Un regimen
Carlos Mira
Periodista. Abogado. Galardonado con el Premio a la Libertad, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Imaginemos por un instante en la situación ideal del gobierno; aquella que lo mantuviera tranquilo. Al forzar esa simulación nos encontraríamos enseguida con una dificultad: nos resultaría difícil visualizar a este gobierno en paz; sin conflictos, fluyendo con placidez en medio de la calma.
¿Nadie se ha puesto a pensar a qué se debe eso? Es curioso, porque, en principio, puestos a elegir, cualquiera de nosotros preferiría una vida pacífica, sin conflictos; una vida sin estrépitos, sin gritos, sin empellones. Es más, parecería que, en términos de gobierno, las personas que llegan al poder deberían tener como principal objetivo lograr ese tipo de escenario para la sociedad que gobiernan: ¡qué mejor logro para una nación que una vida en paz!
Pero cuando intentamos llevar a nuestra mente esa imagen bajo las características conocidas del estilo y del modelo de la Sra. de Kirchner, la tarea se nos vuelve dificultosa. La pregunta es por qué.
El abordaje de la respuesta a este interrogante también debe convocar a la imaginación. Y cuando uno trae esa herramienta a este ejercicio de dilucidación no puede caer en otra conclusión que no sea la de una sociedad bajo un dominio absoluto: la condición de una vida pacífica bajo la perspectiva del gobierno de los Kirchner es el acallamiento de todas las voces, la sumisión de todo control, el allanamiento de todas las posiciones, la claudicación de todos los equilibrios del poder. En otras palabras, el gobierno solo estaría en paz si pudiera reinar sobre un campo yermo de palabras, de pensamiento; si pudiera ejercer el poder, en definitiva, sobre la vida misma de los ciudadanos. Quizás allí -y solo quizás- detendría sus empellones, sus bravatas, sus ironías, su prepotencia, sus alergias…
En ese terreno ideal de poder completo hallaría la paz, aunque la sociedad, para ese momento se hubiera convertido en un cementerio.
Lo curioso de esto que ocurre en la Argentina es que no se trata de una búsqueda vergonzante; el gobierno no busca la completa dominación ciudadana de un modo disimulado, sabiendo que esa pretensión es anormal. No. Lo hace a la luz del día, queriendo convencer a como dé lugar (y si para ello debe usar la fuerza, está dispuesto a hacerlo) a que una vida regimentada es moralmente superior a la vida libre. El gobierno, en efecto, encarna un régimen; un régimen al estilo de los que el mundo conoció  a mediados del siglo XX, un régimen fascistoide que elimine todo atisbo de República y busque la consolidación de un modelo personalista que necesariamente implique el endiosamiento de un líder y la masificación del pensamiento.
Toda la escenografía que caracteriza al kirchnerismo responde a esos cánones: las muchedumbres en las plazas, los líderes en lo alto de un escenario mirando hacia abajo a una masa informe que grita slogans premoldeados; la alergia a la iniciativa individual, a la diferenciación humana. El modelo de la Sra. de Kirchner es un modelo de aluvión, no reconoce ningún dique, ni está dispuesto a detenerse en el bálsamo de ninguna represa. Su norte consiste en cubrirlo todo, en llevarse todo por delante, en teñir con su único color toda pretensión policromática.
Sé de antemano que la foto que ilustra este comentario es irritativa porque probablemente no haya en el mundo una figura más repelente que la de Adolf Hitler. Pero la pregunta no debe ser por qué elegí yo esa ilustración sino por qué los seguidores del gobierno eligieron ese afiche para convocar a la malograda reunión del 13 de diciembre en Plaza de Mayo. El foco debe estar puesto en ellos no en mí. Ponerlo en mí sería otro de los clásicos sofismas de estos regímenes que dan vuelta las verdades en la cara de la gente. El problema no soy yo; son ustedes. Yo no elegí esa imagen; la eligieron ustedes. Si les parece vergonzante perecerse a Hitler, ¿por qué usan sus mismos cotillones? Y si el diseño de "Un Pueblo, un Proyecto. Una Conductora..." (en el del Furher se lee "Un Pueblo, Un Imperio, Un Conductor") fue espontáneo (es decir, no fue una copia del que usó el genocida antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial) tanto peor, porque quiere decir que caen en esas tendencias, de modo natural, sin necesidad de copiar a nadie.
A la presidente le molesta que la Justicia exista, que los jueces investiguen, que la gente escriba, que los periodistas hablen. Ella se imagina como un Duce, por encima de todos, con su única voluntad flameando por sobre las voluntades de todos. Como el Duce, también tiene una corte; un círculo de cortesanos que trabaja para ella y para sí mismos, porque saben que su propio interés va comprometido al mantenimiento y expansión de ese régimen. Estarían en problemas si la mano cambiara. O deberían ir a trabajar, que - a los fines prácticos- es más o menos lo mismo.
La Argentina se ha convertido en un país fascista. Parece mentira que semejante antigüedad fuera posible hoy. Pero la premonición orwelliana ha demostrado un avance singular en estos últimos 10 años en el país.
Se trata de un desafío a la dirección del mundo, de una contracorriente increíble que no tiene demasiada explicación racional. Que en medio de la era tecnológica la sociedad esté dispuesta a someterse a los patrones de comportamiento de una manada, no tiene sentido. Pero, sin embargo, ese es el espectáculo que vemos cuando levantamos la mirada.
El gobierno no descansa un solo día en la profundización de esa práctica. Recorre y aplica cada una de las páginas del manual del fascismo, hasta de sus amenidades más insignificante. Mezcla las prácticas del Duce con las técnicas de Gramsci y avanza sobre una sociedad es estado zombie.
La compañía Apple Computers lanzó en enero de 1984 una campaña de publicidad para introducir su nuevo producto: la computadora personal Macintosh, la entonces reciente creación de Steve Jobs. Aquel aviso rezaba: “1984 no será como ‘1984’”. Sin dudas Jobs y su equipo daban una señal de que el ser humano, muñido de herramientas que potenciaran su creatividad, jamás caería en el absolutismo de un gobierno autoritario.
Ese mensaje de desafío y de libertad parece no haber llegado a la Argentina que suele entregarse, con una asombrosa tranquilidad, a los brazos del primero que esté dispuesto a venderle un verso igualitario, de vida fácil y de una rebelión tan estúpida como impráctica.
 

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