El solidarismo
Gabriel Boragina



"El solidarismo comienza afirmando que los intereses de todos los miembros de la sociedad son armónicos. La propiedad privada de los bienes de producción es una institución social cuya mantención es del interés de todos y no solamente de los propietarios; todos se verían perjudicados si fuera reemplazada por una propiedad común que pondría en peligro la productividad del trabajo social. Hasta aquí el solidarismo va de la mano con el liberalismo. Pero a partir de aquí sus caminos se separan. Pues la teoría solidarista afirma que el principio de la solidaridad social no se materializa simplemente a través de un orden social basado en la propiedad privada de los medios de producción. Niega el hecho de que actuar meramente en favor de los propios intereses de propiedad dentro del marco de un orden legal que garantice la libertad y la propiedad aseguraría una interacción de las acciones económicas individuales correspondientes a los fines de la cooperación social, aunque no lo analiza mayormente y tampoco avanza ideas que no hayan sido planteadas con anterioridad por los socialistas, especialmente por aquellos no marxistas. Los hombres en sociedad, por la sola naturaleza de la cooperación social, sólo dentro de la cual pueden existir, están recíprocamente interesados en el bienestar de sus prójimos; sus intereses son “solidarios” y por tanto propenderán a actuar en forma “solidaria”. Pero la mera propiedad privada de los medios de producción no ha logrado la solidaridad en una sociedad caracterizada por la división del trabajo. Para ese fin deben adoptarse provisiones especiales. El ala de mayor inclinación estatista dentro del solidarismo pretende llevar a cabo una acción “solidaria” a través de acciones del estado: a través de leyes que impongan obligaciones a los propietarios en favor de los desposeídos y en favor de la beneficencia pública. El ala de mayor inclinación eclesiástica del solidarismo desea alcanzar el mismo fin mediante llamados a la conciencia: el amor cristiano hará que el individuo cumpla con sus deberes sociales."[1]
Como mas adelante lo revela el propio autor de esta cita, el solidarismo no ha comprendido, ni la naturaleza, ni la verdadera función social de la propiedad privada y -por lo tanto- han centrado su ataque sobre ella. No existe ninguna ley, ni ningún orden jurídico que pueda dotar a la propiedad privada de una función social que ella ya no haya tenido desde su mismo origen. En otros términos, para que la propiedad posea una verdadera función social hay un sólo requisito, esa propiedad ha de ser privada. Cualquier otro tipo de propiedad, se la llame colectiva, pública, estatal, social, etc. no cumplirá jamás con el requerimiento básico indispensable para que la propiedad desempeñe una verdadera función social, y este exigencia indispensable –repitámoslo- nuevamente es que esa propiedad sea enteramente privada.
El propio carácter de privado (su condición de tal) es lo que determina que la propiedad plasme una verdadera función social, ya que -en última instancia- la propiedad privada no es más que el remedio que ha encontrado la sociedad a través de un largo peregrinaje evolutivo para solucionar el problema intrínseco social de la escasez. Y de ese extremado peregrinaje selectivo (del tipo ensayo y error) al decir de K. R. Popper, fue de donde ha surgido la propiedad privada como el único sistema que permite no sólo la convivencia civilizada entre las personas, sino su existencia como tal y el progreso material y social que caracteriza a nuestra civilización contemporánea.
El solidarismo por caso (que, como se observa, no es más que una variante o una excusa para el intervencionismo estatal) no ha conseguido ni por ventura reemplazar a la propiedad en dichos cometidos. Bajo ningún sistema solidarista (de los que hoy abundan, a tal punto de ser ellos la mayoría de los implantados en el mundo) ha habido ni progreso ni bienestar social. Sólo bajo el capitalismo y la propiedad privada la vida se ha prolongado y el bienestar de los pueblos ha florecido.
En suma, cualquier restricción que se le quiera imponer a la libre propiedad privada no hará más que privarla de su principal característica intrínseca con la cual ella ya viene dotada, esta es su función social. Restringir o limitar la propiedad privada implica destruir su función social y no a la inversa.
Por supuesto que, un partidario del solidarismo no puede comprender esto, porque su visión está condicionada por la influencia que han tenido en él (o ella) las ideas socialistas que se le han venido inculcando desde su más tierna niñez, y que se han canalizado a través de la mayoría de los medios conocidos.
"El solidarismo propone conservar la propiedad privada de los bienes de producción. Pero por sobre el propietario coloca una autoridad –sin importar acaso sea la ley y su creador, el estado, o la conciencia y su consejero–, la Iglesia que debe velar porque el propietario haga uso correcto de sus bienes. La autoridad habrá de evitar que el individuo explote “irrestrictamente” su posición en el proceso económico; también se impondrán ciertas restricciones a la propiedad. De tal modo el estado o la Iglesia, la ley o la conciencia se convierten en el factor decisivo en la sociedad. La propiedad es sometida a sus normas y cesa de ser el elemento básico y ulterior del orden social. Continúa existiendo sólo en la medida que lo permite la ley o la ética, es decir, la propiedad es abolida, dando que el propietario debe atenerse, al administrar su propiedad, a principios distintos que aquellos que le imponen los intereses de sus bienes."[2]
En otras palabras, el solidarismo demuele la base misma de la solidaridad, que no parte esta de ninguna otra institución diferente a la de la propiedad privada. Y la abolición de la propiedad implica la reaparición del fenómeno de la escasez, en virtud del cual -y para su remedio- fue que se instrumentó la institución de la propiedad privada.

[1] Ludwig von Mises. "SOCIALISMOS Y PSEUDOSOCIALISMOS" (Extractado de Von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis, capítulos 14 y 15. La traducción ha tenido como base la versión inglesa publicada por Liberty Classics, Indianapolis, 1981. Traducido y publicado con la debida autorización. Estudios Públicos, 15) Pag. 25 a 28
[2] L. v. Mises ídem. Nota anterior.

 

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