Chile: Voluntarismo político por sobre la realidad
Hernan Büchi


La última reunión de ENADE (Encuentro Nacional de Empresa) presentó a los tres poderes del Estado en las figuras del presidente de la Corte Suprema y presidentas del Senado y de la República. Fue inédito, pero no casual; simboliza el rol que las reformas políticas fundacionales están desempeñando en nuestra economía.

El evento fue clarificador. La Presidenta Michelle Bachelet precisó que es su voluntad impulsar cambios profundos con masivas alzas de tributos, impidiendo la libre elección en educación y modificando la Constitución. No mostró sensibilidad para ponderar los efectos que estos cambios podrían tener en el progreso de Chile.

La inspiraría un aire estatista como el mundo conoció antes de la caída del muro de Berlín. Después de todo, en el 25º aniversario de ese hecho tuvo palabras de agradecimiento al régimen que lo levantó.

Los dichos del presidente de la Corte Suprema, por su parte, corroboran que está lejos de la tradición del Poder Judicial de ser aséptico en materia política. Su frase "la gente quiere participar del beneficio y no solo del sacrificio de las inversiones", unida a sus argumentos de que los tribunales deben amparar los derechos de todas las personas, indica que esta Corte se siente autorizada para transformarse en juez único.

Las sociedades modernas son muy complejas y las exitosas tienen bien delimitados los roles de cada cual, en particular de los órganos del Estado. Ninguno puede ser juez único, y menos en base a una visión política particular. En el caso de las inversiones, previo a llegar al aparato estatal, miles de decisiones voluntarias que evalúan beneficios y costos las hacen posible, por lo que resulta una parodia suponer que solo benefician al empresario.

Trabajo, capacitación, bienes de capital, impuestos, caminos y accesos... Los beneficios son innumerables, y nadie puede aquilatarlos en su integridad. Cada uno hace su parte, y las decisiones de los tribunales, del aparato administrativo y las voluntarias de las personas no deben invadirse.

En realidad, esta última sesión de ENADE fue una notificación: se quiere imponer un rumbo estatista aún a costa de sacrificar —como en la época del muro de Berlín— el progreso y la libertad.

El otro actor del gobierno que cumplió un rol distinto al tradicional fue el Ministerio de Hacienda. Intentó transmitir confianza, en tanto el impacto de los cambios, dijo que sus efectos negativos no serían tan contundentes. Olvida que los empresarios son optimistas en esencia, tratan de seguir siempre adelante y no se detienen por crear problemas a un gobierno, aunque discrepen de su ideología. Lo hacen solo ante situaciones reales que dificultan su accionar, y hoy ven levantarse barreras infranqueables en el horizonte.

El ministro erró al no cumplir el rol de sus antecesores: analizar la situación macroeconómica objetivamente. Después de todo, tanto la externa como la interna son particularmente complejas. Si cumpliera más con ese rol, quizás ayudaría a cambiar el clima de confrontación Estado-sector privado, que se está instalando, y lograr que vuelva a imperar el sentido común.

Un país próspero requiere de un sector privado fuerte y pujante que invierta y genere progreso. Sin él no hay chance de cumplir las metas sociales de ningún gobierno.

La economía mundial dejó atrás este año la crisis sistémica que la amenazó desde el 2008 —colapso financiero, desmantelamiento del euro e insolvencia de los países europeos—, pero no logra recuperar el crecimiento previo al 2008. Cuando parece entrar en un camino estable, cifras más modestas en una u otra latitud quitan el optimismo.

En los últimos meses hemos visto una caída de más de 30% de los precios de la energía —el simbólico petróleo se cotiza a menos de US$ 70 el barril—, de 10% de los precios agrícolas, y el cobre bajó a menos de US$ 3/lb. Simultáneamente, el dólar se apreció frente a casi todas las monedas.

En el pasado, a experiencias similares las ha seguido un episodio recesivo, especialmente si la baja de precios tiene su origen en la debilidad de la demanda. Hoy la baja en los productos básicos parece tener su origen en una menor demanda en China, pero la economía de EE.UU. se ve sólida, y Japón y Europa tienen programas agresivos para salir de su relativo estancamiento.

El efecto final para Chile es un escenario más negativo que el pasado, por el precio del cobre y las futuras alzas de tasas en el mercado estadounidense, pero si nos esforzamos, tendremos oportunidades como las supimos encontrar en los 90.

Internamente la economía chilena se mantiene dentro de una fuerte desaceleración. Las cifras de IMACEC (Indicador Mensual de Actividad Económica) son lejanas al supuesto crecimiento de tendencia de 4,0 a 4,5% y validan con suerte un magro 2% para 2014. Los bienes de capital siguen cayendo a tasas superiores al 20%, un mal augurio para la inversión. Las cifras de desempleo muestran debilidad: aumenta el número de personas con empleo parcial y más precario. La inflación a 12 meses es elevada y los mayores costos de las empresas hacen difícil que puedan amortiguarla como en el pasado.

La cifra de crecimiento de tendencia sobre el 4% que calcula el FMI supone un aumento de productividad mayor que el de la última década, lo que es difícil compartir. Si suponemos, por el contrario, que se mantiene una tendencia negativa, el 3% de crecimiento se ve más realista.

Por todo esto, y más allá de la coyuntura, es un error hablar de que a la economía la afectan hoy las expectativas. Son las certezas: el mediano plazo está en juego.

Los que bien inspirados proponen cambios dramáticos para favorecer a los más débiles debieran ver que los más castigados serán los más pobres y que el mayor ingreso fiscal buscado para ayudarlos se esfumará con el menor crecimiento. Los que ven en los cambios una oportunidad de consolidar su poder, ayudados por la modificación electoral, debieran pensar que nuestra ciudadanía, hoy más educada y con ansias de progreso, los puede desbancar si ven cerca el fracaso.

Quizás mirar la realidad desde el ángulo de los desafíos que enfrentamos permita dejar a un lado el oportunismo y voluntarismo político, y nos vuelva a un ánimo de cooperación, construcción y progreso.

Este artículo fue publicado originalmente en El Mercurio (Chile) el 7 de diciembre de 2014.
 

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