El resultado mas temido
Carlos Mira
Periodista. Abogado. Galardonado con el Premio a la Libertad, otorgado por Fundación Atlas para una Sociedad Libre.


Los días pasan y los números no se mueven. Scioli no alcanza el 40%, Macri lucha por el 30 y Massa amenaza desde su 20%. Pero no hay nada que indique que los resultados electorales vayan a ser claros y contundentes.
Al contrario lo más probable es que todo quede reducido a una discusión de décimas. La pregunta es si el país está preparado para un escenario de esa naturaleza en donde las diferencias no sean los suficientemente claras como para iluminar un ganador seguro.
Con los antecedentes que la Argentina ha reunido en los últimos meses en elecciones provinciales y con el convencimiento de que hay muchos que están dispuestos a hacer cualquier cosa para ganar, las sospechas de fraude, frente a un resultado ajustado, saltarán por los cuatro costados.
Imaginen ustedes un escenario parecido al de Tucumán pero a nivel nacional, con la presidencia en juego.
Esto no es Estados Unidos que puedo darse el lujo de tener más de dos meses la elección de noviembre del 2000 sin definir y realizando conteos sobre conteos hasta que una decisión de la Corte de la Florida, ratificada por la Corte Suprema de Justicia, resolvió el triunfo de George W. Bush que había tenido menos votos populares que Al Gore pero que, con la decisión del “Sunshine State” definió la situación a su favor en el Colegio Electoral.
Más allá de los comentarios sarcásticos y hasta de las bromas a que dio lugar aquella situación en ese país, no caben dudas de que la Argentina no tiene ni la cultura política, ni la paciencia ni la flema inglesa que harían digerible un evento parecido en estas tierras.
Aquí hay mucho malevaje metido en la política. Más allá de las risueñas declaraciones de la presidente cuando lanzó su criptica frase de que “la presidencia no es para cualquiera” a la que le agregó “hace falta carácter, fuerza e instituciones” todo el mundo sabe que si hay algo que la Argentina no tiene son, justamente, instituciones y que si el gobierno de la Sra. de Kirchner se ha caracterizado por algo ha sido justamente por destruir lo poco que quedaba de ellas.
De modo que un resultado discutible por lo ajustado –quizás solo diferenciado por décimas de punto- no será procesado dentro de la civilización de las instituciones y de siglos de tradición democrática sino probablemente, con el lenguaje del apriete y de la violencia que caracteriza a la política local, en donde  su territorio parecería más definido por los modales y las practicas del bajo mundo que por el imperio del Derecho y la caballerosidad.
Ese sería el peor escenario para comenzar esta nueva etapa del país. Con la tarea que tiene por delante el nuevo gobierno (titánica desde todo punto de vista dado el desquicio que la administración saliente deja) tener una mácula de origen no ayudaría para nada respecto del apoyo y del respaldo con los que deberían contar las nuevas autoridades sea quien sea el que gane.
La dimensión del desastre en materia económica, social, de política internacional, de narcotráfico, de seguridad, es de tal magnitud que sea quien sea el vencedor, deberá contar con el respeto y el apoyo de aquellos que no lo votaron para poder encarar los primeros pasos de la reconstrucción.
Pero esa grandeza del pueblo elector solo podrá darse como resultado de un triunfo que no deje lugar a dudas y que le permita al vencedor ser magnánimo en la victoria y dar las primeras muestras de humildad y de vocación de servicio.
Si en lugar de todo eso lo que se impone es el lenguaje y la terminología –cuando no directamente los hechos- del malevaje y de la violencia política, a los dramas construidos durante estos últimos 12 años se les agregará este condimento de inconvivencia probablemente verificado en el peor de los momentos.
Y lo cierto es que no se ve cómo este status quo puede quebrarse. Fíjense lo que arroja una encuesta de Raúl Aragón: Scioli 40,5%, Macri 29,7%. Ocho décimas por encima de la crucial diferencia de 10 puntos. Ese sería un verdadero desastre. ¿Qué hará Massa en esas circunstancias?, ¿qué hará el peronismo?, ¿qué hará un hombre como De la Sota o el propio Roberto Lavagna?
Y del otro lado, ¿Cómo reaccionarán Scioli y Macri?, ¿qué hará la propia presidente o La Cámpora?
Es evidente que en ese momento quizás alguno se arrepienta de decisiones políticas tomadas a la luz de análisis tecnocráticos. Pero no importa: ya será tarde. La Argentina se apresta a ir a una elección crucial en un momento de notoria división popular que la sabiduría dirigencial no ha sabido zanjar.
Ojalá que las consecuencias de semejante escenario no contribuyan a que todo esté un poco peor.
Qué Dios nos dé una luz de último momento para evitar caer en la inacción, la indefinición y en la parálisis.
 

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