Un nuevo Mercosur es posible
Gretel Ledo
Es abogada y politóloga. Analista internacional y asesora parlamentaria en cuestiones de relaciones exteriores.


Caminar o correr contra la corriente implica de por sí llevar a cuestas un peso magnánimo. Decidimos a cada instante de nuestras vidas, aun en las cosas más rutinarias y cotidianas. Nuestras acciones determinan decisiones tomadas en el campo de la mente y las emociones. El precio a pagar es sublime, pero el resultado sin duda lo vale.

En este plan pueden existir altibajos mentales, estadios de duda, pero jamás de incredulidad. Se trata simplemente de una batalla entre creer o no creer. La decisión es nuestra. Una vez que nos aferramos a ella, que la abrazamos de todo corazón, nada ni nadie nos impide perseguirla hasta alcanzarla.

Argentina está transitando una senda en el proceso de integración regional signada por avances lentos pero firmes. A pesar de ello y en el mismo andar, aún brillan los destellos intergubernamentales. Los distintos porcentuales de aportes destinados al Fondo para la Convergencia Estructural del Mercosur (Focem) denotan puertas afuera una integración pari passu, aunque las desigualdades en el tratamiento del arancel externo común (AEC) claramente reflejan la fragilidad de un andamiaje normativo no sustentable.

La decisión 22/15 adoptada por el Consejo del Mercado Común establece un monto anual de contribuciones de los Estados parte al Focem de 127 millones de dólares, de los cuales Argentina aporta 27 millones, Brasil 70, Paraguay 1 millón, Uruguay 2 millones y Venezuela 27. La distribución se realiza bajo los criterios de promoción de convergencia estructural, desarrollo de competitividad y fortalecimiento de la cohesión social, en particular en lo correspondiente a economías menores. Así, Paraguay recibe el 43,65 %, Uruguay 29,05 %, Argentina, Brasil y Venezuela 9,1 %, respectivamente.

El punto álgido está dado por la gran cantidad de excepciones al AEC, lo que nos lleva a calificar al Mercosur como una unión aduanera imperfecta. Para el sector azucarero y automotriz aún no existe una política comunitaria, sino que se encuentran sujetos a un régimen tributario propio conforme a lo estipulado en cada Estado parte.

Entre la espada y la pared, entre los deseos de los máximos jefes de Gobierno y los reales intereses económicos en juego, pende de un hilo una estructura que pide a gritos sinceridad.

Es tiempo de dejar a un lado los discursos y las nuevas expresiones de deseos. ¿Por qué no resaltar las singularidades productivas de cada nación en el Mercosur bajo el paraguas de la complementariedad en vez de la competitividad entre los Estados, en pos de consolidar un genuino bloque regional?

La inflación creciente en Brasil está afectando al Mercosur, mientras que Bolivia aún estudia condiciones para entrar en la Unión, luego de haber suscrito el pasado 17 de julio el Protocolo de Adhesión como miembro pleno. Priman los intereses individuales. No se piensa como bloque a nivel estratégico, más bien bajo un proteccionismo a ultranza: cómo no perjudicarse a sí mismos, cuando la mayor potencialidad opera en la unidad.

Pese a los avances, el proceso de integración regional actual adolece de democratización en su misma esencia considerando el tinte intergubernamental del proyecto de integración del Mercosur. Es decir, en última instancia, son siempre los Estados parte quienes conservan la última ratio en materia de decisiones soberanas en todos los campos centrales de las políticas de Estado. Existe un desequilibrio estructural en la construcción del bloque entre los mismos países. Asimismo, prima el criterio del decisionismo, lo que no contribuye a la construcción de institucionalidad común. Observamos ausencia de supranacionalidad en el trazado de políticas de Estado comunes a nivel regional.

La voluntad política de cada uno de los Estados parte resulta esencial para dar avance efectivo a la integración regional. La ausencia de una agenda unificada que trace políticas aplicables a la región, sumada a la inexistencia de una ciudadanía mercosureña, dan cuenta de una identidad regional aún no construida.

Los dilemas identitarios se sobrepasan con decisiones firmes bajo única creencia de validez denominada comunidad de valores regionales cimentados en la supranacionalidad.


Publicado originalmente en INFOBAE.
 

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