En Haití, el gobierno es donde uno va a hacerse rico
Mary O'Grady
Destacada columnista del Wall Street Journal.


Puerto Príncipe, Haití— En una mañana de domingo, mujeres cargando paquetes, canastas y baldes sobre sus cabezas subían las empinadas y serpenteantes calles de Ciudad Pétion, el suburbio más deseable de la capital. Es un inicio duro para el día del Señor, pero aquellos que viven o trabajan en este barrio están entre los afortunados. Han escapado de la extrema pobreza que define la vida en la mayor parte del resto del país.

Me encontraba en Haití para ponerme al día con lo que pasa aquí. El lunes, en el centro de la ciudad, fui rodeada por mendigos mientras me dirigía a la misa del 8 de diciembre en la iglesia de la Inmaculada Concepción, detrás de las verjas del Hospital General. La mayoría de los mendigos eran mujeres, acompañadas de niños medio desnudos y cargando bebés.

Casi había cruzado la multitud cuando sentí una pequeña mano tirando de mi vestido. Un niño de pelo crespo de no más de 4 años, vistiendo una camisa tipo polo hecha jirones y sin pantalones, me miraba mientras extendía su mano.

Casi 25 años después del celebrado lanzamiento de una nueva “democracia”, tras la caída del dictador Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, el Producto Interno Bruto per cápita de Haití es de apenas US$800 al año. El terremoto de 7 grados que azotó al país en 2010 destruyó buena parte de esta ciudad y muy poco se ha reconstruido. Los extensos barrios marginales, muchos de los cuales existían antes del sismo, parecen basureros más que zonas residenciales. Incluso para aquellos que logran evitar la desesperación del niño que conocí, la vida diaria aquí es, en palabras de Thomas Hobbes, en su mayor parte “desagradable, brutal y corta”. Esto se lo debemos a los políticos.

Los partidos de oposición y sus simpatizantes han marchado por las calles de la ciudad en las últimas semanas exigiendo la renuncia del presidente Michel Martelly. Lo acusan de violar la constitución en su intento por obtener más poder y copando el consejo electoral con sus partidarios. No todos están apoyando una transición pacífica. Algunos han quemado neumáticos y han tratado de incitar a la violencia. A principios de este mes, los opositores del presidente llevaron carteles con la imagen del presidente ruso, Vladimir Putin.

El sábado por la noche, el primer ministro (y aliado del presidente) Laurent Lamothe finalmente renunció, allanando el camino para un nuevo gobierno y para organizar elecciones legislativas y locales, las primeras desde 2011. Según el presidente, la renuncia de Lamothe es “un sacrificio” dirigido a ese fin. Sin embargo, se necesita más compromiso para elegir a un nuevo primer ministro y no se sabe si alguna de las dos partes, y especialmente los populistas de extrema izquierda del Partido Lavalas, del ex presidente Jean-Bertrand Aristide, está dispuesta a hacerlo. La política haitiana es un juego en el que el ganador se lleva todo.

Los haitianos entienden que el gobierno es donde uno va a hacerse rico. Martelly y Lamothe podrían haber usado sus cargos para favorecer a sus amigos y a sí mismos, tal como lo creen muchos haitianos. Sin embargo, en una reunión en el Parlamento con senadores de la oposición, la objeción más fuerte que escuché no fue que las políticas de Martelly no han generado suficiente crecimiento, sino que no compartió los recursos del gobierno con sus rivales.

La pobreza haitiana no puede ser arreglada con caridad. Necesita el crecimiento del sector privado, lo cual significa que necesita libertad económica y certeza legal. Pero Haití es un estado fallido, carente de instituciones, transparencia y el imperio de la ley. Los negocios legales enfrentan obstáculos insalvables, a menos que se tenga amigos en las altas esferas. La clase política de Haití no se ha dado cuenta de esto o no le importa.

Las cosas no siempre fueron tan sombrías, como lo sugiere una visita a la ciudad costera de Cabo Haitiano, en el norte del país y lejos del epicentro del terremoto.

En el recorrido desde el aeropuerto, un puente cruza un río sucio y lleno de basura. Un residente de unos 60 años me contó que cuando él era un niño el río era limpio. En la ciudad, las casas de estilo colonial francés con balcones y barandillas en su segundo piso adornan sus estrechas calles. Los habitantes aseguran que muchos de los dueños de estas gemas arquitectónicas huyeron del país durante la dictadura de François Duvalier y nunca regresaron. Los edificios están deteriorados, al igual que las calles y aceras, pero los fantasmas de su gloria y encanto siguen ahí. No hay duda que la fuga de cerebros, que continúa actualmente, es una tragedia aún mayor.

“El agua es valiosa”, decía un letrero en el baño de mi hotel, implorando a los huéspedes que limiten su uso. No había una ducha, solamente un tubo de metal que salía del muro. La diferencia entre el agua caliente y la fría era que la fría estaba congelada, mientras que la caliente era simplemente fría. El administrador hacía lo que podía para hacer que los huéspedes se sintieran a gusto. En mi cabeza, conté los retos que enfrentan los emprendedores en un país casi sin servicios públicos y un gobierno hostil a las ganancias. Es un milagro que existan hoteles.

Al hablar de política con los haitianos, la mayoría dirá que es “una plaga en todas sus casas”. Sólo aquellos que ingresan a la nómina estatal —o que tienen una posibilidad de hacerlo si alguien nuevo llega al poder— creen que las elecciones valen. Para todos los demás, el gobierno es una molestia inevitable en el mejor de los casos y a menudo un depredador.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 15 de diciembre de 2014.
 

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