El disparate de la publicidad estatal
Gabriel Gasave
Director, Economía de Mercado, Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


En Argentina, un fallo de la Corte Suprema de 2007 consideró a la asignación arbitraria de la publicidad estatal como un ataque a la libertad de prensa. Al margen de la discrecionalidad y el amiguismo que desde siempre ha impregnado a la relación entre el Estado y muchos medios de comunicación, resulta oportuno reflexionar sobre la naturaleza misma de esa reiterada costumbre de auto alabarse con nuestros recursos que tienen los funcionarios públicos.

Resulta imposible escapar de ellas, están por todas partes. Dondequiera que vamos nos topamos con algún slogan institucionalizado o alguna campaña gubernamental. Cualquiera sea la edad del lector, si cierra sus ojos y se concentra levemente podrá relacionar algún momento de su vida con un ejemplo de esta suerte de prosa burocratizada.

A los que cuentan con algunos años encima, les resultará difícil olvidarse de frases tales como “En la Argentina, los únicos privilegiados son los niños”, en boga hasta el hartazgo durante la tiranía de Juan Perón. Por supuesto que la afirmación era a todas luces verás, sí tenemos en cuenta que a las criaturas, por su inocencia, les era imposible comprender cabalmente los negros acontecimientos que vivía por entonces el país, lo que de por sí constituía realmente todo un privilegio.

Otra pieza de antología de aquellos años cuarenta, fue la tristemente célebre frase de “Para un argentino, no hay nada mejor que otro argentino”, fiel expresión del patrioterismo y del racismo imbécil imperantes, y precursora de una versión más “light” varias décadas después, que proponía “Primero lo nuestro, Argentina nos espera”. Resulta realmente irónico que el tirano que hiciera suya la primera de ellas, eligiera tierras extranjeras para radicarse y depositar la cuantiosa fortuna rapiñada, del mismo modo que los funcionarios que pregonaban la segunda, acto seguido partían a descansar en balnearios uruguayos.

A los un poco más jóvenes, la fecundidad imaginativa de los burócratas tampoco los desatendió. La memorable “Argentina potencia” quedará grabada por siempre en la memoria como símbolo de haber hecho todo lo que era realmente necesario hacer para que la misma no se cumpliese. Las reparticiones públicas que prestan servicios, mal llamadas “empresas estatales”, también aportaron lo suyo: “Cómprele al país” sugería la publicidad de YPF tiempo atrás, la que aparentemente no tuvo mucho “gancho” visto los cuantiosos déficits operativos de la petrolera, lo que denota evidentemente que todo el que compra, exige a cambio algo más que aire.

Mención aparte merecen las campañas tendientes a frenar la evasión impositiva. “No deje que le roben” es una afirmación que en boca de un ladrón puede sin duda tener efectos negativos respecto de sus objetivos. En el caso del Estado, si los destinatarios son individuos con un mínimo de sentido común, tal expresión constituye toda una invitación a la evasión tributaria, dado que, cuando contra nuestra voluntad nos arrebatan parte del fruto de nuestro trabajo-es decir parte de nuestras vidas- sin darnos nada a cambio, ¿acaso no nos están robando?.

No es mi intención cansarlo con el recuerdo de ejemplos que seguramente ha padecido sobradamente. Simplemente le propongo que reflexione acerca de lo siguiente: ¿Qué diría Ud. si un empleado suyo, dedicara parte de la jornada laboral por la cual le está pagando, para convencerlo de lo bien que está desempeñando su tarea o cómo su vida será más grata y placentera gracias a su intervención?. Seguramente, consideraría que el individuo se está burlando y malgastando sus escasos recursos. Pues, esto es lo que precisamente hacen los gobiernos cuando emplean cuantiosos presupuestos en campañas públicas que tienen por objeto decirle qué es lo mejor para Ud. y cuán beneficiosa es su tarea en aras de esa fantasía denominada “bien común”.

El gobierno debe ser un árbitro que proteja nuestros derechos, poniendo límites cuando nuestro actuar invade la libertad de nuestros semejantes. Por eso carece de sentido, y constituye una burla a la ciudadanía, emplear fondos públicos con el objeto de orientar la conducta de los habitantes, cuando no para enaltecer su propio desempeño.

En momentos como los actuales, de pleno frenesí pre-electoral, es curioso como los políticos que hoy alaban la inteligencia y aptitudes de sus potenciales votantes, al asumir cada uno de ellos sus respectivos cargos, desprecian todo vestigio de discernimiento del ciudadano y, mediante fondos que a éstos les arrebatan por la fuerza, intentan dirigirles la vida y mostrarles el que ellos consideran es el “camino a la felicidad”.

“Argentina, un país en serio” rezaba un eslogan de campaña tiempo atrás. Seguramente ha de haber un error. Al parecer están confundiendo a la seriedad con un estado de luto permanente ante la desaparición de la inteligencia, la honradez intelectual y el sentido común.



 

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