Las paradojas de la politica argentina favorecen a Cristina
Carlos Mira
Periodista. Abogado. Galardonado con el Premio a la Libertad, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Cualquier ciudadano desprevenido del mundo estaría dispuesto a asegurar, sin temor a equivocarse, que la invitación al diálogo, al consenso, a la convivencia pacífica, a la armonía y la concordia debería constituir uno de los primeros deberes de un gobierno democrático. Pero eso está muy lejos de ser el escenario que Cristina Fernández imagina para la Argentina. Bajo su gobierno la armonía es un pecado y la moderación un sacrilegio. Bajo su mando el país debe estar enfrentado. El enfrentamiento es el estado natural de su concepción; no admite la paz, porque ella misma no la tiene.
Su mente ha sido cooptada por la lógica de la guerra. Su instinto furioso solo imagina enemigos vencidos y desaforados festejos propios, siempre preparados para enrostrar la fuerza y para negar toda discrepancia.
Así presentó su lista de candidatos el viernes en donde exigió a todos definirse; en donde conminó a que todo el mundo diga dónde está parado. Era un mensaje encriptado (otra de sus debilidades) para Sergio Massa, el intendente que había decidido lanzarse como candidato a diputado por su Frente Renovador.
Es verdad que Massa ha elegido un nombre para su agrupación por demás enigmático: es un frente que se propone "renovar" algo que no identifica. Es difícil hablar de renovación sin hacer alusión al objeto que se pretende aggiornar. Es como un referente sin referencia.
Es que la política está tan dada vuelta en la Argentina que la oposición -que debería ser la más interesada en moldear una propuesta bien definida y precisa- está envuelta en una apreciable vaguedad, mientras que el gobierno -que debería ser el agente que invitara a la convivencia moderada- es el desenfrenado que busca guerras por todas partes.
La Sra. de Kirchner tiene una particular concepción del poder: ella cree que el gobierno y el Estado no son los poderosos en la Argentina; cree que el poder está en otro lado y que los poderosos son otros diferentes a ella. Bajo esa concepción ha embarcado a parte de la ciudadanía en la creencia de que gobernar es, precisamente, "enfrentar" a esos poderosos.
Es curioso, pero, al mismo tiempo que los eleva a un pedestal desde el que superan su propio poder, no los identifica; se trata de sombras fantasmagóricas que asuelan al pueblo, pero que ella no puede nombrar. Es una figura genial: enfrento a un enemigo diabólico y extremadamente poderoso pero no puedo decir quién es (o mejor dicho adecuo ese enemigo a las circunstancias del caso -el campo, Magneto, los jueces-) y, para enfrentarlo, necesito aumentar mi poder, restringiendo fuertemente las libertades individuales.
Es en el marco de esa guerra que la presidente exige definiciones. Frente al dragón de las siete cabezas es preciso tomar partido y decir con toda claridad que se está en el bando nacional y popular, que ha decidido vencer a la bestia. Es una fábula.
El contenido épico de todo el relato es notorio: Cristina, sola ante el mundo, sacrificada en nombre de esta lucha del pueblo para liberarse de la plaga que impide su realización y su futuro.
El mundo también tuvo antecedentes de estas estupideces. El punto es que, salvo en el subdesarrollo político, ya nadie cree en semejantes cuentos. Todos han advertido que detrás de la construcción de un escenario de conflicto hay unos cuantos vivos que, mientras le venden al pueblo el cuento de la liberación y de la lucha, concentran el poder para llenarse de oro.
La administración de un país debería ser algo bastante más técnico y mucho menos visceral de lo que trasuntan las enfervorizadas palabras de la Sra. de Kirchner. El país adolece de los criterios mínimos de una administración técnica. Los problemas que encabezan el listado de preocupaciones nacionales (la inseguridad, la inflación, la pérdida de empleos) no tienen ninguna aproximación profesional desde el gobierno. Solo existen alaridos acusatorios que forman parte de la misma retórica de la guerra; de una guerra inventada, que no existe más que para la conveniencia de algunos.
La única referencia a la inseguridad que hace la presidente (porque advierte que la gente no habla de sus "batallas" sino de los crímenes y de los asaltos en la calle) es para endilgarle la responsabilidad a los jueces creyendo que con eso colecta voluntades ciudadanas en su embestida contra la independencia de la Justicia. En su ceguera olvida el pequeño detalle de que el único juez de la Corte que la acompañó en su proyecto para terminar con la división de poderes -Eugenio Zaffaroni- es el jurista que encabeza la corriente que quisiera ver más delincuentes en libertad.
Como la máxima de Lincoln pronosticaba que uno puede mentir a unos pocos todo el tiempo o a todos tan solo un rato, pero no mentirle a todos todo el tiempo, también es cierto que un país puede vivir sin administración económica durante un tiempo, pero no TODO el tiempo. La Argentina lleva ya más de seis años sin el más mínimo GPS económico. Sus decisiones son tomadas a los bandazos, apagando el martes los fuegos que se iniciaron el lunes, pero sin pensar en los que esas mismas medidas originan para el miércoles. Siguiendo esos patrones de improvisación nos hemos quedado sin gas, sin petróleo, sin YPF, sin carne, sin trigo y vamos perdiendo reservas a razón de casi 800 millones de dólares al mes.
Es el gobierno el que necesita del consenso y es la oposición la que necesita definirse. Una oposición clara alrededor de un programa de ideas preciso en materia de seguridad, de inflación, de empleo, de inversiones, de alianzas comerciales productivas, de expansión global podría tener a mano un programa alternativo que un gobierno pacífico y con voluntad -no de derrotar enemigos de humo, sino de solucionar los serios problemas que padecemos- podría tomar para aplicar algo de racionalidad a un rumbo de paranoia.
Pero, paradójicamente, estamos en presencia del escenario opuesto: el gobierno está cada vez más fanatizado alrededor de la lucha épica y la oposición cada vez más errática a la hora de poner en blanco sobre negro los contornos de su propuesta.
El mayor drama de este horizonte es que un pueblo huérfano de un incentivo técnico y profesional que lo lleve a creer fuertemente en que hay soluciones racionales para los problemas que padece, caiga, una vez más, en la inocencia de creer que la magia del misticismo puede ser una opción viable de gobierno y que de ella saldrá algo mejor para su futuro
 

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