Grecia: Austeridad espartana
Carlos Rodríguez Braun
Catedrático, Universidad Complutense de Madrid. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Cuenta Plutarco que los espartanos valoraban tanto la austeridad y eran tan frugales que ahorraban hasta en las palabras. En cambio, el pensamiento único, al analizar la Grecia que votó esta semana, no sólo no ha sido lacónico como los lacedemonios, sino que ha insistido en que ha sido precisamente la austeridad la que ha agravado las dificultades económicas derivadas de la crisis y ha provocado el auge de Syriza.

Ahora bien, seamos o no partidarios de un gasto público menor, lo que sí cabe constatar es que el zarandeado “fracaso de las políticas de austeridad” es un fabuloso camelo, porque no ha habido tales políticas. Curiosamente, el acuerdo en sentido contrario alcanza dimensiones universales en nuestros días. Antes, unos decían que los gobiernos habían recortado el gasto público por responsabilidad, porque era doloroso pero imprescindible, por la presión de los mercados, para sortear el temido rescate o para impedir que España se hunda; mientras que otros los acusaban de desmantelar el Estado del Bienestar en multitudinarias manifestaciones que adoptaron el nombre de “mareas” de muchos colores pero una sola consigna: evitar la privatización de todo.

Con el tiempo y la recuperación de la economía se extiende una visión común en todos los partidos y también en las supuestamente “liberales” burocracias internacionales, como el Fondo Monetario Internacional: ahora hay que dejar de ser tan terriblemente austeros, porque el menor gasto público tiene efectos depresivos sobre la actividad, y es necesario lograr un “equilibrio entre austeridad y crecimiento”.

El mensaje político, como siempre, se rodea de dilemas dramáticos. Alexis Tsipras escribió el miércoles pasado en Expansión: “Pongamos fin a la austeridad en Grecia antes de que acabe con nuestra democracia”. Vamos, que el menor gasto público no sólo ahoga la economía, sino que además pulveriza el marco institucional.

Gasto privado

Pero en ningún país ha bajado el gasto público de modo radical, y las privatizaciones generalizadas han brillado por su ausencia. Los frenos o disminuciones del gasto que sí se han registrado no obedecieron más que a su propia expansión precedente: digamos, era imposible que Grecia continuara expandiendo ese gasto al ritmo descomunal con que aumentó en la década anterior a 2009. Lo que sí bajó en todas partes fue el gasto privado, por las salvajes subidas de impuestos con las cuales las autoridades de todo el mundo descargaron sobre el sector privado el ajuste que se negaron a hacer en el sector público, para preservar el Estado de bienestar y, sobre todo, para preservarse ellas.

La clave de que todo el discurso sobre la excesiva reducción del gasto público es mentira la dio el propio Tsipras en este mismo periódico, cuando afirmó: “La austeridad ha disparado el nivel de deuda en toda Europa”.

Un momento. ¿Cómo puede ser que unas políticas de reducción del gasto aumenten la deuda pública? Su resultado debería ser justo el opuesto. Salvo, claro está, que la austeridad espartana no haya existido.
 

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