El 2015 y el dilema del oficialismo
Julio Piekarz

Es Economista (UBA y Cambridge). Fue gerente general del Banco Central. Profesor de Teoría Monetaria (Universidades de Buenos Aires, Di Tella, Católica Argentina y Argentina de la Empresa). Sus escritos fueron publicados en la obra “Soluciones de políticas públicas para un país en crisis” (2003) de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre.



En este segunda mitad de un 2014 con fuerte inestabilidad de los mercados, el ejercicio más demandado para economistas, hombres de finanzas y estrategas de negocios es  una  previsión respecto de qué se espera del comportamiento de la economía en 2015. 

Sin embargo , contra lo que se cree, la palabra más determinante  en esa proyección es la de nuestros colegas politólogos y encuestadores.  Y la razón de ello es clara. El oficialismo, como todo animal político, tiene como objetivo principal alcanzar o retener la mayor cantidad posible de poder. Y en un año electoral como 2015 ello significa la mayor cantidad posible de votos. Frente a ese objetivo, el rol de las ideologías y de las personalidades tiene ponderación, pero limitada, en determinar las políticas.

La idea que el oficialismo tenga –que a su vez puede ir cambiando en el tiempo- de cuáles son las acciones de política económica que le permitan maximizar su caudal electoral, es lo que determinará en medida importante el desempeño de la economía desde ahora hasta el cambio de Gobierno.

Con cierto primitivismo clasificatorio y a efectos de simplificar, la percepción propia del oficialismo respecto del mejor curso de acción para sus fines políticos presenta dos alternativas.

La primera alternativa es que el oficialismo crea que el mantenimiento y profundización de  las políticas actuales es lo que le garantizará acceder a la mayor base electoral. En ese caso la perspectiva de 2015 será el aislamiento internacional financiero pero también comercial, menores exportaciones (por encima del efecto del precio de la soja). más racionamiento de divisas y menores  importaciones, mayor recesión (2 % de caída del PIB), nuevas pérdidas de empleo privado (ya que el público, por el contrario, aumentará), riesgo de espiralización de la ya altísima inflación  -no ya por expansión monetaria sino por caída en la demanda de dinero-, deterioro en los salarios e ingresos reales, y menores inversiones. Y las señales negativas de los mercados serían en este escenario atendidas por el Gobierno con más regulaciones ad hoc e intervencionismo, interfiriendo de manera más amplia en los distintos sectores y agravando los desequilibrios macroeconómicos.

La segunda alternativa es que el oficialismo se convenza de su propia conveniencia política de llegar a las elecciones con una economía que haya recuperado algún crecimiento, mercados más estables y mayor confianza de los consumidores. Y lo importante es que esta opción no es difícil. Habiendo extremado ya la exposición internacional contra la incorrección del fallo Griesa, ese frente requeriría a partir de ahora discreción, señales positivas y una negociación acelerada a principios de 2015. Complementariamente, una recomposición inmediata de las relaciones internacionales, que tanto EEUU como Europa esperan y aceptarían rápidamente sin necesidad de ningún tipo de concesiones. Adicionalmente, debería reconocerse el problema inflacionario en toda su dimensión, asegurar la disminución a la mitad del déficit fiscal (de 5 % del PIB este año y estimado en 6 % en 2015) e inicialmente una política monetaria muy firme, con metas inflacionarias decrecientes. Estas acciones abrirían el camino a financiamiento externo, que debería encararse ya mismo. En ese nuevo contexto de políticas, cabría incluso recurrir al FMI, organismo que está para atender necesidades transitorias de divisas, pero probablemente es en este punto donde los factores ideológicos y de personalidad tienen su mayor peso negativo.

Estas dos alternativas son el dilema que encara, sea consciente o no, el oficialismo y, por tanto el escenario económico y financiero 2015. Si el Gobierno cree en la conveniencia política de la primera alternativa, ello puede resultar miope si se tiene en cuenta el agravamiento que tendría la economía en 2015 y el efecto erosivo sobre los votos.

La segunda alternativa puede quitarle algunos votos, pero no muchos, ganar otros y  asegurar un 2015 cuando menos transitable. Mercados, individuos y empresas tienen la expectativa de un cambio de políticas a partir de 2016, pero temen la transición. Si el oficialismo opta por la segunda alternativa, la transición mejorará aun más por el leverage de esa expectativa y se beneficiará electoralmente.

Pero para el cambio a la segunda alternativa hay cada vez menos tiempo. Puede ser que cuando se pudo no se quiso, y cuando se quiera no se pueda. 

Y quizás, por baja probabilidad que tenga, veamos lo increíble. Que el cambio se haga no antes del primer trimestre de 2015, y funcione rápido con efecto en las elecciones.

Pero en definitiva los políticos miran las encuestas. Y el camino que elegirán es el que ellas arrojen. De modo que el escenario 2015 está hoy en manos de los encuestadores y de los encuestados.
 

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