El desempleo y los inmigrantes ilegales
Nicolás Turdo
Estudiante de Relaciones Internacionales. Músico. Y, principalmente, admirador, pensador y difusor de las ideas liberales. 


En una extravagante pero habitual frase pronunciada por buena parte de los gobiernos del planeta, estos se atribuyen en su gestión la “creación” de cierto número de empleos o nuevos empleos para demostrar lo exitosos que han sido dilapidando los recursos de los ciudadanos. La realidad es muy otra: es el sector privado (y sólo el sector privado) quien crea nuevas fuentes laborales.

En este contexto, es interesante analizar en particular el fenómeno del empleo (o desempleo) de los inmigrantes ilegales, es decir de aquellos quienes residiendo en un determinado país no se ajustan a las generalmente muy restrictivas leyes que restringen un derecho tan elemental como la libre migración interfronteras. Bien dice Mises en el capítulo Armonía y conflicto de intereses de su monumental Acción Humana que bajo una economía de mercado libre “las fronteras políticas se transforman en meras rayas trazadas sobre los mapas……[no habrá] ni barreras ni cortapisas de ningún género [que] perturben la libre movilidad del capital, del trabajo y de las mercancías….ni leyes, jueces ni funcionarios  [que] discriminen contra individuo ni grupo alguno, ya sea nacional o extranjero”.

Pues bien, a pesar del enorme abanico de trabas y regulaciones que los gobiernos se empecinan en instrumentar, cabe preguntarse el porqué no existe una “tasa de desempleo de inmigrantes ilegales”, sino que el desempleo se da solamente en los individuos que trabajan bajo la lupa de los entes reguladores estatales. Vale la pena recordar las palabras de Hans Sennholz, destacado escritor y conferencista sobre temas de economía y política y problemas monetarios, quien fue jefe del departamento de Economía del Grove City College, de Pennsylvania: “El desempleo es un fenómeno de costos. Siempre hay trabajo para alguien cuya productividad exceda los costos de su empleo. Y la desocupación esta aguardando a cualquiera cuyos costos sean superiores a su utilidad. Esta es la verdad, tanto se trate de un ciudadano nativo como de un extranjero”.

Por otro lado, y complementariamente a lo que venimos expresando, es sabido que el salario no es sino un precio más expresado en una sociedad libre que, como tal, se rige también por la oferta y demanda. En consecuencia, cual será el nivel salarial de un nativo o de un inmigrante estará dado, en última instancia, por la estructura de capital del país en cuestión. Es conocido el ejemplo del peluquero de California que, con los mismos peines, tijeras y técnicas que su colega de Haití, ganará un salario 10 veces mayor que el de éste.

Veámoslo en un ejemplo empírico que relaciona ambos aspectos, la inmigración y la inversión por trabajador: ¿Acaso el americano Bradley encontraría empleo más fácilmente en un rancho en Dallas, Texas, ocupando la vacante libre que fue dejada por el sudamericano Carlos al haber sido arrestado y deportado? El punto para resolver el interrogante es que a Bradley, debido a la política intervencionista gubernamental de salarios mínimos, hay que pagarle US$ 7,25 p/hora de salario mínimo, mientras que la utilidad o el valor de su trabajo puede llegar a ser, eventualmente, de solo US$ 2. La respuesta a la incógnita es entonces un rotundo ¡NO!
Lo que quiere decir que echarlos intempestivamente de su trabajo y deportarlo de sus países de residencia de nada servirá para disminuir las tasas de desempleo, puesto que de ninguna manera los nativos ocuparían esos nuevos espacios libres, por lo anteriormente descripto.
En el caso de EE.UU., hoy en día según el Center for Immigration Studies hay 12 millones de inmigrantes ilegales, pero como ya sabemos su expulsión no garantizaría puestos de trabajo para los americanos, ni bajaría su actual tasa de desempleo de  5,5% a cero.

Otro aspecto más que conocido es que generalmente los inmigrantes ilegales prestan servicios en las áreas más difíciles de controlar por los organismos gubernamentales y que, por otra parte, son tareas normalmente desechadas por los nativos.

En un mundo tan globalizado como el de hoy, es imposible contener la fluctuación de personas que entran y salen de los países con leyes o reglamentos. La clave está en dar más libertad el libre movimiento de hombres y mujeres y más aún al trabajo que pueden llegar a realizar en los lugares donde posen sus pies. Debemos bregar para que, hoy en día, se vuelva a hacer realidad lo que era habitual en, por ejemplo, los finales del siglo XIX y principios del XX: una casi absoluta libertad de movimientos de la fuerza laboral entre los países que permitió, entre otros factores, el impresionante desarrollo de naciones como EE.UU.



Publicado en Cato Institute.
 

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