El drama de Egipto: dictadura o totalitarismo
Mauricio Rojas
Mauricio Rojas es profesor adjunto en la Universidad de Lund en Suecia y miembro de la Junta Académica de la Fundación para el Progreso (Chile).


El golpe de estado egipcio nos pone ante una terrible disyuntiva: dictadura militar o totalitarismo islamista. Esa es la cuestión, y es vano tratar de endulzar esta amarga realidad hablando de "golpe democrático" o queriendo creer que la casta militar egipcia se hubiese vuelto liberal. No estamos frente a una nueva primavera árabe, sino ante un triste invierno que mata las desmedidas ilusiones que pudimos hacernos sobre un salto casi milagroso del mundo árabe (o islámico en general) a la sociedad abierta.

Ahora bien, establezcamos algunas premisas para poder razonar sobre esta sórdida disyuntiva. Cabe, ante todo, dejar sentado que ninguna dictadura es mejor que una democracia, y que tanto las dictaduras como los totalitarismos son absolutamente condenables desde una perspectiva liberal. Pero esto no significa que sean lo mismo. Todo régimen totalitario es una dictadura, pero no todas las dictaduras son totalitarias. La diferencia es grande: el totalitarismo busca la destrucción de todo espacio de libertad, trata de avasallar incluso el mundo interior de las personas. Socializar las mentes imponiendo una determinada visión del mundo es, como Hitler decía, el objetivo del totalitarismo. Se trata de la dominación plena del individuo, mientras que las dictaduras no totalitarias se conforman con diversas formas de dominación parcial y pueden por ello permitir ciertos ámbitos de libertad.

Esta diferencia hace perfectamente entendible el júbilo expresado en la plaza Tahrir por quienes quieren una sociedad libre y democrática. Su opción no era entre democracia y dictadura, sino entre dictadura y totalitarismo. Para otros, se trataba simplemente de poner fin al desgobierno, la violencia cotidiana y el caos económico. Recordar esto es importante para no confundir el sentido de ese júbilo: no era por la dictadura militar sino contra la amenaza totalitaria y el desgobierno de los Hermanos Musulmanes.

Algunos dirán que el régimen islamista era legítimo por haber sido elegido por una mayoría del pueblo egipcio. Sin embargo, esta legitimidad electoral indiscutible no justifica cualquier forma de ejercicio del poder ni lo convierte en un régimen democrático. No hay que olvidar que existe una incompatibilidad absoluta entre islamismo y democracia: para los islamistas la soberanía no es del pueblo sino de Alá y está plasmada en el Corán. Por ello, el grito de guerra de los Hermanos Musulmanes reza así: "El Corán es nuestra Constitución, el profeta Mahoma es nuestro líder la yihad es nuestro camino".

Algo así ocurrió en la Alemania de los años 30 y nos recuerda que también las mayorías pueden optar por el liberticidio.
 

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