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Hispanic American Center for Economic Research


 


El progreso material a lo largo del milenio pasado

Escribe E. Calvin Beisner

Reginald Labbe, un granjero inglés mejor preparado que los demás de su época, murió en 1293. Su testamento incluía las siguientes posesiones:

· Una vaca y un ternero
· Dos ovejas y tres corderos
· Tres gallinas
· 40,5 kilos de trigo
· 182,7 kilos de cebada
· 270 kilos de forraje para ganado
· 180 kilos de granos mezclados
· Ropa que comprendía, una capucha, una túnica, y un pequeño pedazo de tela pesada.
· Un almohadón (una almohada larga y finita o almohadilla)
· Un felpudo (utilizado como una colcha)
· Dos sábanas
· Un trípode o trébede (para cocinar comida sobre el fuego)


Como la mayor parte de los granjeros ingleses de su tiempo, él había utilizado herramientas (probablemente algo más que una pala y una guadaña) del propietario- lo que significaba, además, que no era dueño ni de la tierra, ni de su casa. No tenía dinero. El valor monetario de sus bienes en aquel tiempo representaba a una libra con 73 peniques, o algo así como U$S 2,75 con la tasa de cambio actual. Pero, por supuesto, en su tiempo un chelín alcanzaba para mucho más que hoy en día, luego de siete siglos de inflación.
¿Cuánto hubieran valido sus posesiones si hubiese muerto hoy? Es imposible hacer un cálculo preciso; no sabemos ni la edad, ni el peso o el estado de salud de su ganado, o la calidad de sus otras posesiones. Pero cálculos a groso modo dan un valor total por su ganado, de cerca de U$S 1.000 (teniendo en cuenta que eran más pequeños y en peor estado de salud que el ganado típico de hoy en día). Sus granos y forraje estarían en U$S 475 al por mayor, su trípode cerca de los 10 dólares, y su vestimenta y ropa de cama no tendrían ningún valor (dado que estarían tan utilizadas y serían de tan mala calidad que nadie estaría dispuesto a utilizarlas hoy en día). El valor total de su herencia, por lo tanto, suma alrededor de U$S 1.485 (o £935). En comparación, el valor promedio de una granja en los Estados Unidos de América, hoy está alrededor de los U$S 350.000.
Cuando Labbe murió, su abogado testamentista vendió todas las posesiones para pagar los gastos del velorio. Pagó un penique (algo así como U$S 8,65 de hoy) para que se cave la tumba; dos peniques (U$S 17,28) para que resuenen las campanas de la iglesia; seis peniques (U$S 51,84) para ejecutar su testamento; ocho peniques (U$S 69,12) por tasas de la Corte; 46 peniques (U$S 397,44) para la comida para los lloraduelos y portaféretros; y tres peniques (U$S 25,92) para el cura que redactó la cuenta de la herencia- un total de 66 peniques (U$S 570,25), o un poco más de un tercio del valor de los bienes. (Por su puesto, él no fue embalsamado y no tuvo un cajón herméticamente cerrado, forrado con terciopelo, y de acero inoxidable que preservara su cuerpo por mil años).
Si Labbe vivió hasta el promedio de vida de la gente nacida en el siglo XIII, estaba por debajo de los 30 años cuando falleció. Más probablemente, como había sobrevivido a la infancia y a la niñez (cerca de la mitad no lo lograba), murió a los 30 ó 40. Es probable que al menos una esposa hubiera muerto antes que él, quizás durante un parto -una de las causas de muerte más común para las mujeres de la época. Asumiendo que él había tenido ocho hijos durante su matrimonio, habría enterrado probablemente a cuatro de ellos durante la infancia, quizás otro antes de su quinto cumpleaños, y otro antes de la pubertad. Si estaba dentro de lo calculado, entonces, dos de sus hijos le sobrevivieron.

Lento Crecimiento de la Población

Así era la vida, para aquellos más o menos preparados, en una sociedad en la cual la tasa de mortalidad era tan cercana a la tasa de nacimientos, que la población crecía sólo 0,17 por ciento por año, duplicándose cada 425 años, en lugar de hacerlo cada 42, como se daría con la tasa de crecimiento mundial promedio de los 80, o cada 51 años, como se daría con la tasa promedio de los 90. Incluso para los más ricos, la vida no era mucho más segura. Las tasas de mortalidad en nacimiento y de mortalidad infantil eran un poco mejores para los más ricos -realeza y nobleza- que para los granjeros y los campesinos, incluso hacia el siglo XVIII. La reina Ana, de Inglaterra (1665-1714) quedó embarazada 18 veces; cinco de sus hijos sobrevivieron el nacimiento; ninguno sobrevivió a la niñez.
Para ser más preciso, ésta es una pequeña mirada a la vida de las personas a lo largo de gran parte del milenio pasado, en países que ahora están dentro de los más ricos del mundo. Queda mucho más para mostrar. La mayoría es igual de triste, en comparación con nuestra experiencia.
Se deben haber sorprendido por el alto costo de la comida servida a los asistentes al funeral de Labbe -por mucho, el precio más alto en lo que hace a su muerte. Eso se debe a que la comida era mucho más cara en el pasado, en comparación con el trabajo y prácticamente con todos los productos manufacturados, que en la actualidad. La producción agrícola era mucho menos, tanto por acre, como por hora de trabajo.
La agricultura francesa del siglo XVIII, por ejemplo, producía cerca de 155 kilos de trigo por acre; los granjeros modernos estadounidenses producen alrededor de 6,2 veces más, 967,5 kilos. A comienzos del siglo XV, los granjeros franceses producían cerca de 1,2 ó 1,6 kilos de trigo por hora de trabajo, y la tasa cayó a la mitad durante los dos siglos siguientes. Los granjeros estadounidenses modernos producen alrededor de 386 kilos por hora de trabajo -entre 230 y 310 veces más que sus colegas franceses del 1400 y entre 460 y 620 veces más que los granjeros franceses del 1600. (A propósito, esto significa que los granjeros modernos también se las arreglan para cultivar de 37 a 100 veces más acres que sus anteriores colegas. Esto gracias al equipamiento mecánico). Como el gran historiador francés, Fernand Braudel señaló, la vida era difícil cuando la producción de trigo cayó por debajo del kilo por hora de trabajo, pero para la mayor parte de los 350 años entre 1540 y 1890, la producción estaba debajo de esa cifra.
Estas realidades ayudan a explicar por qué las generaciones anteriores gastaban la mayor parte de sus ingresos sólo en comida, (sin incluir preparación, envasado, transporte ni servicio), mientras que nosotros gastamos muchísimo menos (menos del 6 por ciento de los gastos totales del consumidor en Estados Unidos en los 80). Estos desarrollos -junto con el advenimiento de las ventanas de vidrio (que permiten el ingreso de luz y calor y evitan el frío y los insectos) y los mosquiteros (que admiten el aire fresco y mantienen a los insectos portadores de enfermedades afuera); el tratamiento al agua potable y a las cloacas; la refrigeración mecánica (para evitar que la comida se pudra y sus consiguientes desperdicios y enfermedades); la adopción de métodos más seguros de trabajo, viaje, y recreación; y el advenimiento de prácticas médicas sanitarias, sin hablar de los antibióticos y las técnicas quirúrgicas modernas -también ayudan a explicar por qué la gente ahora vive tres veces más tiempo.
Todo esto es sólo una manera de ver los cambios en las condiciones materiales durante el último milenio. Las otras también son importantes e instructivas.

¿Cuándo hubiera preferido vivir?

Intentemos un experimento imaginario. ¿Prefiere vivir como hoy en día, con sus ingresos actuales y sus gastos comunes, o como vivía la realeza durante el milenio pasado hasta fines del siglo XIX? Es tentador elegir la vida de la realeza. Pero consideremos sólo algunas de las cosas sin las que tendría que arreglárselas:
· Electricidad y todos sus potenciales: luces, teléfonos, radios, televisores, heladeras, aire acondicionados, ventiladores, videocaseteras, rayos X, MRIs, computadoras, Internet, impresoras de alta velocidad, y todos los automatismos industriales.
· Motores de combustión interna y todo lo que mueven: autos, camiones, colectivos, aviones, maquinaria agrícola y maquinaria para la construcción, y la mayor parte de los trenes y barcos.
· Cientos de materiales sintéticos como el plástico, el nylon, el orlón, el rayón, el vinilo, y miles de productos -desde bolsas de supermercados y medias, hasta discos compactos, y miembros y órganos artificiales- que se hacen con ellos.
Ninguna de estas cosas estaban disponibles para nadie, a ningún precio.
Sin importar cuán rico hubiera sido hace un milenio - o incluso 150 años-, si hubiese contraído una enfermedad bacterial, no se hubiera podido tratar con antibióticos. Si hubiera querido viajar desde Gran Bretaña a Australia, no lo habría podido hacer en menos de varios meses, bajo un alto riesgo y muy incómodos y no en menos de un día y con menos riesgo que manejando a través de Londres como es en la actualidad. No hubiera podido disfrutar del aire acondicionado o de bebidas heladas durante un verano caluroso. No hubiesen podido hablar con nadie, a no ser cara a cara. Hasta el advenimiento del telégrafo en el segundo trimestre del siglo XIX, no se hubiera podido comunicar a largas distancias por escrito a mayor velocidad que lo haría viajando; y fue décadas más tarde hasta que la comunicación telegráfica estuvo disponible en la mayor parte de las ciudades y pueblos. No hubiera podido sacarse, ni ver fotografías, escuchado música grabada, ni mirado películas -ni hablar de películas hechas por uno mismo!
Sí, los pocos ricos del pasado vivían en la opulencia. (No piensen en los castillos, la mayoría de los cuales eran apretados e incómodos, construidos más para la defensa que para el confort). Piensen en las grandes mansiones como el Palacio Blenheim en Oxfordshire, el castillo Fontainebleau en Francia, o incluso, la Casa Biltmore en Estados Unidos. O imaginen las casas de la realeza, como el Palacio de Buckingham o la Corte Hampton en Londres, o el Palacio de Versailles en Francia.
Pero, sin importar cuán opulentos pudieran ser los alrededores, con las arquitecturas magnificentes, jardines, alfombras, muebles, porcelana, cubiertos de plata, y colecciones de arte, no eran muy confortables. Calefaccionar, y especialmente mantener frescas estas mansiones era un constante problema. Eran menos sanitarias, y mucho más olorientas, que la mayor parte de las viviendas de la clase baja de hoy en día. En realidad, la misma magnificencia de las viviendas de los ricos, es un testimonio de la ausencia, en una cultura premercado o primitiva, de otros usos más atractivos de la riqueza. Una proporción más alta de la gente en los países avanzados de hoy, puede construir y amoblar grandes mansiones. Pero no lo hacen. ¿Por qué? Porque la mayoría invierte sus riquezas en empresas productivas o las gastan en viajes y entretenimientos.
¿Y la sanidad? El historiador de literatura, James Clifford, luego de años de tomar notas en cada referencia que podía encontrar con respecto a la sanidad en Londres, escribió un artículo que el historiador norteamericano Bernard Bailyn describió como "horroroso". "Un baño era un lujo muy raro en... las casas del siglo XVII y XVIII. Moscas, piojos y demás bichos habitaban en los interiores de los hogares ricos y pobres de Londres y Paris," escribió Braudel. "Entonces si nosotros los modernos debiéramos entrar al interior de un hogar en el pasado, muy pronto nos sentiríamos incómodos. Sin embargo, es hermoso el hecho de que lo que parecía de lujo a la gente del pasado, no es suficiente para nosotros."
Viajes terrestres, hasta para los más ricos, se hacían a caballo o en un carruaje, y el trayecto de 720 kilómetros desde Londres hasta Edimburgo, que hoy realizan propietarios de autos de las clases más bajas en cómodas siete horas o en un vuelo de una hora, requerían dos días de 18 horas en un carruaje inestable sin aire acondicionado ni calefacción. Para los pobres, el viaje se hacía casi enteramente a pie.

Mantengan al médico lejos

¿Atención médica? Ni siquiera querrá imaginársela. No había ningún anestésico más efectivo que el alcohol y sus guantes, entonces cuando un miembro tenía gangrena por alguna infección, que hoy en día podría ser curada o prevenida fácilmente, debían ser amputadas. Los pacientes apretaban sus dientes y deseaban que pase el dolor del crudo corte. ¿Control de gérmenes? No existía. La teoría del germen para las enfermedades no se hizo realidad hasta entrado el siglo XVIII, y el uso de antisépticos no comenzó hasta 59 años después. Incluso entonces, lo que el médico no sabía, podría matarlo. La alta tasa de muerte materna durante el parto a principios del siglo XIX en Estados Unidos, se atribuye en parte a la creencia del "pus laudable". Los doctores creían que el pus, en sí, era curativo, entonces lo esparcían intencionalmente de paciente a paciente, incluyendo a las madres durante el parto. ¿Tiene fiebre? No llame al médico; probablemente lo desangrará hasta la muerte intentando curarlo. En realidad la medicina era tan primitiva que era el disfraz favorito de los espías; todo el mundo confiaba en los científicos pero tomaba muy poco conocimiento hacerse pasar por uno.
La educación era incumbencia de los ricos. Pocos países antes de la Reforma tenían la educación ampliamente distribuida, e incluso después, la escuela era sólo accesible para los ricos. Una buena excepción era Escocia luego de que los seguidores de John Knox, convencidos de que el conocimiento personal de la Palabra de Dios era esencial para el mantenimiento de la religión, como así también de la libertad civil, organizaron un sistema parroquia por parroquia de escuelas de gramática organizadas por la Iglesia para asegurar que prácticamente todos los niños pudieran al menos convertirse en lectores. La alta tasa de alfabetización de Escocia, junto con la ética calvinista del trabajo y el ahorro, fueron factores importantes en las contribuciones escocesas a la Revolución Industrial, sin ninguna relación con su pequeña población. Pero incluso allí, pocos iban a la escuela por más de cinco o seis años y sólo un pequeño porcentaje iba a la universidad. Ni hablar de los graduados.
Hoy, por el contrario, en los Estados Unidos, 81 por ciento de las personas de más de 25 años han terminado la escuela secundaria y 23 por ciento son graduados universitarios, y el crecimiento en educación es a nivel mundial. Este es un factor particularmente crucial a la hora de predecir el futuro material del mundo, porque la creación de riquezas depende fundamentalmente de la maña y no de la fuerza.
¿Y al final de cuentas? En términos materiales, el mundo es un lugar mucho mejor que lo que era no sólo hace un milenio sino hace un siglo atrás. Hoy, toda materia prima -mineral y vegetal- está más al alcance (que los economistas llamarían más abundante), en términos de costos de trabajo, que cualquier otro tiempo en el pasado. Cada producto manufacturado está más al alcance que nunca antes. Y en la producción de esta gran abundancia, hemos incluso reducido la amenaza de polución ambiental. En pocas palabras, el mundo es un lugar más rico y más sano que antes.
Las medidas más contundentes del avance material son las tasas de mortalidad y de expectativa de vida, dado que la gente valora más que nada a la vida. Mil años atrás, la expectativa de vida en el mundo estaba debajo de los 30 años; hoy, a nivel mundial, está por encima de los 65, y en economías de altos ingresos está arriba de los 76 años. La tasa de mortalidad antes de los 5 años se ha desplomado de alrededor de un 40 por ciento en todo el mundo en el siglo XIX, a menos de un 7 por ciento de hoy en día, y a menos del 1 por ciento en países de altos ingresos. Y la mejorada expectativa de vida resulta no sólo del descenso de la mortalidad infantil sino también del descenso de la tasa de mortalidad en cualquier edad.
El difunto economista y estadista, Julian Simon, un amigo y mentor, realizó en 1995 como su esfuerzo más grande de edición, un gran libro, "The State of Humanity", para demostrar las tendencias a largo plazo en cientos de medidas materiales del bienestar de la humanidad. Algunas partes cubren categorías tales como la vida, la muerte y la salud; el nivel de vida, productividad y pobreza; los recursos naturales; la agricultura, comida, tierra y agua; y la contaminación y el medio ambiente. ¿Quiere saber las tendencias a largo plazo en esclavitud, calidad de los hogares y capacidad de compra, tiempo de descanso, recursos energéticos, crecimiento forestal, producción cerealera y ganadera, contaminación del aire y del agua, enfermedades, asesinatos y suicidios e incluso en tasas de accidentes? Están todas allí, en capítulos por 60 clases mundiales de estudio.
"Esta es la afirmación central del libro -escribió Simon- casi todo cambio absoluto, y el componente absoluto de casi todo cambio económico y social o su tendencia, apunta a una dirección positiva, tan pronto como se observa la cuestión en períodos de tiempo razonablemente largos. Esto significa que todos los aspectos materiales de la vida humana están mejorando en el conjunto".
El punto de vista de Simon ha llamado la atención a lo largo de los años, pero la evidencia empírica lo respalda de sobra. Si está buscando una buena manera de entender los cambios materiales que hemos experimentado a lo largo del milenio pasado, "The State of Humanity" sería el mejor punto para comenzar.

E. Calvin Beisner es profesor adjunto de Estudios Interdisciplinarios en la Universidad de Covenant, Montaña Lookout, Georgia, y autor de "Prosperidad y Pobreza: El uso misericordioso de recursos en un mundo de escasez" y varios libros más que unen teología cristiana con ética y economía política. Una versión anterior de este artículo en inglés apareció en la revista World (www.wordmag.com).
Permiso para traducir y publicar otorgado por The Foundation for Economic Education a la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Traducido por Hernán Alberro

 

 

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