Democracia, república y ¿participación?
Rogelio López Guillemain

Autor del libro "La rebelión de los mansos", entre otras obras. Médico Cirujano. Especialista en Cirugía Plástica. Especialista en Cirugía General. Jefe del servicio de Quirófano del Hospital Domingo Funes, Córdoba. Director del Centro de Formación de Cirugía del Domingo Funes (reconocido por CONEAU). Productor y conductor de "Sucesos de nuestra historia" por radio sucesos, Córdoba.



La palabra “democracia” proviene del griego (δημοκρατία) y significa “gobierno del pueblo”.  Grecia no sólo fue la cuna de este vocablo, sino principalmente lo fue de su espíritu.
 
La democracia es un concepto plástico que ha ido mutando a lo largo de los tiempos; no en su esencia, sino en la consideración de quienes conforman el llamado“pueblo” que tendrá el poder soberano.
 
“Pueblo”, en lo cívico, es sinónimo de “ciudadano”.  En la Grecia antigua pocos eran los ciudadanos, sólo alcanzaban ese status los hijos varones de padre y madre griegos puros.  Apenas un puñado de los habitantes de entonces reunían esa condición.
 
La historia fue modificando e incluyendo a distintas sectores en este grupo, por ejemplo, los nacidos en el territorio aunque sus padres fuesen extranjeros,luego las mujeres y así se fue modificando esteuniverso hasta llegar por fin al que hoy está en condiciones de sufragar.
 
Democracia y demagogia han corrido parejas a lo largo de los tiempos y se han mezclado y confundido desde siempre.  Abraham Lincolndefinió a la demagogia como“la capacidad de vestir las ideas menores con las palabras mayores”.
 
El propio Aristóteles advertía de este mal enquistado en la forma de gobierno participativa, advertencia que han repetido un sin número de pensadores, como por ejemplo Ortega y Gasset en su “Rebelión de las Masas”.
 
Por su parte, Juan Bautista Alberdi decía: “El amor a la patria de nuestros demagogos, es como el de esos seductores que hacen madres a las niñas honestas, sincero como sensación, pero desastroso para el objeto amado”.
 
Lo cierto es que la demagogia es una herramienta con la que algunos desvirtúan la democracia y la conducen hacia uno de sus vicios, la oclocracia (gobierno de la muchedumbre).
 
Decía Thomas Jefferson:“La democracia no es más que el gobierno de las masas, donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%”.  Esta es una descripción dela antes mencionada oclocracia, el mal que actualmente padecemos.
 
La democracia, entendida exclusivamente como el gobierno de la mayoría, no es más que una forma de tiranía.  La declaración de los derechos humanos y del ciudadano, redactada en 1789 durante la revolución francesa, definió el contexto en que debe desenvolverse esta forma de gobierno para no desvirtuarse; por ello es tanto o más importante que la mismísima democracia.
 
El artículo 2 de la misma dice:“La finalidad de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre. Tales derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”.  Este artículo busca prevenir el ser sometido por la mayoría, miedo al queJeffersonhace referencia en su sentencia.
 
El espíritu de esta declaración de derechos es la que conforma el principio republicano.  Este principio tiene tres aspectos fundamentales:
 
1-   Fija la autoridad en la ley en lugar de en el hombre, por eso la justicia es ciega.
2-   Siguiendo este concepto, eleva a las instituciones y a las envestiduras sobre quienes ocupan los cargos.  Las despersonaliza.
3-   Fracciona el poder en tres partes (ejecutivo, legislativo y judicial), fracciones que se regulan y auditan entre sí.
 
La democracia es una forma de elegir la representación de los ciudadanos en el gobierno, pero el ser republicano asegura las reglas de convivencia, el respeto por el proyecto de vida del otro y el derecho de cada individuopor sobre el derecho colectivo y por sobre el propio estado.
 
La historia nos muestra un sin número de ejemplos de gobiernos democráticos que no fueron republicanos y avasallaron los derechos individuales.  Sólo traeré a referencia a Adolf Hitler, quien llegó al poder por el voto popular.
 
La democracia es la forma, la vida republicana es el fondo.  Sólo un gobierno republicano asegura el respeto de la minoría más pequeña que puede existir, esa minoría es el individuo, esa minoría es cada uno de nosotros.
 
Ahora bien, en 1983 hemos recuperado la democracia, pero ¿Qué ha pasado con la república?
 
La palabra república tiene su origen en el latín (res pública) y quiere decir, “cosa pública”.  Pero el problema con este concepto es que esta “cosa pública” no la sentimos propia, hecho patentizado en la frase “lo que es de todos no es de nadie”.
 
Desde los orígenes de nuestra patria, incluso antes, desde las invasiones inglesas; quienes eran ciudadanos de esta tierra se sentían dueños de ella.  Pero no dueños materiales sino dueños espirituales. 
 
Nuestros próceres y luego nuestros ancestros, sentían por nuestro país el orgullo y la responsabilidad que un padre puede sentir por un hijo y no eran argentinos una vez cada cuatro años durante un mundial de futbol; lo eran en cada latido, en cada bocanada de aire que le robaban a nuestro cielo.
 
He ahí el problema actual, hemos dejado de considerar propio a nuestro país, hemos dejado de considerar propia a nuestra república.  Antes decíamos “Mi País” ahora decimos “Nuestro País”.  Y cambiando esta palabrita diluimos “mi” deber en la multitud y en este cemento gris e indefinido regalamos nuestra virtud a los corruptos.
 
"Cuando los hombres honrados se van a su casa, los pillos entran en la de gobierno" aseguraba Sarmiento, mientras su contemporáneo Juan Bautista Alberdi decía: “Los que se abstienen de intervenir en la política de su país, pierden el derecho de quejarse que son despotizados, porque son ellos mismos que se dan el déspota de que se quejan.  La abstención de la vida política, lejos de probar buen juicio y sensatez, prueba imbecilidad, incuria, vicio y degradación”.
 
Estas advertencias que desoímos de nuestros próceres, no implican que todos debamos ser candidatos a presidente.
 
Nuestro país fue el lugar de esplendor que asombraba al mundo, gracias a la participación de gran parte de la población en lo que hoy se dan a llamar instituciones intermedias.
 
Los centros vecinales, los clubes de barrio, la iglesia y las bibliotecas, eran algunos de los espacios en los que las personas de bien, los ciudadanos de a pie, influían sobre sus semejantes; inculcando valores, principios, espíritu de superación, enalteciendo el esfuerzo, el honor, la honradez y la cultura del trabajo.
 
Hoy estos espacios se multiplican, sumándose a los anteriores las ONG, las fundaciones, asociaciones civiles y algunos medios virtuales que permiten aprendizajes y debates en internet.
 
El problema es que, quienes no buscamos beneficios económicos en estas actividades, ni pretendemos hacer carrera política, hemos abandonado estos espacios y se los hemos cedidos a quienes poco les interesa el futuro de nuestra patria.
 
Somos muchos los que aún creemos en la capacidad de pensar del hombre, en la capacidad de debatir y disentir en paz.  Los que aún creemos en la búsqueda de la verdad y nos negamos a aceptar sentencias inapelables.  Los que aún creemos en la cultura del mérito, en la superación personal, en el respeto al prójimo.
 
Estas creencias son peligrosas para quienes quieren someter a las personas, para quienes alientan a los jóvenes a exigir beneficios sin merecerlos, para quienes se mofan de los que se esfuerzan y desalientan a los que desean participar,de una u otra manera, en “la cosa pública”.
 
Shakespeare en su obra Julio Cesar ponía en boca del dictador esta sentencia “Rodéame de hombres gruesos, de poca cabeza y que de noche duerman bien. He allí a Casio, con su figura extenuada y hambrienta. ¡Piensa demasiado! ¡Semejantes hombres son peligrosos!...Lee mucho, es un gran observador y penetra admirablemente en los motivos de las acciones humanas”.  Así quiere el demagogo que seamos cada uno de nosotros.
 
Pero las mentes críticas y los espíritus libres no pueden ser sometidos, podrán ser censurados un tiempo, podrán ser perseguidos, insultados o menospreciados, pero nunca podrán ser vencidos, porque la razón y la libertad son principios que están más allá de la pequeñez de cualquier déspota.
 
Los espíritus libres no pueden ser derrotados, pero por desgracia renuncian, por desgracia se dan por vencidos y se entregan.El problema es que los ciudadanos de a pie están dormidos, se han dejado ganar por la desesperanza, por el conformismo.  Se autocensuran preguntándose “¿Qué puedo hacer yo solo contra todos los burócratas y corruptos?” y sin más se resignan, abandonando la lucha antes de emprenderla.
 
Depende de cada uno de nosotros mantener viva la llama de la virtud, del deber ser, de la tolerancia y del respeto.  Recordemos a George Bernard Shaw cuando pronunciaba“La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos”. Está en nuestras manos crecer, participar, comprometernos y merecernos una sociedad y un país mejor
 
Por eso, cuando hoy vuelvas a tu casa, parate frente al espejo y preguntate“si no soy yo ¿Quién? Si no es ahora ¿Cuándo?”.
 
 

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