Unos llegan y otros se van. La vida sigue igual
Ricardo Valenzuela


Cada año, más o menos por estas fechas, las diferentes castas incrustadas en el "club del manoteyo mexicano" ansiosamente esperan que gobierno federal devele la receta para el reparto, el presupuesto. Al recibir esa información, de inmediato inician el cabildeo y así lograr posiciones estratégicas para cuando se quiebre la piñata.
 
Hace unos días tuve la oportunidad de leer un artículo autoría de Carlos Elizondo Mayer titulado; "¿A quién beneficia el presupuesto?", para Lugo pasar a un análisis del tema. Pero yo le puedo responder con una sola frase; "a los políticos". El presupuesto es la confirmación más clara de lo expuesto por Buchanan y Tullock en la teoría, "The Public Choice." El interés más importante de los políticos son ellos mismos y la mejor herramienta a su alcance, es esa, el presupuesto. De ahí manotean, venden favores, compran casas blancas, viajan por el mundo, adquieren caballos finos, compran impunidad.
 
Hace algunos años James Buchanan le hizo una visita a su socio, Gordon Tullock, en la Universidad de Arizona donde residía antes de partir a George Mason. En una comida donde discutíamos los conceptos del "Public Choice", alguien le preguntó si su teoría era aplicable en América Latina. El laureado economista responde; "por supuesto. AL ha estado en las garras de grupitos que se reparten los dulces a su conveniencia. Los gobiernos de AL tienen, por lo menos, de 300 a 400% exceso de burócratas de lo que realmente requiere un gobierno eficaz para servir a sus ciudadanos".
 
En México, después de haber logrado la alternancia, pensamos teníamos frente a nosotros la oportunidad de finalmente construir nuestro gobierno sobre verdaderas bases morales y constitucionales. Estaba tan a la mano. Pero luego de 15 años de frustraciones y decepciones, no hemos cumplido con la tarea y nuestro país, como el burro de la noria, continua dando vueltas para regresar a lo mismo.
 
Thomas Paine escribió: “El gobierno, aun en su mejor forma, no deja de ser un mal necesario; en su peor forma, es algo realmente intolerable.” Paine entendía que la esencia del gobierno es la coerción. Sin embargo, necesitamos el gobierno y sus coercitivos poderes para proteger nuestros derechos naturales a la vida, libertad, y propiedad. La protección de esos derechos es la función moral y legitima del gobierno en una sociedad libre. Pero como Thomas Jefferson advirtió: “El progreso natural de las cosas es que los gobiernos invadan más  terreno, mientras se pierde la libertad de sus ciudadanos.”
 
Jefferson tenía razón. Hoy día al mexicano común los gobiernos federales, estatales y municipales le arrebatan el 50% de sus ingresos. El trabajador siempre ha sido obligado a pertenecer a los sindicatos controlados por el gobierno, votar por el partido que controla el sindicato. Las empresas, entre impuestos, seguro social, infonavit, reparto de utilidades, mordidas, inflaciones, devaluaciones, no les queda remanente para seguir operando y expandirse. Además, hay muy pocas cosas que una persona puede hacer que no esté regulada por algún acuerdo gubernamental, sea al iniciar una nueva empresa, manejar un automóvil, importar, exportar, contratar los servicios de un jardinero, una recamarera, y muchas otras actividades diarias que solían ser consideradas privadas y personales.
 
Es muy fácil el culpar a los políticos por el crecimiento de nuestro opresivo gobierno. No hay duda que merecen parte de la culpa por no haber sido estadistas, por no haber respetado nuestra constitución y, sobre todo, por haber saqueado las arcas de los gobiernos. Sin embargo, la mayor parte de esa culpa pertenece a los mexicanos y es hora de aceptarla. Los políticos hacen lo que nosotros les pedimos a través de elegirlos. Hemos permitido a los políticos “operar” cuando nos han prometido expropiar lo que pertenece a algunos mexicanos para dárselo a otros que no les pertenece. O los elegimos para dar privilegios a ciertos ciudadanos que se les niegan a otros. 
 
Los programas de asistencia social son un buen ejemplo. El gobierno, a través de impuestos, arrebata el fruto del trabajo de muchos mexicanos para dárselo a otros. Pero hay muchos otros ejemplos: los subsidios a diferentes actividades económicas, apoyos especiales para el campo que tanto gritan nuestros “luchadores sociales,” los rescates de los bancos cuando, por su ineptitud, se meten en problemas, los rescates de los ahorradores estafados por léperos profesionales, los borrones y cuentas nuevas de las deudas de los ejidatarios etc., etc. Está comprobado que más de la mitad del presupuesto federal tradicionalmente es aplicado a este tipo de programas que, sin lugar a dudas, llenan las características de robo legalizado---puesto que ese no es dinero del gobierno, es nuestro.  
 
Después tenemos los privilegios especiales: El gobierno le dice a un agricultor  que puede sembrar trigo, pero a otros no se los permite. A unos les da agua y a otros no. Hay una serie de actividades que están exentas de impuestos, pero no todas. Le dice a un grupo especial que deberán recibir cheques de Procampo, pero el resto de los mexicanos, que no están en esa situación, definida por el gobierno, serán discriminados al quedar fuera del programa. El gobierno le dice a un determinado grupo de industrias ser las agraciadas para recibir préstamos subsidiados de parte de Bancomext, Nafinsa etc., dejando al resto de las actividades productivas a merced de los “agiotistas modernos.”
 
Un candidato que hiciera su lema de campaña el votar para que se autoricen los gastos solamente implícitos en la constitución, estaría firmando su suicidio político. Los mexicanos tradicionalmente hemos elegido a demagogos a quien no les importa las consecuencias de sus brillantes ideas a largo plazo y, al estar tan “preocupados por los pobres", no les importa confeccionar un presupuesto suicida, sin darse cuenta de que simplemente están generalizando la pobreza. 
 
Pero no importa, los políticos saben que pueden continuar en la senda del manoteo y no pasa nada. Ellos saben que en México no existe una sociedad civil vigorosa y comprometida. Saben que el mexicano no se templa a lo heroico, ni lo imita, ni lo ejemplifica, pues sigue siendo prisionero de la historia. Y la historia sigue repitiéndose.
 
Pues como afirmara Monroy. El mexicano es patriotero. Quema pólvora que produce ruido y luces para suplir gallardamente la ausencia de esa luz interior donde cualquier otro hombre pudiese ver el camino que forja una nación. Es patriotero de banderita en la solapa, de brindis y orgia so pretexto de alguna batalla ganada hace cien años. Por su patriotismo, no es capaz de ofrecer el gran sacrificio que su patria le reclama. Dejar de ser alguien que teje y reteje el hilo de su vida, con su inexpugnable enanismo espiritual.
 
Y en medio de este remolino, la vida sigue igual.
 

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