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Hispanic American Center for Economic Research


 


EL LIBRE COMERCIO EN LA HISTORIA DE LA LIBERTAD

Por Thomas J. DiLorenzo


No es una exageración decir que el mercado es la clave de la civilización moderna. Como escribió Murray Rothbard, "la economía de mercado es un amplio enrejado alrededor del mundo, en el cual cada individuo, cada región, cada país produce aquello para lo cual es el mejor o, en relación, más eficiente y lo intercambia por bienes y servicios de otros. Sin la división de trabajo y el comercio basado en dicha división, el mundo entero moriría de hambre. Restricciones forzadas en el comercio -como el proteccionismo- hieren, hacen tambalear y destruyen el comercio, la fuente de vida y prosperidad".
Los seres humanos no pueden ser verdaderamente libres a menos que exista un alto grado de libertad económica -la libertad de colaborar y coordinar planes con gente de todo el mundo. Esta es la idea del artículo más famoso de Leonard Read, "Yo, el lápiz", que describe cómo la producción de un elemento tan mundano y común como un lápiz requiere la cooperación y colaboración de miles de personas de todo el mundo, cada uno de los cuales posee el conocimiento específico que les permite participar en la manufactura y venta de lápices. Esto mismo sucede, por supuesto, para todo lo que se produce.
Sin libertad económica -la libertad de ganarse la vida para uno mismo y su familia- la gente está destinada a convertirse en meros pupilos del Estado. Por lo tanto, cada intento del Estado de interferir en el comercio es un intento de negar nuestra libertad, de empobrecernos y de convertirnos en siervos modernos.
Ludwig von Mises creía que el comercio es "la relación social fundamental", que "teje los nudos que unen a los hombres en sociedad". El hombre "sirve para ser servido" en cualquier relación comercial en un libre mercado. Mises también distingue entre dos tipos de cooperación social: cooperación por virtud de contrato privado y coordinación, y cooperación por virtud de mando-obediencia o "hegemonía". El primer tipo de coordinación es simétrica y mutuamente ventajosa, mientras que el segundo tipo es asimétrico, hay un gobernante y un gobernado, y los gobernados son meros peones en las acciones de los gobernantes. Cuando la gente se transforma en meros peones no se los puede llamar libres. Este, por supuesto, es el tipo de "cooperación" que existe en manos del Estado.
La civilización occidental es el resultado de "logros de hombres que cooperaron de acuerdo a las características de la coordinación contractual", según escribió Mises. El Estado contractual está guiado por conceptos como el derecho natural a la vida, a la libertad y a la propiedad y el gobierno bajo un estado de derecho. En contraste, la "sociedad hegemónica" no respeta los derechos naturales ni el estado de derecho. Todo lo que importa son las reglas, directivas y regulaciones brindadas por los dictadores, sean éstos llamados reyes o congresistas. Estas directivas pueden cambiar a diario y los pupilos del Estado deben obedecer. Como escribió Mises: "los pupilos tienen una sola libertad: obedecer sin hacer preguntas".
El comercio implica el intercambio de títulos de propiedad. Las restricciones en el libre comercio son, por lo tanto, un ataque hacia la propiedad privada y no "meramente" una cuestión de "políticas comerciales". Por eso, tan importantes clásicos liberales como Frederic Bastiat pasaron muchos años de sus vidas defendiendo el libre comercio. Bastiat entendió, como cualquiera, que cuando uno se compromete en el proteccionismo, la propiedad de nadie está protegida de otros actos de robo gubernamental Para este autor, proteccionismo y comunismo eran esencialmente la misma filosofía.
Ha sido ampliamente reconocido por liberales clásicos que el libre comercio es el medio más importante de disminuir la posibilidad de guerra. Nada destruye más la libertad humana que la guerra. Siempre lleva a un permanente crecimiento del Estado - o una reducción de la libertad humana- sin importar quién gane. En la víspera de la Revolución Francesa, muchos filósofos creían que la democracia pondría un fin a la guerra, dado que se pensaba que las guerras se peleaban sólo para agrandar y enriquecer a los gobernantes europeos. Los franceses, pronto descubrieron que esta teoría era incorrecta, sin embargo, bajo el liderazgo de Napoleón, ellos, en palabras de Mises, "adoptaron los métodos más crueles de expansión y absorción ilimitadas".
Por esto, no es la democracia el salvavidas en contra de la guerra sino, como los liberales ingleses (clásicos) tuvieron que reconocer, el libre comercio. Para Richard Cobden y John Bright, los líderes del la Escuela inglesa de Manchester, el libre comercio -tanto doméstica como internacionalmente- era un prerequisito necesario para la preservación de la paz, dado que en un mundo de cooperación social y comercial, no hay incentivos para la guerra y la conquista. Es la interferencia del gobierno en el libre comercio la fuente de conflicto internacional. En realidad, los bloqueos navales que restringen el comercio, son la forma de guerra más moderna. A lo largo de la historia, las restricciones en el comercio demostraron empobrecer e instigaron a la guerra motivada por la adquisición y el despojo territorial.
No es una mera coincidencia que en la reunión de 1999 de la Organización Mundial del Comercio -un grupo de burócratas, políticos y lobbistas que favorecen al comercio controlado por el gobierno- fue marcada por una semana de disturbios, protestas y violencia. Siempre que el comercio es politizado, el resultado es inevitablemente un conflicto que bastante seguido lleva, eventualmente, a la agresión militar.
Mises resumió la relación entre la libertad de comercio y la paz de forma muy elocuente cuando remarcó que: "Lo que distingue al hombre de los animales es la profundización en las ventajas que pueden derivar de la cooperación bajo la división de trabajo. El hombre tuerce su instinto innato de agresión para cooperar con los seres humanos, cuanto más quiere mejorar su bienestar material, más debe expandir el sistema de división de trabajo. Concomitantemente, debe restringir más y más la esfera en la cual apela a la acción militar. Esta es la filosofía laissez-faire de Manchester."
Como solía decir Bastiat, si los bienes no pueden cruzar las fronteras, las armas lo harán. Esta es la quintaesencia de la filosofía norteamericana; era la postura de George Washington, Thomas Jefferson, y Thomas Paine, entre otros. "Una política exterior basada en el comercio", escribió Paine en ´Common Sense' (Sentido Común), aseguraría para Estados Unidos de América, "la paz y amistad" del continente y le permitiría "darse la mano con el mundo -y comerciar en cualquier mercado". Paine -el filósofo de la Revolución Norteamericana- creía que el libre comercio "moderaría la mente humana", ayudaría a "conocer y entender a cada uno", y tener un "efecto civilizante" en todos los que están inmersos en él. El comercio fue visto como "un sistema pacífico que opera para unir al hombre por hacer a las naciones, como a los individuos, útiles para cada uno… La guerra nunca puede interesar a una nación que comercie."
George Washington estuvo de acuerdo. "El intercambio armónico y liberal con todas las naciones, es recomendado por política, humanidad e interés", sostuvo el 17 de septiembre de 1796 en el discurso de despedida. Nuestra política comercial "debería mantener una mano igual e imparcial; sin buscar ni garantizar favores exclusivos o preferencias; consultando el curso natural de las cosas; permitiendo y diversificando por medios gentiles de comercio, pero sin forzar nada".

LA ETERNA LUCHA ENTRE LIBERTAD Y MERCANTILISMO. El período de la historia mundial que va desde mediados del siglo XV a mediados del XVIII, fue una era de crecimiento del comercio mundial, tecnología y las instituciones adecuadas para el comercio. Innovaciones tecnológicas en las embarcaciones, como la navegación con tres mástiles, llevaron a los mercaderes de Europa a los lejanos puntos de América y Asia. Esta vasta expansión del comercio facilitó mucho la división mundial del trabajo, la mayor especialización y los beneficios de la ventaja comparativa.
Pero siempre que la libertad humana avanza, como lo hizo con el crecimiento del comercio, el poder del Estado es amenazado. Por lo tanto, los Estados hicieron todo lo que pudieron antes y ahora, para restringir el comercio. Es el sistema de restricciones estatales y otras interferencias gubernamentales en el libre mercado, conocidas como mercantilismo, con las que Adam Smith luchó en "La Riqueza de las Naciones". Como escribió Rothbard: "El mercantilismo, que alcanzó su apogeo en la Europa de los siglos XVII y XVIII, era un sistema de Estatismo que utilizaba falacias económicas para construir un Estado de poder imperial, así como también un subsidio especial y un privilegio monopólico a los individuos o grupos favorecidos por el Estado. Por eso, el mercantilismo sostenía que las exportaciones deberían promoverse por el gobierno y que las importaciones deberían ser desalentadas."
Los liberales clásicos mantuvieron una guerra ideológica contra el mercantilismo durante los siglos XVIII y XIX, y lograron algunas victorias importantes por la libertad. Los fisiócratas franceses, guiados por el físico y economista François Quesnay, fueron influyentes desde 1750 hasta 1770. Estuvieron entre los primeros pensadores del laissez-faire que denigraban a la propaganda mercantilista y llamaban para una completa libertad de comercio doméstica e internacional. Su posición se basaba en economía como así también en las nociones Lockeanas del derecho natural. Quesnay escribió, "cada hombre tiene el derecho natural de ejercer libremente sus facultades, mientras que no las utilice para dañarse a sí mismo o a otros".
Cuando Anne Robert Jacques Turgot, un precursor de la Escuela Austríaca, se convirtió en ministro de Finanzas de Francia en 1774, su primer acto oficial fue liberar la importación y exportación de granos. Al mismo tiempo, Adam Smith defendía el comercio en términos tanto morales como económicos indentificándolo como parte del sistema de "justicia natural". Una de las formas en las que hizo esto fue defendiendo al contrabando como un medio de evasión de las restricciones mercantilistas. El contrabandista, explicó Smith, estaba involucrado en el "trabajo productivo" que servía a sus compatriotas (consumidores), mientras que si era capturado por el gobierno y ejecutado, su capital sería "absorbido tanto en las rentas del Estado como en las del rematador", el cual es un uso "improductivo para disminuir el capital general de la sociedad".

LA ESCUELA DE MANCHESTER. A pesar de los fuertes argumentos a favor del libre comercio ofrecidos por Quesnay, Smith, David Ricardo y otros, Inglaterra (y otros países de Europa) sufrieron políticas comerciales proteccionistas durante la primera mitad del siglo XIX. Los ingleses fueron saqueados por las leyes mercantilistas del maíz, que aplicaban aranceles estrictos sobre la importación de granos. Aumentando los precios de la comida, las leyes beneficiaban a los hacendados que apoyaban al gobierno a expensas de los consumidores, especialmente los pobres. Pero esto cambió gracias a los esfuerzos heroicos y brillantes de lo que se conocería como la Escuela de Manchester, guiada por dos empresarios ingleses (y luego hombres de Estado), John Bright y Richard Cobden. Bright y Cobden formaron la liga contra la ley del maíz en 1839 y la convirtieron en una aceitada máquina política con apoyo masivo, distribuyendo literalmente millones de panfletos, brindando conferencias y reuniones en todo el país, dando miles de discursos y publicando su propio periódico: La Liga.
La carencia de papa en Irlanda en 1845 creó grandes presiones por repeler las leyes del maíz, lo cual se logró finalmente, el 25 de junio de 1846. La eliminación de los impuestos a la importación siguió y comenzó un período de libre comercio inglés que duró por 70 años. Cobden fue también influyente para sacar adelante el tratado anglo-francés de 1860 que bajaba las tarifas francesas y ayudaba a poner a ese país en el camino hacia un comercio más libre.

EL GRAN BASTIAT. Desde su casa en Mugron, Francia, Frederic Bastiat por sí solo, creó un movimiento de libre mercado en su país que eventualmente se difundió a toda Europa. Bastiat era un granjero que había heredado la propiedad familiar. Era un lector voraz y se pasó muchos años educándose en el liberalismo clásico y en casi todo tema del cual consiguiera información. Luego de algo así como 20 años de preparación intelectual intensa, artículos y libros comenzaron a vaciar a Bastiat (en la década de 1840). Su libro, "Sofismas Económicos", es hoy en día una de las mejores defensas al libre comercio que se hayan publicado. "Armonías Económicas" apareció al poco tiempo, mientras Bastiat escribía en revistas y diarios de toda Francia. Su trabajo era tan popular e influyente que fue traducido inmediatamente al inglés, español, italiano y alemán.
Gracias a la enorme influencia de Bastiat, asociaciones de libre comercio se modelaron luego de la creada por él en Francia y similar a una fundada por su amigo Richard Cobden en Inglaterra, cosa que comenzó a difundirse en Bélgica, Italia, Suecia, Prusia y Alemania.
Para Bastiat, el colectivismo era inmoral en todas sus formas, así como destructivo en términos económicos. El colectivismo representaba a un "saqueo legal", y argumentar en contra del derecho natural a la propiedad privada sería similar a sostener que el robo y la esclavitud eran morales. La protección de la propiedad privada es la única función legítima del gobierno, según Bastiat, por lo cual las restricciones comerciales -y todos los demás esquemas mercantilistas- deberían ser condenados. El libre comercio "es una cuestión de derecho, de justicia, de orden público, de propiedad. Porque los privilegios, bajo cualquier forma en la que sean presentados, implican la negación o el desprecio de los derechos de propiedad". Y "el derecho de propiedad, una vez que fue debilitado de alguna manera, pronto será atacado de miles de formas diferentes".

LA LUCHA CONTRA EL MERCANTILISMO EN NORTEAMERICA. No hay un ejemplo más claro de que las restricciones al comercio son enemigas de la libertad, que la Revolución de los Estados Unidos de América. En el siglo XVII todos los Estados europeos practicaban el mercantilismo. Inglaterra impuso una serie de tratados en sus colonias en América, y otros lugares, que sostenían 3 principios: (1) todo comercio entre Inglaterra y sus colonias debe ser transportado por embarcaciones inglesas (o fabricadas en Inglaterra) y tripuladas por ingleses; (2) todas las importaciones europeas en las colonias deben "primero pasar por las costas de Inglaterra" antes de ser enviadas a las colonias, para que se puedan aplicar los aranceles; (3) algunos productos de las colonias deben exportarse sólo a Inglaterra.
Además, los colonos tenían prohibido comerciar con Asia por la Compañía de la India Oriental administrada en forma monopólica por el Estado. Había impuestos para todas las importaciones de las colonias a Inglaterra.
Luego de la guerra de 7 años (conocida como la guerra franco-india), las grandes posesiones de Inglaterra (Canadá, India, Estados Unidos hasta el Mississippi, gran parte de las Indias occidentales) se convirtieron en colonias caras de administrar y controlar. Consecuentemente, los tratados de comercio y navegación se hicieron más opresivos aún, cosa que impuso penas severas en los colonos americanos y ayudó a que se engendre la Revolución.
Luego de la Revolución de Estados Unidos, las restricciones comerciales casi generaron que los estados de Nueva Inglaterra - que sufrían de ellas en forma desproporcionada- se separaran de la Unión. En 1807, Thomas Jefferson era Presidente, e Inglaterra estaba nuevamente en guerra con Francia. Inglaterra declaró que "aseguraría a sus marineros en cualquier parte", incluso en las embarcaciones de Estados Unidos de América. Luego de que un buque de guerra inglés capturó al buque estadounidense Chesapeake de las rutas de Hampton, Virginia, Jefferson impuso un embargo comercial que proclamaba ilegal a todo intercambio internacional. Luego de que Jefferson concluyó su período, su sucesor, James Madison impuso un acuerdo forzado, que permitió la confiscación de bienes sospechados de ser utilizados para exportar.
Esto hizo más radicales a los separatistas de Nueva Inglaterra, que venían buscando la secesión desde la elección de Jefferson y que habían realizado una declaración pública recordando a la nación que "la Constitución de Estados Unidos de América era un tratado de alianza y confederación" y que el gobierno central no era más que una asociación de estados. Consecuentemente, "siempre que sus previsiones (las de la Constitución) eran violadas, o sus principios originales variaban de los de la mayoría de los estados o su gente, no es más un instrumento efectivo, pero cualquier estado tiene la libertad, por el espíritu del contrato, de separarse a sí misma de la Unión".
La legislatura de Massachusetts formalmente condenó el embargo, demandó su enmienda al Congreso, y declaró que "no era legalmente coherente". En otras palabras, la legislatura de Massachusetts declaró "nula" la ley, como lo haría Carolina del Sur con la tarifa de Abominaciones de 1828 algo así como 20 años después. Madison fue forzado a terminar el embargo en marzo de 1809.
En Estados Unidos siempre hubo un grupo de hombres que quiso imponer el mercantilismo inglés, precisamente por su poder destructivo de la libertad. Aparecieron como los organizadores del sistema y sus principales beneficiarios. Tal como observó John Taylor de Carolina, estos hombres "incluidos Hamilton y los federales y anteriormente los políticos de la era de las Buenas Intenciones en la década de 1820, eventualmente se transformaron en whigs". Estos hombres "lucharon para traer el sistema inglés a América, junto con su deuda nacional, corrupción política y partido de la Corte".
Taylor, un notable antifederal, fue un crítico del mercantilismo, que volcó toda su crítica en un libro de 1822, "Tiranía desenmascarada" (Tyranny Unmasked). Como Bastiat, Taylor veía al proteccionismo como un asalto a la propiedad privada que era diametralmente opuesta a la libertad por la cual los revolucionarios norteamericanos habían luchado y muerto. Taylor buscó "desenmascarar" la tiranía de fábulas y mentiras que los mercantilistas habían desarrollado para promover su sistema de saqueo. Al mirar las políticas mercantilistas de Inglaterra, Taylor manifestó que "nunca se descubrió ningún sistema igual de enriquecimiento del gobierno y de empobrecimiento de la población". Escribió acerca de la "indisoluble conexión" entre ambas "la libertad industrial y la prosperidad nacional", y también "entre la pena nacional y los impuestos proteccionistas, generosidades, privilegios exclusivos, e impuestos pesados". El primero produce felicidad nacional, mientras que el segundo produce miseria, según Taylor. Señalando la estupidez de la economía autárquica (autosuficiente) se preguntó: "¿Querrá Alabama algo más que algodón? ¿Debería ese Estado seleccionar estos tipos de trabajo para su producción principal? ¿Puede comer, beber, y manejar su algodón? ¿Puede manufacturarlo en herramientas, queso, pescado, ron, vino, azúcar y té?… ¿No es Georgia un mercado para manufactureros, y Rhode-Island un mercado para el algodón, en consecuencia de la división de trabajo?"
Muchos de los argumentos de Taylor fueron adoptados y expandidos por el funcionario de Carolina del Sur, John C. Calhoun durante la lucha contra la Tarifa de Abominaciones de 1828, que una convención política de Carolina del Sur votó nula. La confrontación entre ese Estado, que era pesadamente dependiente de las importaciones, como lo era gran parte del Sur, y del gobierno federal sobre la Tarifa de Abominaciones casi lleva a la separación del estado, cerca de 30 años antes de la Guerra entre los Estados. El gobierno federal retrocedió y redujo la tasa de la tarifa en 1833.
Los fabricantes del Norte que querían imponer el estilo inglés de mercantilismo sobre el país, sin embargo, no se rindieron; formaron el partido Whig americano, que sostenía tres esquemas mercantilistas: proteccionismo, bienestar estatal y un banco central para pagar los gastos del Estado. Desde 1832 hasta 1852, los Whigs, encabezados por Heny Clay y más tarde por Abraham Lincoln, lucharon duramente en el ring político para llevar el mercantilismo del siglo XVII a Estados Unidos de América.
El partido murió en 1852, pero los Whigs simplemente se pasaron a llamar republicanos. Los impuestos eran el punto central del partido Republicano de 1860, como lo fue cuando el grupo con los mismos intereses económicos del Norte, se hacían llamar "Whigs" durante los 30 años anteriores.
Hacia 1857, el nivel de impuestos se había reducido al punto más bajo desde 1815, de acuerdo con Frank Taussig en su clásico libro "La Historia impositiva de los Estados Unidos" (Tariff History of the United States). Pero cuando los republicanos controlaron la Casa Blanca y los demócratas sureños dejaron el Congreso, los republicanos, como anteriores Whigs, hicieron lo que venían buscando desde hacía décadas: entrar en una frenesí proteccionista. En su primer discurso inaugural, Lincoln sostuvo que no tenía intenciones de perturbar la esclavitud en los Estados del Sur, y aún si lo hiciere, no habría ninguna base constitucional para hacerlo. Pero prometió una invasión militar si los impuestos no se podían recaudar. A diferencia de Andrew Jackson, él no se echaría atrás ante los anuladores de tarifas de Carolina del Sur.
Hacia 1862, la tasa promedio de impuesto había aumentado a 47,06 por ciento, el nivel más alto jamás alcanzado, aún más alto que en la Tasa de Abominaciones de 1828. Estas altas tarifas duraron por décadas después de la guerra.
Muchos diarios que apoyaban abiertamente al partido Republicano llamaron a la invasión militar de los puertos del Sur para evitar que adoptara el libre comercio, que estaba escrito en la Constitución Confederal de 1861. El 12 de marzo de ese año, por ejemplo, el New York Post sostuvo que la Marina de los Estados Unidos de América "debía cerrar todos los puertos de entrada" en el Sur. El 2 de abril de 1861, el Newark Daily Advertiser en Nueva Jersey advirtió en forma nefasta que los sureños se habían "tomado aparentemente a pecho la doctrina liberal y popular del libre comercio" y que el libre intercambio comercial "debía operar perjudicando seriamente al Norte" debido a que "el comercio sería llevado a las ciudades del Sur". El "jefe instigador" de "los problemas presentes", Carolina del Sur, ha venido "preparando el camino para la adopción del libre comercio" y debe ser detenida "cerrando los puertos" por fuerza militar.
Tal como se mencionó más arriba, en 1860 Inglaterra, por su parte, se había inclinado completamente hacia el libre comercio; Francia redujo duramente sus tasas de impuestos en ese mismo año; y el movimiento de libre comercio comenzado por Bastiat se esparcía por toda Europa. Sólo el Norte de los Estados Unidos seguía aferrándose al mercantilismo del siglo XVII.
Luego de la guerra, los intereses de los fabricantes del Norte que financiaron y controlaron al partido Republicano "ingresaron en un largo período de altos impuestos. Con las tarifas de 1897, el proteccionismo alcanzó un nivel promedio de 57 por ciento." Este saqueo político continuó por 50 años luego de la guerra, en cuyo momento, la competencia internacional forzó la caída moderada de las tasas impositivas. Hacia 1913, la tasa promedio en los Estados Unidos de América había caído un 29 por ciento.

EL TRIUNFO PROTECCIONISTA. Pero la misma pandilla de fabricantes del Norte estaba suplicando "protección" e insistió hasta que el presidente Herbert Hoover firmó la Tarifa Smoot-Hawley de 1929, la cual aumentaba el promedio impositivo sobre 800 productos en un 59,1 por ciento. Smoot-Hawley produjo una guerra de comercio internacional que resultó en una reducción del 50 por ciento en el total de las exportaciones de Estados Unidos de América entre 1929 y 1932. La pobreza y la miseria eran el resultado inevitable. Incluso peor, el gobierno respondió a estos problemas de su propia creación, con un aumento masivo en la intervención gubernamental, la cual sólo produjo aún mayor pobreza y miseria, y privó a los estadounidenses más y más de su libertad.
Desde el siglo XVII todos los grandes clásicos liberales defendieron el libre comercio y se opusieron a las restricciones comerciales. Estas restricciones son un ataque sobre la institución de la propiedad privada, interfieren en la división internacional de trabajo que es la fuente de nuestra prosperidad y son nada menos que un robo. Como resaltó Murray Rothbard: "Los ímpetus por el proteccionismo no provienen de teorías absurdas, pero sí de las negociaciones por privilegios especiales y restricciones al comercio a expensas de competidores eficientes y de los consumidores. Bajo la protección de intereses especiales, usando los procesos políticos para reprimirnos y robarnos, los proteccionistas están dentro de los más venerables. Es tiempo de que nos los saquemos, de una vez y para siempre, de nuestras espaldas, y que los tratemos con la mayor indignación que tanto merecen".

Thomas J. DiLorenzo es profesor de Economía en el Loyola College de Maryland. Esta es una adaptación de un estudio presentado para Auburn University en una conferencia sobre "La historia de la libertad" en el Ludwig von Mises Institute, el 29 de enero de 2000.

Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas on Liberty. Permiso para traducir y publicar otorgado por The Foundation for Economic Education a la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.
Traducción de Hernán Alberro.

 

 

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