El intelectual y el técnico
Agustín Laje
Escritor. Galardonado con el Premio a la Libertad 2012, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


La cultura es, a la vez, medio y fin de la “batalla cultural”. Medio, en tanto que el armamento de tal batalla está conformado por elementos culturales; fin, en tanto que la hegemonía cultural es lo que está en juego.

Como lo subrayaron sociólogos de renombre como Pierre Bourdieu y Alvin Gouldner, la cultura es un tipo de capital. La distribución desigual de este capital es lo que da sentido a las categorías que contienen, precisamente, a quienes acumulan este tipo de capital: intelectuales y técnicos.

Cuando el chileno Axel Kaiser habla de “La fatal ignorancia”, alertando sobre “la anorexia cultural de la derecha” frente a una izquierda que ha dominado casi por completo el terreno de las ideas, está alertando a la postre sobre una falta de capital cultural que se traduce en una producción cultural escasísima.

No obstante, y a los efectos de refinar el análisis sobre la “batalla cultural”, se hace necesario distinguir al intelectual del técnico, puesto que da la impresión de que lo que falta en el liberalismo no es tanto este segundo tipo de detentador de capital cultural sino más bien el primero. Y las diferencias entre unos y otros no sólo se inscriben en el tipo de conocimiento que cultivan y los intereses que profesan, sino también en su función social.

A los intelectuales les es definitorio un modo lingüístico bien específico; Gouldner, en el marco de sus investigaciones sociológicas sobre el intelectual, llega a hablar incluso de la formación de una “comunidad lingüística” caracterizada por lo que llama la “cultura del discurso crítico (CDC)”. Y es cierto: todo discurso intelectual se orienta por un deber ser que es necesariamente crítico con ciertos estados de cosas. Lo que no debiera asumirse, sin embargo, es la engañifa que ponen en práctica ciertos autores de izquierda a través de la cual convierten la idea de “discurso crítico” en un eufemismo para designar, de forma encubierta, al discurso de izquierda y monopolizar, por añadidura, la categoría “intelectual”.

El reciente trabajo del historiador italiano Enzo Traverso titulado ¿Qué fue de los intelectuales?, reseñado este mes en La Nación, es el último libro lanzado al mercado sobre la materia, y subyace en él, permanentemente, este intento por vedar la posibilidad de la existencia de un intelectual que no sea de izquierda. “Los neoconservadores suelen adoptar la postura del intelectual, al presentarse como inconformistas” dice Traverso en una de sus páginas, como si la adscripción al neoconservadurismo conllevara, de manera automática, la imposibilidad de la realización intelectual.

En rigor, podría decirse que no es la ideología lo que hace al intelectual, sino el intelectual el que hace la ideología, siempre que entendamos por ideología no un discurso necesariamente falso como lo entendía el marxismo, sino un discurso que busca bien la legitimación, bien la deslegitimación de un orden social a partir de un deber ser definido. Benjamín Oltra en Una sociología de los intelectuales llega a adjudicarles a éstos una “función ideológica”, en virtud de lo antedicho.

En este sentido, puede decirse que mientras el intelectual está vinculado a discursos de carácter ideológico, los técnicos profesan discursos tecnocráticos, caracterizados éstos por su gravitación en el ser.

El intelectual tiene una intención expresa de conducir a la sociedad en virtud de máximas morales. El deber ser del intelectual estructura la vara con la que mide el mundo empírico, sea criticándolo, sea reafirmándolo. Y como todo deber ser, éste se encuentra naturalmente ligado a concepciones de orden abstracto: cuestiones como la justicia, la verdad, la libertad, la igualdad, entre otros, están en el centro del interés intelectual. Edward Shils en Los intelectuales y el poder ha dicho que los intelectuales “están animados por un espíritu de indagación y anhelan entrar en frecuente comunión con símbolos más genéricos que las inmediatas situaciones concretas de la vida cotidiana y más remotos en su referencia tanto al tiempo como al espacio”.

Al contrario, el discurso técnico se ocupa de aquello que, de hecho, ya existe. Versa sobre las cosas “tal cual son”. Una técnica, después de todo, no es otra cosa que un conjunto de procedimientos para operar sobre determinados aspectos de la realidad. El deber ser no se inmiscuye en los discursos estrictamente técnicos. Y tanto es así, que las discusiones morales sobre cuestiones técnicas (como la energía nuclear por ejemplo) aparecen al mundo científico-técnico como discursos a menudo extraños, pronunciados en lenguajes “profanos” por quienes, por lo general, ni siquiera conocen las minucias más concretas de la técnica cuyos resultados critican.

Es así que, según Beatriz Sarlo en Escenas de la vida posmoderna, los técnicos (a quienes ella en verdad denomina expertos), “nunca se presentan como portadores de valores generales que trasciendan la esfera de su expertise y, en consecuencia, tampoco se hacen cargo de los resultados políticos y sociales de los actos fundados en ella”. Esta afirmación debería matizarse un poco, en vistas de que los técnicos a veces se pronuncian sobre cuestiones que exceden al discurso técnico e ingresan, por lo tanto, en las dimensiones del discurso intelectual. Como decía Sartre, lo que hizo de Robert Oppenheimer un intelectual fue no la creación de la bomba atómica, sino su posición pública contra la carrera armamentista. Traverso dice, siguiendo la misma idea, que “un físico se vuelve un intelectual cuando toma posición en el espacio público respecto de una cuestión social. El pacifismo de Albert Einstein durante la década de 1920 no se derivaba de sus conocimientos científicos”.

Lo interesante de todo esto es que intelectuales y técnicos suelen mirarse a menudo con desconfianza pero −paradójicamente− se necesitan mutuamente. ¿Cuál es el margen de acción de un técnico en el marco de un orden deslegitimado? ¿Y cuál es el margen de acción de un intelectual cuyas ideas triunfan pero las fallas técnicas del orden propuesto conllevan a la deslegitimación? Estas preguntas retóricas evidencian que sería un error, como a veces se tientan a cometer quienes piensan sobre estos temas, coronar a uno en detrimento del otro; técnicos e intelectuales son igualmente necesarios, porque cumplen funciones distintas pero complementarias.

No obstante ello, el liberalismo, desde el fallido anuncio del “fin de la historia” de Francis Fukuyama según el cual el ordenamiento social basado en la libertad individual, la democracia y el capitalismo había triunfado definitivamente sin marcha atrás posible, se abocó a la producción de técnicos y descuidó la necesidades del frente intelectual, necesario para mantener la legitimidad de este ordenamiento que se pensó determinísticamente irreemplazable. El deber ser ya era una realidad, y quienes pensaban en estos términos ya no tenían, por lo tanto, función alguna. El resultado fue el abandono del mundo de las ideas y su reemplazo casi total por el mundo de la técnica, o, si se lo ve en sentido contrario, el resultado fue la monopolización izquierdista de la cultura.

La lucha cultural contra la izquierda tiene por delante el desafío de comprender el rol del intelectual en esta batalla y, por añadidura, formar intelectuales preparados, con capacidad crítica y agallas para enfrentar la tiranía de lo “políticamente correcto”, rompiendo así con el “estado de opinión” prevaleciente, signado por una mentalidad izquierdizante que se ha diseminado a lo ancho y largo de nuestras sociedades.
 

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