La marea (in)humana
Alvaro Vargas Llosa
Director del Center for Global Prosperity, Independent Institute. Miembro del Consejo Internacional de Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Tuvieron que ser descubiertos los cadáveres de 71 migrantes en un camión en Austria y ahogarse un niño sirio de tres años en Turquía para que la conciencia universal despertara a una realidad que estaba allí pidiendo atención hacía mucho rato. Miles, millones de seres humanos que sobreviven en condiciones animales pugnan por instalarse en la civilización europea. Para tratar de facilitar la comprensión del laberíntico asunto de los refugiados, lo divido en lo que creo que son las principales “claves” de lo que está en juego.

Los sirios
Es cierto que hay migrantes de distintos países, entre ellos sirios, libios, afganos, algunos africanos magrebíes y subsaharianos, y otros de países balcánicos. Pero hay que hacer una distinción: lo que estamos viendo ahora no tiene que ver con los flujos migratorios normales. Estamos ante un desborde relacionado con las crisis políticas -de países en guerra, el principal de ellos Siria-. Por tanto no hablamos de migrantes económicos aunque la economía esté consustanciada con esta problemática, sino de seres que huyen para sobrevivir porque su vida está en peligro.
Lo que hoy sucede tiene que ver con las guerras de Siria y, en menor medida, Libia y Afganistán.
Los sirios son, con mucha diferencia, la nacionalidad “estrella” de esta marea (in)humana que durante muchos años se desplazó hacia los países de la región del conflicto, especialmente Turquía, Líbano y Jordania, pero que ahora, en vista de que esos países ya no pueden seguir acogiendo a más personas, avanza hacia Europa.
Unos cuatro millones de sirios han huido hacia Turquía, Líbano y Jordania en años recientes. Pero ahora hay un desborde. Los sirios han empezado a huir hacia Europa en el último año. Ellos y los refugiados que huyen de otros conflictos utilizan muchas vías pero principalmente aquellas que conducen a Grecia, Hungría e Italia, los tres países de la Unión Europea que han pasado a ser los principales, y muy angustiados, “receptores”.

¿Quién tiene la culpa?
También aquí conviene hacer una distinción crucial, en este caso entre responsabilidades y culpas.
Siria, Líbano y Afganistán sufren conflictos devastadores. En todos ellos, dictaduras vigentes o derrocadas y grupos terroristas que profesan el fundamentalismo islámico están en el centro del problema. En cuanto a las dictaduras: en el caso sirio, el bárbaro Bashar al-Assad está en el poder; en el de Libia, Muamar Gadafi fue derrocado por tribus rivales con apoyo internacional, y en el afgano los talibanes fueron expulsados por la invasión estadounidense con apoyo de otros países.
Todo lo que sucede hoy remite, antes que a cualquier otra cosa, a esos regímenes: es la secuela, la cadena de causas y efectos que nace en esos regímenes de distinta naturaleza (los talibanes eran fanáticos religiosos y Assad es más bien secular) pero de crueldad semejante.
Ahora bien: esos regímenes dieron origen a conflictos que involucraron a distintos actores a los que se puede atribuir responsabilidad en mayor o menor medida sin que tengan la “culpa” principal ni mucho menos. La intervención de las democracias liberales para destruir algunos gobiernos que eran fuente de agresiones y ataques terroristas contra Occidente indudablemente creó tantos problemas como los que solucionó. La historia con mayúsculas está hecha de actos bienintencionados que a veces tienen consecuencias imprevistas y nefastas. Una de ellas, en este caso, ha sido el surgimiento del Estado Islámico, que, bajo el liderazgo de al-Bagdadi, vino a llenar el vacío dejado por un Al-Qaeda muy debilitado por la guerra contra el terrorismo.
El Estado Islámico no es la única fuente de fanatismo violento, ni la única organización terrorista bien organizada y armada. Pero no hay duda de que sus conquistas en Irak y Siria, y su penetración impresionante en el Magreb y el Asia Central, así como en algunos otros países del Medio Oriente, ha hecho crecer exponencialmente el problema humanitario que ya existía.
El Estado Islámico compite con otras organizaciones islámicas por el control de ciertas zonas (los talibanes en Afganistán, varias tribus en Libia, grupos anti-Assad en Siria), del mismo modo que ellas rivalizan entre sí. Si añadimos a esto el conflicto que todas mantienen con los gobiernos de estos tres países, lo que tenemos son verdaderos campos de Agramante. El drama humanitario ha ido creciendo a medida que esta devastación expulsaba a millones de personas de sus casas. Unos 12 millones de sirios han huido.

¿Qué hace Europa?
Europa ha demostrado no estar preparada para lo sucedido, no haber previsto que millones de refugiados agolpados a las puertas del Viejo Continente representaban un potencial problema social para ella y no tener capacidad de respuesta inmediata. Durante semanas, unos guardaron silencio, otros anunciaron que no aceptarían a ningún refugiado, algunos ofrecieron acoger una cantidad simbólica de personas.
Ahora, con retraso, Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea, ha propuesto, apoyado en el respaldo de Alemania, Francia, Italia y España, un plan para distribuir a los refugiados en distintos países. Da un buen argumento -que los 500 mil que han llegado el último año son apenas el 0,11% de la población europea- pero el plan es insuficiente. En cualquier caso, consiste en tratar de desatorar la situación en los tres países “receptores” más afectados: Grecia, Hungría e Italia. Para ello, se prevé que los miembros de la unión, salvo tres países que tienen cláusulas de excepción en el tema de los refugiados -el Reino Unido, Dinamarca e Irlanda- acojan a un total de 160 mil personas a lo largo de dos años.
Esto refleja la falta de consenso en Europa, donde dos grupos de países se resisten a ser generosos con los refugiados. Un grupo lo constituyen los países de Europa Central/Oriental que fueron del bloque soviético, donde hay un fuerte sentimiento xenófobo que se ha traducido en algunos gobiernos, especialmente el de Hungría, alejados de los valores más liberales y civilizados. Viktor Orbán está haciendo erigir una verja de 170 kilómetros en la frontera con Serbia (los Balcanes han sido otra vía de acceso y fuente de personas en busca de refugio).
Otro grupo es el de quienes en un primer momento se resistieron a recibir a los refugiados pero que, ante la presión, han dado marcha atrás. Ellos aceptarán ahora cuotas más o menos pequeñas, o en todo caso muy alejadas de las necesarias ante esta crisis. Francia es uno de estos gobiernos. En el caso español, la negativa inicial a aceptar más de mil o dos mil ha dado pie a una actitud distinta: se prevé ahora que recibirá algo menos de 18 mil.
Un problema sintomático de la falta de previsión es que las normas han resultado irreales. En principio, los refugiados sólo pueden ser acogidos, en caso de ser aceptados, en el país por el que ingresan a Europa y donde quedan registrados. Alemania tuvo que forzar, en la práctica ya que no en las normas, que aún no han sido modificadas, un cambio para que miles de personas pudieran desplazarse a otro país -incluida, sobre todo, la propia Alemania.

Alemania, país líder
Aunque titubeó un poco durante unos días ante la embestida política y social que sufrió Europa al estallar la crisis, Alemania después se decidió a jugar el rol de líder que sólo ella está, por lo visto, en condiciones de cumplir. Lo hemos visto en todas las crisis recientes pero se confirma una vez más. Angela Merkel, a la que hay que elogiar sin reservas por lo que está haciendo, decidió tomar el toro por las astas y no sólo anunciar que acogerá a cientos de miles de sirios y refugiados de otras nacionalidades sino también empujar a los gobiernos europeos a hacer lo propio.
Sólo cuando Merkel hizo sentir a franceses, británicos, españoles, italianos y tantos otros el peso determinante de su país, Europa empezó a entender que un principio básico de civilización la obliga, a pesar de todas sus dificultades actuales, a hacerse cargo de un drama humano que nadie, salvo los europeos, puede resolver en el corto y mediano plazo. El plan que ha presentado Juncker es hijo del liderazgo alemán.

¿Y Estados Unidos?
En cierta forma puede decirse que el liderazgo alemán también ha movido a Estados Unidos. La reacción inicial de Washington, país que acoge en general a unos 70 mil refugiados todos los años, fue mirar a otro lado. Luego murmuró algo que no se entendió bien, hasta que el eco del liderazgo alemán en Europa sacudió la conciencia norteamericana.
Gracias a ello, el secretario de Estado, John Kerry, acaba de anunciar que tratará de que su país amplíe la cuota para que algunos miles de sirios puedan viajar a este país. ¿Qué significa “tratar”? Algo muy simple de acuerdo con el sistema estadounidense: la decisión la toma el Congreso y por tanto el papel de la Casa Blanca y el Departamento de Estado tiene límites. Todo dependerá de si Obama querrá jugársela.
En un texto interesante divulgado por el Cato Institute, Alex Nowrasteh sugiere que Estados Unidos abra los abrazos a muchos más sirios siguiendo el ejemplo de lo sucedido con el programa piloto del Consejo de Federaciones Judías y la Sociedad de Ayuda para los Inmigrantes Hebreos en 1990. El programa permitió reubicar en Estados Unidos a unos ocho mil judíos que huían de la URSS (en ese momento en proceso de desmoronamiento). La condición fue que el gobierno estadounidense no tuviera que financiar la acogida (es decir que los refugiados no tuvieran acceso a los subsidios del estado del bienestar). Las organizaciones privadas los recibieron y pronto se distribuyeron por el país con bastante éxito sin costo para el erario.
En el caso de los sirios, hay ya una comunidad de ese origen en Estados Unidos que tiene un promedio de ingreso per cápita superior al del estadounidense promedio nacido dentro de Estados Unidos. No sólo podría haber allí formas de financiar la acogida: la exitosa comunidad también representa un indicio del beneficio que podrían traer para Estados Unidos los refugiados sirios.
Francia acogió, tras la Guerra de Vietnam, a más de 100 mil vietnamitas de procedencia china que habían sido enviados al ostracismo por los comunistas que tomaron el poder. El Reino Unido acogió a grandes números de indios y paquistaníes en los años 50, 60 y 70. Con gran éxito.

El enemigo que ahora es amigo
La política occidental frente a lo que sucede ha estado caracterizada por el cambio continuo de estrategia. El mal manejo de las relaciones y la ayuda a la resistencia que luchaba contra Assad abrió espacios para que el Estado Islámico, que también se enfrentaba al dictador, se hiciera fuerte en Siria. Por tanto, ahora Estados Unidos y Europa se ven obligados a entenderse tácitamente con Assad, el carnicero sirio, para dedicar esfuerzos a combatir al Estado Islámico, cuyas acciones son vistas como fuente principal de la crisis humanitaria.
Assad, por supuesto, se frota las manos. Y de paso su gran aliado, Vladimir Putin.
 

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