España: el estrellato de los “outsiders”
Alvaro Vargas Llosa
Director del Center for Global Prosperity, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Desde hace algunos días es común en España ver desfilar por los pasillos de la alta política a una serie de personajes que, por definición propia, nada tienen que ver con la política. Al menos, no con la política como la han entendido los políticos desde tiempos remotos. Se trata de lo que suelen llamarse “outsiders” (va siendo hora de que la lengua española nos brinde una buena traducción), es decir “antipolíticos” o representantes de ciudadanos sublevados contra el elenco estable de su vida política.

Todos ellos llevaban haciendo ruido algún tiempo, algunos muy poco, pero han sido las elecciones autonómicas y municipales celebradas hace un par de semanas las que les han extendido el certificado de ciudad. Son la contracara del hecho central de esas elecciones y, según lo que ellas anuncian, de los comicios generales que tendrán lugar en algún momento entre octubre y diciembre de este año. Me refiero al fin de la España dominada por dos grandes fuerzas, una de centroizquierda y la otra de centroderecha, desde la transición a la democracia.

El dato clave es que el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español no sumaron más del 52 por ciento de los votos. En 2011 habían sumado 65 por ciento, cifra alta en un país donde los regionalismos/nacionalismos no permiten a los partidos dominantes obtener un porcentaje tan aplastante como en otros países europeos. El gobernante PP pierde más de dos millones y medio de votos y el socialismo opositor, más de 675 mil. Dado que el partido de centroderecha había obtenido mayoría absoluta en las generales y en muchas autonomías en los comicios anteriores, ha sido claramente el más golpeado por el ánimo iconoclasta que ha hecho blanco en los partidos tradicionales. Pero no es un dato menos impactante que el gran partido de oposición pierda una buena cantidad de votos en unas elecciones en que, precisamente porque es adversario del gobierno, debería haber abultado su caudal electoral. Especialmente si el electorado ardía de deseos de propinar un castigo al gobierno.

Que la diferencia entre el PP (27 por ciento) y el PSOE (25 por ciento) haya sido relativamente pequeña tiene algo de justicia poética: la España de las urnas ha querido “igualar” en la derrota a los principales vencidos. Los rechazamos por igual, han querido decir. Esto, claro, admite una lectura distinta si el análisis se centra en municipios y autonomías específicas en lugar del voto nacional, pues el PP saca una ventaja al PSOE como partido más votado y en ciertas circunscripciones significativas su ventaja frente al socialismo no es menor. Pero en voto popular a escala nacional los hermana un pobrísimo resultado.

Las “estrellas” de la hora son dos pero podrían ser más porque los “outsiders” locales en distintos lugares no han sido necesariamente gente umbilicalmente ligada a las dos fuerzas en ascenso: Podemos y Ciudadanos. Ambas agrupaciones -la primera de las cuales sólo es partido desde el año pasado y la segunda, aunque lo era desde 2006, tiene menos de un año de convertida en agrupación de alcance nacional- han entrado en todos los parlamentos autonómicos y han contribuido a evitar que el PP mantenga la mayoría absoluta en todas las autonomías donde la obtuvo la vez anterior. En tres autonomías -Valencia, Aragón y Baleares- han reducido al partido gobernante a una condición que le impide formar mayoría incluso pactando con los “outsiders” de centroderecha.

Por si esto fuera poco, en Madrid y Barcelona las alcaldías acabarán muy probablemente en manos de dos mujeres “outsiders” vinculadas a Podemos.

Dada la naturaleza regional y local de los comicios, este efecto es desproporcionado en comparación con el porcentaje de votos obtenido por Podemos y por Ciudadanos. El segundo sólo consiguió 6,5 por ciento del voto municipal y sus mejores resultados autonómicos se movieron entre el siete y el nueve por ciento. En el caso de Podemos, el porcentaje fue mayor -20 en Aragón, 19 en Asturias, 18,5 en Madrid, y entre 11 y 15 por ciento en otras- pero no se situó a la altura de las dos fuerzas tradicionales. Sea como fuere, puede decirse que en líneas generales uno de cada cinco votantes apostó por una de las dos corrientes de la “antipolítica”, lo cual prefigura una fragmentación sin precedentes en las elecciones generales y un rediseño de la política de partidos casi 40 años después de la transición a la democracia.

Las dos cabezas más visibles, Pablo Iglesias, de Podemos, y Albert Rivera, de Ciudadanos, han alcanzado súbitamente la respetabilidad: los invitan a negociar los grandes líderes y partidos tradicionales porque sin ellos no es posible formar gobierno. Rivera, cuyo partido, de raíz catalana, viene de la izquierda pero hoy es percibido como de centroderecha en temas económicos y liberal en asuntos morales, negocia tanto con el Partido Popular como con el socialismo. Iglesias, que tiene casi la misma edad que Rivera y proviene de las Juventudes Comunistas y tuvo simpatías por el chavismo durante muchos años aunque hoy abraza la “socialdemocracia”, negocia sólo con el PSOE. No está claro qué va a ocurrir, es decir quién va a pactar con quién, pero una cosa sí parece definitiva: se ha esfumado la posibilidad de una gran coalición “a la alemana” entre el Partido Popular y el PSOE para defender el sistema ante la posibilidad de una desnaturalización de la democracia en el caso de que Podemos acceda al poder en alianza con el socialismo.

Tanto Podemos como Ciudadanos están operando ya un efecto en los viejos partidos. “Creemos que el PSOE está cambiando” ha dicho Iglesias, atribuyéndose la responsabilidad de ello por haber forzado al socialismo, so pena de perder todos sus votos, a modificar ciertas posturas. Por su parte, Rivera ha dicho que los cambios que se están realizando en el Partido Popular de Madrid, especialmente las dimisiones de dirigentes cuestionadas con cargos en el gobierno de la Comunidad, “son fruto de nuestras condiciones”.

La significación de esto no está en los hechos que mueven a estos “outsiders” a atribuirse el cambio que creen ver en los partidos contra los cuales han irrumpido, sino en que tanto el PP como el PSOE están multiplicando los gestos para dar a Iglesias y a Rivera la suficiente cobertura política de cara a sus electorados respectivos a fin de que pacten con los tradicionales. Esto importa porque dice mucho respecto de las elecciones que están por venir: las que decidirán en pocos meses si Rajoy sigue al frente del gobierno o un “frente popular” de socialistas y Podemos lo tumba. Dicho en cristiano: los “outsiders”, que suman no más de un 20 por ciento del país, dictan hoy la agenda a los dos partidos que suman ligeramente más de 50 por ciento.

Hace algunos meses tuve ocasión de sostener un largo diálogo en privado con algunos ministros de Rajoy sobre las elecciones que se venían. La opinión de ellos era que la mejoría económica se encargaría de evitar el tsunami de los “outsiders” y de mantener al PP en el poder. Esa mejoría es real. El crecimiento del primer trimestre de 2015 equivale, en términos anualizados, a 2,7 por ciento, lo que para la España moribunda de los últimos cinco o seis años es notable. Ellos calculaban que se crearían entre 800 mil y un millón de nuevos empleos desde entonces hasta los comicios generales y que ese factor sofocaría el incendio que amenaza con devorar a la clase política.

Era una percepción errada porque lo que sucede hoy en España no depende de la economía. Tenían razón estos ministros en una cosa: gracias a que la economía ha retomado cierto impulso, las cosas no son peores para el partido del gobierno. Pero se les escapa el dato esencial: el divorcio emocional entre los votantes y sus representantes. Un divorcio que de aquí a las generales no se revertirá.

Hoy sabemos, gracias las elecciones que acaban de tener lugar, que el fenómeno es lo bastante profundo como para que resulte extraordinariamente difícil que Rajoy pueda ganar los comicios generales. La razón es que la corrupción y la respuesta insuficientemente creíble a la vertiginosa sucesión de escándalos éticos por parte del Partido Popular ha elevado a alturas estratosféricas la valla de la confianza.

Esto no sería definitivo si el único grupo de los “outsiders” con el que le resulta posible al gobierno pactar, es decir Ciudadanos, tuviera un caudal electoral  bastante mayor. En ese caso, aun con un resultado mediocre en las generales, al Partido Popular le bastarían algunos gestos para convencer a Rivera de que es buen negocio asociarse con el gobierno. Pero, a pesar del salto notable que ha dado al convertirse en una fuerza de alcance nacional, Ciudadanos no parece estar en condiciones de lograr una masa crítica que le confiera el poder de mantener a Rajoy -a un cierto precio- en La Moncloa.

Todo lo anterior conduce a una conclusión: a menos que se produzca una modificación sustancial del escenario, las dos opciones entre las cuales se mueve la España de los próximos meses y años son estas: un gran acuerdo entre el Partido Popular y el PSOE o un “frente popular” entre los socialistas y Podemos. Sólo una dirigente del Partido Popular parece haber intuido esto: Esperanza Aguirre, ex presidenta de la Comunidad de Madrid, quien ha pedido al socialismo negociar con su partido un acuerdo para el Ayuntamiento de Madrid a fin de impedir el ascenso de Podemos. Su propuesta tiene -como todo lo que viene de su boca- un alcance nacional. Algunos líderes de su partido apoyaron tímidamente esta propuesta, pero al ver la respuesta agresiva de los socialistas -y la falta de entusiasmo de otros conservadores o liberales- la han dejado morir. O eso parece. En cualquier caso, Pedro Sánchez, el líder del PSOE, ha dicho a Podemos -según Iglesias, convertido en su improbable portavoz- que no pactará con Rajoy.

Todo indica, pues, que, de traducirse el resultado de las municipales y autonómicas en un escenario similar en las generales, el PSOE y Podemos tendrán las mayores opciones de formar gobierno. Ello, en el preciso instante en que España empieza a recuperar algo de lozanía económica gracias a reformas que tanto el PSOE como Podemos repudiaron en su día.

Mientras tanto, los “outsiders” van aprendiendo a hacer política a espaldas de sus electores, es decir en habitaciones llenas de humo, como reza el dicho (aunque ya no haya tanto humo en ellas como antaño). Pronto surgirán, imagina uno, en este juego de cajas chinas en el que cada una contiene a otra más pequeña, nuevos “outsiders” que, indignados por la rápida metamorfosis de los anteriores en políticos tradicionales, tendrán también su lugar bajo el sol.

La descomposición política tiene, por cierto, un gran culpable: los propios partidos. Que el público dé palos de ciego electorales no es sino consecuencia de la corrupción, de la escasa capacidad de conducción y de la poca lucidez sobre los problemas reales de España de muchos de sus principales dirigentes.

 

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