Con el alma devaluada
Carlos Mira
Periodista. Abogado. Galardonado con el Premio a la Libertad, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Después de leer varios de los artículos e informaciones del fin de semana largo uno queda asombrado: hay números concretos, opiniones fundamentadas, informaciones duras que coinciden en señalar que los argentinos (o, por lo menos, una franja electoral aun decisiva) tienen una pasmosa visión de corto plazo, combinada con miedo, aspiraciones cortas y sueños baratos.
En efecto, en el año electoral, la apuesta del gobierno es trasmitir la idea de que esto a lo que han llegado los argentinos (en especial algunos de ellos) es lo máximo que pueden tener: el país de las salchichas y la mortadela, como dijo la presidente. ¡Y a sentirse contentos, muchachos!: gracias que tienen eso.
El economista Nicolás Dujovne demostró que en 12 de las 14 elecciones disputadas desde 1983, los gobiernos generaron artificialmente condiciones económicas de cortísimo plazo que tuvieron un efecto electoral en lo inmediata a pesar de que esas decisiones agravaron los efectos de largo plazo.
Siguiendo ese modelo, la Sra. de Kirchner ha ordenado a su "mano derecha", la lumbrera Kicillof, profundizar la genialidad de su plan: atrasar el dólar, endeudar al Estado en dólares y en pesos e imprimir dinero sin límites.
Que lo haga alguien que quiere conservar el poder es entendible, porque a esa estructura no le interesa la suerte individual de las personas de verdad, de los ciudadanos concretos. Pero que éstos, con total candidez, se lo crean, cuando levantan la vista y solo ven pobreza por doquier, privaciones, barro, villas miseria, y cartoneros que, a tracción a sangre, llevan sus cirujeadas por la ciudad para convertir en millonario a algún vivo, es lisa y llanamente increíble.
Que el legendario "espíritu revolucionario" del argentino en lugar de rebelarse contra toda esa miseria, endose un sistema que no ha hecho otra cosa que crearla y, lo que es más grave, que ha convencido a medio país que no da más que para esto, es francamente triste.
Los países pueden tener la suerte de caer en manos de mejores o peores gobiernos, pero que la sociedad se resigne a una mediocridad gris, a una pobreza igualitaria como si eso fuera lo máximo a lo que pudieran aspirar, causa una enorme amargura.
Es más, hay países para los que esa mentalidad puede ser poco menos que natural. Sin recursos, pobres en su geografía y desafortunados en el reparto de la riqueza terrenal, han caído en esa mentalidad pobre y quedada poco menos que por el propio determinismo de la naturaleza.
Pero que la Argentina haya sido presa de esta mentalidad de mosquito es inconcebible. ¡Tan cócoro que parece el argentino y luego termina comiéndose el verso del primer demagogo que se le cruza en el camino, convenciéndolo de que su techo es bajo, que su horizonte son las salchichas y la mortadela!
Resulta francamente increíble que toda esa enjundia se haya canalizado hacia el rencor, la furia y la envidia y no hacia la creatividad productiva, hacia el respaldo de ideas que, desde el gobierno, le hubieran permitido crecer hasta donde llegaran sus sueños y no hasta donde ha decidido un Duce.
Ese contraste entre una personalidad aparentemente tan avasallante con un carácter colectivo que se parece tanto al de un rebaño, no deja de llamar la atención. ¿Cómo se  concilian estas dos realidades? ¿A dónde quedan esos brazos levantados, esos puños cerrados, esa aparente bravura, cuando alguien amaga con entregarle a cada argentino el destino de su vida en sus manos?
La historia demuestra que los argentinos (o una mayoría electoral aun decisiva) rechaza con fuerza la invitación. Ni siquiera tolera que alguien lo insinúe. Le escapa a ese diseño social como si fuera una peste. Desconoce los orígenes de sus abuelos, de sus antepasados y reclama un "papá", un Duce que les de seguridades. Olvida con todas sus fuerzas la única seguridad con la que llegaron aquí aquellos españoles, italianos, alemanes, daneses y todos "los que de buena voluntad quisieron habitar el suelo argentino": la seguridad de que nadie le quitaría el fruto de su trabajo.
Hoy despotrica contra el mínimo no imponible del impuesto a la ganancias, pero no advierte que esa es la contracara de haber dejado levantar un Estado elefantiásico  que le pisa la cabeza con los impuestos, que le saca "el fruto de su trabajo" para mantener la estructura que él mismo reclamó para que lo protegiera. ¡Este es el precio de la protección, hermanito...! Violín en bolsa, ahora.
¿Dónde está el alma grande de los argentinos?, ¿dónde quedó ese espíritu emprendedor que toda América Latina admiraba?, ¿adónde fue a parar ese sentido de la libertad individual que le permitió encaramarse entre los primeros países de la Tierra?
Ahora las especulaciones políticas vuelven a girar, con miras a las próximas elecciones, alrededor de esas mismas bajezas. Las encuestadoras y los especialistas en sociología política dicen que el gobierno ganará si logra meter más billetes en los bolsillos de los incautos argentinos que creen que esos papeles pintados son dinero.
Llama la atención que haya pasado todo este tiempo y hayamos tenido -y sigamos teniendo- delante de los ojos tantas evidencias y no nos demos cuenta.
Alberdi, el padre de la Constitución, describía los años de la Colonia y los de la Anarquía posterior a la Independencia, como un tiempo gobernado por un apabullante "pauperismo mental"; por una abulia y una apatía generalizadas provocadas por el sistema legal heredado de la Casa de Contratación de Sevilla, que, para su propio beneficio, aspiraba a mantener a estas tierras asiladas del resto del mundo y solo conectadas a ella para explotarlas al mismo tiempo que les decía que las protegía porque por sí mismas "no daban para más".
Ese quedantismo ha regresado; se ha apoderado del corazón social y nos está entregando este horizonte de miserias. Las palabras del himno: "libertad, libertad, libertad" y "al gran pueblo argentino, salud" se han devaluado en una proporción mucho más profunda que nuestra moneda. Más profunda y más preocupante, porque la devaluación montería tiene a mano remedios técnicos. Pero dudo que existan esas formulas para la devaluación del alma.
 

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