Gobiernos promotores... del caos
Ricardo Valenzuela


Faltando solo unos días para estas elecciones de medio término, la boca de los políticos se llena de promesas describiendo el mundo feliz que se comprometen a construir para todos nosotros. Como las listas de Federico Bastiat, ofrecen diversión para los aburridos, ideas para las mentes, capital para los proyectos, erradicar el egoísmo, irrigar los llanos, leche para los niños y vino para los ancianos, pues el Estado es esa gran ficción a través de la cual, todo el mundo trata de vivir a expensas de todo el mundo.
Sin embargo, la promesa más repetida, ofrecida y bien recibida, es que su gobierno será el adalid de la creación de riqueza y prosperidad. Porque todo mundo trata de lucrar del trabajo ajeno. Este deseo no se exhibe, pues somos expertos para camuflacharlo. Armamos el esquema para luego dirigirnos al Estado y le planteamos nuestras peticiones. "Tú que puedes robar honestamente, roba a esa gente y compartamos". El Estado estará feliz de seguir tan diabólico consejo; pues está compuesto de funcionarios, hombres y mujeres al fin y al cabo que, como tales ardientemente aprovechan toda ocasión para hacerse de riqueza mal habida  e influencia. El Estado de inmediato viste el ropaje del papel que la gente solicita. Será el árbitro, el dueño de todos los destinos: tomará mucho, se quedará con mucho; multiplicará sus agentes; ampliará el ámbito de sus atribuciones; terminará por adquirir unas dimensiones aplastantes.
Los políticos afirman ser grandes creadores de empleos en la economía, pero ello es la más grande falacia económica. Los gobiernos raramente crean empleos productivos. El gobierno no tiene dinero propio. Lo que si hace, y lo hace con maestría, es tomar recursos de un grupo y dárselos a otro. Los faraones podrían haber presumido de la gran creación de empleos cuando ordenaron construir las pirámides, pero pensemos cuánto más prósperos y libres habrían sido los egipcios si se les hubiese permitido perseguir sus propios intereses.
Son los individuos en el mercado los que crean verdaderos puestos de trabajo, riqueza y prosperidad, siempre que sus vidas, sus transacciones legales,  su libertad y su propiedad estén protegidas por la ley.
La libertad económica es la clave. La teoría no puede ser más clara y a estas alturas en la historia de la humanidad, no debería ser necesario repasar la evidencia tan abundante y clara. Solo hay que analizar todos los índices que relacionan la libertad económica con el crecimiento y la prosperidad. Las economías más sanas son las que disfrutan de mayor libertad económica. En esos lugares el desempleo es bajo: 3% en Hong Kong, 2% en Singapur, 5% en Australia.
Sin embargo México se ubica en el sitio 65 y, como todos los países con limitada o nula libertad económica, tienen una fuerza y un mercado laboral alfeñique y enfermo y, como es lógico, tampoco logran la prosperidad con oportunidades para todos.
Desafortunadamente la mayoría de los políticos todavía no entienden – o no tienen ningún incentivo para entender – que la libertad económica y el gobierno acotado y controlado, es la fórmula para crear prosperidad. Aunque quizás eso esté cambiando. Por primera vez escucho a ciertos políticos hablar sobre el la importancia del sector privado. De hecho, uno de los senadores sonorenses, Pancho Burquez Valenzuela, ex-presidente municipal de Hermosillo, habla con soltura y gran pasión de lo que debe ser ese papel de un gobierno limitado, dedicado a la protección de vida, libertad, propiedad, no a la creación de empleo ni a promover la felicidad de todos. . . . "El gobierno no crea empleos”.
En México no se están creando empleos porque el gobierno es el gran obstáculo. Si soy un empleador, ¿por qué iría yo a contratar a alguien, cuando el Congreso y la Secretaría del Trabajo vomitan tantas reglas que al leerlas me da pánico contratar a nadie? ¿Por habría de arriesgarme con una inversión si las reglas que aún están por escribir sobre el Seguro Social, sobre la regulación financiera, la novedosa red draconiana de impuestos que cada día proclaman, las licencias, las auditorias que dese el inicio cantan la ruta del fracaso?
Hace meses fui testigo de un interesante debate sobre si el gobierno crea o impide la actividad económica.
“El gobierno puede gastar y crear empleos”, afirmaba David Callahan, co-fundador de Demos. “Si el gobierno toma la iniciativa e invierte las cantidades adecuadas para estimular la contratación, el resultado será más gente gastando dinero en esta economía, más empleo, y así echamos a rodar el círculo virtuoso”.
Yaron Brook, presidente del Ayn Rand Institute, respondía:
“Es ridículo suponer que puedes expropiar dinero por la fuerza (a través de  impuestos asfixiantes ) a los que están trabajando y darles ese dinero a los que no trabajan ni producen, y eso, de alguna manera, genera actividad económica. Estás destruyendo tanto o más al quitárselo a los que están trabajando y produciendo pues los privas del incentivo para trabajar y crear prosperidad”.
Luego Callahan invocaba la mágica palabra con “I”.
“Un sitio donde necesitamos más gasto público es en infraestructura. Ve conduciendo por cualquier carretera, cruza cualquier puente, y lo más probable es que veas deterioro. Hubo un panel bipartidista que dijo que necesitaríamos gastar muchos billones de dólares en infraestructura”.
“No pretendas hacernos creer que eso estimula la economía”, Brook refutó. “Ese dinero tiene que venir de alguna parte, esos cientos de billones que quieres gastar en infraestructura se los han expropiado a la economía privada.”
“Eso no es verdad”, reviraba Callahan. “Veinte millones de puestos de trabajo fueron creados en la década de 1990, cuando los impuestos eran más altos que hoy. Y después de la Segunda Guerra Mundial, también un período de altos impuestos, hubo un crecimiento increíble del empleo”.
Por lo visto, según la lógica keynesiana, la guerra puede estimular la economía.
“La Segunda Guerra Mundial fue el gran estímulo. … Ese tipo de crisis externa puede inyectar una gran cantidad de nuevo capital”.
“Esa es una de las peores falacias en economía”, dijo Brook. “Se la conoce como 'La falacia de la ventana rota´”.
La falacia proviene de la historia que cuenta Fredéric Bastiat del niño que rompe una ventana, lo que lleva a algunos a creer que el tener que poner una ventana nueva estimulará una nueva onda de actividad económica. La falacia consiste en ignorar las cosas productivas que el comerciante habría hecho con ese dinero, si no hubiera tenido que arreglar la ventana.
“La Segunda Guerra Mundial no hizo nada para promover el crecimiento de la economía”, dijo Brook. “Detonar cosas no es un estímulo económico. La destrucción no conduce al progreso. El desempleo bajaba solo por la conscripción de 20 millones de soldados que irían a combatir”.
No esperes que la mayoría de los políticos aprendan eso pronto, y tampoco esperes que el gobierno cree trabajos y prosperidad. El gobierno no resuelve problemas, el gobierno es el problema.
 

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