EL CERO, LA PUERTA DEL CAPITALISMO
Por John Hood
En las discusiones tradicionales acerca del crecimiento del capitalismo
de libre mercado, se presta mucha atención a los cambios
en instituciones, tecnologías e ideologías. Leemos
a los grandes filósofos y a los economistas clásicos.
Estudiamos los sistemas legales y políticos de Inglaterra
y Holanda que limitaron el poder del gobierno y promovieron la libertad
comercial y económica. Rastreamos la historia de reyes y
hombres de estado. Pero los estudiantes serios de estos eventos
de la historia de la humanidad deberían examinar otro factor
de una genealogía aún más antigua: el descubrimiento
del número cero.
Nuestra historia comienza en la cuna de la civilización humana,
en la Mesopotamia. Los historiadores están aprendiendo más
y más acerca de los habitantes de estas tierras (actualmente
Iraq). Esto nos permite saber que la civilización comenzó
en esta región no sólo por las oportunidades de cultivo
creadas por los ríos Tigris y Eufrates, sino también
porque los sumerios, babilonios y acadios eran un grupo trabajador
e innovador. Desarrollaron una gran variedad de inventos para la
agricultura, la milicia y la cultura. Nuevos descubrimientos arqueológicos
sugieren que su éxito se debió también al crecimiento
en el mercado y en el comercio, donde resultaban sorprendentemente
sofisticados.
El hombre primitivo, por supuesto, se había comprometido
en el mercado tiempo atrás en la prehistoria. Pero los mercaderes,
en las ciudades mesopotámicas como Ur, aparecen como los
pioneros de herramientas tan cruciales como las asociaciones de
negocios y los préstamos con intereses antes del 2000 antes
de Cristo. El préstamo de acciones en crecimiento fue probablemente
el origen de futuros inventos. En realidad, la conexión íntima
que existe entre acciones de préstamo y bienes se puede ver
claramente en el idioma. La palabra, mash, utilizada por los antiguos
sumerios para referirse a "interés", era también
utilizada para referirse a un "ternero". Los antiguos
griegos decían tokos para referirse a "interés"
como así también para "ternero". La raíz
latina de la palabra moderna "pecuniario" es pecus, que
significa "bandada". Y la palabra egipcia antigua para
"interés" también servía para referirse
a "dar a luz". Quizás la tasa de interés
en los contratos antiguos hacía referencia al número
de terneros o corderos que tenía el dueño de un montante.
Más tarde el concepto de tasa de retorno en los contratos
de crianza fue utilizado para otros negocios.
Seguramente para la época del reino de Hammurabi en Babilonia,
en el 1700 a.c., el préstamo debía ser algo común.
Los historiadores lo saben porque algunas tablas supervivientes
muestran regulaciones gubernamentales sobre la tasa de interés;
frecuentemente se especificaba un tope de 20 por ciento, pero se
evadía con la misma frecuencia mediante la manipulación
de la duración y los términos de los préstamos.
Otros registros que datan del mismo período de Ur, la ciudad
natal del bíblico Abraham, revelan la existencia de un distrito
financiero, una suerte de Wall Street antiguo, donde los prestamistas
se congregaban para realizar tratos, competir y financiar a largo
plazo. Estos primeros financieros, aparentemente experimentaron
no sólo prestar a interés sino también con
formas de negocios distinguidas según la propiedad familiar.
Una tabla cuenta la historia de Ea-Nasir, un mercader de Ur que
formó un grupo de 51 inversores que proveyeron tanto plata
como bienes de capital, especialmente cestos. Ea-Nasir conducía
misiones comerciales hacia el Sur hasta el comienzo del Golfo Pérsico,
donde comerciaba por cobre, piedras preciosas y especies. El negocio
de Ea-Nasir parece ser una forma rudimentaria de sociedad de responsabilidad
limitada. Los inversores eran responsables sólo por el dinero
y bienes con los que contribuían en el frente de comercio.
Las pérdidas que superaban la inversión de capital
eran aparentemente absorbidas por Ea-Nasir, como así también
el volumen de ganancias que le compensaba el riesgo. Además,
los inversores eran compensados no estrictamente con interés,
sino con una porción de las ganancias de los viajes de Ea-Nasir
hacia el sur. En otras palabras, eran inversores igualitarios- y
no mayoritarios. Los registros demuestran que los ciudadanos comunes,
invirtiendo un brazalete o dos, podían participar, anticipando
la idea de fondos mutuos de pequeños inversores. "El
efecto de esa estructura de negocios sobre las fortunas personales
era profundo", según el historiador de la Universidad
de Yale, William Goetzmann. "La gente era capaz de asegurarse
de las fallas personales -si su propio negocio colapsaba, entonces
la inversión en el de Ea-Nasir podría salvarlos en
los tiempos duros".
Incluso otra tabla relata el uso de tasas de interés para
enseñar matemática a los jóvenes estudiantes,
ilustrando la cercana conexión entre negocio y números.
El sistema numérico babilonio se basaba en 60, en lugar del
sistema decimal que utilizamos hoy en día, y se expresaba
en una forma escrita llamada cuneiforme, bastante torpe en comparación
a los estándares actuales. Sin embargo, el sistema era suficiente
para permitir a los babilonios registrar todo, estudiar su propiedad,
conducir sus negocios y cobrar sus impuestos. Es probable que las
dificultades en el registro de crecientes cantidades de intercambios
comerciales llevara a los babilonios, alrededor del tercer siglo
antes de Cristo, a inventar un número para que pudieran calcular
grandes cantidades. Pero realmente no pudieron descubrir el concepto
de cero como una cantidad matemática. Como tampoco ningún
otro matemático antiguo.
Pero como todos sus inventos intrigantes, el sistema económico
mesopotámico carecía del concepto de independencia
económica que requieren los mercados completamente libres.
La mayoría de los préstamos, por ejemplo, eran para
"necesidades de emergencia" más que para inversiones,
y las emergencias casi siempre incluían impuestos o requisitos
del templo, que eran realmente lo mismo. En líneas generales,
la sociedad mesopotámica simplemente no permitiría
actividades económicas de gran escala fuera del gobierno,
que oficialmente era dueño de grandes segmentos de la tierra
cultivable que entregaba a terratenientes granjeros de maneras despóticas
de ensueño para los señores feudales de Europa.
GRIEGOS INDIVIDUALISTAS. Los griegos,
individualistas y dueños de tierras, especialmente en Atenas,
construyeron sobre el temprano sistema comercial mesopotámico,
algunas innovaciones. La economía griega, en mayor escala
que en el cercano oriente, contaba con inversiones a largo plazo
en productos tales como aceitunas y vino. Los derechos de las propiedades
privadas estables y el gobierno descentralizado y participativo
engendraron inversiones extranjeras a largo plazo e hicieron posible
un sector bancario realmente privado, aunque en una escala pequeña.
Los prestamistas atenienses invertían en comercio de ultramar,
proveyendo préstamos marítimos como así también,
oportunidades para inversiones igualitarias. Los bancos aceptaban
depósitos de dinero de nativos, como así también,
de mercaderes foráneos. Un banquero exitoso era Passion,
un antiguo esclavo que vivió en Atenas en el siglo IV. Sus
amos también eran banqueros, de quienes aprendió el
negocio. A su muerte, él era el banco más grande de
al menos siete operaciones en la ciudad.
Sin embargo, es difícil separar las inversiones antiguas
del gobierno, debido a que los mismos prestadores que financiaban
el comercio internacional eran frecuentemente creditistas gubernamentales,
oficiales públicos o los odiados "cobradores de impuestos".
Los últimos, conocidos en los días de Jesús
como "publicanos", eran contratistas que compraban el
derecho de recaudar impuestos en un barrio o ciudad en particular,
que ganaban gracias a cobrar una tasa mayor prestando dinero a los
granjeros atados por deudas sin otros medios para pagar impuestos,
y en muchos casos alquilando armas para confiscar la propiedad con
los pretextos más débiles. Las ruinas de los cobradores
de impuestos y de los informantes financieros asociados con gobiernos
rapaces que obtenían ganancias del trabajo público
y de la venta de suministros militares, se acoplaban a la envidia
que los prestamistas e inversores siempre parecieron engendrar en
sus conciudadanos, dándoles a los antiguos financistas un
mal nombre y pavimentando el camino para la mayor intromisión
del gobierno.
Tanto en la Mesopotamia como en Grecia, los gobiernos periódicamente
emitían amnistías de deudas e intentaban regular las
tasas de interés. Los profetas y los filósofos ponían
barreras para proteger a los banqueros exitosos. Sócrates
llamaba al alivio de dudas por parte del gobierno como la herramienta
del "demagogo", pero no comparaba a los prestamistas con
avispas o parásitos. Roma tipifica la mezclada naturaleza
de las finanzas antiguas. Hacia los primeros días del imperio,
Roma había desarrollado un sector financiero bastante sofisticado,
completo con préstamos, bancos, empresas de responsabilidad
(pseudo) limitada, y la venta de acciones de las empresas entre
los nobles romanos. Desafortunadamente, mucha de esta actividad
financiera giraba en torno a contratos impositivos lucrativos de
cultivo en Asia Menor y otras provincias orientales.
Incluso estas primeras formas de inversión monetaria podrían
haber evolucionado en algo más cercano al capitalismo internacional
si el imperio mismo no se hubiera agrandado en tamaño y costo.
Como sostiene el economista Lawrence Reed al respecto, la burocracia
inflada y las fuerzas armadas llevaron a los emperadores a intentar
caminos incluso más desesperados de financiamiento del gobierno
y pago de deudas. Esto incluía impuestos a los caminantes,
inventar nuevas formas de impuestos, inflación en el suministro
de dinero y confiscación. Finalmente, la economía
monetaria misma fue llevada fuera de occidente, para no volver por
cientos de años. Cuando lo hizo, irónicamente en Italia,
uno de los catapultadores fue el cero.
INVENTOS DEL COMERCIO MEDIEVAL. Los
primeros en vislumbrar la reaparición del comercio privado
en gran escala pueden encontrarse en el siglo XI. Comenzó
con el invento de las listas de doble entrada, que por chico que
parezca, estableció la base para el capitalismo. Los registros
de doble entrada, desarrollados por los mercaderes italianos en
el siglo XI, basados en conceptos extraídos de los comerciantes
árabes, no fueron el resultado de una persecución
esotérica de la verdad. Fue una solución práctica
a un problema común -los errores de registro. Especialmente,
antes de que se difundiera el uso de los números arábigos,
mantener registros confiables de cualquier operación de gran
escala, de negocio o no, era un desafío mayor. Imagínense
tener que guardar libros con números romanos. El comercio
existía, por supuesto, pero era inherentemente limitado.
Ni siquiera era posible para los mercaderes de diferentes culturas
encontrar caminos comunes de valoración de sus empresas y
desarrollo de relaciones duraderas.
Aquí es donde reapareció la matemática. Mientras
los babilonios (y en forma independiente, los mayas del otro lado
del mar en la actual Centroamérica) habían descubierto
el cero como número comodín, los indios en el siglo
VI y VII introdujeron la idea de que el cero representaba "nada".
Suena banal, pero tuvo implicaciones revolucionarias, particularmente
luego de que el concepto fue introducido a la dinámica y
aventurera cultura islámica por el famoso matemático
Al-Khwarizmi en el siglo IX. Al-Khwarizmi mismo aprendió
que su interés en el sistema numérico indio basado
en el cero surgía de la necesidad de la gente de resolver
problemas prácticos relacionados con herencias, testamentos,
compras y contratos de ventas, investigaciones y cobro de impuestos.
Al tiempo que lo que hoy llamamos números arábigos
comenzaron a difundirse por todo el mundo islámico durante
el siglo IX y X, la tradicional asociación de pequeña
escala que caracterizaba al comercio anteriormente en la historia
islámica -un negocio del cual el profeta Mohammed participaba-
dio curso a empresas de comercio de gran escala en las cuales los
inversores eran dueños igualitarios de acciones y alrededor
de las cuales un sistema bancario y crediticio evolucionaba.
Desgraciadamente, las instituciones del temprano comercio islámico,
si bien elaboradas y fuente de tremenda cantidad de riquezas, nunca
desarrollaron el capitalismo del tipo europeo. Como anteriormente
había sucedido con las sociedades mediterráneas antiguas,
los legistas islámicos estaban fuertemente involucrados en
empresas, raramente pagaban sus deudas e imponían excesivos
costos en la forma de impuestos, regulaciones, guerras y confiscaciones
ilegales. Ni la ley islámica ni los legistas islámicos
reconocieron la independencia de las ciudades comerciales o de las
empresas que las poblaban. Y como destacó el historiador
Subhi Y. Labib, otros conceptos comerciales básicos como
seguridad comercial "se mantuvieron prácticamente fuera
del alcance del pensamiento económico islámico"
durante este período.
REGISTROS DE DOBLE ENTRADA. Pero
las invenciones árabes, en especial en matemática
y registro, encontrarían tierra fértil del otro lado
del mar durante el siglo XI. Mientras que las familias comerciantes
de Venecia y otras ciudades comerciales de Italia comenzaron a resucitar
el comercio de gran escala en el Mediterráneo, luego de las
interrupciones de la Era Oscura, alguien provisto con los nuevos
números arábigos tuvo una idea brillante. Para detectar
errores de cuentas en su negocio, ingresaría sus transacciones
dos veces, una como un débito y una como un crédito.
Por ejemplo, la compra de una nueva balanza requeriría el
ingreso de un recurso (del valor de la balanza) y una obligación
(la extracción de dinero o débito incurrido para comprarla).
Al final de cada período, por lo general un mes, el comerciante
sumaría todos los débitos y créditos. Si los
dos totales no coincidían, sabría que tenía
que buscar un ingreso incorrecto.
Sin embargo, el registro de doble entrada se transformó en
mucho más que un sistema de detección de errores.
Por primera vez, permitió a los dueños determinar
con seguridad las ganancias netas de sus negocios en cualquier punto.
Pero más importante aún, creó una puerta conceptual
para lo que hoy conocemos como capitalismo industrial moderno. Esto
se dio de la siguiente manera. La única forma de que los
recursos igualen a las obligaciones es que la equidad sea considerada
una obligación -una obligación del dueño. El
registro de doble entrada, en otras palabras, se basa en el concepto
de que el negocio es distinto y separado de sus dueños. En
el mundo de las familias comerciantes del siglo XI, esto era revolucionario.
Esta separación era necesaria para el desarrollo futuro de
las sociedades de responsabilidad limitada y las corporaciones,
los pilares de la economía capitalista moderna. El historiador
económico Werner Sombart lo resume bien: "uno no puede
imaginarse qué sería del capitalismo, sin el registro
de doble entrada".
Otro efecto de este invento fue hacer posible la creación
de un sistema de negocio financiero internacional, sobrepasando
por mucho todo lo desarrollado por los mesopotámicos, los
griegos, los romanos o los musulmanes. Después de todo, los
prestamistas de estas sociedades tienen un impedimento mayor. La
información independiente acerca de prestatarios futuros
era algo imposible de conseguir. El registro de doble entrada dio
a los prestamistas un lenguaje contable en común y un medio
útil para distinguir los cálculos a futuro, de la
realidad. La práctica, según Nathan Rosenber y L.
E. Birdzell, Jr., "se convirtió en un procedimiento
acordado para el registro de todos los eventos económicos
en una forma mensurable y calculable. En un sentido verdadero, la
realidad económica se pudo expresar en términos numéricos
en libros".
LA REVOLUCION FINANCIERA. El registro
de doble entrada fue seguido muy de cerca por una sucesión
de otros inventos e instituciones que formaron los cimientos del
capitalismo. Provistos con la habilidad de calcular en forma certera
los valores del negocio, los mercaderes desarrollaron un cuerpo
legal comercial para proveer predecibilidad en un mundo de pequeños
tiranos, un mosaico de feudos, y la amenaza siempre presente de
los piratas. Los antiguos griegos eran pioneros en el uso de préstamos
marítimos para subscribir al comercio de gran escala, pero
hacia el siglo XII los mercaderes italianos habían inventado
contratos de seguro más formales, que garantizaban una misión
comercial contra la pérdida a cambio de una suma preestablecida.
Más tarde, el mercado de seguros en Italia, Amsterdam y Londres
se diferenciaron de seguro marítimo, un producto riesgoso
que cubría ataques piratas o tragedias de alta mar, por seguros
comerciales más comerciables, que cubrían la ganancia
de las ventas subsecuentes. "La división entre especialistas
en riesgos marítimos y especialistas en riesgos de mercado
facilitó el crecimiento del comercio marítimo",
según sostienen Rosenberg y Birdzell.
Las billetes de intercambio, en existencia hacia el siglo XIII,
permitieron a los mercaderes transferir las sumas adeudadas sin
tener que intercambiar monedas o bienes directamente. Estos tempranos
cheques eran intercambiados entre lejanos comerciantes, aumentando
un sistema monetario privado basado en la credibilidad de las familias
mercantiles para quienes los billetes eran emitidos. El depósito
bancario fue el otro desarrollo lógico, debido a que cada
vez menos comerciantes depositaban fondos con familias mercantiles
prominentes cuyos proyectos eran dinero creíble en tierras
lejanas. Los acreedores hallaron que no necesitaban contar con el
valor real de sus billetes en circulación y podían
usar algunos de sus depósitos para comprar otros papeles
de intercambio en descuento -"es decir, para prestar dinero
con interés sin importar la prohibición de la usura".
También en el siglo XIII, algunos gobiernos comenzaron un
movimiento tentativo pero inexorable para alejarse de los impuestos
arbitrarios hacia un sistema más predecible para recaudar
réditos, controlado en Inglaterra y luego en Holanda por
la clase mercantil, que se sentaba en el Consejo en lugar de reyes
o recaudadores. Los reyes pudieron terminar con la disminución
del poder directo para cobrar impuestos al comercio gracias al flujo
firme del rédito. Un resultado tanto en Inglaterra como en
Holanda fue que los recursos reales de capital como vasos y estaciones
comerciales podían ser adquiridas y operadas por empresas
privadas sin miedo a la extracción arbitraria de los soberanos,
un derecho que los comerciantes continentales -y, realmente, muchos
de sus colegas en el mundo islámico, India y China- simplemente
no podían garantizar. Esto hizo que las inversiones privadas
de gran escala fueran posibles por primera vez en los mercados que
pertenecían a los gobiernos o a comerciantes de pequeña
envergadura.
El invento final necesitó dejar el camino listo para la revolución
mercantil e industrial de la última mitad del milenio, como
el desarrollo de los derechos y las instituciones de verdadera propiedad
privada. En Inglaterra y otras regiones de Europa Occidental, las
presiones de una población creciente en el siglo XIII llevó
a robustecer la competencia por tierras arables y de pastoreo, incrementando
el acercamiento de las tierras y la evolución de leyes para
la apropiación y transferencias de tierras. Los estados tomaron
la administración de los reclamos de la propiedad privada
de los señores feudales. Al mismo tiempo, los reyes comenzaron
a dar franquicias exclusivas a entidades privadas para operar ciertas
empresas económicas o monopolizar ciertas rutas comerciales.
Si bien difícilmente eran acciones de libre mercado, estas
franquicias no eran impuestos en el sentido romano o musulmán.
Eran impuestos para bienes de empresas comerciales que permitieron
a los comerciantes privados construir capital físico (barcos
y equipamiento) y capital humano (mano de obra calificada y conocimiento
de rutas y mercados) sin miedo de interferencia o confiscación
de sus barcos o trabajadores por parte de los gobiernos.
No es una exageración decir que estos inventos, sentando
las bases para el nacimiento del capitalismo, siguieron directamente
del descubrimiento del cero y su introducción en el comercio
europeo. Ningún rey subsidió esta invención,
y ningún programa de gobierno decretó su aceptación.
La gente común, de muchas nacionalidades había simplemente
inventado una herramienta que los ayudaba a resolver sus problemas.
A partir de un comienzo tan pequeño, la libertad humana y
el progreso dieron grandes saltos hacia delante.
John Hood es presidente de la Fundación
John Locke, un centro de estudios acerca de políticas de
estado en Carolina del Norte y es autor de "The Heroic Enterprise:
Business and the Common Good" (La empresa heroica: Negocios
y el bien común).
Este artículo fue originalmente publicado en la revista Ideas
on Liberty. Permiso para traducir y publicar otorgado por The Foundation
for Economic Education (www.fee.org) a la Fundación Atlas
para una Sociedad Libre.
Traducción de Hernán Alberro.
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