Se acelera la radicalización K
Agustín Laje
Escritor. Galardonado con el Premio a la Libertad 2012, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Ni los “buitres” ni los “medios monopólicos”; el reloj es el peor enemigo del kirchnerismo en los tiempos que corren. Los momentos de definiciones están a la vuelta de la esquina y Cristina Kirchner sabe que carece de un delfín para 2015, faltando tan sólo ocho meses para el cierre de listas.

En este contexto, el kirchnerismo hace lo que mejor sabe hacer: acelerar la radicalización del modelo. La mesura, virtud totalmente desconocida por la axiología kirchnerista, es para ellos sinónimo de debilidad; de transigencia. Y es que el objetivo máximo consiste en consolidar un candidato de pura cepa kirchnerista; el objetivo intermedio es, cuando menos, cercar al próximo candidato de Cristina llenando la lista de los más fanatizados camporistas que, siendo los “Soldados del Pingüino” (como ellos mismos se definen en sus cánticos), custodien la continuidad del socialismo del Siglo XXI versión criolla.

Máximo Kirchner sería el horizonte utópico para la lógica dinástica en la que un Kirchner sólo puede ser sucedido por un Kirchner; muerto el rey e impedida la reina, habría llegado el tiempo del principito. Y si bien elementos dirigenciales de La Cámpora −como el multimillonario presidente de Aerolíneas Argentinas, Mariano Recalde−, y otros elementos no menos desagradables, como Diego Maradona, ya han salido a decir a los medios que Máximo debe ser candidato en 2015, la realidad es que hoy por hoy, el hijo de los Kirchner no mide ni en Río Gallegos, su propia tierra.

Sin embargo, la aparición pública del principito (la primera y probablemente no la última) ha cumplido con su objetivo principal, digitado por su madre: reinstalar la discusión de la “re-re”, es decir, apretar el acelerador de la radicalización que funge como acelerador de la destrucción de las instituciones republicanas.

Lamentables personajes como la reivindicadora del terrorismo internacional Hebe de Bonafini y la estalinista Diana Conti salieron a peticionar por una “re-reelección”. El ex montonero Carlos Kunkel llegó a hablar de disolver el Parlamento. Aquel famoso “vamos por todo”, que tradujo la concepción antirepublicana y antidemocrática del kirchnerismo, vuelve a asomarse como imagen que sintetiza los tiempos políticos que vivimos.

Pero el fin de reinstalar la discusión de la “re-reelección” no responde a esperanzas genuinas de lograr, a estas alturas, una reforma constitucional que permita a Cristina Kirchner tener un tercer mandato consecutivo. Esa opción, dadas las circunstancias políticas y la escasez de tiempo, es virtualmente imposible.

El sentido del discurso “no les da el cuero para competir con Cristina” estriba en descomponer la legitimidad de quien tome las riendas del poder presidencial a partir del 10 de diciembre de 2015. La idea es que el Siglo XXI vea a un nuevo Illia, que pueda ser derrumbado rápidamente por un kirchnerismo que acelera su radicalización en orden a no perder cohesión cuando llegue el momento de pérdida de poder institucional.

El protagonismo de La Cámpora, en este orden de cosas, va en aumento y, aún más, se constituirá en el principal dispositivo de poder de Cristina Kirchner. Ese fue el otro gran mensaje de la aparición de Máximo: como dijimos, serán los custodios de que el elegido por Cristina para 2015 “se porte bien”.

El otro gran tema del kirchnerismo, además del estrictamente político, es el económico. Y es que llegar a octubre de 2015 con recesión e inflación no constituye un contexto propicio para quienes tampoco gozan de un clima político favorable.

En estos menesteres, no obstante, la radicalización también aparece como alternativa escogida. La recientemente aprobada “ley de abastecimiento”, que en resumidas cuentas da poder al Estado de intervenir en los precios, controlar la producción, multar a quienes tengan “ganancias abusivas” (?), entre otras facultades propias de economías centralizadas y autoritarias, ha sido la formalización del famoso revolver de Guillermo Moreno.

Lo único que se puede esperar de la “ley de abastecimiento” es mayor discrecionalidad y arbitrariedad política sobre la economía, lo que se traduce en menor seguridad jurídica, lo que implica ahuyentar aún más las inversiones, lo que a la postre empeorará todavía más las actuales variables macroeconómicas.

El reloj corre: octubre de 2015 está a la vuelta de la esquina y el kirchnerismo no ha abandonado sus pretensiones de ir por todo.
 

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