La Doctora, Massa y la planta permanente
Jorge Asís
Periodista de personalidad provocativa y observador político, ha cultivado varios géneros literarios como escritor. Su novela Flores robadas en los jardines de Quilmes, publicada en 1980, se convirtió en best seller con 350.000 copias vendidas.


Un grupo inicial de argentinos, con algún otro exponente latinoamericano, junto a sus respectivas parejas francesas, se reunieron en una casa elegante de Sevres, respetable banlieu situada a diez km de París. Fue para escuchar durante cuatro horas al director del Portal JorgeAsísDigital. Interesados en la indagación de la actualidad política argentina, de cara a las elecciones legislativas. He aquí la primera parte del resumen de la exposición. Es de esperar que transcurra sin ninguna impureza propia de toda desgrabación. Claudine Pons-Grévy
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Sevres, París

Aquí arrancó la miniserie “Cristina, Mauricio y Daniel”, cliquear.
Consecuencia de un almuerzo en La Maison de la Truffe, en pleno Barrio Dieciséis. Cuando Gilles, un francés con campo e inversiones en Argentina, y gran conocimiento de nuestro lenguaje, dijo:
“Si Scioli y Macri no se ponen de acuerdo son dos nabos”.

Dos años después, a los tres citados protagonistas de la historia, se les debe agregar un cuarto. Es Sergio Massa. La Rata del Tigre.
Por prepotencia de presencia, y por astucia de marketing, Massa logró modificar las tácticas de los otros tres.
En adelante, el triángulo de la centralidad se transformó en un rectángulo. En el portal fue ampliamente tratado. Ver “Geometría de los Samurais”, cliquear.
Ya se atravesó la minuciosa ceremonia del suspenso, aportada por el nuevo integrante. Pasó la tensión inofensiva del cierre frívolo de las listas, para las elecciones legislativas de discutible relevancia. Para serles franco, aún no estoy convencido de la veracidad de la importancia que le asignan.

El segmento

Percibo que el rectángulo se convierte, de pronto, en un segmento.
Transitoriamente sólo dos, de los cuatro protagonistas, permanecen activos en el escenario.
En una punta del segmento se encuentra Cristina, La Doctora. Con el indeseable Daniel, Líder de la Línea Aire y Sol, atrás. Como desde hace diez años, y esta vez no en la primera línea.
Acaso precipitadamente, a Daniel hoy se lo percibe algo opacado. Cuestionado por las turbulentas vacilaciones. Contradicciones en las que más adelante me detendré.
En la otra punta del segmento queda el ascendente Sergio. Pero con Mauricio, El Niño Cincuentón, atrás. Tampoco en la primera línea. Casi diluido entre los pliegues de la batalla por la provincia (inviable). La que numéricamente cuenta. Buenos Aires.

Ventajas de la ausencia

Por lo tanto Daniel y Mauricio, que sostienen ambas puntas del segmento, mantienen la desventaja de no jugar su integridad en esta contienda.
En vez de armar su espacio propio, tras diversas frustraciones en el armado, Mauricio deja piadosamente colgado del pincel al valorable Carlos Melkonian, que participó en su campaña de todas las emisiones de cable que le pusieron por delante. Para disponerse -Mauricio- a ir “chupado”, detrás de Massa, quien si triunfa en su cruzada va a ser, probablemente, el competidor de su ilusión presidencial. Tanto, o más, que Daniel, hasta hoy su adversario principal. El que Gilles, nuestro francés, dijo que debía ser su aliado. De no ser -ambos- nabos.
Pero también Mauricio se ubica detrás, a su pesar, de Jorge Macri, el Primo Pobre. O mejor, el Primo que era pobre.

Sin embargo ambos -Mauricio y Daniel- cuentan simultáneamente con la ventaja de quedarse ausentes. Por el mérito de no encontrarse en el mostrador de la carnicería que se viene.
Preservación que persiste, acaso, como un acierto.
O como una pérdida de presencia que les acota, a Mauricio y Daniel, las ambiciones sucesorias.
Ampliaremos. Descuento que ambos van a reaparecer en la instancia de las preguntas.

La Centralidad

Sin esfuerzos, Massa conquista -en la interna peronista- la centralidad. Porque la disputa Massa-Insaurralde (el candidato de La Doctora) se encuentra condicionada por la existencia de Francisco de Narváez, El Caudillo Popular.
Es el tercer “player” que pretende registrar la privilegiada condición de opositor real. Ya que venció al Kirchner-cristinismo en 2009. Pero hoy se siente limitado, o mejor, recortado. Por la irrupción de la “franja de Massa”, de la que también vamos a hablar en detalle.

Por lo tanto Narváez recurre a la obviedad primaria, sistemáticamente metodológica. Es dictada por los consultores cotizados pero sin mayor inspiración. La técnica argumental consiste en “pegarlo” a Massa con La Doctora. Y ningunear, peligrosamente, hasta la injusticia o el error, a Martín Insaurralde.
Como si el chico de Lomas de Zamora careciera de juego propio. Y fuera, apenas, un instrumento de ella. Lo desconocen.
Significa confirmar que Narváez, El Caudillo Obvio, lo consolida a Massa en la centralidad. Mientras insiste en “pegarlo” con La Doctora, desde el interior del cristinismo, donde lo desprecian a Massa con énfasis, se obstinan en despegarlo.
Por ejemplo a través del delirio de Luis D’Elía, uno de los emblemas estéticos más transparentes de la “década ganada”.
Pero D’Elía, paradójicamente, le hace la campaña más conveniente a Massa. Lo acusa de ser servil a los Estados Unidos e Israel. Y hostil a las pandillas relativamente folklóricas que controlan Venezuela y Ecuador.
Es el mensaje diferenciador que Massa necesita, precisamente, instalar.

Los “Planta Permanente”

Es perceptible, en la cruzada de Narváez, la persistencia de una rescatable autosatisfacción. Resulta saludable registrar la formidable autocomplacencia de los cuatro primeros candidatos de la lista. Los que se disponen a renovar la banca.
Significa confirmar que los cuatro creen que actuaron, hasta aquí, muy bien. Son estupendos y casi ejemplares, ya que su fuerza no necesita ninguna oxigenación.
La aventura electoral que Narváez encara podría denominarse “Hacia la Planta Permanente”. Ya que el mismo Caudillo, como la señora Rucci, el gremialista Plaini y el señor Ferrari (único paladín del narvaismo) deciden renovar sus mandatos como legisladores con una lógica similar a la que perfectamente podrían recurrir los cristinistas radicalizados, a los efectos de legitimar la aspiración de eternidad.
Son los desesperados que sienten que les peligra la libertad ambulatoria. Si se les termina el ciclo histórico de La Doctora. El que también, en detalle, vamos a tratar.

Radicales rebozados de progresismo

El deseo implícito de ser “planta permanente” se percibe también en el difuso progresismo que presenta el radicalismo rebozado.
Juega, en esta dura interna peronista, de complemento. Apenas para disimularla.
Se trata de la fuerza que encabeza la coherente señora Margarita Stolbizer. La secunda Ricardo Alfonsín, que prosigue el mismo modelo declinante de Felipe Solá, exclusivo sobreviviente de la civilización felipista.
(Alfonsín pasa de presentarse como presidenciable a ir de segundo de “diputados”. En cambio Felipe es otro modelo ilustrativo de nuestra teoría de la “planta permanente”. Pasa también de la ambición presidencial, que mantuvo hasta 2011, a ser cuarto en la oferta surtida de los caramelos de Massa).

A los radicales rebozados de progresismo les llega servida la fascinación de mostrarse antiperonistas. Para denunciar los estropicios de la identidad política -el peronismo- que les maneja la provincia desde 1987.
Desde que Antonio Cafiero le ganó a Cachi Casella y le picó el boleto al imperio de Alfonsín.
Los radicales rebozados hacen abierto antiperonismo sin que nadie les reproche la menor pasión por la autocrítica. Sobre todo por los movimientos efectuados, sin ir más lejos, junto a detectados peronistas, a principios del siglo. Los que ocasionaron la caída de Fernando De la Rúa. Al que todos quieren, con entusiasmo y rigurosos fundamentos, olvidar.

Lo positivo del cierre de listas, mis amigos, es que el comunicador de referencia -o sea quien les habla, yo- en adelante podría dedicarse a tratar otros temas que presenten alguna relevancia. En el caso -claro- que existan.
Significa confirmar que, de lo que les hable aquí, en Sevres, no voy a hablar cuando regrese a Buenos Aires.
La carnicería de la campaña produce irreparablemente la banalización argumental. Los razonamientos adquieren, de pronto, la magnitud de chicanas. Una descalificación del otro que descalifica a la política, en general.
 

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