El punto de partida
Guillermo Lascano Quintana
Abogado.


La multitudinaria manifestación popular del 18 de febrero debe interpretarse como un punto de partida, como el nuevo comienzo de una nación que hace ya mucho tiempo perdió el rumbo.


El nuevo rumbo puede empezar auspiciosamente, pero también puede transformarse en otro fracaso, en una vuelta al pasado más oprobioso. De lado  del partido gobernante ya ha comenzado con amenazas, mentiras y hasta disparates dichos por la presidente.


El derrotero del progreso, las paz y el Estado de Derecho será siempre laborioso, como es la vida de los pueblos, pero será menos traumático si encaramos nuestro futuro, sin inútiles reproches, sin ánimo de venganza, procurando sumar a todos a un comienzo armonioso, dejando de lado a los energúmenos del círculo íntimo que no hacen más que enardecer a los argentinos.


Uno de los peligros que se corren es la tentación a revisar el pasado con ánimo de sanción es muy grande y comprensible. Todos tenemos cuentas a cobrar y hay muchos que las tienen que pagar.


Sin embargo podemos revolcarnos en el lodazal pretérito o aspirar a una epifanía de la república, armoniosa, generosa, custodia de las libertades y promotora del bien común.


Quienes ya tenemos muchos años y experiencia sabemos que la venganza, el reproche exagerado, solo conduce a mas enfrentamientos, a mas desasosiego,  a mas rencores.


Quienes gobiernan desde el 25 de mayo de 2003 no han dejado de promover la discordia, el enfrentamiento y el odio entre los argentinos. Lo han hecho con un empeño tan exitoso como dañino, no solo para la ciudadanía; también para ellos y para quienes dicen representar y defender, pues las consecuencias son para todos.


Ahora, en las postrimerías de su autoritario, corrupto e ineficaz gobierno, se empeñan en ensañarse contra todos aquellos que no comparten sus ideas, no toleran sus transgresiones a la ética, a la democracia y a la república, amenazando a quienes se oponen al lamentable estado en el que dejarán al país.


La tarea que tendrá el próximo gobierno y con él todos los argentinos, es de una entidad mayúscula. Habrá que enmendar tantos entuertos que serán necesarios toda la energía y todos los recursos para encaminar a la nación hacia el desarrollo y crecimiento, la educación, la seguridad, el equilibrio fiscal, la modificación de las relaciones con el mundo, el diseño de una política de defensa adecuada a los tiempos y sobre todo la paz de los espíritus.


Se entiende y se comparte el fastidio de quienes han sufrido la persecución, la agresión, la cerrazón a todo intento de diálogo. Se comprende la voluntad de justicia que abrigan quienes hemos visto el latrocinio descarado, la corrupción rampante, la obscena riqueza, mostrada sin pudor por funcionarios públicos y por allegados advenedizos, a quienes la democracia, la república y las libertades no les importan y las aprovechan para sus conductas delictuales.


Se comprende también el afán de justicia que abrigan muchos encarcelados por el canallesco contubernio entre el gobierno y sectores políticos que se empeñaron y empeñan en tergiversar la historia y vulnerar las garantías constitucionales con la anuencia de muchos jueces y fiscales.


Todo ese cúmulo de agresiones y vulneración de principios justifica el deseo de venganza que anida en muchos corazones.


Sin embargo la venganza es una mala consejera, además de una respuesta primitiva. Habrá que distinguir, con mucha cautela, entre quienes cometieron delitos y aquellos que solo acompañaron a un gobierno que prometió mucho y no cumplió, además de impulsar el odio entre conciudadanos.


Quienes hayan delinquido tendrán que ser sometidos a los jueces, pero esos mismos jueces deberán hacer un examen de conciencia y reparar el daño que sus conductas han producido durante estos últimos años.


Si, en verdad, los argentinos queremos un nuevo punto de partida deberemos elegir, para gobernar a la nación, a quienes a acrediten idoneidad e intachable conducta moral y sobre todo, no volver a enfrentamientos perimidos que sólo mantienen abiertas heridas del pasado.


Si eso es el corolario de la marcha del 18 de febrero deberemos recordarla con alborozo.


Si no aprendemos las lecciones de la historia sufriremos su incansable repetición.


 

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