Pros y contras de modificar el número de feriados
Javier Milei
Es economista y coordinador de la Mesa de Economía de la Fundación Acordar.


Los empresarios del sector turístico (y una importante cantidad de economistas –los heterodoxos-) argumentaron que la reducción de los feriados generaría un daño de $18.000 millones y que ello llevaría a la pérdida de millones de puestos de trabajo en una actividad que representa cerca del 10% del PBI.
Así, manifiestan estos empresarios y economistas, si sólo se consideran las cifras del último feriado (12 de octubre), se observa que 896.700 turistas viajaron por el país generando ingresos directos por $1.318 millones, cuyo gasto medio diario fue de $490 por turista y con una estadía promedio de 3 días.
Al mismo tiempo, se sostiene que la contra-cara de dicho evento es que los trabajadores sufrirán una caída de sus salarios reales fruto de que ahora tendrán un mismo sueldo para una mayor cantidad de días de trabajo.
Aunque cada sector posee ciertos intereses económicos idénticos a los de todos los demás, tiene también, intereses contrapuestos a los de los restantes, y aunque ciertas políticas o directrices públicas puedan a la larga beneficiar a todos, otras beneficiarán sólo a un grupo a expensas de los demás.

Los efectos secundarios en otros sectores

Así, el potencial sector beneficiario/perjudicado, al afectarle de modo tan directo, se defenderá con entusiasmo y constancia buscando como resultado final que el público general quede convencido de su justicia o tan confundido que le sea imposible ver claro en el asunto.
A su vez, además de esta plétora de pretensiones egoístas existe un segundo factor que engendra nuevas falacias económicas. Dicho factor es la persistente tendencia de los hombres a considerar exclusivamente las consecuencias inmediatas de una política o sus efectos sobre un grupo particular, sin inquirir cuáles producirá a largo plazo no sólo sobre el sector aludido, sino sobre toda la comunidad. Es, pues, la falacia que pasa por alto las consecuencias secundarias.
En función de lo señalado, la primera falacia de los empresarios del sector del turismo y de los economistas heterodoxos, radica en que la caída de ingresos derivará en la pérdida de empleos en la sociedad en su conjunto.
La falsedad del argumento es muy simple de probar. Ese dinero que los agentes no gasten en turismo, podrán ser gastados en el resto de los sectores de la economía, por lo que los empleos que se pierdan en el sector que se analiza, serán ganados en otra parte de la economía, por lo que el conjunto de trabajadores no se verían afectados por la merma en los ingresos del turismo.
Es más, si por alguna razón, los trabajadores decidieran ahorrar los fondos o al destinarlo a compras en otros sectores donde los empresarios optaran por subir los precios sin contratar nuevos empleados y que ello se traduzca sólo en mayores beneficios, los fondos de ambas alternativas alimentarán el ahorro y con ello se generarán nuevas inversiones que generarán nuevos empleos.
Si a pesar del presente análisis, su pesimismo persiste y cree que dicho ahorro será fugado al exterior, ello generaría una caída del valor de la moneda local frente a la extranjera, lo cual estimularía la producción local (ya sea tanto por mayores exportaciones como por menores importaciones) de bienes transables y con ello, nuevamente, no habría pérdida de empleos.
La segunda parte de la falacia, radica en lo que como parte de una lógica populista, deriva en un aumento en el número de feriados. Así, para un determinado nivel de salario, reducir el número de días laborables aumenta la remuneración por cada hora trabajada y con ello el bienestar de los trabajadores.
¿Cuáles son las consecuencias de semejante idea? La primera y más evidente es la elevación de los costos de producción. En este sentido, si las empresas estaban originalmente en equilibrio, entonces el incremento en los costos de producción será mucho mayor de lo que puede soportar el existente régimen de precios, producción y costos.
Por consiguiente, el resultado de la elevación de salarios será un desempleo mucho mayor. Así, las empresas más débiles habrán de cerrar sus puertas y los obreros menos eficientes serán despedidos, reduciéndose la producción. A su vez, la suba en los costos de producción tiende a elevar los precios, con la consiguiente disminución del volumen de mercancías que podrán adquirir los obreros con igual número de pesos.
Por otra parte, la mayor tasa de desempleo retraerá la demanda de bienes y ello provocará un descenso en los precios. Por lo tanto, el nivel de precios y salarios que finalmente alcance la economía dependerá de la política monetaria.
Si se persigue una política de inflación monetaria que permita el pago de los incrementos salarios-hora mediante una elevación de precios, ello representará simplemente una forma velada de reducir los salarios reales, en su defecto, y con una política monetaria dura, si los precios y salarios no se reacomodan a la baja para un menor nivel de salario real, habrá desempleo.

Al mismo tiempo, la falacia del argumento se podría probar desde una lógica borgiana, donde si los efectos del turismo de trabajar menos y hacer más turismo es tan bueno para la economía, entonces que nadie trabaje y que todos hagan turismo. Sin embargo, ello los llevará a toparse con la Ley de Say, donde uno no puede consumir (en este caso hacer turismo) si antes no genera ingresos y a percatarse de la farsa keynesiana derivada de la interacción entre el multiplicador y el acelerador (al margen de que dicha "escuela de economía" logre enterarse sobre la verdadera visión de Jean-Baptiste Say).

La buena y mala economía

Por lo tanto, es función de los economistas serios (no heterodoxos) alertar a los ciudadanos para ayudarlos a diferenciar entre la buena y la mala economía. Así, e1 mal economista sólo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá.
El primero tan sólo contempla las consecuencias directas del plan a aplicar; el segundo no desatiende las indirectas (efecto sobre otros sectores) y más lejanas (en el futuro). Aquél sólo considera los efectos de una determinada política sobre el presente del sector; mientras que el otro se preocupa también de los efectos que tal política ejercerá sobre todos los grupos tanto en el presente como en el futuro.
Así, el arte del buen análisis económico consiste en considerar los efectos futuros de cualquier acto o política y no sus meras consecuencias inmediatas; en calcular las repercusiones de tal política no sobre un grupo, sino sobre todos los sectores.


Fuente: INFOBAE
 

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