El desierto argentino
Emilio Varisco
Integrante del Programa de Jóvenes Investigadores 2015. Estudiante de Abogacía en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), Corrientes.


Decía Juan Bautista Alberdi “¿Cuál es la Constitución que mejor conviene al desierto? La que sirve para hacerlo desaparecer (...) Gobernar es poblar, definir de otro modo el gobierno, es desconocer su misión sudamericana.”
 
Mucho se ha escrito sobre Juan Bautista Alberdi.

Probablemente, la mayoría de los argentinos estemos de acuerdo en que se trata de uno de los grandes pensadores de toda nuestra controversial historia. Muchos análisis se han hecho sobre su persona, su vida, su historia, sus obras... Pero quisiera detenerme en analizar una de sus palabras.
 
-Desierto.-
 
¿Hablará Juan Bautista del desierto como territorio desolado al que hay que poblar? No sería ilógico pensarlo de esa manera.

Sin embargo, quien redacta este artículo se atreve a ir más allá.

A (sin faltarle el respeto al gran pensador) redefinir el concepto de desierto que nos ha proporcionado. A pensarlo de otra forma.

A pensar que apuntaba aún más allá al utilizar esa palabra devastadora y punzante... Desierto. 
 
Me atrevo a reflexionar que Alberdi nos hablaba de un desierto cultural y moral.

En ese entonces (año 1852) Argentina no estaba totalmente despoblada, sino que le faltaba gente de ley, con cultura de trabajo, capaz de poner de pie a un país que recién empezaba a gatear (sobre todo constitucional y legalmente), con ansias de progreso, pero no un progreso egoísta sino en conjunto, con principios sociales inquebrantables, con interés en las cuestiones políticas y la estructura estatal.
 
Alberdi proyectaba a largo plazo. Imaginaba una sociedad culturalmente preparada, capaz de elegir a sus representantes y gobernantes de manera tal de practicar una verdadera democracia.
 
Si se levantara de su tumba, encontraría ese desierto al que me refiero totalmente poblado.
 
¿Será así?
 
Pues, la respuesta no la puede dar este humilde escritor.
La respuesta está a la vista. Y está en cada uno de nosotros preguntarnos fervientemente si dentro nuestro creemos que la misión sudamericana de la que nos hablaba está cumplida... O si aún la misión ni siquiera ha comenzado.
 
Los hechos hablan.

Uno de los desiertos que Argentina debe poblar es el de la cultura política. Simplemente por tomar un caso en particular en las últimas encuestas más del 50% de los argentinos afirma que la política no le interesa en absoluto.
 
Si observamos al político promedio como un hombre corruptible, que utiliza la política como un medio para sus propios fines, que se sienta en el Congreso sin conocer otra función más que la de levantar la mano por designio de otro, que parece burlarse de la sociedad afirmando que la inseguridad tan solo es una sensación, que no conoce su propia Constitución Nacional... Pues dado eso, uno puede entender que la política no interese.
 
Pero la política no termina allí.

Cada uno de nosotros somos y hacemos política.

Al opinar hacemos política, al pensar en los problemas sociales hacemos política, al compartir o no un discurso de algún candidato hacemos política, entre tantos otros ejemplos. Pero quizá la forma más importante de hacer política sea votando.

El voto, como derecho y deber, conlleva una gran responsabilidad. Se otorga con el mismo la posibilidad de regir nada más ni nada menos que los destinos de nuestro país.

Tamaña responsabilidad para una sociedad a la que dice no interesarle.
 
Es necesario interesarse en los candidatos, inquietarse sobre sus programas de gobierno, sus ideas con respecto al rol de Estado, a la distribución de la riqueza, al sistema económico que desea para su país, a su ideología, al modo de ver a la sociedad y al mundo.
 
Interesarse sobre ello y mucho más. Y participar. Si las buenas personas y sus intenciones deciden permanecer indiferentes entonces no podrá poblarse un desierto absolutamente desolado.
 
Déjeme el lector despedirme, usurpando una frase del maestro Jean Jacques Rousseau. Y trate de visualizar que no es casualidad haber “abusado” de tan tremendos autores en éste pequeño artículo de reflexión.

Pero permítame ser un atrevido al pensar que al gran Juan Bautista le hubiera encantado lo siguiente.
 
“En cuánto alguien dice de los asuntos del Estado ¿A mí que me importa? Hay que considerar que el Estado está perdido.”
 
Fácil perderse en un desierto... ¿No? 

 

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