otros, los individuos naturalmente empiezan a intentar
el diseño de reglas de conducta mutuamente aceptables,
tales como el derecho consuetudinario y el respeto por los contratos.
Podemos esperar también que surjan disposiciones constitucionales
para proteger a los individuos y su propiedad, porque sin un firme
y predecible marco legal el sistema de mercado no puede prosperar.
Cito de nuevo La Riqueza de las Naciones (Libro V, Capítulo
3):
No pueden florecer largo tiempo el comercio y las manufacturas
en un Estado que no disponga de una ordenada administración
de justicia; donde el pueblo no se sienta seguro en la posesión
de su propiedad; en que no se sostenga y proteja, por obra de
la ley, la buena fe de los contratos, y en que no se dé
por sentado que la autoridad del Gobierno se esfuerza en promover
el pago de los débitos por quienes se encuentran en condiciones
de satisfacer sus deudas.
Contemplemos, en contraste, la situación actual en Rusia
donde simplemente no existe ninguna base legal para procesar el
delito de fraude.
Es probable que en economías de mercado exitosas la evolución
de normas desde abajo, en lugar de la imposición desde
arriba, fomente una clase de ideología que alienta a las
personas a comportarse moralmente y en forma predecible. Esto
incluye la honestidad, el juego limpio, y adhesión a éticas
profesionales que consideran como algo indigno estafar, sobornar
o abusar de la autoridad del estado para propósitos personales.
Comparada con Polonia, Checoslovaquia y Hungría, Rusia
se alejó mucho más, y por más tiempo, de
la ideología que acabo de describir. Por eso, será
mucho más difícil establecer en ese país
una plena economía de mercado. De hecho, los lideres rusos
siguen viendo las "reformas" como programas de ingeniería,
impuestos desde arriba. Mientras que en Polonia la reforma fue
iniciada por la oposición y por personas fuera del partido,
en Rusia todo fue iniciado por apparatchiks. El término
"reforma" parece haber sido redefinido, y ahora equivale
a un reavivamiento del estatismo. El peor ejemplo de esto fue
el intento del Sr. Gerashenko, del banco central, de inflar la
economía rusa para proporcionar subsidios en efectivo a
industrias moribundas que producen mercancías que nadie
quiere comprar.
Quizás la limitación más seria de un régimen
que trata de planear y controlar miles de decisiones económicas
es que se desvían recursos que podrían usarse para
cumplir la responsabilidad primaria del gobierno: proteger a los
ciudadanos contra robos y ataques personales. Así, no sorprende
que en su primer mensaje sobre el Estado de La Nación (en
Febrero de 1994), el presidente Boris Yeltsin mencionó
específicamente la delincuencia en Rusia como "el
problema del año". Ciertamente es ominosa una situación
donde casi todas las tiendas, cafés y restaurantes en Rusia
pagan por protección privada, al igual que entre 70 y 80%
de los bancos y las grandes empresas comerciales.
Sin embargo, siempre hay optimistas. Refiriéndose a la
obligación de pagar por protección, un ciudadano
de Moscú recientemente observó, "estamos cerca
del nivel de los Estados Unidos en los años treinta. Hace
tres años estábamos al nivel de los años
veinte. ¡Esto es un progreso!
Gran parte del pensamiento económico contemporáneo
en los Estados Unidos y en el Reino Unido se basa en sus ideas.
Algunos argumentarían que en otras partes del mundo, sobre
todo en Asia, las premisas económicas son diferentes. Dicen
que la filosofía económica smithiana, anglo-americana,
se ha vuelto casi sagrada y no tolera ningún otro punto
de vista: ésta insiste en un proceso equitativo y describiría
cualquier otro enfoque político-económico como un
engaño. ¿Hemos llegado a obsesionarnos con un campo
de juego nivelado hasta el punto de no poder comprender la esencia
del razonamiento económico más allá de la
esfera anglo-americana?
¿Son las premisas económicas en América
diferentes a las de Asia? Depende de qué parte de ese continente
tiene usted en mente. Un país asiático, de hecho,
se acerca mucho más a mi ideal de una economía de
mercado que la moderna Norteamérica. Hong Kong ha tenido
mucho más libertad económica que los estados Unidos
desde los años cincuentas. No hay aranceles ni cuotas de
importación o exportación de textiles impuestas
a Hong Kong por parte de proteccionistas estadounidenses. Los
norteamericanos, por tanto, a diferencia de lo que supone la pregunta,
no siempre favorecen el campo de juego nivelado. Los impuestos
en Hong Kong han oscilado entre 10 y 20% del ingreso nacional,
mucho más bajo que en los Estados Unidos, donde el gasto
del gobierno es ahora cerca de 44% del ingreso nacional. Aparte
de esto, no existen controles de precio, y Hong Kong no tiene
las leyes de salario mínimo que existen en los Estados
Unidos. Además, ha habido poca evidencia de la supresión
de libertades humanas tales como la libertad de expresión
y de prensa. Es cierto que ha habido poca representación
política, pero nunca estuve muy impresionado, en todo caso,
por la capacidad de la democracia para fomentar la prosperidad
económica. El hecho es que el nivel de ingreso per cápita
en Hong Kong ha cuadruplicado desde los años cincuenta
a pesar de que la población es ahora 10 veces mayor; y
todo esto sucedió sin ninguna ayuda externa.
Milton Friedman encuentra un contraste notable entre Hong Kong
y la India, país que obtuvo su libertad política
de los británicos pero que posteriormente gozó de
muy poca libertad económica. La democracia establecida
en la India se usó para generar legislación que
impuso extensos controles sobre importaciones, exportaciones,
divisas, precios y salarios. El resultado, argumenta Friedman,
fue que el nivel de la gran mayoría de los indios apenas
ha mejorado comparado con el nivel de hace 40 años.
Con respecto a China, ciertamente tenemos que admitir que ha
habido un crecimiento impresionante en años recientes.
Pero esto se ha debido en parte al "efecto rezago" (experimentado
también en Japón), y en parte a un deseo de evitar
el destino de la Unión soviética, deseo que ha forzado
a Beijing a otorgar más libertad a las provincias. De hecho,
los líderes chinos tuvieron que abandonar un programa de
austeridad económica poco después de haberlo introducido
en el verano de 1993 porque el gobierno central no pudo imponer
el programa en las provincias, sobre todo en las regiones del
sur cerca de Hong Kong. El Banco Mundial, entretanto, informa
que las provincias chinas incrementaron su comercio fuera de las
fronteras de China y hacen menos negocios con otras provincias.
Este desarrollo parece ser señal de mayor libertad local.
Ciertamente, los principios del mercado libre son evidentes en
las economías asiáticas, algunas de las cuales,
como usted menciona, parecen más interesadas que los Estados
Unidos en mantener un campo de juego nivelado. Sin embargo, ¿no
es cierto también que algunos países asiáticos
Japón, por ejemplo adoptan un enfoque al desarrollo
económico que enfatiza la acción gubernamental para
estimular la industria? Sin duda, Japón ha tenido sus problemas
económicos en años recientes, como todos los países
¿pero acaso su éxito en términos generales
no da crédito a la teoría de que el gobierno debe
trabajar activamente para estimular la industria?
Es cierto que Japón tiene una "política industrial",
pero ésta no consiste de intervenciones selectivas al modelo
europeo, sino de medidas generales destinadas a reforzar el ambiente
para la industria. La medida general más importante hasta
los años noventas ha sido la de limitar el tamaño
del sector público. Japón tiene un sector público
más pequeño que el de otros países desarrollados
y su economía interna es muy competitiva. Ambos factores
seguramente ayudan a explicar su alta tasa de crecimiento hasta
los años ochentas.
Existe un aspecto de la política japonesa, sin embargo,
que no concuerda con mi principio de libertad natural. Japón
ha usado controles para reducir importaciones con el objeto aparente
de reducir el nivel de vida de los obreros a fin de dedicar más
recursos nacionales a la inversión industrial. La meta
ha sido una más alta tasa de crecimiento que la que habría
ocurrido de otro modo. En la medida en que hayan tenido éxito,
el resultado ha sido lo que yo solía llamar un "trastorno",
pero que ustedes ahora describen como una "mala asignación
de recursos". La asignación en este caso no concuerda
con las preferencias de las personas por consumo presente comparado
con consumo futuro.
Con respecto a la organización industrial, el gran mérito
de Japón ha sido el desarrollo de "métodos
de producción ligeros", donde los obreros se organizan
como equipos. Dentro de cada equipo, cada obrero puede usar su
iniciativa individual para identificar lugares donde pueden introducirse
mejoras. Este nuevo desarrollo es muy compatible con mi sistema
de mercado libre. Lo mismo que la competencia entre productos,
puede ocurrir también competencia entre tipos de organización
industrial. El hecho de que el sistema de producción ligera
haya sobrevivido la competencia es prueba de su valor.
Las personas a menudo tienen la impresión de que Japón
es muy diferente a causa de su concepto de "empleo de por
vida" con un mismo empleador. Lo que necesita ser enfatizado
es que, debido a que se han permitido que los ingresos fluctúen
con las condiciones económicas, la tasa de desempleo en
Japón ha sido mucho más baja que en otros países
industriales. Los obreros reciben bonos que son función
de las ganancias en años buenos, pero éstos se reducen
o son eliminados en años malos. Este elemento de ganancia
compartida, mientras tanto, alienta a los obreros a identificarse
con los objetivos de la empresa en conjunto. En este espíritu,
están mucho más dispuestos a cambiar de puesto dentro
de la empresa cuando la necesidad se presenta. En muchos países
europeos, en cambio, la relación obrero-gerencia ha llegado
a ser innecesariamente conflictiva, y bajo las consignas de "demarcación
de puestos" y "protección del empleo" se
preservan puestos de trabajo incluso mucho después de que
su justificación económica ha llegado a ser cuestionable.
Con relación al tema bancario, ¿aún considera
usted que la banca es una excepción a sus ideas sobre el
mercado libre?
Nunca creí que la banca fuera una excepción importante
a mis ideas sobre mercados libres. Siempre insistí que
el estado no debería asumir ninguna supervisión
sobre el ingreso en el negocio bancario. Debería, de hecho,
alentar el establecimiento del mayor número posible de
empresas bancarias, y no debería conceder monopolios a
ninguna. La principal salvedad que hice a este razonamiento era
que el estado debiera restringir la denominación de los
billetes de banco a un mínimo de 5 libras, para que las
personas relativamente pobres estuvieran protegidas de la sobre-emisión
por parte de algunos "banqueros precarios".
Permita usted que le recuerde el resumen de mi posición
general, que se encuentra en el último párrafo del
Libro II, Capítulo 2, de La Riqueza de las Naciones:
Si se limitasen las facultades de los banqueros, para emitir
billetes o notas pagaderas al portador, hasta la concurrencia
de una determinada suma, y además tuviesen la ineludible
obligación de reembolsarlos tan pronto como les fuesen
presentados, podrá declararse libre esta clase de transacciones
en todos los otros aspectos, con garantía para el público.
La reciente multiplicación de las compañías
bancarias en ambos territorios del Reino Unido, en lugar de disminuir
esta seguridad del público, la ha acrecentado considerablemente,
a pesar de la alarma de ciertos sectores. Esta misma multiplicación
los obliga a ser más circunspectos y a no extender su circulación
por encima de la debida proporción con sus reservas, evitando
así las alarmas de los tenedores de billetes, que de otra
manera la rivalidad de tantos competidores está siempre
propensa a desatar contra ellos. La existencia de varios bancos
restringe la circulación de cada uno de ellos a un círculo
limitado, y limita también a una suma prudente el número
de billetes que se emiten. Dividiendo la circulación en
un mayor número de sectores, cualquier quiebra que pueda
sobrevenir a una de esas compañías, cosa que alguna
vez puede suceder, no tendrá, sin embargo, graves consecuencias
para el público. Esta libre competencia obliga también
a los banqueros a ser más liberales en su trato con los
clientes, para que sus competidores no se los arrebaten. Por lo
general, si es ventajoso para el público cualquier ramo
de comercio y cualquier división del trabajo, mucho más
lo será cuento más libre y más universal
sea la competencia.
¿Están adecuadamente regulados los bancos modernos?
La primera respuesta que darían muchos observadores es
que en los Estados Unidos las leyes bancarias limitan a los bancos
a operar dentro del estado o condado en que están incorporados.
Esto les impide aprovechar las economías de escala que
pueden lograrse en un sistema de banca por sucursales que ofrece
mayores posibilidades para diversificar riesgos y operar un mercado
de reservas intersucursales. Estos son puntos válidos,
pero creo que los bancos están inadecuadamente regulados
en un sentido mucho más profundo. Las regulaciones del
gobierno han limitado el comercio libre en dinero. En el siglo
XI, muchas personas llegaron a creer que un monopolio (patrocinado
por el estado) en la emisión de billetes era una condición
indispensable para la estabilidad monetaria porque los emisores
privados no tenías incentivos para limitar sus emisiones.
Mi argumento (en la cita anterior) acerca de la función
estabilizadora de la competencia en mercados libres fue completamente
olvidado. ¡El hecho llamativo es que la experiencia posterior
ha demostrado que el peligro de sobre-emisión es mucho
mayor con bancos centrales! Países que tenían sistemas
bancarios relativamente libres Escocia, Canadá, Suecia-
no experimentaron mayores problemas de sobre-emisión. En
cambio Inglaterra, con sus fuertes restricciones a la emisión
de billetes después de 1844, tuvo serias crisis monetarias
poco después. El posterior establecimiento de bancos centrales
en todas partes del mundo, de hecho, ha estado asociado con tasas
inflacionarias históricamente sin precedentes. Repito mi
punto de que el regulador más fiable no es el gobierno
sino el funcionamiento de la competencia en el mercado libre.
Si una organización bancaria llega a ser ineficiente en
su emisión de billetes, las personas deben poder recurrir
a una emisión competitiva. Si este fuera el caso implicaría
que la mayoría de las regulaciones bancarias actuales se
podrían abolir del todo.
¿Tiene algunas observaciones sobre los tipos y niveles
actuales de impuestos comparados con su época?
Estimo que a fines del siglo XVIII, la carga tributaria en Gran
Bretaña era típicamente alrededor de 5 a 8% del
producto nacional bruto (PNB). Actualmente en los Estados Unidos
los ingresos fiscales representan aproximadamente 40%, aunque
esta cifra sería más alta si tomamos en cuenta los
déficits del gobierno que implican impuestos diferidos.
Mis colegas del siglo XVIII, Hume, Stewart, Ferguson, Millar y
Kames, habrían considerado imposibles tales niveles de
imposición en un país libre. Y nunca se habrían
imaginado la magnitud de la intromisión de sus gobiernos
en cada detalle de la vida personal y comercial. En La Riqueza
de las Naciones escribí (con referencia a Inglaterra):
Se había pensado que el gravamen sobre las tiendas fuera
igual para todas ellas, y en realidad no podía ser de otro
modo, pues hubiera sido imposible proporcionar el impuesto, con
cierta exactitud, al volumen del negocio, sin recurrir a una investigación
que se hubiera considerado de todo punto intolerable en un país
libre (Libro V. Capítulo 2).
También escribí:
Una inspección de las circunstancias particulares que
concurren en cada individuo, y un examen de todas las fluctuaciones
de su fortuna, para acomodar así el impuesto a sus condiciones
específicas, constituirá un manantial tan inagotable
de vejaciones que ningún pueblo sería capaz de soportarlas.
De modo que el hecho de que las personas en los Estados Unidos
ahora aceptan un sistema de impuestos sobre la renta que los obliga
a informar cada detalle de su ingreso privado provocaría
sorpresa absoluta entre mis asociados. Pero quizás sea
incorrecto suponer que todos los norteamericanos aceptan de buena
gana el sistema actual.
A la luz de su última declaración, ¿podría
comentar sobre nuestro moderno fenómeno de la "economía
subterránea"?
La magnitud de su economía subterránea parece estar
positivamente correlacionada con la magnitud de los impuestos
en relación al PNB. La mayoría de investigadores
están de acuerdo que la economía "oculta"
en los Estados Unidos creció significativamente como porcentaje
de la economía nacional entre 1970 y 1990, un período
en que la proporción de impuestos aumentaba en forma sostenida.
Según un estudio, la economía subterránea
podría haber alcanzado una cuarta parte o más del
producto nacional bruto a comienzos de los años ochentas.
¿Es esto algo negativo? No necesariamente. La economía
subterránea podría ser un útil freno a los
gobiernos demasiado grandes, y por tanto podría ser de
beneficio potencial para todos los contribuyentes. En mis Conferencias
sobre Jurisprudencia observé:
Sin duda que la imposición de un impuesto muy exorbitante,
sea en tiempos de guerra o de paz, de la mitad o incluso una quinta
parte de la riqueza de la nación, justificaría una
resistencia popular, como en cualquier otro caso de abuso del
poder.
Un aspecto de la economía subterránea muy evidente
en mis tiempos era la práctica del contrabando. La Riqueza
de las Naciones observa:
Los crecidos impuestos que se han establecido sobre la importación
de muchas especies de diferentes géneros extranjeros para
desalentar el consumo en Inglaterra sólo han servido, en
la mayor parte de los casos, para fomentar el contrabando, y en
todos ellos han reducido los ingresos procedentes del ramo de
aduanas muy por debajo del nivel que hubieran tenido de haber
sido aquellos más moderados (Libro V. Capítulo 2).
Un ejemplo de este mismo fenómeno ocurrió recientemente
en Canadá. Impuestos exorbitantes sobre los cigarrillos
generaron tal magnitud de contrabando que hacia principios de
1994 se estimó que tres de cada cuatro cartones consumidos
en Quebec eran importados ilegalmente. Esto forzó al gobierno
a reducir los impuestos al tabaco tan drásticamente que
el precio de un paquete de cigarrillos inmediatamente bajó
45% en menos de un mes.
Los ciudadanos obviamente necesitan tener salidas de emergencia
contra la explotación oficial porque, como digo en La Riqueza
de las Naciones:
Entre las artes de gobierno ninguna se aprende tan rápidamente
como la de sacar el dinero del bolsillo de los contribuyentes.
(Libro V, Capítulo 2).
Ciertamente hay un papel legítimo para el gobierno en
un sistema de mercado; pero esto no contesta automáticamente
la pregunta acerca del tamaño exacto y el alcance de ese
papel. Entretanto, es imperativo impedir que los burócratas
tengan la voz decisiva en la cuestión del tamaño
del gobierno.
¿Es cierto que gran parte del incremento en el tamaño
del gobierno desde su época es debido a la necesidad, posteriormente
reconocida, de redistribuir el ingreso, una necesidad que de hecho
encontró "revolucionario" apoyo intelectual en
los escritos de algunos de los economistas clásicos que
le sucedieron?
Creo que la principal revolución intelectual de la que
habla usted fue la iniciada por John Stuart Mill en sus Principios
de Economía Política (publicado en 1848). El cambio
más fundamental en economía política que
apareció en esta obra fue el intento por parte de Mill
de separar la producción y la distribución (la Parte
I del libro de Mill se ocupa de la Producción, y la Parte
II de la Distribución). Este fue verdaderamente un cambio
completo respecto de mi razonamiento. Mill trataba los productos
de una sociedad industrial casi como entidades preexistentes,
como maná del cielo, para ser distribuidos por las autoridades.
Las leyes de la producción, argumentó Mill, tienen
las propiedades de leyes naturales inexorables, mientras que las
leyes de la distribución están sujetas a la invención
y a las instituciones humanas. Y si las leyes de distribución
son artificiales entonces podemos interferir con las relaciones
de la propiedad existentes bajo el principio de equidad. Fue de
esta manera que Mill introdujo la búsqueda de medios prácticos
de redistribución como una parte crucial de la tarea de
la economía política. El problema práctico
era determinar qué instituciones de propiedad serían
establecidas por una legislatura desinteresada, completamente
imparcial entre los poseedores de propiedad y los no poseedores.
Mi respuesta es la siguiente: primero, cuestionaría seriamente
el optimismo de Mill en cuanto a la posibilidad de encontrar una
legislatura "completamente imparcial" en lo concerniente
a la redistribución de la propiedad. Segundo, y más
importante, debo señalar la reducción de incentivos
para crear propiedad una vez decretada dicha redistribución.
La riqueza no cae como maná del cielo. Si el gobierno anuncia
que será redistribuida una vez producida, no es probable
que se produzca mucha riqueza. Debido a su ultraracionalismo,
Mill no tomó en cuenta prácticas e instituciones
del mundo real que plantean serias limitaciones para sus planes
igualitarios, planes que requerían la imposición
de fuertes impuestos a los propietarios de riqueza. En La Riqueza
de las Naciones (Libro V, Capítulo 3) hago referencia a
"la mayor parte de comerciantes e industriales" que
transfieren sus capitales fuera de su país después
de ser "continuamente expuestos a las repetidas, vejatorias
y molestas visitas de los recaudadores de impuestos". El
intelectualismo abstracto de Mill seriamente subestima el potencial
para este tipo de resistencia ciudadana a la imposición
excesiva. Y ha sido el enfoque y la influencia de Mill, sin duda,
lo que ha llevado a muchos economistas a descuidar, hasta muy
recientemente, las serias dimensiones de aquella otra vía
de escape ciudadana: la economía subterránea.
Pero, Sr. Smith, si no está dispuesto a aceptar un papel
redistributivo para el gobierno, ¿no corre usted peligro
de ser etiquetado como insensible a la situación de los
pobres, y apologista para la conducta egoísta?
Cuando medimos los efectos de la redistribución vía
gobierno, debemos cuidarnos de incluir los efectos de las regulaciones
además de los efectos de las transferencias monetarias.
Los subsidios para la compra de alimentos, por ejemplo, se podrían
considerar como una medida que permite a los pobres comer mejor.
Simultáneamente, sin embargo, el gobierno promueve juntas
de mercadeo agrícola que artificialmente elevan el precio
de la comida del ciudadano pobre, mientras que los aranceles de
importación le impiden tener acceso a las fuentes más
económicas del resto del mundo, obligándole, por
ejemplo, a pagar dos veces el precio mundial por azúcar.
Entretanto, la compleja maquinaria del estado benefactor, que
supuestamente hace tanto por el pobre, es manejada por una burocracia
que cobra costos excesivamente altos por su servicio inferior.
Gran parte de la maquinaria del gobierno para la protección
del pobre tiene así el efecto de ser mayormente una redistribución
a favor de los gobernantes. Y puesto que incluso los pobres pagan
impuestos (e.g., en cada lata de cerveza, paquete de cigarrillos
o galón de gasolina), se los obliga a pagar por el alto
costo burocrático de la maquinaria que se supone los ayuda
tanto.
En cuando a la sugerencia de que soy insensible a la existencia
de pobreza, debo señalar que en mi tiempo fui considerado
un radical en la defensa de los pobres. En primer lugar, mi criterio
de medir la riqueza de las naciones en términos de la prosperidad
de todos los individuos que la componen se alejaba de la práctica,
entonces corriente, de medir la prosperidad en un sentido agregado,
nacional o colectivo. Segundo, mis argumentos explícitamente
defendían al pobre contra la explotación por parte
de intereses especiales dominantes. No veo que haya disminuido
la necesidad de tales protecciones en los Estados Unidos hoy en
día.
Como un último ejemplo de sofistería moderna respecto
de regulaciones que se anuncian como protecciones para los pobres,
consideremos la legislación de salarios mínimos
en los Estados Unidos. Esta legislación limita la posibilidad
de un obrero de participar plenamente del mercado laboral y por
tanto aumenta la probabilidad de que quede desempleado. Me parece
que mis argumentos planteados en el siglo XVIII contra tales restricciones
siguen teniendo validez hoy en día:
La propiedad más sagrada e inviolable es la del propio
trabajo, porque es la fuente originaria de todas las demás.
El patrimonio del pobre se halla en la fuerza y en la habilidad
de sus manos, por lo que impedirle hacer uso de esa fuerza y de
esa habilidad de la manera que juzgue más conveniente,
y en tanto no perjudique a otra persona, constituye una clara
violación de su más sagrada propiedad. Equivale
a una usurpación manifiesta de la justa libertad del trabajador
y de aquellas personas que pudieran emplearle, pues se le impide
al uno trabajar en lo que considera más conveniente, y
al otro darle ocupación en lo que le plazca ....
La afectada preocupación del legislador ... es evidentemente
tan absurda como opresiva (Libro I, Capítulo 10).
El principal grupo de presión que consigue cabildear por
el salario mínimo legal son los sindicatos laborales, cuyo
motivo es proteger a sus miembros de la competencia de mano de
obra más barata. Estos mismos sindicatos, mientras tanto,
típicamente negocian salarios por encima del nivel del
mercado para los obreros afortunados que logran obtener algunos
de los inevitablemente escasos empleos. Este es otro campo, a
propósito, donde tengo mis diferencias con J. S. Mill,
quien era un firme partidario del movimiento sindical y de sus
metas legislativas en el siglo XIX.
¿Pero no es cierto, Sr. Smith, que incluso usted aceptaba
un papel para el gobierno en la educación, un papel que
podría verse principalmente como protección al pobre?
Reflexioné largo y duro sobre este tema y mi posición
final debe interpretarse muy cuidadosamente. Aunque el gasto en
instituciones para la educación y la instrucción
religiosa es sin duda beneficioso para la sociedad entera concluí-
y aunque podría ser costeado mediante una contribución
general de la sociedad entera, "ello no obstante, con igual
conveniencia y alguna ventaja, esta clase de gastos podrían
ser cubiertos enteramente por quienes reciben un beneficio inmediato
de esa clase de educación y de instrucción, o sea,
mediante la contribución voluntaria de quienes creen tener
necesidad de esos servicios" (La Riqueza de las Naciones,
Libro V, Capítulo 1).
Yo siempre quise que los padres de familia (incluso los padres
pobres) pagaran cuotas para cubrir alguna porción significativa
de los costos, y si fuera necesario algún apoyo externo
recomendé contribuciones voluntarias de los vecinos inmediatos.
Este no fue, por tanto, un argumento a favor de la educación
estatal, como tienden a creer muchos escritores.
Todos los economistas clásicos que me siguieron (excepto
Marx) compartían mi insistencia de que la educación
nunca debería proveerse gratuitamente. Mi punto era que
cuando se cobran cuotas escolares, la decisión de un padre
de transferir a su hijo o hija de una escuela menos eficiente
a una más eficiente, inmediatamente ejerce una presión
significativa sobre el proveedor inferior porque los fondos automáticamente
siguen al niño. Los directores de escuelas públicas,
en cambio, no enfrentan ninguna presión económica
directa. Además, los sindicatos de maestros en tales escuelas
usualmente se aseguran que cuando se reduce la población
estudiantil en una escuela, se crean empleos para los maestros
"perdedores" en otra parte del sistema.
Con respecto a la necesidad de proteger a las familias de bajos
ingresos, se debe enfatizar que actualmente éstas típicamente
asisten a las peores escuelas proporcionadas por el gobierno,
sobre todo en los barrios marginales. Pero estas familias, por
más pobres que sean, siguen pagando impuestos por la educación
ofrecida por sus escuelas gubernamentales. Si el dinero que ellos
pagan vía estos impuestos (un padre de familia pobre, como
todos los demás, paga impuestos a lo largo de su vida)
pudiera pagarse como cuotas escolares en una escuela libremente
escogida por ellos, la eficiencia escolar aumentaría dramáticamente.
Nuevas políticas recientemente adoptadas en un intento
por mejorar la eficacia de la educación norteamericana
incluyen revisiones curriculares, mejor adiestramiento para maestros
y certificación para los mismos, salarios basados en méritos,
reformas administrativas y matriculación abierta. Pero
todas estas políticas son en gran medida irrelevantes.
Ninguna de ellas ha tenido mayor éxito y algunas simplemente
han elevado los costos aún más. Una obvia implicación
de mi razonamiento es que ninguna mejora real ocurrirá
hasta que el sistema de precios no sea reintroducido en las escuelas,
con o sin la ayuda de bonos (subsidios) escolares. Pero, por supuesto,
el establecimiento educativo rápidamente cierra filas en
torno a esta propuesta, ya que temen (correctamente) que minará
su muy confortable posición monopólica.
Es de notarse que Japón actualmente parece sobrepasar
a todos los demás países en cuanto a desempeño
estudiantil, sobre todo a nivel de escuela secundaria. Lo que
es aún más interesante, la ventaja de los estudiantes
japoneses respecto de los estudiantes norteamericanos crece a
un ritmo asombroso entre las edades de 15 y 18 años. Pero
obsérvese que las escuelas secundarias japonesas, tanto
las privadas como las públicas, cobran cuotas (siendo éstas
más elevadas en las escuelas privadas). En las ciudades,
cerca de la mitad de las escuelas secundarias son privadas y cobran
cuotas que promedian U$S 2,400, alrededor de 60% del costo, siendo
el resto cubierto por subsidios del gobierno central pagados per
cápita en base a la matriculación. Una fundación
apoyada por el gobierno otorga préstamos para ayudar a
las familias a cubrir las cuotas tanto en escuelas públicas
como privadas. Nótese, además, que la asistencia
escolar en Japón para este grupo de edad no es obligatoria.
No obstante, 94% continúan su educación voluntariamente
y de buena gana pagan las cuotas escolares.
Es compatible con mi razonamiento el argumentar que, debido a
que estas escuelas japoneses ofrecen educación a un precio
positivo, han aparecido en el sistema importantes elementos de
competencia. Se refuerza la libertad de elección por parte
de la familia por el hecho que, además de poder escoger
una escuela privada si le disgusta la oferta estatal, tiene el
derecho legal de abandonar la educación formal del todo
cuando el niño alcanza los 15 años de edad.
La superioridad de Japón en el campo educativo es sin
duda atribuible a varios factores culturales además de
la competencia educativa inducida por su sistema de precios positivos.
Pero nadie puede dejar de impresionarse por el hecho, por ejemplo,
de que menos de 1% de los norteamericanos de 18 años de
edad aventajan en matemática al japonés promedio
de la misma edad.
Algunos escritores modernos se enojaron con el presidente Reagan
por haber introducido sus políticas en los años
ochenta usando la autoridad de su libro, La Riqueza de las Naciones.
La queja es que, a causa de sus numerosas y detalladas salvedades
respecto de las virtudes de su "mano invisible", su
posición era mucho menos laissez-faire que la de Reagan.
¿Está usted de acuerdo?
Para ser mínimamente consecuente con la economía
política recomendada en La Riqueza de las Naciones, el
presidente Reagan tendría que haber abolido lo siguiente:
salarios mínimos, aranceles de importación, subsidios
a la exportación, juntas de mercadeo agrícola, impuestos
sobre el capital, educación "gratuita" en escuelas
gubernamentales, y todo el sistema estadounidense de banca central.
Si Reagan hubiera logrado esto, sin duda que podría ser
descrito como un defensor extremo del laissez-faire. Pero puesto
que no lo hizo, la queja de los escritores que usted menciona
carece de fundamento.
Gracias, Sr. Smith.
Edwin G. West, Profesor Emérito
de la Universidad Carleton (Ottawa, Canadá), es autor de
numerosos libros y artículos sobre el pensamiento económico
de Adam Smith.
Traducido por Julio H. Cole.
Reproducido de la revista Laissez Faire, editada por la Facultad
de Ciencias Económicas de la Universidad Francisco Marroquín
(Guatemala).
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