Un diagnóstico de lo que sufre la economía de Haití
Mary O'Grady
Destacada columnista del Wall Street Journal.


La semana pasada, el secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, hizo una escala en Haití para expresar su apoyo a las elecciones presidenciales y a la segunda ronda de los comicios parlamentarios que el país celebrará el 25 de octubre. En medio de acusaciones de algunos miembros de la oposición de que los preparativos no han sido imparciales y llamados para cancelar la votación, Kerry instó a los haitianos a “unirse” para hacer que las elecciones sean un éxito.

Los funcionarios estadounidenses están perturbados por la violencia y la baja participación en las urnas —apenas 18%— en la primera ronda de las elecciones parlamentarias en Haití, en agosto. A Washington le preocupa que los haitianos se queden de nuevo en sus casas durante los comicios presidenciales, lo que socavaría aún más la legitimidad de las frágiles instituciones del país.

Kerry podría haber contribuido más al reflexionar sobre la razón que ha vuelto a los haitianos tan cínicos a la hora de ir a las urnas, y el papel que ha jugado la política estadounidense en su desilusión.

Un “diagnóstico sistemático de país” publicado en mayo de este año por el Banco Mundial sobre Haití es revelador. El informe señala que el embargo estadounidense de 1991 a 1994, que fue implementado para forzar el regreso al poder del depuesto presidente Jean Bertrand Aristide, provocó un gran daño sobre el importante sector manufacturero del país. El organismo dice que la manufactura “nunca regresó a los niveles previos al embargo”. Esa fue la primera vez que Bill Clinton decidió usar sus poderes presidenciales para “ayudar” a Haití. Su regreso al país después del terremoto de 2010 podría haber sido ser aún más perjudicial.

Como lo señala el informe del Banco Mundial, Haití sufre de un capitalismo de amiguismo que frena el crecimiento económico. Aun así, no está claro cómo EE.UU. habría podido presionar a los políticos haitianos para que enfrentaran este problema en años recientes cuando el propio Clinton, un claro símbolo del amiguismo en Haití, estaba dirigiendo informalmente las relaciones entre EE.UU. y el país caribeño, a través de la ayuda de su esposa, Hillary, la secretaria de Estado.

El historial de los políticos elegidos en Haití, desde la transición a la democracia en los años 90, es deplorable. La clase política aún usa su poder para enriquecimiento personal, como lo hicieron por casi 30 años los infames dictadores François Duvalier y su hijo Jean-Claude.

Igual de decepcionante es que después de más de dos décadas de ir a las urnas, los haitianos aún no han probado la libertad económica, y la emigración se ha convertido en la única opción para aquellos que esperan salir adelante trabajando. El Banco Mundial reporta que entre 1971 y 2013 el Producto Interno Bruto per cápita “cayó en 0,7% por año en promedio”.

La pobreza haitiana es espantosa. Pero a medida que la economía política se ha degenerado, la respuesta del mundo desarrollado ha sido principalmente tratar al país como un gigantesco caso de beneficencia. Un emblema de esta actitud condescendiente es el Parque Industrial Caracol, alguna vez promovido por los Clinton. Está ubicado en la pobre región rural en el norte del país, pero su construcción ha sido dejada sin terminar en momentos en que los residentes locales necesitan las decenas de miles de empleos que podría proporcionar. Es como si unos haitianos autosuficientes socavaran la industria de la pobreza.

Unos ciudadanos desposeídos tienen dificultad para enfrentarse a la corrupción e ineptitud del gobierno. Esto explica los hallazgos del Banco Mundial de que Haití tiene un desempeño inmensamente inferior que el promedio de los países de América Latina y el Caribe y su índice de países de bajos ingresos en las áreas de control de la corrupción, estado de derecho, y el suministro de servicios y rendición de cuentas del gobierno.

Haití argumenta que tiene problemas para recaudar impuestos pero hace su mejor esfuerzo para desanimar el crecimiento de empresas fiscalmente responsables. Usando el sondeo del Banco Mundial Doing Business 2015: más allá de la eficiencia, el informe de diagnóstico encuentra que lleva unos 29 días crear una empresa en países de bajos ingresos y un promedio de 31 días en la región de América Latina y el Caribe. En Haití toma 97 días.

La movilidad económica, hacia arriba o hacia abajo, es casi desconocida en el sector privado. El informe del Banco Mundial dice que una pequeña cantidad de familias poderosas disfrutan de privilegios casi monopólicos en mercados clave. Esto resulta en una “alta concentración en una cantidad de industrias cruciales, una competencia distorsionada, y prácticas empresariales no transparentes”.

Cuando un pequeño grupo de empresas controla las importaciones, los consumidores son víctimas. Entre los productos alimenticios más importantes en la canasta básica de los haitianos, la entidad encontró que los precios eran “en promedio entre 30% y 60% más altos en Haití que en otros países de la región”. El banco también dice que en el Informe de Competitividad Global 2014-2015 del Foro Económico Mundial, el puntaje de Haití es muy bajo (puesto 140 entre 148 países) en términos de “intensidad de la competencia local” y exhibe un alto dominio del mercado por unas pocas firmas.

Los autores del Banco Mundial especulan gentilmente que hay “poca presión competitiva”. Observan que esto podría “ser el resultado de altas barreras legales o de comportamiento para ingresar” y que esto podría “facilitar acuerdos tácticos entre familias y grupos para distribuirse el mercado entre ellos, lo cual puede perjudicar la productividad y el incentivo para innovar”.

Este es una forma cortés de decir colusión, de la cual ya saben los haitianos. También saben que ante la ausencia de la voluntad política para abrir los mercados a la competencia, las elecciones no importarán mucho.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 12 de octubre de 2015.
 

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