Tension entre venganza y sensatez
Guillermo Lascano Quintana
Abogado.


Cada vez que recibimos información sobre las canalladas, disparates; delitos y errores que cometen, anuncian o insinúan algunos de los sujetos que dicen gobernar, los argentinos tenemos dos reacciones posibles para el futuro sin  ellos.

Una es la de proponer todo tipo sanciones para los autores de aquellos desmanes, desde la cárcel, al ostracismo político, pasando por el escarnio y la reparación de los perjuicios causados. La vindicta pública,  es decir la venganza oficial por los daños generados por los autores de aquellas acciones, cuando son delitos. A ello se agrega y se ha agregado, en el pasado, en nuestro país y en el mundo, la estigmatización de personas o conductas que sin ser delictuales, se consideran dañinas y contrarias al bien común o interés general.

La otra reacción es la de separar la paja del trigo. La de evitar la espiral de venganzas, que tanto daño nos ha hecho. La de juzgar y eventualmente sancionar a quienes hayan delinquido, respetando, a rajatabla, los procedimientos legales  sin cometer la injusticia que hoy se comete con los centenares de militares, policías y civiles que, en cumplimiento de su deber, combatieron a la guerrilla terrorista. Todos tienen derecho a un juicio justo, por jueces independientes y con estricto apego a las normas constitucionales aplicables.

La sensatez de esta segunda reacción, que evita odios y rencores persistentes, sin beneficio para nadie, exige separar lo correcto de lo incorrecto y lo delictual de lo no delictual.

En consecuencia es menester distinguir entre la acción gubernamental errada o inconveniente y el delito. 
Para exagerar la distinción, si se juzgaran y sancionaran todos los delitos cometidos por funcionarios gubernamentales durante los gobiernos kirchneristas, estaríamos cumpliendo con el orden jurídico, lo que es mucho pero, insuficiente,  porque al contrario de lo que cree la gente y sin pensarlo, consienten muchos opositores, el mayor daño producido a nuestro país y a su gente, en los pasados once años, es la aplicación de políticas erradas, disparatadas y perimidas.

Esas políticas se basan en mentiras mayúsculas, tales como que todas las cosas son gratis y que todos tenemos derecho a ellas; que el Estado es capaz de hacer todo y bien; y que es necesario un líder que oriente y guíe el proceso político, económico, social y cultural.

Así nos ha ido en esta etapa populista y en todas las anteriores. Ahora se agrega, quizás con mejores medios que en otras épocas, una descomunal propaganda sobre las bondades del gobierno y sus acciones (no importa lo disparatado o mentirosas que sean) y la incesante y enfermiza búsqueda de culpables de todas nuestras desdichas. Nada nuevo bajo el sol que alumbró y alumbra autoritarismos y totalitarismos semejantes.

Pero la verdad es otra y muy sencilla. Para crecer hay que trabajar y ganarse el  pan con el sudor de la frente; las cosas cuestan y hay que pagarlas. Entre ellas la seguridad, la educación, la salud, la vivienda, las plazas, las carreteras, los trenes, los aviones, los barcos, etc.. El Estado elefantiásico e ineficiente que hemos logrado después de tantos años de poblarlo de inútiles, es incapaz de brindar todo aquello. Su real tarea es facilitar la inversión privada, brindar los servicios públicos esenciales y controlar los demás, de modo sencillo y útil, sin alambicamientos burocráticos.

Toda otra promesa es charamusca,  es decir humo, nada.  
Creer, contra toda evidencia, en un estado omnipresente, intervencionista y en exceso controlador, es mentirse y lo que es peor: mentirle a los ciudadanos, hipotecar el futuro sin dar instrumentos para enfrentarlo. 
Es tanta la confusión entre el gobierno agónico, tan cortas sus miras y tan pusilánime su proyecto actual, que a lo único que atina es a tratar de protegerse de la venganza. Por eso sus esfuerzos por dominar la justicia o asegurarse fueros. En ambos casos para evitar la sanción judicial. La pública ya la tienen: son un hato de sinvergüenzas que so color de proteger a los débiles, se han enriquecido; con la bandera de los derechos humanos han fulminado el estado de derecho; con la complicidad de empresarios, intelectuales, trabajadores, periodistas y jueces, han empobrecido al país.

Cuando los fundadores de la moderna Nación Argentina encontraron una situación semejante a la de la década pasada, en materia económica, comercial e industrial, comprometieron sus esfuerzos y talentos en beneficiar a todos sus habitantes, no solo en términos alimentarios; también dando educación, trabajo, construyendo ferrocarriles, puertos y caminos.

Estos mentecatos que dicen gobernar han hecho todo lo necesario para empobrecernos, destruyendo la excelencia de la educación pública, bastardeando a las fuerza armadas, mintiendo sobre el pasado y lo que es peor enemistando a los argentinos entre ellos. El empeño actual de estos campeones de la liberación, el modelo productivo, con inclusión social, reivindicadores de un pasado supuestamente combatiente, es ¡no terminar presos y pobres! Para ello creen contar con la complicidad de discípulos de Zaffaroni otro camaleónico mentiroso y superficial con aires de sabio.
No nos dejemos embaucar por su jugada final. No amenacemos  a la ciudadanía con estigmas permanentes, que muchos no se merecen porque fueron crédulos. Centremos nuestros esfuerzos en juicios justos y sobre todo, en proponer y después, hacer las cosas bien.

 

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