Chile: ¿Equivocamos el sentido común compartido por décadas?
Hernan Büchi


En las décadas previas al actual gobierno de Michelle Bachelet, y aunque con vaivenes, el país progresó como no lo había hecho en su historia. Se trató especialmente de un mayor bienestar que se manifestó para todos los sectores y en todas las áreas: mortalidad infantil decreciente; bienes antes impensados disponibles para las grandes mayorías como automóviles, vivienda, medios de comunicación y viajes; cobertura educacional que permitió al quintil de menores ingresos acceder a la educación superior en la misma proporción que en el 90 lo hacía el quintil de más recursos; cobertura de agua potable y saneamiento casi total en el país; esperanza de vida que según estudios recientes llegarían a 90 años para las mujeres al momento de jubilar.

Todo ello fue posible porque luego de los períodos turbulentos que remecieron a Latinoamérica y en especial a Chile, fruto de ideologías que pretendían refundar al país, a la sociedad y a la persona, se impuso como sentido común el camino del progreso a través de la inversión, el empleo y la productividad.

Pero ello parece haberse esfumado. Las cifras de la evolución del crecimiento incluyendo el 2,2% del tercer trimestre y datos parciales más recientes, confirman que serán dos años en que nuestra economía tiene un ritmo de progreso de solo 2%.

A principios de los 90 esa cifra superaba el 6% en condiciones externas como las actuales. Para el próximo año nada indica que nuestro rendimiento pueda ser mejor. El impulso fiscal y monetario que hemos tenido no puede mantenerse y menos aumentarse. Ante la realidad del precio del cobre y de crecimiento, el fisco, como ha dicho el Ministro de Hacienda, no puede seguir expandiéndose y el Banco Central inició un proceso de alza de tasas. Aun cuando el BCE Europeo flexibilizó esta semana su política expansiva, lo relevante para el país y el mundo es la probabilidad creciente que a mediados de diciembre el Fed abandone su política de tasa nula de largos años. Chile, como la mayoría de Latinoamérica, deberá seguirlo. Varios de nuestros socios comerciales más relevantes como China y Brasil no nos ayudarán y, en consecuencia salir del modesto 2% actual, es inviable sin nuestra reacción.

Sin embargo a diferencia de períodos pasados, el gobierno no toma decisiones para relanzar el progreso. Las oportunidades están: Chile es aún un país con una macroeconomía estable y empresas competitivas; el mundo desarrollado, especialmente EE.UU. y en menor medida Europa, experimentan un creciente dinamismo y el intento de China de promover el consumo interno otorga nuevas chances a otros sectores de nuestra economía.

Pero lo visto son pasos que aumentan la incertidumbre. Después de reconocer el error de avanzar en cambios profundos en la educación sin tener la capacidad de llevarlos a cabo, la Presidenta ordena a la ministra de Educación enviar este mes un proyecto de ley de Educación Superior a pesar de hacer explícito poco antes no estar capacitada para ello. Nadie se opone a mejorar la calidad de la educación, pero ello no se logra de cualquier manera e improvisando. Permitir la diversidad y con ella que algunos aprovechen su potencial diferenciándose de otros es tan importante para nuestro progreso como la cobertura ya lograda. No sirve una sociedad en la que todos aprenden lo mismo. Hay que saber sacar de cada uno lo mejor.

Una síntesis reciente de Joel Mokyr, de la Universidad de Northwestern, muestra que la clave de la Revolución Industrial fue un pequeño grupo de personas con un nivel de conocimiento superior. Y basta observar el mundo hoy para constatar que esto sigue siendo cierto, como en el caso de la revolución de la información liderada por un puñado de cerebros incluidos algunos que nunca han pasado por la universidad. Pero un gobierno con una ideología que busca el control de la educación parece dispuesta a todo por avanzar, no importa que ello sea contraproducente.

El Proceso Constituyente es reflejo del mismo sello. Una Constitución, de existir, sirve como marco de libertad para expresar la diversidad de la población y para definir y limitar el poder de imperio del Estado. No es una lista de deseos que, como nos recordaba un distinguido escritor chileno que vivió el Proceso Constituyente cubano, termina en la imposición de una visión hegemónica.

Pero, ¿por qué parece haberse perdido nuestro sentido común? ¿Estaba equivocada la Concertación que gobernó parte importante de ese período? La respuesta es no, pero vale la pena buscar las razones que podrían habernos llevado a esta confusión. Dejaremos de lado que sea fruto del oportunismo de quienes quieren asegurarse el poder, como se ve en otras partes del continente. En nuestro caso destacaría un argumento errado pero difundido profusamente: el crecimiento solo beneficia a unos pocos, especialmente a los ricos.

Si esto fuera así, como se creía en los 60 —pensamiento que llevó a tratar de eliminar a todos los que sabían o tenían algo, para crear sociedades nuevas— entonces deja de ser moralmente superior buscar el progreso.

La realidad es tan contrastante con esta hipótesis —basta ver cómo las condiciones de vida mejoran tanto y para todos cuando hay progreso— que no debiera existir ni un atisbo de duda al respecto. Sin embargo la hay y no faltan estudios que se dan como verdades reveladas y que dicen precisamente lo anterior. Se trata de interpretaciones equivocadas o maliciosas pero influyentes porque provienen de grupos de presión ideologizados que operan con propaganda. Comentaremos uno de ellos con la esperanza de sembrar alguna duda en la conciencia de quienes están actuando con una agenda que daña a todos.

Thomas Piketty, con Emmanuel Sáez y usando datos del servicio de impuestos de EE.UU. —lo que se hizo parcialmente también en Chile— produjeron una serie de cómputos mostrando los cambios de ingreso en la población de ese país. Básicamente dicen que entre 1979 y 2007 el 91% de las ganancias de productividad lo capturó el 10% de la población dejando solo 9% para el resto. El 90% de la población solo vio subir sus ingresos en un 5%, mientras que el producto per capita subió 74%. Si reflejaran la realidad son cifras impactantes.

Pero un economista de Georgetown, Stephen Rose, quien no puede tildarse de republicano y que ha escrito sobre la estratificación social en EE.UU. desde mediados de los 70, demuestra contundentemente lo equivocado de esas conclusiones en varios documentos. Se destaca en especial uno, cuyo título "¿Estaba Kennedy equivocado?" es un tributo al énfasis que ese Presidente y los demócratas que lo siguieron pusieron en el crecimiento para ayudar a las grandes mayorías.

En Chile la pregunta podría ser ¿Estábamos los chilenos y la Concertación equivocados? La respuesta es claramente no, igual que la de Rose para EE.UU. En breve resumen, su análisis incluye desde la obvia incompatibilidad de la propuesta de Piketty con lo que ha sucedido en el consumo, las limitaciones de los datos tributarios para lo que usa datos de la Oficina de Presupuestos del Congreso, los cambios en los ciclos de vida y el efecto del aumento de la población de mayor edad, la incapacidad de los datos de tributarios para captar ingresos de segmentos muy grandes de la población, etc. La conclusión es que una parte muy relevante del progreso benefició a las grandes mayorías, como es obvio también en nuestro país.

Es lamentable que ideas atractivas pero erradas, respaldadas por análisis parciales o simplemente malos, sean usados para justificar moralmente posiciones ideológicas dañando a millones de personas. Chile está caminando peligrosamente al filo del abismo en estas materias. Es indispensable recapacitar a tiempo para bien de quienes menos tienen y a quienes más nos debemos.

Este artículo fue publicado originalmente en El Mercurio (Chile) el 6 de diciembre de 2015.
 

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